El coco más reciente que no dejaba dormir a los agentes estadounidenses fue Joaquín "El Chapo" Guzmán

Un nuevo libro plantea una cruda crítica a los orígenes de la estrategia estadounidense frente al crimen organizado y a la aplicación de la actual política.

"Double Crossed: The Failure of Organized Crime Control" (Apuñalado por la espalda: el fracaso del control del crimen organizado) de Michael Woodiwiss, ofrece un cuadro convincente de las estrategias de Estados Unidos contra el crimen, como las basadas en la hipocresía y la xenofobia, lo cual ha desembocado en una estrategia totalmente contraproducente en la actualidad.

Estas conclusiones no son del todo novedosas, pero Woodiwiss, profesor de historia de la Universidad del Este de Inglaterra, aporta un acervo inusualmente rico de evidencia histórica. A lo largo del libro, sigue la pista a las concepciones estadounidenses de la palabra "mafia" hasta el asesinato del jefe de policía de Nueva Orleans en 1890, presuntamente como consecuencia de una rivalidad entre pandillas italianas y sicilianas. El homicidio desencadenó un periodo de histeria colectiva y sed de sangre; los líderes locales se aprovecharon del temor a los delincuentes extranjeros para justificar sospechosas persecuciones y linchamientos a residentes de origen italiano, aunque sin evidencia alguna de que esas acciones en realidad castigaran a los culpables o resolvieran algún problema público.

Este episodio marca una de las primeras de muchas ocasiones en las que agentes —en este caso, el alcalde de Nueva Orleans Joseph Shakespeare— intentaron convertir un hecho aislado en un peligro urgente que una camarilla criminal planteaba para la comunidad en general. Con esto, muchas veces presentaron a los extranjeros como los malos. Incluso líderes políticos nacionales comenzaron a expresar preocupación por el aumento de una "sociedad de homicidas que actúan  como logia" en Estados Unidos, pese a la escasa evidencia de que el homicidio tuviera algo que ver con lo que suele considerarse una organización mafiosa.

Woodiwiss muestra gran riqueza de matices y rigor en la revisión de presupuestos populares en relación con los grupos criminales; si hubiera aplicado la misma apreciación de sutilezas en el análisis de las políticas oficiales, el libro tendría mayor solidez.
Como lo demuestra ampliamente Woodiwiss, los políticos estadounidenses, muchas veces con ayuda de periodistas, han creado la amenaza de las organizaciones criminales para favorecer sus intereses personales. En los mismos pasos de Shakespeare estaban Charles Dawes, prominente banquero y político antimafia de Chicago que sirvió como vicepresidente de Warren Harding; Richmond Pearson Holmes, congresista por el estado de Alabama y destacado defensor del prohibicionismo, y varios más.
 
Su defensa dio lugar muchas veces a sospechosas políticas criminales —seguidas primero en el país y más adelante en todo el mundo— derivadas de bases carentes de moral. La prohibición surgió, en parte, de la creencia entre los políticos de que "el licor hará un salvaje" de los afroestadounidenses. Una ofensiva renovada por erradicar el populacho estadounidense en la década de 1930 fue producto en gran medida de la cobertura aduladora sobre los esfuerzos del dictador italiano Benito Mussolini para aniquilar la mafia siciliana, pese a la cuestionable relevancia de un modelo seguido por una dictadura fascista en una democracia liberal.
 

El relato de Woodiwiss pone de relieve varias características comunes entre la política criminal en Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Una es la tendencia a usar datos falsos para justificar decisiones de política. En la década de 1930, influyentes figuras cercanas al gobierno difundieron una historia según la cual una purga relámpago de la vieja guardia de la mafia en todo el país precipitó el ascenso de un joven Charles "Lucky" Luciano a la cabeza de una organización nacional. No existe evidencia documental de que tal purga hubiera ocurrido. En otro lugar, en disputas entre la mafia, en la década de 1970, que justificaron el redoblamiento de las iniciativas antimafia, se citaron las siguientes palabras de un agente del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus iniciales en inglés), "Todo es mentira. En realidad no tenemos idea de lo que está pasando".

Al leer estas y otras anécdotas, viene a la memoria una historia alarmante que escribiera Peter Andreas en su libro de 2010, "Sex, Drugs and Body Counts" (Sexo, drogas y reportes de bajas):

Un agente de la Agencia para el Control de Drogas (DEA por sus iniciales en inglés) describe su trabajo de oficina en la sede para Latinoamérica: "La otra mitad del trabajo es fabricar reportes de información y documentos de divulgación —ya sabe, chorradas estadísticas, cómo vamos ganando la guerra— para que uno de esos payasos pueda aparecer en la televisión o declarar ante el Congreso". Cuando se le preguntó de dónde sacó las estadísticas, se rió. "De su cabeza, ¿de dónde más?"

