Policía militar en Brasil

Los agentes de la policía militar de Brasil critican su régimen de entrenamiento, en el que los abusos físicos, psicológicos y disciplinarios por parte de los superiores se presentan con frecuencia.

“¡Oye, tú, animal. Estúpido gordiflón!”

El exsoldado Darlan Menezes Abrantes imita los gritos de los oficiales que le impartían instrucción cuando él ingresó a la academia de policía militar en el estado nororiental de Ceará en febrero de 2001.

“A veces, a mediodía, mis superiores me gritaban que era un monstruo, un parásito”, explica Darlan. “Era como si estuvieran entrenando un perro. Entrenan a los soldados para que les tengan miedo a sus superiores. La formación se dirigía a afectar nuestros sentimientos, para que saliéramos de los cuarteles como un pit bull, deseando morder a alguien”.

“¿Cómo se puede servir a la sociedad si uno es entrenado de esta manera? Es ridículo”, añade. “Los policías deben aprender a pensar rápido, a desarrollar la capacidad de tomar decisiones. Pero actualmente los entrenan como si fueran perros para peleas callejeras”.

Este artículo apareció originalmente en Agencia Pública y fue traducido, editado para mayor claridad y reproducido con permiso. Ver el original aquí.

Sin rastros de nostalgia, Darlan recuerda los últimos siete meses de formación en la desaparecida academia de policía militar de Ceará. “Cada que un instructor estaba ausente, nos obligaban a limpiar los cuarteles por completo”, dice. “Y aún más: quien se quejaba podría terminar haciéndolo el fin de semana. En las fuerzas armadas, la jerarquía está por encima de todo. Es un sistema feudal; hay oficiales que pueden hacer de todo y soldados que sólo deben agachar sus cabezas. Sólo te entrenan para temerles a los oficiales. Si un soldado ve a un oficial, incluso desde lejos, tiembla de miedo”.

En el entrenamiento de los policías militares, la intimidación es la regla y no la excepción. Los cursos se enfocan en inculcar la cultura militar a los futuros soldados, y hay poca enseñanza teórica sobre temas como derecho penal o derechos humanos. Estas son las conclusiones de un reciente estudio, “Opinión de la policía brasileña sobre las reformas y la modernización de la seguridad pública”, publicado en 2014 por el Centro de Investigación Judicial Aplicada (CPJA por sus iniciales en portugués).

Para dicho estudio se entrevistaron más de 21.000 empleados de varias agencias federales de seguridad pública, la mitad de los cuales eran de la policía militar, y de éstos la mayoría eran “praças” (oficiales de menor rango).


“Imagínese un profesor que no sepa hablar de educación o un médico que no sepa hablar de salud.”


De estos oficiales, el 83 por ciento dijeron que recibieron un año de entrenamiento antes de empezar a trabajar; el 39 por ciento dijeron que fueron víctimas de tortura física o psicológica durante los entrenamientos, y el 64.4 por ciento señalaron que habían sido humillados o irrespetados por sus superiores.

A pesar de estas alarmantes cifras, el tema del miedo rara vez se discute dentro o fuera de los cuarteles. En varios estados brasileños, los reglamentos internos de la policía militar prohíben expresamente que los oficiales hablen sobre su profesión. Los oficiales dicen además que tienen pocas oportunidades de reportar las violaciones —la naturaleza cerrada de la jerarquía militar ofrece poco espacio para quejas o críticas sobre las prácticas de formación—. Esto ocurre a pesar de que dichas denuncias se basan en violaciones a los derechos humanos.

Lecciones de tortura

La institucionalización de las violaciones a los derechos humanos dentro de la policía militar durante los entrenamientos tiene un impacto directo sobre la manera como los policías interactúan con la población en general. Un informe de la Comisión de la Verdad del estado de São Paulo ofrece un ejemplo elocuente. Durante un testimonio ante la Comisión en noviembre de 2013, el sociólogo y exsecretario de seguridad pública del estado de Río de Janeiro, Luiz Eduardo Soares, dijo: “el Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar [BOPE por sus iniciales en portugués] dictó clases sobre tortura hasta el 2006. ¡Clases de tortura en 2006! No me refiero a simples caprichos ideológicos... estamos hablando de procedimientos institucionales”.

