Expendio de crack en Río de Janeiro

Brasil es actualmente el segundo consumidor en el mundo de cocaína y derivados, después de Estados Unidos. La pasta base y el crack se venden al por mayor y a precio muy bajo en las llamadas 'crackolandias' de Río de Janeiro y São Paulo. El colectivo Dromómanos, galardonado con el premio de periodismo Ortega y Gasset, nos lleva por las profundidades del país que demanda el 18 por ciento de la producción mundial de droga.

Esta tienda está abierta 24 horas. La atienden tres jóvenes armados vestidos de shorts y sandalias. El lugar es una especie de lavadero de piedra antiguo, abandonado, que se ha convertido en almacén. El mostrador, unas mesas plegables de lámina. Encima de ellas sólo hay bolsas de plástico. En cada una se divide la droga: cocaína, marihuana y “crack -o piedra. Al lado hay una carreta con más mercancía vigilada por un hombre vestido con camiseta sin mangas y un fusil en cada mano.

El encargado, que sería una especie de gerente de esta tienda al aire libre, ubicada detrás de una estación de tren, tiene apenas 20 años y juega con una cometa. No hay ningún cliente todavía. Unos niños —conocidos como “fogueteiros”— se asoman desde los techos de las favelas con binoculares para avisar en caso de que venga la policía. En el suelo y recargados en las paredes, hay todo tipo de rifles.

Este artículo apareció originalmente en Domingo El Universal y fue publicado con el permiso de los autores. Vea el artículo original aquí.

Los empleados pasan la tarde jugando a las cartas, volando cometas y bebiendo cervezas mientras cuentan la última vez que vino la policía. De vez en cuando llega algún cliente, compra su producto y se va. Nadie se queda más de cinco minutos en esta “boca de fumo” -dispendio de droga- una de las tantas que hay en las favelas de Río de Janeiro.

A las 15:15 horas todo cambia. Apenas se escucha llegar el tren, los vendedores dejan las cartas y se preparan para recibir a la multitud de unos 100 hombres, mujeres y niños que salen corriendo de los vagones y cruzan las vías camino a la tienda. Para llegar aquí sólo hay dos maneras: subir el puente por donde transitan los habitantes de la favela o por atrás, en una especie de pasadizo secreto, por el que sólo caminan los compradores de droga y las trabajadoras sexuales. Allí los esperan hombres armados que les indican cómo llegar directo con los vendedores que empiezan a gritar: "Crack 2 reales [87 centavos de dólar], marihuana 10 [US$4,38], cocaína 20[US$8,78]". El gerente sigue jugando con su cometa.

Los clientes se amontonan y compran. Llevan el dinero en la mano y se unen a los gritos. También hay otros precios para quien quiera mayor cantidad. La transacción no dura más de un minuto. Los vendedores sacan la droga de una bolsa y meten el dinero en otra. De repente, cargan bolsas llenas de reales que otros hombres vigilan sigilosamente con sus rifles.

En menos de 20 minutos, la gente se empieza a dispersar. A lo lejos se escucha el tren que va de regreso al centro de Río de Janeiro, a un par horas de esta favela a las afueras de la ciudad. El tren es como un transportador que va de una ciudad a otra sin salir de la misma. Va desde la periferia, violenta y marginada, al Río de Janeiro de postal, con sus playas, sus cerros y miles de turistas tomando caipirinhas. Pero aquí es otro escenario. Algunos clientes fuman el crack apenas lo compran y sin esperar el tren. Otros lo guardan, se van sin sostener la mirada.

Una mujer esquelética, de facciones marcadas y piel morena, se acerca a los vendedores y clientes en busca de crack. Los hombres de los rifles se burlan de ella: "Fuera de aquí, ‘crackuda, vete a vender tu cuerpo a otra parte", le gritan riendo. La mujer, que viste minifalda y ombliguera sucia y rasgada, busca a toda costa un poco de droga a cambio de sexo. Pero entre la vorágine de compras, nadie le hace caso.

En cuanto llega el tren, los clientes desaparecen. Los vendedores vuelven a su juego de cartas y esperan la llegada del próximo, en unas horas. Vagabundos y borrachos, que asoman de vez en cuando a la calle que lleva a esta lugar, vuelven a los bares. El gerente, un joven moreno, de hombros anchos y gorra de lado, corre para ver que tan lejos ha llegado su cometa.

