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Miguel Ángel Treviño, alias "Z40", fue uno de los principales dirigentes de Los Zetas

Ninguna organización ilustra la guerra a muerte que enredó a México durante la última década más que Los Zetas. Tres nuevos libros ofrecen una mirada retrospectiva al legado violento del grupo.

Cuando Los Zetas se empezaron a conformar a principios de este siglo como un brazo armado del Cartel del Golfo, el grupo no parecía ser diferente a muchos de sus predecesores y contemporáneos. Por mucho tiempo, los carteles de México han desplegado tropas de choque dispuestas a ejercer todo tipo de violencia con el fin de apoyar su causa común. Los Zetas parecían ser una expresión más de las características del hampa mexicano.

Pero desde sus comienzos hubo indicios de que Los Zetas no era un grupo de hampones comunes y corrientes. Sus orígenes en las fuerzas especiales del ejército de México, y los informes según los cuales sus miembros fundadores habían recibido entrenamiento en Estados Unidos, les dieron un siniestro aire de mayor competencia. Y a esto se suma su interés sin precedentes por su poder armado: los enormes arsenales de Los Zetas —que comúnmente incluían granadas y armas automáticas— generaron algo así como una carrera armamentista entre los grupos criminales mexicanos, que multiplicó el impacto destructivo del grupo mucho más allá de su área de operaciones específica. El surgimiento de Los Zetas también puso de presente el desafío al que se enfrentaba el Estado mexicano: las principales fuerzas de seguridad del país no solo eran incapaces de derrotar al cartel, sino que además trabajaban del otro lado de la ley.

Varias circunstancias allanaron el camino para el avance de Los Zetas. Tras el arresto del jefe del Cartel del Golfo, Osiel Cárdenas, en el año 2003, se liberaron de la supervisión directa de su fundador, lo que les dio gran autonomía a Heriberto "Z3" Lazcano y a sus hombres. Durante este período, Los Zetas lograron repeler los intentos de Joaquín "El Chapo" Guzmán y el Cartel de Sinaloa de arrebatarles el control de Tamaulipas, su estado originario, y les dio la reputación de un grupo capaz de enfrentarse a cualquiera.

Hacia finales de 2006, cuando el presidente Felipe Calderón inició una nueva era de conflictos entre el gobierno y el crimen organizado, Los Zetas se encontraban entre los grupos más temidos del país. Y si bien el gobierno de Calderón dirigió inicialmente su atención hacia la Familia Michoacana, poco tiempo después una buena parte de los miles de soldados que habían sido desplegados para garantizar la seguridad interna estaban enfocados en Los Zetas. Hacia el final del mandato de Calderón, los funcionarios de seguridad les decían a los reporteros que Los Zetas eran la prioridad del gobierno.

Los Zetas entonces respondieron, haciéndose sentir mediante una serie de provocaciones cada vez más temerarias: en un intento de desacreditar a la Familia Michoacana, arrojaron granadas durante una celebración del Día de la Independencia en Morelia, la capital del estado de Michoacán, asesinando a quienes participaban en las celebraciones. Prendieron fuego a un casino en Monterrey, la capital del estado de Nuevo León, asesinando a 52 civiles. Lanzaron una granada al consulado de Estados Unidos en la misma ciudad, matando a un agente federal estadounidense e hiriendo a otro en una carretera de San Luis Potosí. Secuestraron autobuses que transitaban por Tamaulipas, masacrando a decenas de viajeros y al parecer obligando a los sobrevivientes a enfrentarse entre ellos hasta la muerte para salvar sus vidas.

Su salvajismo parecía no tener límites, pero además era terriblemente creativo. Tras cada una de sus acciones, la gente quedaba como los espectadores de una grotesca representación teatral: ¿y qué harán Los Zetas ahora?

A la vez que llevaba a cabo estas extravagantes acciones, el grupo buscaba expandirse incesantemente. Desde su base en Tamaulipas, Los Zetas asumieron el control de gran parte de Nuevo León, Veracruz, Tabasco, Coahuila y San Luis Potosí. También hicieron incursiones en estados más lejanos como Guerrero y Sinaloa, territorio de su enemigo principal, así como en otros países. Junto con su lista de atrocidades, esta expansión territorial les dio a Los Zetas la imagen de un terrible monstruo indestructible.

Los abundantes arrestos y las acciones militares que se sucedieron durante varios años aparentemente no lograron nada. México, y Los Zetas específicamente, se volvían cada vez más violentos. Los Zetas no eran la única organización criminal que mortificaba a México y desconcertaba a sus políticos; pero, más que cualquier otro grupo, parecían estar implacablemente empujando a México hacia un precipicio.

