El Jefe del Cartel de Guadalajara, Miguel Ángel Félix Gallardo

La batalla de México con el narcotráfico ha sido una constante en la historia moderna del país; pero, las actividades y la organización de los grupos criminales que operan en la industria clandestina han estado en un estado de constante cambio. Ese constante cambio, que continúa hoy en día, se encuentra en el centro de la violencia en México.

Durante los siglos XX y XXI, las organizaciones criminales de México se han vuelto cada vez más sofisticadas, globalizadas, y diversificadas. Mientras que hace 90 años había grandes organizaciones familiares que enviaban marihuana y licor de contrabando hacia Estados Unidos, hoy en día se trafica cualquier número de productos desde y hacia países en las cuatro esquinas del mundo.

A lo largo de ese mismo periodo, las bandas criminales de México también experimentaron un proceso relacionado de consolidación y crecimiento que alcanzó su punto máximo en la década de los ochenta. Las operaciones familiares dieron paso a organizaciones criminales constantemente más grandes y más ricas, culminando en el Cartel de Guadalajara, a cargo de Miguel Ángel Félix Gallardo, que controlaba el narcotráfico en la mayor parte de México, durante la presidencia de Miguel de la Madrid. Desde entonces, la tendencia ha sido lo opuesto: la fragmentación de las organizaciones más grandes, y el surgimiento de rivales regionales locales que desafían su supremacía. El caos que le siguió se ha apoderado de la nación.

(Este articulo es una adaptación de un trabajo de investigación más largo que aparece en una edición reciente de la revista Trends in Organized Crime.)

Grupos Pre-modernos

Las redes de contrabando de México se han convertido en un emblema desafortunado del país hasta hace relativamente poco, pero han existido por más de un siglo. Inicialmente, no estaban dedicadas a la metanfetamina y a la cocaína, dos de las drogas que actualmente ofrecen los márgenes más altos de ganancias; sino al opio, y posteriormente a la marihuana. Estos grupos, que empezaron a surgir hacia finales del siglo XIX, no fueron inicialmente vistos como una importante amenaza a la seguridad pública. De hecho, los reportes de los periódicos del momento informaban sobre la preocupación por los consumidores de opio, no sobre el derramamiento de sangre relacionado con la alimentación del mercado.

En gran parte, estos grupos estaban basados en vínculos familiares. En el caso de los traficantes de opio, estos grupos se concentraron originalmente entre las poblaciones de inmigrantes chinos a través de la región norte de México, especialmente en los estados del noroeste como Sinaloa. Los informes de la época indican que la producción de marihuana, por otra parte, no estaba especialmente asociada con los inmigrantes chinos, y los traficantes de marihuana seguían siendo operaciones pequeñas que siguieron construyéndose en torno a estos vínculos familiares. Un ejemplo de este tipo de organización, fue la de María Dolores Estévez, o Lola la Chata, como se la conoce más comúnmente. Lola y su clan traficaron en vicio (especialmente marihuana) en Juárez por unos 30 años en la mitad del siglo XX, aunque sin alcanzar nunca la riqueza o la fama internacional de los grupos de hoy en día.

Aunque los primeros grupos tuvieron un menor impacto sobre el estado de la nación del que tienen los de hoy en día, aún así fueron determinantes en el establecimiento de las bases para el futuro desarrollo de las organizaciones de traficantes de México. Los grupos que surgieron en ese periodo, aunque muy diferentes de los grupos futuros, engendraron ciertas características que serían vitales para su crecimiento venidero.

Primero, crearon redes de tráfico dentro y fuera de la remota Sierra Madre Occidental, que se encuentra a lo largo del punto de convergencia de los estados productores de drogas de Chihuahua, Durango, y Sinaloa. Estos estados han seguido siendo el hogar de las organizaciones más poderosas desde entonces, y han dado nacimiento a los traficantes más notorios de la nación. La tendencia hacia el vínculo familiar en el narcotráfico sigue siendo muy común hoy en día – vea , por ejemplo, la Organización de los Beltrán Leyva – aunque la complejidad de traficar hoy en día exige que cualquier grupo criminal se extienda mas allá de los lazos de sangre.

Los primeros grupos también desarrollaron una capacidad para deslizarse más allá de la frontera de Estados Unidos, alimentando el mercado del alcohol de contrabando (durante la prohibición), la marihuana, y el opio. Dado que el mercado de Estados Unidos para las drogas ilegales más tarde se convertiría en el más lucrativo del mundo, esto le dio a los traficantes mexicanos las habilidades de trabajo más codiciadas en la industria.