Entre los primeros consumidores

Brasil se ha convertido en el segundo mayor consumidor de cocaína y derivados del mundo después de Estados Unidos. Un 18 por ciento de la producción mundial entra por los casi 20 mil kilómetros de frontera marítima y terrestre que tiene este país principalmente con Bolivia, Colombia, Brasil y Paraguay, según el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD). En total, 2,2 millones de personas, es decir, el 1,4 por ciento de la población brasileña, consume cerca de 92 toneladas de cocaína y derivados, al año.

"El producto de baja calidad es el que más se consume en el mercado brasileño. En las grandes ciudades sí se consume coca, pero el grueso del mercado son las favelas. Ahí es como el McDonald’s, vendes más barato, pero mayor cantidad", nos decía Cesar Guedes en 2013 como representante de la ONUDD en Bolivia.

Hace un par de años que al organismo empezó a preocuparle la vulnerabilidad de Brasil, país con la mitad de la población sudamericana.

"Se ha convertido en importante país de tránsito, en especial de cocaína traficada a Europa a través de países de África Occidental. Y también, con el dinamismo de los mercados de drogas y de la mano del crecimiento económico de estos años, es ya un destino [en sí mismo]", dice Rafael Franzini, director de la ONUDD en Brasil.

Las favelas, principalmente en ciudades como Río de Janeiro y São Paulo, reflejan este análisis. Desde hace varias décadas son puntos de venta y consumo de droga, dominadas por los grupos criminales del país: Comando Vermelho (CV), Primer Comando Capital (PCC), Amigos dos Amigos (ADA), Terceiro Comando Puro (TCP) y la milicia —un grupo paramilitar formado por expolicías y exmilitares— que se ha convertido en una especie de cartel que lucha por el control territorial y se dedica sobre todo a la extorsión.

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El PCC ya llega a tener presencia internacional y su operación se asemeja más a la de un cartel de la droga. En Brasil, existen las llamadas “crackolandias” -calles, casas, bodegas o terrenos abandonados en los que los adictos al crack se resguardan y pasan los días.

El gobierno de Río de Janeiro implementó hace cinco años un plan de seguridad para recuperar el control territorial de las favelas, sobre todo en las más céntricas, denominado “Pacificación”. Los grupos de élite como el Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE) -conocido mundialmente por la película “Tropa de Élite”- junto con la policía militar y el ejército, ocupan la favela. Los narcotraficantes acaban presos o huyen a territorios controlados por sus grupos criminales. Luego se implanta una Unidad de la Policía Pacificadora (UPP), que prohíbe el tráfico y en teoría, busca recuperar el control social de la comunidad, con un perfil menos violento, sin ostentar armas y fomentando el diálogo.

La más reciente operación, la de Complexo da Maré, ubicado en el camino del aeropuerto a la zona sur, provocó varias protestas por la violencia con la que irrumpió el BOPE. Derivó en al menos nueve muertos. Bira Carvalho, un fotógrafo cuya casa fue asaltada por las autoridades en busca de droga, afirma: "La pacificación no es para traer paz. Esto empezó en la zona sur porque es turística, pero el tráfico de droga continúa, la policía lo sabe y la cosa va a seguir igual".

En cada pacificación, los vecinos, así como varias ONG’s, han denunciado graves violaciones a los derechos humanos. En otra operación policial, contra el narcotráfico al occidente, en la favela Coreia, un helicóptero disparó contra la población civil para detener a un famoso traficante conocido como "El Matemático", que meses después fue encontrado muerto en la cajuela de un auto. Hasta ahora, hay 38 UPP en las 968 favelas que hay en Río de Janeiro, según el último censo del Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos.

"La UPP no llega [ni siquiera] al 10 por ciento de las favelas, aunque parece que sí por propaganda. En realidad su ubicación muestra el proyecto de ciudad que tiene el gobierno de Río de Janeiro", sostiene el diputado Marcelo Freixo, excandidato a alcalde. Las autoridades están centradas en mejorar la seguridad en la zona sur y puntos de conexión como el aeropuerto y el puerto.

"En zonas como la Baixada Fluminense, con los índices criminales más altos, no hay una sola UPP", indica el responsable de destapar uno de los mayores escándalos de corrupción al relacionar a diputados locales con la milicia. Durante meses, el diputado Freixo tuvo que dejar la ciudad por amenazas de muerte. Su historia inspiró a uno de los personajes de la cinta Tropa de Élite.