Sin embargo, finalmente la presión del gobierno y de los grupos rivales surtió efecto. Los fundadores de Los Zetas ya se encuentran muertos o en prisión, y la influencia de la organización se redujo considerablemente. Los periódicos publican constantemente noticias sobre el ascenso del Cartel de Jalisco Nueva Generación y la lenta desaparición del Cartel de Sinaloa. Pero hay comparativamente pocos artículos sobre los remanentes de Los Zetas que permanecen activos. La violencia en México no ha desaparecido precisamente (por el contrario, 2017 será tan violento como cualquiera de los años del auge de Los Zetas), pero Los Zetas ya no son el motivo.

Pero ahora, luego de varios años después del zenit de su fama, ¿cómo podemos interpretar el ascenso y la aparente caída de Los Zetas? ¿Qué hacía especial a este grupo? ¿Qué le dio a Los Zetas su singular capacidad de amenaza?

Tres nuevos libros ofrecen abundante información sobre estos asuntos.

Caballos, huesos y Los Zetas

Los dos primeros libros —"Razas: la verdadera historia de un cartel de la droga, el FBI y la lucha por el dominio de las carreras de caballos" ["Bloodlines: The True Story of a Drug Cartel, the FBI, and the Battle for a Horse-Racing Dynasty"], de Melissa del Bosque, y "Huesos: hermanos, caballos, carteles y el sueño fronterizo" ["Bones: Brothers, Horses, Cartels, and the Borderland Dream"], de Joe Tone— son relatos periodísticos de la investigación del Buró de Investigaciones Federales de Estados Unidos (FBI) sobre cómo Los Zetas llegaron a dominar la industria de las carreras de caballos estadounidenses, si bien ninguno de los dos se dedica únicamente a ese tema en particular. El tercer libro, "Los Zetas Inc.: corporaciones criminales, energía y la guerra civil en México" ["Los Zetas Inc.: Criminal Corporations, Energy, and Civil War in Mexico"], de Guadalupe Correa-Cabrera— presenta un análisis académico de Los Zetas como una empresa generadora de dinero.

Cada una de estas obras describe a Los Zetas como una organización singular. En sus páginas iniciales, Correa-Cabrera dice que son “transformadores”, mientras que Tone los llama los "perturbadores" que "llegaron a terminar de joder las cosas" en México. Tone también señala que abolieron un contrato social que se había establecido informalmente, mediante el cual los narcotraficantes habían evitado involucrar a la población civil.

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Por supuesto, estas descripciones son inseparables de la inclinación del grupo por la violencia, que surge en el trasfondo de las tres obras. En pocas palabras, Los Zetas fueron diferentes porque fueron más sanguinarios que sus rivales.

Desde la perspectiva de Los Zetas, sus violentas atrocidades les fueron útiles, al menos por un tiempo, incluso por encima de su evidente interés de derrotar a sus rivales: les generaban ganancias adicionales. El secuestro y la trata de personas, por ejemplo, se basaban en la violencia. Las amenazas de represalias les permitían exigirles dinero a las empresas criminales y a los negocios legítimos por igual, a cambio de ofrecerles protección. Esta violencia, a manera de una tarjeta de prepago, también permitió lo que Correa Cabrera describe como un modelo de "franquicia inversa", en el que los criminales comunes intentaron operar utilizando la temible marca de Los Zetas.

Y no es sólo que Los Zetas eran más sanguinarios que los demás grupos, sino que además utilizaron este atributo para evolucionar hacia un nuevo tipo de organización. La inclinación de Los Zetas por la violencia estaba íntimamente ligada a su existencia, no como una mera organización de narcotraficantes, sino como una estructura criminal, con una gran diversidad de actividades: extorsión, tráfico de personas, venta de drogas, piratería, secuestro y venta de petróleo y gas en el mercado negro.

Si bien la inclinación por la violencia y la diversidad de acciones criminales fueron dos pilares fundamentales de los Zetas, el tercero fue la íntima relación del grupo con el gobierno.

La existencia de vínculos entre Los Zetas y el gobierno no es precisamente nueva. Los carteles les habían impuesto a los funcionarios de seguridad el dilema de "plata o plomo" constantemente, pero Los Zetas adoptaron una nueva estrategia. Existen relativamente pocos ejemplos de colusión ente Los Zetas y funcionarios federales, a diferencia de lo que ocurría con sus rivales de Sinaloa. Por el contrario, el grupo dominaba la política a nivel estatal, esencialmente absorbiendo los gobiernos de Humberto Moreira en Coahuila y Fidel Herrera en Veracruz, entre otros, en su jerarquía organizacional. 

Los carteles les habían impuesto a los funcionarios de seguridad el dilema de "plata o plomo" constantemente.

