Jennifer Weiss-Burke y su hijo Cameron

La heroína suministrada por narcotraficantes mexicanos está causando serios perjuicios en Nuevo México y genera altas tasas de muertes por sobredosis, por lo que el estado ha tomado algunas medidas polémicas para tratar la adicción a la heroína.

Para Jennifer Weiss-Burke, enterarse de que su hijo era adicto a la heroína fue un duro golpe. “No tenía ni idea de que la heroína era un problema”, le dijo a InSight Crime. “Lo último que supe de la heroína es que era una droga que tomaban los indigentes por allá en los años setenta. No sabía qué era la adicción a la heroína”.

Todo lo que sabía era que algo andaba mal. Su hijo Cameron estaba actuando de manera extraña, sus calificaciones habían bajado y su carácter era diferente. Lo llevó donde varios mentores y finalmente se enteró de la verdad: su hijo era adicto a analgésicos recetados, que empezó a tomar después de sufrir una lesión mientras practicaba lucha libre, y luego comenzó a tomar heroína porque era más fácil de conseguir.

Después de que se enteró de la adicción de Cameron, Weiss-Burke se reunió con otros padres y abuelos con preocupaciones similares y formaron una organización sin ánimo de lucro, llamada Curación de Adicciones en Nuestra Comunidad (HAC por sus iniciales en inglés), en la sala de su casa. Además envió a Cameron a centros de tratamiento varias veces, pero nada parecía producir efectos duraderos. “Es como una enfermedad crónica”, dice Weiss-Burke sobre la adicción a la heroína. “Siempre regresa”.

En agosto de 2011, Cameron murió de una sobredosis de heroína a la edad de 18 años, antes de que pudiera incluso graduarse de la secundaria. Varios amigos de Cameron que lucharon contra la adicción a la heroína también han fallecido. Uno se suicidó, otro fue asesinado en una redada de drogas, y los otros murieron por sobredosis. “Sólo unos pocos de los que consumían heroína todavía viven y están bien”, dijo Weiss-Burke.

Drogadicción multigeneracional

Entre 1992 y 2013, Nuevo México ocupó el primer lugar en muertes por sobredosis a nivel nacional, excepto en tres de esos años. En 2013, Nuevo México tuvo una tasa de mortalidad por sobredosis cercana a 22 por 100.000 habitantes, solamente por debajo de Virginia Occidental y Kentucky, según cifras del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades —CDC por sus iniciales en inglés— (vea el mapa).

El Departamento de Salud de Nuevo México le dijo a InSight Crime que 135 personas murieron por sobredosis de heroína en 2013 en todo el estado, lo cual, junto al abuso de opiáceos prescritos, constituye el mayor porcentaje de las 458 muertes por sobredosis con drogas en el estado.

Según cifras del Departamento de Salud de Nuevo México, la tasa de muertes por sobredosis de heroína entre los residentes del estado fue de 7 por cada 100.000 habitantes en 2013, más de tres veces la tasa nacional.

Algunas regiones de Nuevo México se han visto más afectadas que otras. En la ciudad de Española, unos 30 minutos al norte de Santa Fe, capital del estado, las muertes relacionadas con drogas alcanzaron una tasa de 42,5 por cada 100.000 habitantes en los últimos años. Si a esta cifra se agregan las de otras ciudades del condado, sube a 62 por cada 100.000 habitantes.

Lo que hace particularmente difícil la lucha de Nuevo México contra la adicción a la heroína es la prevalencia del uso multigeneracional de la heroína en las familias. “Pareciera que en partes de Nuevo México hay cierta aceptación generacional del uso de la heroína”, le dijo a InSight Crime Sean Waite, agente auxiliar especial de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA por sus iniciales en inglés), encargado de la oficina del distrito de Albuquerque. “Se ven grupos familiares en los que ha habido generaciones de miembros que son adictos a la heroína, y esto parece ser algo que se propaga”.

Weiss-Burke se refirió a este mismo tema: “He escuchado historias de abuelos que inyectan heroína a sus nietos de 11 o 12 años de edad”, señaló. “Es casi como un rito de iniciación”.