"La pacificación es un tema polémico, pero lo cierto es que gracias a ella se ha recuperado el espacio público, los vecinos ya no escuchan tiros todas las noches ni tienen miedo y no tienen que pasar por bocas de fumo en medio de la calle", insiste la mayor Priscila de Oliveira, que ha coordinado gran parte de las pacificaciones y ahora dirige la UPP de Rocinha, la favela más grande de Río. Este puesto se le asignó después de descubrir que policías de esta UPP fueron culpables de la desaparición de Amarildo, un pescador habitante de Rocinha, que fue asesinado y torturado el año pasado y cuyo cuerpo todavía no aparece.

Las favelas no pacificadas, sobre todo en la zona norte y occidente, siguen controladas por criminales. Rodrigo —nombre falso— es uno de los hombres que guía a los clientes que bajan del tren hasta la boca de fumo que visitamos a las afueras de la ciudad.

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“¿Ustedes son los periodistas, no? Me avisaron que estaban aquí”, nos dice mientras sujeta una AK-47 y come una bolsa de pepitas.

Nada pasa en la favela sin el permiso del “dono do morro", es decir, el jefe de la favela, un hombre de unos 30 años que sólo nos saluda de lejos y lleva un chaleco con dos bandas de munición colgadas, como si fuera a la guerra. El jefe autoriza nuestra entrada con la condición de no revelar ningún nombre real, ni la ubicación en la que estamos. Casi nunca pisa este lugar.

La favela entera está cercada. Hay fogueteiros por todas las entradas y todos saben de nuestra presencia. Los vecinos no se inmutan ante las armas. Están acostumbrados al intercambio de tiros, sobre todo con la milicia, que ocupa la favela vecina del otro lado de las vías del tren.

"Hoy vino la BOPE, cerraron las escuelas, todos se fueron corriendo. Somos como ratones que se esconden cuando llega el gato", dice Rodrigo al fumar un cigarro y enlistar de memoria los tipos de armas que ha empuñado ya. El hombre, que esconde sus ojos tras unas gafas oscuras, recuerda perfectamente cuando empezó a traficar. Tenía 13 años y se apoyaba en un fusil M16 que en aquel tiempo era casi de su tamaño. Ha estado en varias ocasiones en la cárcel, un total de ocho años, pero siempre vuelve a la favela y consigue trabajo. Fue fogueteiro, gerente, sicario…

“Ya maté y corté tanta gente… Ahora quiero estar más tranquilo”, dice.

La noche anterior João negocia con un crackudo que le ofrece un cinturón a cambio de droga. Otro le intercambia por crack un reloj robado. Tiene 27 años, dos hijos y gana 3 mil reales al mes —unos US$1.350— por atender la boca de fumo.

"Cuando viene la policía le damos algo, cuando viene el BOPE... hay que escapar", dice João.

João divide la droga por precios. Ofrece tres bolsas decrack por 40 reales —unos US$18—, aunque vende dosis por únicamente 2 reales. La marihuana se vende en 88 centavos de dólar, US$2,19, US$4,38 y US$8,75, mientras que la coca se puede comprar desde US$1,31 hasta US$21,88. También vende unas gotas con un tipo de LSD. "Uno se mete al negocio por necesidad, no hay otra forma", comenta mientras despacha a otro de sus clientes.

Durante toda la noche, aparecen intermitentemente algunos crackudos, que como fantasmas, después de obtener su dosis, desaparecen.

La defensa de los adictos

Flavia Piñeiro atiende en su modesto despacho del centro de Río de Janeiro con unos tacones de aguja, minifalda y una chaqueta negra de traje que deja ver un generoso escote. Luce melena rubia oxigenada y labios carnosos pintados de rosa pálido. Con esta misma apariencia de ejecutiva exuberante, Flavia taconea por las noches en las favelas, entre hombres armados con fusiles que venden droga con la misma cotidianidad que las verduleras de los puestos del mercado. En esas ocasiones, la abogada se para delante de un traficante y le dice sin reparos: "Vende cocaína, vende marihuana, has ganado mucho dinero, pero para de vender crack".

Hasta 12 líderes, asegura, han seguido su sugerencia.

Ella es a la vez defensora de narcotraficantes y activista de los adictos. Desde hace 17 años varios criminales conocidos de Río de Janeiro, como Fernandinho Beira Mar, gran capo del Comando Vermelho, la han contratado.

"En Brasil más del 60 por ciento de los encarcelamientos están relacionados con drogas. Por eso seguí este camino. Es una cuestión de mercado", explica Piñeiro en su despacho, ubicado en un departamento de unos 40 metros cuadrados con paredes casi desnudas.