Quizás el elemento más impactante de la estrategia estadounidense hacia el crimen organizado a lo largo del pasado siglo fuera la tendencia a personalizar la lucha. Hace unos 75 años, políticos y periodistas estaban obsesionado por la desmesurada influencia de figuras como la de "Lucky" Luciano y Mayer Lanksy. Hace veinte años, los agentes estadounidenses veían a Pablo Escobar y al Cartel de Medellín como los reyes indiscutibles del negocio de la cocaína. Más recientemente, Joaquín "El Chapo" Guzmán era el coco, cuyo nombre no dejaba dormir a los agentes estadounidenses.

En estos y otros casos, Estados Unidos no solo adoptó un concepto exagerado de la fuerza de sus enemigos, sino que actuó como si solo mediante la eliminación de estos hombres, se curaría un mal de la sociedad más amplio. La llamada estrategia de los capos representó la culminación del supuesto de que el arresto o la ejecución de tal villano clave automáticamente apaciguaría esta o aquella sociedad —ya fuera Bogotá o el Bronx—. Esta creencia resultó rotundamente incorrecta.

Todo esto equivale a un argumento casi irrefutable para que se repiense la estrategia estadounidense. También constituye un llamado a la humildad para cualquier analista de la política criminal; muchas veces sabemos mucho menos sobre las actuales circunstancias, sin hablar de las contingencias futuras, de lo que nos gustaría idealmente.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre políticas de seguridad

Las considerables virtudes del libro tienen un contrapeso en dos pasos en falso del autor. Uno de ellos es que Woodiwiss ha situado su crítica al régimen global antidrogas en una crítica de izquierda más amplia al sistema liberal de la economía de mercado que Estados Unidos llevó al dominio global. Esto da pie a capítulos enteros de ataques a, por ejemplo, el no enjuiciamiento de los directivos bancarios después del colapso financiero de 2008. El neoliberalismo por lo general también recibe su cuota de abuso, e incluso se regala a los lectores la denuncia un tanto desconcertante sobre "la afición al dinero" de los banqueros, y por ende las escasas probabilidades de que deseen acabar con el lavado de activos.

El problema con estos apartados no es que estén equivocados, sino que no son apropiados. Tanto las prioridades procesales del Departamento de Justicia tras la crisis financiera como el neoliberalismo en general son temas fascinantes que han inspirado incontables argumentos. Hay casos razonables para cada postura, pero nada de eso tiene mucho que ver con el crimen organizado, y al leer esto, es inevitable tener la sensación de que hay otros libros en mejor posición para tratar esos temas.

Otro de los aspectos infortunados del libro es su tendencia persistente a tratar a los legisladores estadounidenses no simplemente como equivocados en muchas ocasiones, sino como malintencionados. Por ejemplo, Woodiwiss va demasiado lejos al acusar a funcionarios estadounidenses de aferrarse a los mitos del crimen organizado como justificación para la "creación del estado de seguridad nacional de Estados Unidos". Cita con aprobación a un analista que acusa a Estados Unidos de desatender por completo cualquier estudio sobre las pandillas carcelarias en el país, cuando en realidad los organismos estadounidenses han publicado y financiado una cantidad sustancial de investigaciones sobre el tema. En cierto punto presenta la "comunidad de inteligencia estadounidense" como un monolito crédulo, engañado por charlatanes por encima de las objeciones de "investigadores serios".

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre narcocultura

Esto deja en ocasiones al lector con la idea simplista de los legisladores estadounidenses como racistas, pueblerinos o ambos. Esos apartados contribuyen poco a la conclusión por completo justificable a la que arriba Woodiwiss de que la política criminal estadounidense está echada a perder por la fatuidad, e ignora la evolución sustancial de la política criminal estadounidense a lo largo de los últimos ocho años. Tampoco considera las muchas personas brillantes que trabajan en el gobierno de Estados Unidos, alejando a una masiva burocracia de sus hábitos más perniciosos.

Woodiwiss muestra gran riqueza de matices y rigor en la revisión de presupuestos populares en relación con los grupos criminales; si hubiera aplicado la misma apreciación de sutilezas en el análisis de las políticas oficiales, el libro tendría mayor solidez.

Pero aunque "Double Crossed" no sea perfecto, sigue siendo una reflexión incisiva y que invita a pensar en las patologías que afectan el control del crimen organizado en Estados Unidos. Los interesados en el tema, en especial los hombres y mujeres encargados de diseñar la estrategia estadounidense, harían bien en pensar en sus conclusiones.