Recuperación natural

Cuando Demián Rubalcaba probó por primera vez la heroína a los 23 años, un amigo le dijo que estaba fumando opio, lo cual no parecía peligroso. “Honestamente, nunca habría fumado heroína”, le dijo a InSight Crime. “La heroína era asunto de drogadictos, pandillas de motociclistas, habitantes de la calle, y ese tipo de cosas. Yo no nunca la habría probado”.

Y entonces Rubalcaba se envició. La droga, dijo, “entrena [al cerebro] para pensar que uno necesita heroína de la misma manera que necesita agua”.

“Hay que consumirla para no hacer daño, pero entre más se consume para no hacer daño, más daño se hace”, dice Rubalcaba, tratando de explicar la mentalidad del adicto. “Se consume una y otra vez, y otra vez y otra vez, y por eso uno queda allí atrapado. Algunos de nosotros para siempre. Otros murieron a causa de ello”.

Rubalcaba pasó los siguientes cinco o seis años luchando contra su adicción, haciendo lo que podía para obtener dinero o incluso cambiando armas por drogas cuando no tenía efectivo. Llegó al punto de vivir en su camioneta, fumando un gramo o gramo y medio de heroína al día, entrando y saliendo de la cárcel.

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Finalmente, al comienzo de lo que él cree que fue su décima o decimoquinta reclusión en la cárcel, Rubalcaba decidió que ya era suficiente. “Simplemente me harté”, dijo. “Había estado enfermo por demasiado tiempo y llegué a un punto en el que por fin podría dejarla”.

Dejar la heroína implicó un retiro en una celda de 2 metros por 3, que Rubalcaba compartía con otros dos reclusos, acurrucado en una cama y vomitando. Después de eso, dijo, “nunca volví a consumir”.

Rubalcaba es ahora trabajador social profesional y hace parte de la coordinación del grupo regional de apoyo Smart Recovery, una alternativa al tradicional programa de 12 pasos. No ha tocado la heroína por unos nueve años.

Como Rubalcaba, hay algunos consumidores que pasan por lo que los especialistas en adicciones llaman una “recuperación natural”: se cansan de todo lo que causa el uso de la heroína y finalmente la dejan. Pero no todos son tan afortunados; es por eso que, junto con los esfuerzos de las autoridades por detener el tráfico de heroína, Nuevo México ha implementado algunas de las políticas de reducción de efectos negativos más progresistas en Estados Unidos.

Reducción de efectos negativos

En la Casa de Salud, un centro de salud del barrio South Valley de Albuquerque, Emily Pollock distribuye jeringas y pequeños recipientes metálicos utilizados para preparar heroína, conocidos como “cocinas”, a un número constante de consumidores de drogas. Ella estima que, en un mes, el programa de intercambio de agujas de Casa de Salud distribuye en promedio unas 30.000 jeringas, que se conservan en cajas apiladas en la parte trasera del centro de salud, en una pequeña habitación delimitada con una cortina marrón.

Pollock también les da a los consumidores de heroína folletos informativos que describen las formas más higiénicas de inyectarse la droga —incluyendo el uso de orina “en casos extremos” para desinfectar el sitio de la inyección— y diversos materiales, como cintas o bandas elásticas de ropa interior, que pueden ser utilizadas como torniquetes si no hay otra alternativa. Además, les enseña a los usuarios a administrar naloxona, que puede evitar muertes por sobredosis de heroína. Pero lo que Pollock no hace es persuadir a los consumidores de que abandonen su vicio.

“No queremos que ninguno de los clientes se sienta como que está siendo juzgado”, dijo, sentada en una silla frente a cuatro contenedores de material biopeligroso rojos. “Decirles algo que no les interesa y que no quieren escuchar [...] no va a hacer de este un lugar seguro al que ellos desearían regresar”.

En un esfuerzo por combatir el problema de abuso de opiáceos en el estado, Nuevo México ha tomado algunas medidas polémicas para reducir los daños causados por el uso de la heroína. En 2007, el estado aprobó la primera ley del país que evita que los drogadictos que llamen al 911, o quienes lleven amigos o familiares con sobredosis a un hospital, sean enjuiciados por posesión de drogas. Ese mismo año, el estado también comenzó a repartir naloxona en forma de aerosol nasal, que no ha sido aprobada por la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA por sus iniciales en inglés) y por lo tanto no está disponible en la mayoría de los estados.

