Presos en el techo de la Penitenciaría Estatal de Alcacuz durante un motín el 16 de enero. Ney Douglas/EPA

La legitimidad del sistema carcelario brasileño ha sido cuestionada profundamente, luego de una serie de violentos enfrentamientos entre pandillas rivales en el norte del país.

Todo comenzó el 1 de enero, cuando 56 reclusos afiliados a la pandilla criminal más grande del país, Primer Comando Capital (PCC), de São Paulo, fueron asesinados en el complejo penitenciario Anísio Jobim en Manaos. Desde entonces, más de 110 reclusos han perdido la vida en diversas prisiones por conflictos acerca de quién controla esos espacios.

Los asesinatos masivos se han presentado después de varios enfrentamientos menores, aunque igual de violentos, entre el PCC y sus rivales del norte, en octubre de 2016, cuando otros 21 presos murieron. En cada incidente, el nuevo territorio de los vencedores ha quedado cubierto por los cuerpos mutilados de sus víctimas.

El presidente de Brasil, Michel Temer, continúa siendo criticado por negar las consecuencias de las masacres. En particular, sus críticos señalan que los hechos violentos no son eventos aislados, sino los síntomas de un sistema en permanente crisis.

*Este artículo fue editado y traducido para mayor claridad y publicado con el permiso de The Conversation. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el artículo original en inglés aquí.

En un artículo reciente, el antropólogo Chris Garcés y yo analizamos los tres factores subyacentes que se pueden considerar culpables de los disturbios: las condiciones de vida inhumanas en medio del hacinamiento, en las prisiones brasileñas promedio; la incapacidad de evitar que las pandillas criminales se extiendan por todo el sistema penitenciario; y la reciente crisis en las relaciones entre el PCC y el Comando Vermelho (CV), de Río de Janeiro, la segunda pandilla criminal más grande de Brasil, por el comercio de cocaína.

Al controlar las cárceles, las pandillas controlan indirectamente el tráfico de drogas fuera de ellas. Las pandillas por lo general no suelen vender drogas, sino que lo hacen a través de un sistema de franquicias o licencias. Cuando alguien le compra drogas a un pandillero mediante el sistema de licencias, pero no le paga sus deudas, sabe que no tendrá escapatoria si algún día termina en la cárcel.

Los faxinas controlan los pabellones

Pero esta crisis es además una ruptura temporal de un orden establecido desde hace largo tiempo. Los disturbios han interrumpido un sistema de "cogobierno" que ha regido por décadas y que ha mantenido el orden en las prisiones brasileñas, permitiendo que el preso brasileño promedio logre sobrevivir a su experiencia en la cárcel.

El tema de los recortes de personal es fundamental para comprender el orden en las prisiones brasileñas. Históricamente, los administradores de las prisiones brasileñas no han empleado el suficiente personal que les permita dirigir los establecimientos sin la cooperación de los reclusos. De allí surgió el recurso del preso faxina o "limpiador". Los faxinas fueron descritos en 1953, en el relato autobiográfico del escritor Graciliano Ramos, en el que narra su experiencia como preso político en la prisión de Candido Mendes, Río de Janeiro, y en la narración de Drauzio Varella, en 1991, sobre la vida cotidiana en la prisión de Carandiru, São Paulo, donde el autor trabajó como médico. En ambas prisiones, los faxinas eran los encargados de rutinas diarias como la limpieza y la distribución de alimentos. También trabajaban en conjunto con los guardias de las prisiones, o en su remplazo, ayudando a mantener el orden y la seguridad. Candido Mendes y Carandiru fueron los lugares donde surgieron las pandillas CV y PCC.

La población carcelaria de Brasil se ha multiplicado en los últimos treinta años, pasando de 37.071 presos registrados en 1984 a 622.731 presos en el 2014. Al mismo tiempo, la proporción personal-presos ha disminuido, hasta el punto que es común que haya un guardia en servicio por cada 200 o 300 presos.

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El personal de las prisiones ha llegado a recurrir cada vez más al autogobierno por parte de los prisioneros. Como en otras partes de Latinoamérica, los presos a su vez han tenido que organizarse cada vez más para poder sobrevivir. En la nueva era de las grandes pandillas carcelarias, los guardias tienen poca necesidad de entrar en las celdas, y solo deben abrir y cerrar los candados en la mañana y en la noche. En algunas prisiones, incluso esta función básica de los carceleros está siendo reemplazada con el uso de puertas electrónicas.

Por supuesto, los presos brasileños continúan confiando en el personal de las prisiones, pero la relación entre ellos está en general mediada por la reciprocidad y los acuerdos. En algunas de las prisiones que he visitado o en las que he hecho investigaciones, lo que incluye cárceles dirigidas por el PCC, los directores de las prisiones aprueban a los faxinas que han sido elegidos por los líderes de las pandillas.

No es casualidad que ningún empleado de las prisiones haya muerto en los recientes motines. La actual crisis se ha presentado por una ruptura en las relaciones entre las pandillas criminales, no en las relaciones entre el personal y los prisioneros.

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Familiares lloran algunos de los presos muertos durante los brotes de violencia en las prisiones a principios de enero en Manaus. Nathalie Brasil/EPA

Como se puede ver, Brasil tiene una larga historia de gobernanza de las cárceles por parte de los presos y de colaboración entre el personal y los prisioneros, lo cual ha permitido mantener el orden —y la supervivencia—. Pero esto se ha interrumpido temporalmente debido a que las dos grandes pandillas se encuentran compitiendo por el territorio en el norte de Brasil.

Las pandillas mantienen la seguridad en las prisiones

Para los internos en la cima de las jerarquías de las prisiones, este orden establecido de manera compartida les permite ganar dinero de las drogas. Pero los presos del común están más preocupados con el orden del día a día: quieren que las pandillas de la cárcel hagan sus vidas más predecibles, que los protejan y satisfagan sus necesidades.

Dado que el Estado brasileño no ha logrado hacerlo, las pandillas de las prisiones están buscando llenar el vacío de Estado. El PCC es la más avanzada de estas organizaciones de prisioneros —y la que más ha logrado mantener el orden—. Estudios recientes llevados a cabo por los antropólogos Karina Biondi y Adalton Marques han demostrado que, mediante la regulación de los mercados ilícitos, la prohibición de armas y drogas diferentes al cannabis, y el dictamen y la aplicación de normas de convivencia, el PCC ha logrado que las cárceles de São Paulo sean en efecto las más seguras del país.

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Poco pueden hacer las autoridades brasileñas en el corto plazo para responder a la reciente ola de rebeliones. Esperarán a que la crisis siga su curso. Cuando termine el conflicto en el norte entre el PCC y el CV, Temer podrá estar seguro de que todo volverá al rumbo normal. Las rebeliones en las prisiones no son parte de los intereses de los presos, como tampoco de las autoridades penitenciarias. Es posible que también Temer espere que algún día el PCC controle el sistema penitenciario en su totalidad. 

*Este artículo fue editado y traducido para mayor claridad y publicado con el permiso de The Conversation. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el artículo original en inglés aquí.