Desde hace nueve años también visita las favelas para ayudar a paliar la miseria y prevenir violaciones de los derechos humanos.

"No siento peligro porque saben que cuando un policía derriba la puerta de su casa pueden acudir a mí. La violación de los derechos humanos en la favela hizo que los delincuentes respeten mi trabajo", dijo

En una reunión con uno de sus clientes, un líder de Jacaré, que fue la crackolandia más célebre de Río, Flavia tuvo la idea de empezar su cruzada contra el crack. El traficante le contó que estaba arrepentido de vender la droga que inundó a partir de 2007 las zonas pobres de Río de Janeiro después de un acuerdo en las prisiones federales entre los líderes del CV y el PCC, la organización criminal que controla el comercio ilegal en São Paulo, donde el crack había llegado hacía tiempo. Algunos familiares y amigos de infancia del narco se habían hecho adictos.

“Me dijo que se habían transformado en harapos humanos, no soportaba ver en qué se había convertido su comunidad”, cuenta Piñeiro.

Flavia pensó que si otros traficantes compartían el sentimiento podía convencer a líderes de todas las facciones.

"Todo mundo conoce a gente que consume cocaína y marihuana, pero no ves a ningún adicto al crack trabajar. Se dice que el crack es miseria. Pero es la miseria la que lleva al crack".

Según la Secretaria Nacional Antidrogas (SENAD) el 40 por ciento de los adictos al crack viven en la calle; el 14 por ciento son menores de edad y la posibilidad de ser portadores del VIH se multiplica por ocho. En las crackolandias, además, se acumula basura y muchos adictos deambulan desnudos y tienen sexo en la calle. Hay mujeres embarazadas. Y consumidos por la adicción, los crackudos rompen reglas de la favela como no robar dentro de la comunidad, un delito que se puede castigar con la muerte.

El gobierno brasileño ha invertido en los últimos años 4 billones de reales —US$1,8 billones— en combatir el crack. Muchos activistas piensan que se invierte "so para inglés ver", una expresión brasileña que significa que se hace para el extranjero, el turista, muy en boga por la celebración del Mundial y de los Juegos Olímpicos.

Una de las tiendas de droga más famosas era la de la Avenida Brasil, entrada al Complexo de favelas de Maré y ruta obligada para los visitantes que llegan al aeropuerto internacional. Hoy una valla acompaña el camino de los turistas para evitar que vean Maré desde el taxi. Hasta la pacificación, la crackolandia seguía existiendo. Sólo se movió unas cuadras dentro de la favela, fuera de la vista de los habitantes del asfalto, como los cariocas llaman a la ciudad de los ricos y clase media.  

Víctor Lira, un habitante de Santa Marta, la primera favela que fue pacificada/ocupada/militarizada, se lamentaba una tarde desde lo alto del Morro, mientras disfrutaba de una vista panorámica de la "cidade maravilhosa".

"Nosotros ya nos comimos el hueso, ahora también queremos comer la carne”, dice.

Lira se unía a las voces que denuncian la gentrificación que, según ellos, sufre la ciudad. Las rentas y servicios en las favelas con UPP han subido y sus moradores se ven obligados a mudarse a lugares lejanos.

Los narcotraficantes, a su vez, los acompañan en la travesía. Los adictos al crack, el último eslabón de la cadena social, en algunos casos han sido privados de su libertad. Durante algunas épocas, desde 2011, varios crackudos han sufrido internación obligatoria, un mandato que permite a las autoridades llevarlos en contra de su voluntad a centros de internamiento.

"Esta medida puede ayudar a reducir los índices de consumo. Ya se intentó en São Paulo y queremos que se apruebe a nivel nacional, hay en Brasil una cantidad inaceptable de usuarios y muchos en riesgo de muerte", defiende el diputado federal, Fernando Francischini, del Partido de la República.

Kleber, 26 años, fue uno de los adictos internado. Sólo estuvo 24 horas y volvió a la calle por la siguiente dosis. Empezó a consumir crack en la favela de Jacarezinho. Su primo traficaba.

“El crack me daba la oportunidad de salir de mi mente”, recuerda.

Un día, después de consumir en Bandera II, otra de las crackolandias de Río, volvió a casa no sabe muy bien cómo. Al mediodía siguiente, cuando despertó, su familia lo llevó hasta el centro del pastor Dione Dos Santos, desde donde cuenta su historia. Kleber está a punto de merendar té y galletas junto con otra veintena de adictos. Lleva cinco meses limpio. "El internamiento forzoso sólo crea odio y rabia", asegura Dos Santos, quien fue traficante antes de encontrar la cruz.

