El ex comandante de policía colombiano, General Óscar Naranjo, es una opción llamativa como consejero de seguridad para el presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, pero los desafíos políticos y burocráticos que Naranjo se enfrentará en México podrían sorprenderlo y acabar con sus intentos para reformar las fuerzas de seguridad del país.

Naranjo (arriba a la izquierda, acompañado de Peña Nieto) está altamente calificado para el trabajo, habiendo vivido la transformación de una fuerza policial desacreditada. En los ochentas, cuando Naranjo aún era un oficial joven, la policía de Colombia era muy similar a la de México actualmente: casi completamente al servicio de los narcotraficantes. Hoy por hoy, la policía de Colombia es un modelo para la región. Entrenan fuerzas policiales del hemisferio y la asignación de Naranjo como Jefe de Seguridad de Peña Nieto esta coronando el momento de su alcance.

El logro más importante durante el periodo de reforma fue el desarrollo de Colombia de la inteligencia de policía más sofisticada y efectiva en la región. Como cabeza de la rama de inteligencia por años, Naranjo estaba a la vanguardia de esta reforma.

Esta experiencia va más allá de entender cómo crear una fuerza policial profesional. Naranjo ha trabajado de la mano con oficiales corruptos y ha sido acusado en más de una ocasión de ser corrupto él mismo.

Uno de sus colegas de la fuerza, Danilo González, llegó a convertirse en el líder de una empresa criminal de oficiales y ex oficiales corruptos, conocidos como el Cartel del Diablo. González fue asesinado en 2004. Otros colegas fueron o están enfrentando procesos de extradición a Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

Naranjo conoce lo difícil que es trabajar día a día con personas en las que no se puede confiar y acercarlos delicadamente hacia la puerta para sacarlos minimizando el daño que pueden causar. Esto es esencia, aunque pocas veces reconocido, para cualquier esfuerzo de reforma, algo que México ha empezado, aunque de manera tímida.

Naranjo también entiende cómo funciona el trabajo. Sabe maniobrar para complacer a su jefe (el presidente) y a sus benefactores (los Estados Unidos). Es político sin necesariamente parecerlo.

Conoce y entiende a la prensa mejor que cualquier otro comandante de policía de la región. Para citar un ejemplo, Naranjo mismo dijo la noticia que su hermano iba a ser acusado por narcotráfico en Alemania, lo que controló el impacto de la historia.

Sin embargo, de una forma extraña, a Naranjo le ha sido fácil en Colombia. Por casi una década, fue comandante de una fuerza policial grande. Colombia tiene aproximadamente 180.000 policías. Naranjo, también controlaba las diferentes dependencias, desde inteligencia hasta las operaciones especiales.

Podía mover sus tropas, helicópteros e infraestructura de inteligencia a discreción. Podía enfocarse en un líder o un epicentro de logística criminal. Podía centralizar sus bases de datos y otras fuentes de información. Podía marginalizar a su peor y más corrupto personal y maximizar el uso de sus mejores y más honestos oficiales.

Colombia también ha sido receptiva a asistencia extranjera, mucho más que México. Esto significa que hubo flujo de dinero, equipo y asistencia técnica por más de una década. Claro, hay limitaciones para esta ayuda, y los colombianos eventualmente entendieron que deben tomar las riendas y no depender de los gringos. Los resultados son obvios: el tiempo de vida de un capo estos días se mide en semanas, no años.

En México, Naranjo estará mirando un escenario muy diferente. México, un país con más del doble de la población de Colombia, cuenta con 450.000 policías, pero únicamente 32.000 lo son a nivel nacional. El resto son oficiales municipales y estatales, técnicamente por fuera del control federal.

Tal vez, el clima político mexicano es más desalentador. La naturaleza sectaria de la política mexicana ha hecho de la política de seguridad algo volátil. Es seguro que Peña Nieto continúe con gran parte de lo que la actual administración comenzó, aunque de manera más sutil. Pero otras cosas, como la reforma política, seguramente quedaran archivadas cuando el partido de Peña Nieto, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), se posesione en 21 de los 32 estados del país.

El actual presidente, Felipe Calderón, ha abogado por nacionalizar la policía aunque sin éxito, y se conformaría con que los estados absorbieran a la fuerza policial municipal. Pero nada de esto va a suceder antes de que termine su periodo en diciembre, y el PRI es altamente federalista lo que hace que esta reforma sea imposible en los próximos seis años.

Puede que Naranjo ayude a implementar una reforma a nivel local. Pero, hasta ahora, estos intentos han sido política y tácticamente desafiantes, e incluso hasta contraproducentes. Purgas internas han dejado áreas indefensas o han empujado a ex policías a las manos de criminales (posiblemente oficializando relaciones ya existentes).

Naranjo empezará en un esquema organizacional diferente y algunas batallas políticas harán parecer que su tiempo rotando en Colombia (él pasó por encima de varios generales de los altos mandos, por ejemplo, para convertirse en comandante de policía, obligando a los que se encontraban encima suyo a retirarse) fue un paseo.

En Colombia, la policía es parte del Ministerio de Defensa. Sin embargo, en México, es parte de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) y compite con el Ministerio de Defensa y la Procuraduría General de la República, entre otros, por recursos, prestigio e información. El resultado es que la seguridad y las fuerzas judiciales en México no confían entre ellas y no trabajan muy bien de la mano. En este contexto, la SSP, que ha sido la mayor beneficiaria de nuevos recursos de seguridad bajo la administración de Calderón, es vista como la “consentida” de la presente administración.

Esta batalla se desarrolla en varios niveles, incluyendo quién controla la inteligencia, el área en la que Naranjo podría hacer su mejor trabajo. Pero el nuevo gobierno del PRI (y sus aliados en el ejército) parecen inciertos en tener como objetivo de la “reforma” a la SSP; lo que significa en plata blanca que la debilitaría al quitarle los recursos, mandato y capacidades de inteligencia. Esto fue claro con las primeras declaraciones de Peña Nieto en las que hablo de una unidad de fuerzas especiales con su raíz en el Ejército.

Una SSP débil podría hacer que la Policía sea una segunda opción en la estrategia para luchar contra el crimen organizado. Esto puede ser el mayor desafío tanto para Narango como para México: mantener la reforma policial y sus fuerzas en la vanguardia de la seguridad en la ecuación anticrimen.