 Las referencias a gobernantes abundan en los tres libros. Los Zetas presuntamente hicieron millonarias inversiones en la campaña de Herrera en 2005, con el fin de garantizar su connivencia durante su mandato de seis años. ADT Petroservicios, fundado con dineros de Los Zetas y propiedad de Francisco Colorado Cessa, un blanqueador de dinero amigo de Herrera, recibió millonarios contratos en servicios petroleros en Veracruz durante el mandato de Herrera. Del Bosque detalla cómo el equipo político de Herrera apoyó la ola de secuestros de Los Zetas, incluyendo una víctima que entregó millonarias cantidades en efectivo para apoyar sus inversiones en el negocio ecuestre. El grupo tenía una relación igualmente cercana con Moreira, quien les ayudó a asentar su poder en Coahuila.

Estos tres aspectos sobresalientes de las operaciones de Los Zetas —la cooptación de gobiernos estatales al por mayor, la diversificación de sus actividades criminales y la inclinación por las atrocidades violentas— funcionaban de manera concertada: aumentar la violencia era necesario para la diversificación criminal; la diversificación requería de la connivencia con funcionarios del gobierno; la colusión con el gobierno les permitía a los miembros del grupo cometer atrocidades con impunidad; la amenaza de la violencia alentaba a los funcionarios a cooperar con Los Zetas.

Estas características, que se reforzaban entre sí, aumentaron la influencia de Los Zetas y generaron más terror entre la población. Pero no parece que reflejaran la fortaleza de la organización. Por el contrario, gran parte de la violencia parecía producto de una intrincada cadena de mando y de una falta de talento entre sus miembros: tanto la masacre en Casino Royale como el ataque en el que se dio muerte a Jaime Zapata fueron supuestamente errores.

Esta dinámica tripartita provocó una reacción que aceleró la desaparición del grupo. El asesinato de inocentes intensificó las demandas por la acción de las autoridades mexicanas. En Piedras Negras, su inclinación por la violencia se ensañó en sus subordinados, muchos de los cuales huyeron a Estados Unidos y comenzaron a cooperar con los fiscales. Sus relaciones con los gobernantes, cuyos subordinados lavaron en el extranjero millones de dólares fruto de los sobornos, suscitó el interés de los fiscales extranjeros.

Finalmente, la ambición de Los Zetas ilustra la sabiduría de una antigua máxima financiera: la codicia rompe el saco.

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Si bien describen una terrible organización criminal, esos tres libros también les dejan a los lectores la impresión de que se ha exagerado sobre el profesionalismo del grupo para los grandes negocios. Aunque inicialmente resultaron útiles, los conocimientos castrenses no eran un requisito para los líderes de Los Zetas. Miguel Ángel Treviño, quien no tenía ninguna experiencia militar, superó a varios veteranos del ejército en su ascenso en las filas de la organización y terminó siendo líder del grupo. Lo que le faltaba en conocimientos tácticos, lo tenía en ambición y crueldad, que lo diferencia bastante de muchos otros criminales que surgieron antes de él.

Tampoco hay mucha evidencia de que estuvieran obsesionados con potenciar sus habilidades. Muchos de los miembros de Los Zetas, a quienes llegamos a conocer más íntimamente gracias a los libros de Tone y Del Bosque, parecen torpes y superfluos. José, el hermano de Treviño, es quizá el mejor ejemplo: pretendió convertirse en un titán de las carreras de caballos, pero carecía de los conocimientos básicos de esta industria y al parecer no era consciente de la vulnerabilidad legal que sus ambiciones inevitablemente implicaron.

También llama la atención la relativa falta de poder económico de Los Zetas, lo cual es incompatible con la imagen prevalente de la organización. Una y otra vez, los lectores de Tone y del Bosque vemos al grupo con dificultades para mantenerse al día con las obligaciones derivadas del negocio de los caballos, cuyos cheques eran rechazados con frecuencia y por lo tanto se atrasaban en los pagos para la alimentación de los caballos y el sostenimiento de las caballerizas.

En general, Los Zetas recibían entre US$15 y 20 millones al mes de su principal distribuidor de cocaína en el medio oeste estadounidense, y típicamente mantenían una reserva de dinero en México de entre US$30 y 50 millones. Según un excomandante, los ingresos globales de la organización por las ventas en Estados Unidos alcanzaban aproximadamente US$350 millones. Pero ese dinero eran ingresos, no ganancias, y gran parte era enviado a sus proveedores colombianos.

