Madera transportada a través del rio Javari - Fellipe Abreu

Con el objetivo de conocer de cerca el funcionamiento de las actividades ilícitas y los impactos que tienen sobre la comunidad local, el reportero y fotógrafo Fellipe Abreu hizo un largo trabajo de campo en la frontera entre Brasil y Perú, donde el río Javari traza una frontera natural entre los dos países. Durante esos 75 días, conoció varias comunidades indígenas (de las etnias Matsés y Marubo), tres cultivos de coca, una comunidad maderera y un campamento maderero en el medio de la selva.

Su nombre es Francisco (nombre ficticio). Él era el responsable del campamento maderero. El campamento está localizado a aproximadamente dos horas en barco de la base militar brasileña “Estirão do Equador”, pero se encuentra en el lado peruano de la frontera, a orillas del arroyo Esperanza. Francisco explica que “en la mayor parte de la Amazonía peruana existen concesiones de exploración de madera, pero aquí no. Hasta con la concesión es prohibido trabajar con madera, por tratarse de un área protegida por la ley”.

Él dice que eso no representa ningún riesgo porque no hay vigilancia, aunque la Policía Nacional de Perú está al tanto de lo que hacen los madereros. “Cuando comenzamos a trabajar aquí en este campamento, los policías de la Base de Carolina –localizada en el río Yavari Mirim- me buscaron para cobrar el soborno. Acordamos que al final de la temporada yo les pagaría 1.000 soles (US$358). Es así que funciona, si usted les da la puntita (soborno), no pasa nada”.

Pasé tres días en la comunidad del señor Francisco, con el objetivo de acompañar el derribo de un cedro. En la mañana del segundo día, junto con las primeras luces del día, Francisco me avisa que su hijo va a derrumbar un cedro y que yo estaba autorizado para acompañarlo. Después de aproximadamente 30 minutos de caminata, allí estaba él. Daniel, hijo de Francisco, observa el árbol con una moto sierra en sus manos. Él dice que tiene que poner mucha atención al gajo más pesado y calcular la inclinación del árbol, para saber el lado correcto para cortar el cedro y que el tronco caiga recto.

Él enciende la moto sierra y comienza a hacer cortes triangulares en la base del cedro para, poco a poco, debilitar el árbol. Cuando escuchamos el crujido, corrimos lejos. En pocos segundos el centenario cedro cayó al suelo destruyendo a su paso otros árboles pequeños, en una sinfonía de crujidos, provocada por lo troncos, que duró unos tres segundos.

Daniel corta la madera en cuatro trozos de cuatro metros de longitud y los seis juntos limpian el camino que lleva los troncos al arroyo más cercano, en este caso, un trecho de aproximadamente 300 metros.

Después de un cigarro y unos minutos de descanso, ellos parten para la etapa final, que también es la más extenuante. Cinco hombres empujan los troncos uno a uno selva adentro, mientras el otro –llamado palanqueador- va dando dirección a la madera, controlando su velocidad y corrigiendo sus movimientos con ayuda de un bastón.

Una vez en la orilla del arroyo seco, los trozos esperarán la próxima lluvia fuerte que alargará el arroyo, y hará que la madera entre al agua y siga su curso desembocando en un lago próximo al río Javari. Esos cuatro troncos se unirán a los otros 380 que ya habían sido retirados, y en pocos días serán incorporados a un conjunto aún mayor de madera que está descendiendo por el río.

Quien está descendiendo por el Javari con ese gran conjunto de madera es Antonio (nombre ficticio). Yo lo conocí ocho días atrás en Nueva Esperanza –una comunidad peruana, localizada al margen del río Yavarí Mirim, afluente del Javari. El poblado surgió tras el boom de la actividad maderera, que provocó el nacimiento de una serie de comunidades en la región. Las cerca de 300 personas que viven allá, o son madereras, o son parientes, o son comerciantes que dependen del dinero de ellos. Y muchas veces son todo eso al mismo tiempo.

El contexto

Perú es hoy uno de los grandes exportadores de madera noble de Suramérica, pero según especialistas, la actividad ha tenido lugar en el país desde el inicio del siglo XX. Entretanto, fue alrededor de los años sesenta cuando los departamentos del Cusco y Ucayali sobresalieron como grandes exportadores de madera. Pero así como ocurrió con los cultivos de coca, la actividad maderera se expandió hacia la región amazónica en los años ochenta y noventa –especialmente en los departamentos de Madre de Dios y Loreto- en busca de tierras aún no exploradas y ricas en madera noble. Esa migración de la actividad maderera hacia la Amazonía no encontró solamente nuevas áreas ricas en caoba y cedro, sino que también se topó con una gran cantidad de comunidades campesinas e indígenas, que hasta hoy conviven con ese problema y con la total inacción del gobierno peruano para monitorearlo.