Antes de la merienda, el pastor camina por el terreno que ha convertido en un centro para drogadictos. Los internos trabajan de obreros para añadir a la modesta edificación, con una cocina y una habitación, otra casa donde alojar a más adictos. Dos Santos viste una camisa azul cielo y cuando sonríe asoman unos brackets. Es un hombre de complexión ancha, brazos fuertes y rostro cuadrado, que cree que con la ayuda de Dios, voluntad y trabajo se puede salir de las drogas, el mismo método que utilizó él para salir del tráfico.

Desde los 17 años hasta los 22 fue tesorero en una favela. El día que lo detuvieron tenía 2 kilos de cocaína, un fusil y una pistola del calibre 45. Cumplió tres años de condena. Después se hizo pastor evangélico.

"El castigo viene del cielo. Si tu hieres, serás herido", afirma el pastor.

A Flavia Piñeiro los delincuentes la respetan porque pueden acudir a ella, el pastor Dos Santos se ganó el derecho a predicar entre criminales porque conoce las reglas de la favela.

"Muchas veces dicen 'no lo mates', llévalo con el pastor'".

Dos Santos protagonizó una película biográfica que se llama “Bailando con el diablo”. En una ocasión la policía hizo una redada en la casa de un narcotraficante. Uno de los agentes fue aprehendido por los delincuentes y tomado como rehén. 50 miembros del TC esperaban armados para acabar con el policía y las patrullas de refuerzo. Fuera de la favela, un destacamento del BOPE esperaba a abrir fuego contra los traficantes. El pastor, en vista del previsible baño de sangre, fue a hablar con el dono do morro, que le dio permiso para intervenir. El pastor fue hasta la casa, agarró el fusil de la mano del traficante y salió junto con el policía en medio de esos dos círculos mortíferos. El agente salió con vida y el BOPE se retiró.

En la entrada de Lins, justo antes de su “pacificación”, hay dos tiendas. Una cierra y la otra no. Una es un local de abarrotes. La clientela es esporádica. La otra son dos mesas de plástico de terraza. Un veinteañero, vestido de gorra negra y shorts, es el dependiente. Lleva pistola y radio. En una de las mesas se esparcen bolsitas de cocaína y crack. En la otra fajos de reales. El ritmo de venta es vertiginoso. Al final de la calle hay una casa que parece abandonada pero está llena de gente.  

La primera sala de la casa, detrás de la cortina de la puerta, fue en su momento una cocina. Hay una barra con vasos de plástico de agua y más bolsitas. El vaso sirve para hacer una pipa económica. Hay un niño de unos 12 años de ojos azules enormes. Viste una camiseta del Flamengo y sus ojos azules enormes miran sin ver. El olor de la estancia es similar al azufre. Marea.

En la otra sala hay un hombre tomando una siesta sobre una silla. Está rodeado de basura, de comida, de vasos, de platos. Hay barullo y gritos, pero él sigue durmiendo. Cuatro hombres que apuestan dosis a las cartas. Hay muchas mujeres con tops ombligueros que dejan ver unas barrigas hinchadas por el hambre. Una de las mujeres posa ante la cámara como si fuera a ser la próxima portada de Vogue.

“¡Voy a ser famosa!”, exclama.

Un segundo después, vuelve al sopor, a una conversación de silencios eternos, murmullos, monosílabos y miradas vacías. Algunos son habitantes de la favela, otros crackudos ambulantes que han ido cambiando de crackolandia según iban desapareciendo. Todos tienen los ojos hundidos y rasgos cadavéricos.

Un hombre de barba y ojos azules entra a la estancia.

"Vengo aquí sólo de vez en cuando", afirma, aunque algunos de los habitantes de la casa lo tratan con familiaridad.

Hay gente que se queda a dormir aquí y desayuna una dosis. El hombre saca un foco de luz, un tubo de metal y un pedazo de cinta aislante. Con manos nerviosas pero hábiles construye una pipa en un par de minutos. Entonces saca una bolsita y posa los cristales encima de la pipa. Enciende un mechero. Se escucha "crack". Parece que, a sus ojos, nos difuminamos.

Pablo Ferri contribuyó a este artículo. Este artículo fue publicado con el permiso de José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza. Sígalos en Twitter en  @Dromomanos  y vea más de su trabajo en http://www.dromomanos.com. Este artículo apareció originalmente en Domingo El Universal. Vea el artículo original aquí.