Además, estos grupos de principios del siglo XX comenzaron a desarrollar vínculos con el sistema político, especialmente durante el mandato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que surgió de las cenizas de la Revolución Mexicana y dominó el gobierno del país hasta el año 2000. Por ejemplo, un importante traficante chino-mexicano en la década de los treinta fue Antonio Wong Yin, un amigo cercano del alcalde de Torreón (donde estaba basado), el gobernador de Coahuila (que alberga a Torreón), y el general del ejército encargado de controlar esa región. Ese apoyo político para los traficantes, que es inquietantemente similar a las historias de corrupción que periódicamente surgen hoy en día en los medios de comunicación mexicanos, no era raro.

Dado que los grupos mexicanos prosperan en gran parte con el apoyo o tolerancia de los agentes del estado, este establecimiento temprano de puentes de comunicación con los precursores del sistema político mexicano no tenía precio, tanto en ese momento como cuando la industria creció.

La Internacionalización del Crimen Mexicano

La introducción de la cocaína al mercado de drogas de Estados Unidos en la década de los setenta y los ochenta cambió dramáticamente las circunstancias para los narcotraficantes mexicanos. Más importante, los márgenes de ganancias explotaron; un reciente informe de International Crisis Group se refirió a la diferencia de precio en 50 veces por un kilo de cocaína en Colombia, en comparación con el mismo kilo en Estados Unidos, de US$2.400 a US$120.000. Las divergencias sustanciales de hoy presumiblemente fueron incluso más profundas hace cuatro décadas, ya que los precios de Estados Unidos para la cocaína han estado a la baja.

Nada comparado a estas ganancias fue disponible a través del tráfico de marihuana. Como consecuencia de ello, los traficantes de cocaína mexicanos exitosos fueron capaces de acumular muchas más riquezas que sus antepasados criminales. La tendencia fue más lejos cuando las bandas mexicanas, a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, comenzaron a insistir en el pago, no en efectivo sino en producto, de sus socios suramericanos; en ese punto, ya no eran subcontratistas sino mayoristas, con ganancias a reventar. Este cambio puso patas arriba el equilibrio de poder entre los traficantes y sus patrocinadores en el gobierno; para el sistema político fue cada vez más difícil tratar de supervisar a los mafiosos rebeldes.

No obstante, el gobierno permaneció íntimamente involucrado, incluso a medida que perdía un cierto grado de control. Los traficantes tuvieron profundas relaciones con los aparatos político y de seguridad en México; muchos de los capos más notorios, como Miguel Ángel Félix Gallardo, y Juan José Esparragoza, alias "El Azul", fueron ex oficiales de policía. Un desfile de funcionarios gubernamentales de alto rango, desde el ex comandante de la policía federal, Guillermo González Calderoni, que supuestamente fue uno de los favoritos del presidente Carlos Salinas en la década de los ochenta y los noventa, hasta el general Jesús Gutiérrez Rebollo, el nuevo zar de la droga, quien estuvo en la nómina del Cartel de Juárez en 1997 (y se hizo famosos en la película "Traffic"), han sido descubiertos trabajando para los grupos que tienen el propósito de atacar. Tales arrestos, por no hablar de los rumores que rodean a los oficiales que nunca han sido acusados formalmente, continúan hoy día.

Otro importante cambio fue hacia un sistema más internacional. Con la cocaína siendo la sustancia más importante en la industria, los mexicanos ya no podían depender sólo de sus conexiones dentro del país y en la frontera para hacer negocios. Los vínculos con los productores de cocaína en países de Suramérica como Perú, Bolivia y, especialmente, Colombia se volvieron esenciales.Esto añadió otros escalones en la cadena de suministro, e hizo que alimentar el mercado de Estados Unidos fuera una tarea más compleja. Un enfoque globalizado se convirtió en una necesidad.

En gran parte, como respuesta a este nuevo entorno, los grupos mexicanos se hicieron más sofisticados y más complejos, innovando en métodos de tráfico aéreo y marítimo. También se desplazaron hacia un modelo operacional hegemónico; el modelo de una pequeña empresa familiar dirigiendo su operación desde un suburbio marginal en Ciudad de México o un barrio en Juárez ya no era viable. Estos grupos más pequeños fueron absorbidos o expulsados por las nuevas hegemonías, que controlaban regiones enteras y cooptaban a funcionarios públicos en una escala cada vez mayor. Así, el control de la proverbial "plaza", o el corredor de tráfico, se convirtió en un requisito.

El mejor ejemplo del nuevo modelo hegemónico fue el Cartel de Guadalajara del anteriormente mencionado Félix Gallardo. Originalmente un agente de policía y guardaespaldas del gobernador de Sinaloa, Félix Gallardo y su equipo se trasladaron al sur a Guadalajara en la década de los setenta, en respuesta a la Operación Cóndor, con la cual el ejército mexicano lanzó una feroz campaña de erradicación en la cordillera de la Sierra Madre. Desde Guadalajara, se asoció con traficantes colombianos como Pablo Escobar, y se convirtió en su socio mexicano más importante. También llegó a dominar el hampa en gran parte de su país; Félix Gallardo y sus subordinados controlaban el contrabando en la mayor parte de la costa pacífica de México y en la frontera con Estados Unidos.

