Retrato de miembro de grupos de vigilantes de México

Un nuevo estudio de un experto en seguridad en México analiza los factores que subyacen a la explosión de grupos de vigilantes en todo el país en los últimos años.

En su artículo publicado recientemente, "Desigualdad y surgimiento de organizaciones de vigilantes: el caso de las autodefensas mexicanas" (Inequality and the Emergence of Vigilante Organization: The Case of the Mexican Autodefensas), Brian Phillips arroja luz sobre los grupos de autodefensas que surgieron en México a comienzos de 2013.

Phillips, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), de la Ciudad de México, identifica dos tipos básicos de organizaciones de vigilantes: primero, agrupaciones de ciudadanos que surgen de manera orgánica, y segundo, grupos conformados por patrocinadores adinerados, muchas veces como respuesta a una amenaza a sus intereses empresariales.

En otras palabras, hay grupos de vigilantes populares y jerárquicos. Aunque las organizaciones de autodefensa surgieron en todo el país —según Phillips, en 2013 operaban en 70 municipios diferentes diseminados en 13 de los 32 estados del país—, la mayor parte de estos grupos aparecieron en unas cuantas comunidades de Michoacán y Guerrero.

El nuevo trabajo de Phillips busca descubrir el porqué. De manera previsible, por el título, se ve la desigualdad económica local como el motor más importante en el desarrollo de los grupos de vigilantes. Los municipios con mayor coeficiente Gini (medida común para calcular la desigualdad) tienen muchas más probabilidades de desarrollar grupos de vigilantes.

Phillips ofrece varias explicaciones del porqué la desigualdad fomentaría el vigilantismo. Una es que las sociedades con desigualdades económicas tienden a ser desiguales también en términos de seguridad, y solo una limitada porción de comunidades pueden garantizar su bienestar contratando fuerzas privadas de seguridad. En esas poblaciones, también es probable que los organismos de seguridad oficiales respondan mejor a los ciudadanos adinerados, lo que les da más capacidad de buscar justicia mediante el sistema legal, al contrario de sus vecinos más desfavorecidos.

Como consecuencia, los no adinerados se apoyan en grupos de autodefensa como último recurso; es su única posibilidad de alcanzar algo parecido a la paz y la prosperidad de las que gozan los ricos.

Hay un factor de contagio en la propagación del vigilantismo, y los logros de un grupo en una población muchas veces inspiran a las comunidades vecinas a formar organizaciones similares.

Un segundo factor puede ser que es más sencillo organizar un grupo de vigilantes en una comunidad más estratificada. Hay candidatos obvios que financien y dirijan la empresa, a saber, los ricos, así como hay un grupo más pobre que puede estar más dispuesto a "hacer el trabajo sucio de la violencia real". En muchos casos, simplemente se transfiere una relación económica existente al grupo de vigilantes, con el liderazgo de los patrones cuando sus empleados se alzan en armas.

Análisis de InSight Crime

Al poner la desigualdad a la cabeza de la lista de factores, Phillips resta importancia a otros factores que se mencionan comúnmente como motores del vigilantismo, como los altos índices de criminalidad y la incapacidad de las instituciones locales de gobierno, los cuales son a su entender predictores menos confiables del surgimiento de los grupos de vigilantes. Phillips también ensayó otros factores que podrían tener relación, como la presencia de voceros indígenas y la proporción de tierra de propiedad comunitaria en la estructura de ejidos de México. Sin embargo, con estos factores halló lo mismo; que no tenían una relación tan estrecha con el vigilantismo como fue el caso de la desigualdad económica.

Según Phillips, el incremento de los homicidios tiene correlación con mayor probabilidad de surgimiento de grupos de vigilantes cuando se compara zonas de violencia moderada con otras en su mayoría pacíficas. Pero las ciudades más violentas no son las más propensas a ver el surgimiento de grupos de autodefensa. Esto parece corroborarse con el caso de Michoacán, que es consistentemente peligroso, pero nunca ha estado entre los peores de México.