Fue en este contexto que Rodrigo Nogueira Batista —egresado de la marina que actualmente cumple una condena de 30 años de prisión por varios crímenes, incluyendo intento de homicidio— fue elegido para participar en las llamadas “operaciones de verano” dos meses después de ingresar a la policía militar. Batista explicó que los reclutas realizaban esta etapa de su formación con oficiales veteranos de la policía en las playas de Río de Janeiro: Ipanema, Copacabana, Barra da Tijuca, Botafogo y Recreio.

Rodrigo Nogueira Batista. Foto cortesía de Agencia Pública

“Salíamos con un garrote en la mano y vestíamos pantalones cortos y camisa de policía militar, para darle a la población una ‘sensación de seguridad’”, recuerda Batista. “Enviaban a agentes veteranos de la policía junto con dos o tres ‘bolas de hierro’, como llaman a los reclutas”.

Pero en la calle “prevalecía la barbarie: pequeños robos, fumadores de marihuana, todo lo que se pueda imaginar. Cuando agarrábamos a [los detenidos], era sólo para golpearlos una y otra vez, y rociarles gas pimienta, mucho gas pimienta. Esa fue la primera vez que entré en contacto con las técnicas de tortura utilizadas por la policía militar en varias ocasiones”, dice Batista.

Sí señor, No señor

Según los entrevistados, la cultura de la violencia nace de la deshumanización de la policía militar durante los entrenamientos.

“Como soldado de la policía militar, uno no tiene derechos”, dice Darlan. “Teníamos que dormir en cuartos sucios y derruidos. Cada quien tenía que llevar su propio saco de dormir a los dormitorios. Los reclutas casados la pasaban mal, pues llegaban a tener hasta tres meses sin sueldo. Los soldados sólo debían decir ‘Sí señor’ o ‘No señor' y marchar todo el tiempo. ¿Cómo puede una policía antidemocrática proteger una sociedad democrática?”.

Darlan, autor del libro “El militarismo: un arcaico sistema de seguridad pública”, fue expulsado de la policía en enero de 2014, después de servir 13 años en la policía militar. Dice que fue expulsado a causa del libro.

Darlan Menezes Abrantes. Foto cortesía de Agencia Pública

Sin embargo, la policía militar de Ceará alega que Darlan fue expulsado porque violó normas de humildad y decencia del código disciplinario militar. En São Paulo y Caerá, a la policía se le prohíbe “publicar o divulgar [...] documentos sobre temas administrativos o técnicos privativos de la policía [...] que puedan amenazar el establecimiento militar”.

Darlan reportó su expulsión ante el Ministerio Público de Ceará y presentó una solicitud de reintegro ante la corte, que aún no ha sido fallada. Cuando Agencia Pública indagó sobre el particular, la policía militar de Ceará no quiso dar explicaciones sobre el motivo de la expulsión de Darlan ni comentar sobre su caso.

Normas “anticuadas y antidemocráticas”

“Imagínese un profesor que no sepa hablar de educación o un médico que no sepa hablar de salud”, dice Ignacio Cano, sociólogo del Laboratorio para el Análisis de la Violencia, de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). “En muchos estados, los oficiales de policía no saben hablar de seguridad pública”. Cano es autor de un estudio (pdf) que analiza los “manuales de conducta” de la policía militar, con el objetivo de comparar los reglamentos y la legislación disciplinaria de las fuerzas de seguridad pública en Brasil.

“Las normas disciplinarias de la policía militar son anticuadas y antidemocráticas; muchas de ellas datan incluso de antes de la Constitución actual”, dice Cano. “Fueron creadas para garantizar una jerarquía y una disciplina dentro del organismo y para crear cierta imagen del mismo. No fueron diseñadas para proteger a la población ni a policía”.

Según el estudio de Cano, por lo menos 10 unidades federales tienen regulaciones anteriores a la actual Constitución de Brasil, que fue promulgada en 1988. Algunos estados adoptaron directamente las reglas disciplinarias del ejército, denominadas RDE, como las mismas reglas de la policía militar, que fue creada con el Decreto dictatorial 667 (pdf) el 2 de julio de 1969.