Un legado que perdura

Cada uno de estos libros es un valioso aporte a la literatura sobre Los Zetas y el narcotráfico mexicano moderno. Las obras de Tone y Del Bosque se adentran en terrenos muy similares: los libros invierten un número similar de páginas para exponer los pormenores de la investigación y el juicio de José Treviño Morales, hermano del jefe de Los Zetas que pasó de ser un albañil en Texas a convertirse en un magnate de las carreras de caballos en Oklahoma, para terminar condenado en 2013 por lavado de dinero.

Ambos libros hacen uso de fuentes bastante sólidas e inusuales. El caso resulta fascinante para todo aquel interesado en el tema del narcotráfico, y ambos autores incluyen entrevistas con varios protagonistas de la investigación. Las revelaciones de los casos ofrecen una visión global de una empresa criminal que se encuentra en unos 20 libros sobre el tema, pero ambos autores hacen un trabajo admirable y logran filtrar mares de información, que incluye miles de folios de los registros de las cortes, para presentarnos una narración fácil de leer.

Del Bosque profundiza más en los detalles de la investigación. Sus descripciones de los protagonistas (como el agente que dirige el caso y su principal testigo, un joven ganadero que le ayudó al FBI a infiltrar la red de carreras de caballos de Los Zetas) son memorables. No es fácil convertir un caso sobre las ganancias de empresas fachada en una narración que invita a leerla de un tirón, pero la autora lo logra sin dejar de lado ningún detalle importante.

La narrativa de Tone es relativamente más complicada y su prosa es más estilizada. Incluye, por ejemplo, un recuento en segunda persona sobre la manera de lavar dinero del narcotráfico a través del sistema financiero internacional. El autor adopta una visión mucho más pesimista sobre el asunto, mientras que Del Bosque presenta una historia de policías y ladrones más convencional. Tone logra incluir decenas de referencias a los sesgos incrustados en el sistema de justicia criminal, incluyendo insinuaciones de que el FBI tenía motivaciones raciales en la selección de sus objetivos.

Estas reflexiones sobre la justicia provocan preguntas en el lector mucho después de que termina el libro, lo que es una virtud del mismo. En última instancia, sin embargo, la insinuación de que los investigadores y fiscales tuvieron sesgos raciales suele considerarse injusta, y los colaboradores de Los Zetas no son víctimas que generen simpatía en un sistema de justicia sesgado.

En tanto libro académico, "Los Zetas Inc." es más teórico y tiene menos intenciones narrativas. Esto hace que sea más difícil de leer, aunque sin duda vale la pena hacerlo. La investigación de Correa-Cabrera es enorme, y la profundidad de su tesis es impresionante. Al comparar a Los Zetas con una corporación, examina un terreno bastante inexplorado sobre la difusión del grupo en las redes sociales, así como sobre sus departamentos de contabilidad y recursos humanos, y su estructura corporativa.

En particular, su investigación sobre la relación entre la extracción de recursos naturales y las organizaciones criminales mexicanas es fascinante y tiene implicaciones para las próximas décadas. Los Zetas tuvieron la fortuna de surgir en una zona del país donde se encuentran los principales yacimientos de petróleo y gas, como la cuenca de Burgos en Tamaulipas, la cuenca de Sabinas en Veracruz y la cuenca Tampico-Misantla también en Veracruz. Los depósitos de esquisto de México, que podrían producir grandes ganancias en las próximas décadas, se concentran también en el territorio de Los Zetas.

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Los Zetas buscaron obtener una parte de esta lucrativa industria. Invirtieron en contratistas de servicios petroleros, como ADT Petroservicios en Veracruz. Secuestraron y hostigaron a empleados de Pemex, la gigante petrolera estatal de México, así como de otras empresas de energía, retardando la producción a la vez que exigían una porción de las ganancias para ellos. Robaron petróleo y gas de las instalaciones de Pemex, y erigieron una red de empresas fachada y colaboradores legales para vender el producto robado en ambos lados de la frontera.

Algunas conclusiones de Correa-Cabrera están mejor sustentadas que otras, y, en general, la idea de que Los Zetas están aprovechando los cambios en el sector energético es más convincente que la de una gran conspiración entre Los Zetas y las compañías multinacionales, que supuestamente estaría orientando la política energética. Pero, como lo señala la autora, las oportunidades del sector energético que Los Zetas han aprovechado también están abiertas para otros grupos criminales, y su libro deja la impresión de que es probable que otros sigan los pasos de Los Zetas.

Este puede llegar a ser el legado más perdurable de Los Zetas. Incluso si los nuevos grupos criminales rehúyen de la contraproducente violencia que generó el temor por dicho grupo en todo el país, éste puede dejar una creciente huella en la economía legítima. Esto representa un reto a largo plazo para la sociedad mexicana, en algunos aspectos incluso más maligno y abrumador que el de Los Zetas.