Aunque la intensificación del crimen parecería acrecentar la utilidad de los grupos de vigilantes, una posible explicación para la correlación imperfecta es que los autodefensas también pueden ser disuadidos a retirarse. Como lo plantea Phillips, "si los índices de crímenes violentos se elevan demasiado, la actividad de los autodefensas se vuelve demasiado peligrosa".

Phillips también ve una relación entre la presencia de un grupo de autodefensas en una población dada y la existencia de un grupo similar en un municipio vecino. Esto indica que hay un factor de contagio en la diseminación del vigilantismo, y los logros de un grupo en una ciudad muchas veces inspiran a las comunidades aledañas a formar organizaciones similares. Dicho hallazgo también concuerda con la entrañable imagen de los grupos de autodefensa que presenta el documental "Cartel Land" (Tierra de carteles). En la cinta, el precursor de los autodefensas José Manuel Mireles aparece en una correría por Michoacán, inspirando a los habitantes de una ciudad a otra a seguir su ejemplo y tomar las armas.

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El trabajo de Phillips ofrece algunas posibles perspectivas para funcionarios mexicanos en busca de soluciones al dilema de seguridad que plantea el fenómeno de los vigilantes. Su artículo sugiere dónde concentrar los recursos públicos destinados a seguridad: en ciudades con altos índices de desigualdad, con tasas medianas de criminalidad y con grupos de autodefensas que operen en zonas cercanas. También ofrece guía para abordar factores fundamentales del vigilantismo, como insatisfacción de las clases media y baja con los organismos de seguridad y, por supuesto, con la desigualdad económica.

El artículo también toca algunos tópicos que ameritan un estudio más profundo, que pueden añadir aristas adicionales a los hallazgos de Phillips. Él mide la capacidad del gobierno usando unas cuantas variables proxy, incluyendo el número de bibliotecas, la autonomía gubernamental y el producto interno bruto per cápita (PIB). Sin embargo, como él mismo lo señala, estas son métricas imperfectas; no es difícil imaginar ciudades nominalmente ricas con una constelación de bibliotecas, y aun así con un gobierno incapaz de garantizar la seguridad de muchos de sus ciudadanos.

Tampoco es claro que el rol de la desigualdad económica sea tan prominente como factor que contribuye al vigilantismo, como lo señala el estudio de Phillips. En recuentos detallados de los grupos de autodefensa en Michoacán, bien sea en "Cartel Land" o el de The New Yorker, lo que se encuentra muchas veces es la sensación de desesperanza de los habitantes, derivada de la percepción de que los grupos criminales y los líderes políticos y empresariales legítimos están inextricablemente asociados. En Michoacán, esto incluye no solo nexos documentados entre representantes del gobierno y grupos criminales importantes, que son cualquier cosa menos regulares; también se desprende de la aparente influencia criminal sobre la cobertura de medios informativos prominentes sobre Michoacán, la adquisición a manos llenas de las industrias extractivas por parte de grupos criminales locales, y su campaña intimidatoria contra las principales firmas nacionales e internacionales.

Estos informes indican que una sensación de desesperanza podría contribuir de manera importante a la iniciativa de tomar las armas. Si los grupos criminales no permitieran llevar una vida normal a los ciudadanos cumplidores de la ley, y si el estado no ofreciera una salida, entonces el vigilantismo tendría sentido. Esta lógica coincide también con la investigación mencionada por Phillips cuando señala que el respaldo al vigilantismo —aunque no necesariamente la participación en él— coincide con la desconfianza hacia los organismos de gobierno. Sin embargo, las pruebas cuantitativas que presenta Phillips podrían no captar este sentimiento.

Pese a estas salvedades, la investigación de Phillips es genuinamente reveladora y original, y su hallazgo básico de que la desigualdad local es el mejor predictor de la actividad de los autodefensas claramente merece una seria consideración. Aun así, la comprensión del fenómeno de las autodefensas en México sigue incompleta, y mayor investigación en los temas que Phillips y otros han examinado podría ayudar a aclarar algunos de estos complejos problemas.