“En la normativa que analizamos, encontramos reglas que estipulan que es aceptable que un oficial superior de la policía golpee a los oficiales de menor rango con el fin de que acaten las órdenes”, dijo Cano. “Este es uno de los casos más extremos [de abuso que hemos encontrado].”

Entrenamiento de la policía en Río de Janeiro. Foto cortesía de Agencia Pública

El sociólogo también menciona ejemplos de reglamentación excesiva. “Hay una moral especial que los agentes de la policía deben observar incluso en su vida privada”, dice. “Los agentes no pueden hacer cosas que la mayoría de los seres humanos hacen: beber alcohol, mentir, adquirir deudas. Los oficiales pueden llegar a ser castigados por estas cosas. Esto crea la imagen de un súper ser humano que no existe”.

Hay otros ejemplos de estas normas que regulan la vida personal de los policías. En la Amazonia, a los agentes se les prohíbe “hablar en un idioma extranjero en los estacionamientos de la policía o militares, excepto cuando se requiera en función de su papel como policía”.

Una cultura heredada de la dictadura

La jerarquía es el valor supremo en los manuales de conducta de la policía militar. Sin embargo, inculcar disciplina mediante este sistema tiene un alto precio. “Los derechos humanos de los policías son violados con frecuencia con estas reglas”, dice Cano. “Y aun así queremos que respeten los derechos de los ciudadanos cuando sus propios derechos no son respetados”.

Roner Gama, sargento de la Policía Militar del Distrito Federal, es un ejemplo de la falta de libertad de expresión que se le brinda a la policía.

“Los policías no pueden publicar cosas en las redes sociales sobre el funcionamiento interno de la organización sin tener que responder por ello”, dice Gama. “En estos momentos yo estoy enfrentando varias investigaciones por haberme expresado en las redes sociales. Incluso hoy iré a la oficina de Asuntos Internos por un comentario que alguien hizo en un sitio web. Es algo aburrido y vergonzoso”.

“La policía militar es la única institución del país donde los oficiales no pueden cuestionar a los superiores... Es totalmente absurdo”, concluye Gama.


"La policía militar es la única institución del país donde los oficiales no pueden cuestionar a los superiores... Es totalmente absurdo."


Jacqueline Muriz, antropóloga y profesora del Departamento de Seguridad Pública de la Universidad Federal Fluminense (UFF), con más de 20 años de experiencia en las academias de policía de Brasil y de otras partes de América Latina, llega a conclusiones similares. “En Brasil tenemos una lógica aristocrática guiada por privilegios, que pervierte el sentido de jerarquía y disciplina”, dice Muriz. “Es un continuo abuso del poder, sustentado en regulaciones disciplinarias anticuadas e inconstitucionales”.

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Este proceso de formación anticuada implica un gran costo para la sociedad. “La policía no puede ser improvisada”, dice Muñiz. “Los agentes experimentados son muy valiosos para la sociedad. Ellos no pueden ser sustituidos simplemente porque mueren o tienen un accidente”.

Algunos creen que este sistema disciplinario es una herencia de la época de la dictadura militar de Brasil. “Gran parte de nuestras instituciones de seguridad pública son remanentes de la época de la dictadura, incluyendo los procesos de entrenamiento”, dice Elisandro Lotin, jefe de la policía militar de Santa Catarina y presidente de la Asociación Nacional de Policías Militares (Anaspra por sus iniciales en inglés). “Ya hemos puesto innumerables quejas [sobre los cursos de entrenamiento]. Recientemente, en una academia de policía aquí en Santa Catarina, 200 mujeres fueron obligadas a hacer flexiones de brazos sobre el asfalto a las tres de la tarde, y algunas terminaron con quemaduras en las manos. ¿Así es como se espera motivarlas para proteger a la sociedad?”.