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Algunos estudios dicen que cerca del 80 por ciento de la madera extraída en Perú es retirada de manera ilegal. En un principio, tal número puede sonar absurdo, ya que la extracción de madera es legal en muchas áreas concesionadas en Perú, pero el propio Instituto Nacional de Recursos Naturales (INRENA), responsable de la actividad, admite que hay extracción ilegal, sin embargo, según ellos, el porcentaje varía entre el 30 y 40 por ciento.

Según el informe “El trabajo forzoso en la extracción de madera en la Amazonía Peruana”, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), “El número aproximado de personas afectadas por el trabajo forzoso sería de unas 33.000, en su mayoría pertenecientes a los diversos grupos étnicos de la Amazonía Peruana”. Además de eso, ellos dicen que según la información recolectada durante la preparación del informe, en muchas ocasiones la extracción de madera está relacionada con el lavado de dinero proveniente del tráfico de drogas.

Pueblos de madereros

Presentándome como fotógrafo de vida salvaje, estuve una semana en Nueva Esperanza esperando la posibilidad de observar el trabajo en un campamento maderero. Así conocí a Antonio, que es habilitador en la región. Él fue alguna vez maderero pero hoy es el patrón –el hombre que presta el dinero y financia una serie de campamentos madereros. En época de lluvias, cuando todos los árboles de todos los campamentos que él financia ya están derribados y debidamente ubicados en las orillas del Javari, él pasa anexando todo a su conjunto de madera y ajustando cuentas con los madereros que habilitó. En nuestro caso, don Fernando.

Totalmente formada por madereros, no es muy difícil empezar a entender cómo funciona la actividad en la región. En el almuerzo, en el bar o en el fútbol de fin de la tarde, el asunto es casi siempre el mismo: la madera. Yo nunca preguntaba nada. Poco a poco, el recelo que tenían sobre mi cesó y comencé a tener una buena relación con algunos de ellos. “Donde hay extracción legal, hay también extracción ilegal. Aquí en Nueva Esperanza existen de 6 a 10 áreas concesionadas. El problema es que todas esas áreas [legales] ya han sido exploradas desde hace más de diez años. La madera ya se acabó hace tiempo. Cuando es así, tenemos que buscar nuevas áreas ricas en madera noble para explorar”, me contó Alejandro, uno de los madereros que trabaja con Antonio, mientras tomábamos el desayuno.

Para ser considerada legal, toda actividad de extracción de madera en Perú debe, obligatoriamente, estar dentro de un área autorizada para tal fin, las llamadas concesiones forestales de INRENA. Toda la madera extraída de esa área debe ser registrada en dos documentos: la Guía de Transporte Forestal (GTF) y la Hoja de Cubicación (HC), ambos provistos por el mismo organismo. Sin embargo, la casi nula presencia de INRENA en la región abre un enorme espacio para diversas irregularidades.

Los madereros que no tienen la concesión forestal compran los documentos provistos por INRENA (GTF y HC) de otros madereros, exploran la madera ilegalmente y posteriormente adulteran los documentos como si aquellos troncos hubiesen sido retirados del área concesionada del maderero que le vendió la documentación. Por otro lado, los madereros que tienen la concesión forestal para una determinada área, retiran la madera fuera de sus áreas y adulteran sus propios documentos GTF y HC, como si la madera hubiese sido retirada dentro de su área concesionada, exactamente como Alejandro me explicó. Ese proceso de lavado de madera es conocido en la región como blanqueamiento de madera.

Él me dice que aún “hay gente que tiene su concesión, pero que nunca derribó ni siquiera un árbol dentro de sus áreas. Ellos se dedican a vender la documentación de INRENA a otros madereros que necesitan lavar la madera” y finaliza diciendo que “hay mucha gente que hace eso, no sólo aquí, sino en todos los lugares en los que yo trabajé en la Amazonía. No existe ninguna inspección”.

No existen estudios previos de mapeo hechos por el INRENA, con el objetivo de conocer la cantidad de madera con valor comercial que hay dentro de los límites del área y, por tanto, impone un límite de guías que van a ser emitidas para esa concesión. Como la madera se acaba, pero la documentación para registrarla sigue expidiéndose, el dueño de la concesión puede seguir explorando otras áreas y llevar la madera o vender la documentación.