Los Grupos de Hoy

Las organizaciones criminales mexicanas de hoy difieren de aquellas de la época de Félix Gallardo, y más aún de sus predecesores de hace un siglo. El factor más importante es que la tendencia hacia la consolidación, terminó con Félix Gallardo. Después de su arresto en 1989, el jefe supuestamente dividió la mayor parte de México y entregó parcelas a sus subordinados, para evitar una ruptura de la organización que él había construido. Sin embargo, la táctica –que puede ser mentira; Félix Gallardo dijo a los periodistas que él no tenía nada que ver con eso – básicamente falló. Lo que había sido el Cartel de Guadalajara se convirtió, a grandes rasgos, en los Carteles de Tijuana y Juárez, que fueron enemigos mortales a través de la década de los noventa, pese a sus raíces comunes. A su vez, estos grupos dieron lugar a un puñado de organizaciones rivales, como el Cartel de Sinaloa, la Organización de los Beltrán Leyva y, en los últimos años, al Cartel de Jalisco Nueva Generación.

Es decir, los grupos disidentes han dado nacimiento a grupos disidentes. La debilidad de los grupos restantes ha alentado a otros a levantarse y a desafiar a los jefes existentes, convirtiendo el proceso de atomización, como se llama a menudo, en un circulo vicioso. En consecuencia, ningún grupo reciente ha igualado el control territorial de Félix Gallardo, y parece poco probable que alguno lo logre.

Este ciclo ha sido un importante motor de la violencia. Las rivalidades entre las bandas nuevas son, en sí mismas, contiendas violentas. Miles de personas han muerto como resultado de las disputas entre el Cartel del Golfo y los Zetas, por ejemplo, y entre el Cartel de Juárez y el Cartel de Sinaloa. El problema se agrava porque los capos caídos a menudo no se sustituyen por hombres de negocios sino por hombres cuya inclinación natural es hacia la violencia. Los grupos de hoy en día también sufren de un mayor grado de inestabilidad interna, como InSight Crime ha informado acerca de los Zetas en los últimos años, en medio de un contexto de constante guerra criminal y de los flujos de caja desiguales; los subordinados violentos a menudo están tentados a ignorar o a desafiar a sus jefes.

Las bandas de hoy en día son mucho más dependientes de fuentes alternativas de ingresos, más allá del narcotráfico. Estas incluyen el robo de petróleo, la extorsión, el secuestro, el tráfico de personas, el robo y la piratería. Con toda probabilidad, los ingresos de estos delitos en conjunto ascienden a no más de unos pocos miles de millones de dólares al año, pero imponen un costo mayor en la sociedad en su conjunto. Un acuerdo internacional de drogas exitoso no impone ningún costo directo para la comunidad en general, pero un secuestrador casi siempre ataca a los más vulnerables. Esto también es válido para la extorsión, la cual, si es lo suficientemente común, equivale a un factor disuasorio para el éxito de los empresarios.

Por último, los grupos de hoy en día ya no están, sin duda, subordinados al estado. Con todo su poder, Félix Gallardo finalmente respondía al sistema político. Cuando el gobierno federal decidió derribarlo, no tuvo ningún problema para encontrarlo y encarcelarlo de por vida (De acuerdo con los relatos de su detención, cuando vio al comandante de la policía, González Calderoni, justo antes de su detención, Félix Gallardo lo saludó como un amigo que llegaba de visita).

Hoy en día, esto ya no es el caso. Los mayores ingresos por el tráfico de cocaína, expuestos anteriormente, ha contribuido a ello, y es una parte importante de la historia; aunque el desarrollo del sistema político mexicano es igual de importante. Las organizaciones criminales en México son más débiles en ciertos aspectos, pero también lo es el Estado. El PRI, el partido político que dominó desde la década de los treinta, perdió el poder por primera vez en 2000, y el gobierno federal nunca ha recuperado la cuasi omnipotencia que una vez disfrutó.

Como consecuencia, los traficantes ya no existen dentro de un sistema administrado por el gobierno federal. Por el contrario, el Estado y la delincuencia organizada se encuentran en una lucha de poder constante. Dado que el PRI era una entidad autoritaria, esta pérdida de poder es, en general, una buena cosa; pero, uno de los efectos secundarios desafortunados fue la creciente incapacidad del Estado para imponerse a la delincuencia organizada.

* Este articulo es una adaptación de un trabajo de investigación más largo que aparece en una edición reciente de la revista Trends in Organized Crime.