Para el sargento Leonel Lucas, miembro de la Brigada Militar de Río Grande Sur y presidente de la Asociación Antonio Mendes Filho, no es sólo la formación de los oficiales la que necesita mejorar. “Creo que lo primero que tiene que cambiar es la formación académica de los oficiales de alto rango”, dice Lucas. “Cuando cambiemos la mentalidad de los profesores, ello se verá reflejado en los oficiales de menor rango a quienes ellos están instruyendo”.

¿Es necesaria la desmilitarización?

Hay una pregunta que genera respuestas divergentes entre los policías y los expertos en seguridad pública: ¿es posible ofrecer un entrenamiento más humano y eficaz sin quitar el carácter militar de la policía militar?

La antropóloga Jacqueline Muniz cree que es posible.

“La estructura militar en sí misma no limita la efectividad de los cursos de formación de los policías”, explica. “Lo que los limita es la manera como aplican lo aprendido, como terminan abusando de su poder”.

Muñiz mencionó ejemplos de la policía militar en otros países, como la gendarmería en Francia, los carabineros en Italia y la Guardia Civil española, que han sido más exitosos en la implementación de seguridad ciudadana.

“En estas instituciones, los agentes de policía tienen los mismos derechos y obligaciones que los demás ciudadanos”, dice. “Estos organismo tienen un índice de aprobación muy alto en sus sociedades e incluso tienen bajos niveles de violencia, corrupción y violaciones”.

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Elisandro Lotin, presidente de Anaspra, responde de manera similar.

“Se puede tener una policía militar en la medida en la que esté enfocada en la dignidad humana y en el respeto a los ciudadanos, y siempre y cuando se rompa con esa idea de que el ejército debe mantener control sobre ellos —y sobre todo lo demás, desde las armas, hasta la formación y el número de oficiales”, dice. “Una vez que se produce esta separación [del ejército], ello no necesariamente significa desmilitarización. Podemos tener una policía militar en Brasil que se centre en la dignidad humana y en los derechos de los trabajadores, así como en códigos de conducta adecuados”.

 

"¿Cuál es el deber de un soldado? Matar enemigos. Un soldado se entrena para eliminar a los enemigos y un agente de policía no. O por lo menos no debería serlo."

Pero Vanderlei Ribeiro, presidente de la Asociación de Policías Militares y Bomberos de Río de Janeiro (ASPRA por sus iniciales en portugués), no está de acuerdo. “La estructura militar es incompatible con la policía”, dice Ribeiro. “El militarismo es para el ejército. Primero se debe cambiar la estructura para luego modificar el entrenamiento. No hay ninguna otra manera”.

El exsoldado Darlan Menezes Abrantes tiene una opinión similar. “No tiene sentido ofrecer cursos de derechos humanos si la policía es militar. Cuando sales a la calle, lo que domina es la lógica militar”, dice.

El exoficial de la policía militar Rodrigo Nogueira Batista llega a una conclusión similar. “Cuando vemos un soldado ejerciendo funciones policiales, ya hay algo que no está bien”, dice Batista. “¿Cuál es el deber de un soldado? Matar enemigos. Un soldado se entrena para eliminar a los enemigos y un agente de policía no. O por lo menos no debería serlo”.

“Esta confusión entre agentes de policía y soldados no se resuelve fácilmente”, añade. “Los abusos siguen ocurriendo enfrente de todos, y nadie hace nada. Por ejemplo, en el caso de un grupo de personas que regresaban de una fiesta, estaban siendo perseguidos por una patrulla, y su auto fue impactado por 15 balas. Esto puede suceder con una mentalidad militar, pero no se le ocurriría a un agente de policía. El policía seguiría el auto hasta acercarse, pero no dispararía a menos que le estén disparando. Esto solo pasa en la mente de un soldado que cree que está en guerra.”

“Hay miles de cosas [que podrían explicar la situación]”, dice Batista. “Pero el soldado [que le disparó al vehículo civil] no se detuvo a analizar estas opciones porque no está preparado para pensar, para contextualizar el tipo de servicio público que está ofreciendo. Hizo aquello para lo que estaba entrenado. ¡Se acercó, apuntó y disparó!”

Este artículo apareció originalmente en Agencia Pública y fue traducido, editado para mayor claridad y reproducido con permiso. Ver el original aquí.