Otro problema son las denuncias de exploración de madera del lado brasileño, que posteriormente también son lavadas como si hubiesen salido de Perú. Según Gustavo Pivoto, Delegado de la Policía Federal de Tabatinga, la ciudad brasileña más grande en el área, “en época de sequía, el maderero puede entrar al lado brasileño y pasar meses extrayendo madera. Con las lluvias, los arroyos se llenan y los troncos son tirados al Javari, que es un río internacional, y son registrados como peruanos. Pero nosotros no tenemos cómo probar de dónde salió. En este tipo de operación es necesario un apoyo más permanente de IBAMA (Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables), que actualmente está cerrando sus puertas en Tabatinga. Nosotros no necesitamos al IBAMA con gente en Brasilia, nosotros necesitamos al IBAMA aquí, vigilando el medio ambiente”.

Le pregunto al señor Francisco sobre los planes para el próximo año: “La gente que vive aquí en la región ya sabe más o menos dónde hay madera buena, entonces, cuando termina una temporada yo ya comienzo a pensar en el año siguiente. Hacemos un mapeo de algunas áreas para saber la cantidad de madera noble en cada una de ellas, escogemos la mejor y construimos un campamento allá”, responde Francisco.

Exploración de madera en tierras indígenas

Muchas veces, la exploración de madera se da dentro de áreas indígenas. La región fronteriza entre los estados de Acre y Amazonas (Brasil) y Loreto y Ucayali (Perú) reúne un gran número de Unidades de Conservación y Tierras Indígenas, donde viven poblaciones indígenas y tradicionales, además de ser considerada la región con mayor población de indios aislados de la Amazonía.

En Brasil, el derecho a la tierra indígena fue asegurado por la Constitución de 1988, consagrando el principio de que los indios son los primeros y naturales dueños, y que su derecho a una tierra determinada es independiente del reconocimiento formal. A pesar del derecho previsto en la Constitución, en la práctica los territorios donde viven esos pueblos son constantemente invadidos por una serie de actividades, como la minería, la extracción de madera y el tráfico de drogas. Sin contar todos los otros factores que tienen lugar directamente dentro de su territorio, las comunidades indígenas también pueden sufrir las consecuencias de lo que ocurre fuera de los límites de su área, como la deforestación de la selva para aumentar el área de cultivo de coca, la extracción de madera y la exploración de hidrocarburos.

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Oficialmente, Paulo (nombre ficticio) es un funcionario de la Alcaldía de Atalaia del Norte y trabajaba en la escuelita de Palmeiras del Javari, pero como el umbral entre lo legal y lo ilegal es muy tenue por aquí, él realiza otras funciones para completar la renta. Además de tener algunos días libres de la semana, del servicio del colegio, para dedicarse a la caza de animales silvestres –que es prohibida en la región- también trabaja esporádicamente como maderero.

Acompañé a Paulo en un viaje hasta el arroyo Soledad, dentro del área de la comunidad indígena de Fray Pedro, en Perú, donde en una sola operación él sólo retiraría dos árboles y pasaría tres días cazando. Para cazar, él contrata indígenas de la propia comunidad y les da cartuchos para la escopeta, sal para salar la carne, y esparce trampas por varios puntos en el medio de la selva, además de pasar las noches en espera de los animales.

Llegamos y fuimos directo al lugar en donde los dos árboles serían derribados. “Ese es el louro pixuri (tipo de árbol). Hace tiempo que estoy buscando una madera como esta para hacer una canoa. La durabilidad de ella es de unos 20 años en contacto directo con el agua”, explica Paulo.

Según él, el hecho de que estuviéramos dentro de un área indígena no era peligroso. “No si usted está conmigo, aquí todo el mundo me conoce”, dice orgulloso con un cigarro en el borde de la boca. “Yo ya extraje mucha madera de tierras indígenas. No en Brasil, pero del lado peruano vale todo. ¿Para qué correr el riesgo de extraer madera de Brasil si podemos atravesar el río y tomarla aquí sin ningún riesgo?”.

Según él, cuando algún maderero está interesado en explorar madera dentro de una tierra indígena, debe conversar con el cacique, que generalmente organiza una reunión con los líderes de la comunidad para hablar sobre la propuesta y estudiar un pago para ellos. “Aquí mismo en Fray Pedro yo ya extraje 30 troncos de cedro a cambio de un día de trabajo para el cacique”, dice Paulo, que concluyó diciendo que existen varios tipos de pagos.

En la comunidad Tupi II –de la etnia Tikuna- él retiró 400 troncos de cedro y dio el 10 por ciento del lucro a la comunidad, en cuanto a otra comunidad tikuna –cuyo nombre no quiso citar- él extrajo 90 troncos de cedro y en contraparte el cacique pidió el cableado eléctrico de la comunidad. 

*Fellipe Abreu es un periodista cinematográfico que trabaja como periodista y fotógrafo independiente en São Paulo, Brasil.