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Nuevo México tiene además varios programas para ayudar a los drogadictos a abandonar la heroína utilizando Suboxone y metadona, opiáceos que se administran con dosis clínicas bajo supervisión médica. Aunque estos fármacos pueden actuar como sustitutos más suaves de la heroína y evitan que los consumidores sientan los síntomas de abstinencia, existen límites sobre el número de pacientes a los que los médicos les pueden prescribir Suboxone, lo cual crea un mercado negro de esta medicina.

Una ventaja de usar estos medicamentos, cuando están disponibles legalmente, es que ayudan a los consumidores de heroína a alejarse del estilo de vida que en muchos casos perpetúa su adicción.

“La metadona te permite llevar una vida estable”, dice Rubalcaba. “No tienes que ir a comprarle tu droga a un vendedor, no te reúnes con gente rara en lugares extraños, haciendo cosas clandestinas y fuera de la ley. Vas a un ambiente médico y te la dan en un momento determinado”.

Rehabilitación en libertad con acompañamiento policial

En una nevada tarde de enero, unos doce profesionales de orden público, trabajadores de salud, especialistas en adicciones y representantes de la fiscalía local se reunieron en el Departamento de Policía de Santa Fe para discutir un programa diseñado para mantener a los consumidores de opiáceos fuera del sistema de justicia penal.

Conocida como Ley de Rehabilitación en Libertad con Acompañamiento Policial (LEAD por sus iniciales en inglés), el programa imita una iniciativa similar en Seattle, Washington, y les ofrece a los usuarios de opiáceos que terminan en problemas legales, o que han sido remitidos al programa, una gama de opciones de tratamiento alternativo en lugar de ir a la cárcel.

El capitán Jerome Sánchez, que hace parte de la dirección de LEAD, le dijo a InSight Crime que antes de que el programa se implementara en abril de 2014, el municipio calculó que enjuiciar y encarcelar a quienes cometen delitos contra la propiedad, como el robo a casas —generalmente con el fin de conseguir dinero para pagar su adicción—, le costó a la ciudad unos US$4 millones durante un período de tres años. Con el programa LEAD, sin embargo, la ciudad puede tratar a los consumidores de opiáceos con entre US$5.000 y US$10.000 al año, en comparación con aproximadamente US$40.000 que cuesta mantener a una persona en prisión durante un año, anotó.

“Con los arrestos no vamos a salir de este problema”, dijo Sánchez. “Llevar gente a la cárcel no es la respuesta. Necesitamos tratar la adicción”.

Actualmente hay catorce personas en el programa LEAD, y los facilitadores esperan que llegarán a ser 25 a finales de febrero de 2015. Andrew Gonzáles, uno de cerca de 20 policías que han sido entrenados para participar en LEAD, le dijo a InSight Crime que hasta el momento él ha llevado a dos consumidores de opiáceos al programa. Uno de ellos fue sorprendido robando en un almacén y le confesó a Gonzales que lo hacía para pagar su heroína.

Gonzáles habló positivamente del potencial del programa para ayudar a los drogadictos. “Si les ayudamos, hay posibilidades de que dejen de cometer estos crímenes”, dijo. “Y dejaremos de lidiar con ellos una y otra vez, llevándolos a la cárcel, para que luego salgan y vuelvan a lo mismo”.

El capitán Sánchez señaló que, aunque todavía es demasiado pronto para medir los efectos del programa sobre las tasas de criminalidad en Santa Fe, ninguno de los participantes ha reincidido desde que ingresaron al programa.

Yvette Medina, que antes era consumidora de crack de cocaína y ahora es especialista de apoyo de siete personas inscritas en el programa, contó que una mujer que participa en éste ha pasado de vender heroína y metanfetamina a vivir con sus hijos y asistir a la escuela. “Hay casos que no [mejoran]”, reconoce. “Pero he visto gente pasar de lo más profundo de la adicción a la heroína al punto en el que yo estoy actualmente”.

“Yo era adicta al crack, vivía permanentemente en mi auto y estuve en la cárcel. He hecho todo lo que están haciendo estas personas, y ahora estoy del otro lado”, dijo Medina sonriendo. “Es hermoso. Hay esperanza”.