Antonio* se reía mientras señalaba el letrero ubicado sobre el ingreso de la prisión más infame de toda Bolivia. "¿Centro de rehabilitación? Aquí viene la gente que quiere descubrir lo que hace del crimen una actividad realmente organizada”.

Un billete enrollado, una tarjeta de identificación y el nombre de un preso es todo lo que se necesita para entrar a la prisión más violenta de este país andino. Nadie se fija dos veces ni mira con extrañeza, ni siquiera si eres "gringo"; dentro de estas paredes hay presos de todas las nacionalidades.

Este artículo hace parte de una serie sobre los desafíos que plantea el tráfico de drogas a Bolivia. Vea la serie completa aquí.

En Palmasola se puede conseguir casi cualquier cosa, siempre y cuando se les pague a los policías que custodian las puertas. Afuera hay cargueros con carretillas; el servicio de taxi de la prisión. Los visitantes pagan a estas personas para que carguen y lleven de todo, desde papel higiénico hasta televisores de pantalla plana. Antonio, un ex convicto de esta prisión, traía consigo marihuana para repartir entre algunos de sus amigos. Las prostitutas, fáciles de distinguir en la fila de espera de los visitantes, ganan buen dinero los días que trabajan dentro de estas paredes.

Se estima que los policías que custodian Palmasola, unos 40 en total, pueden ganar hasta US$20.000 al día por cuenta de los "peajes" que cobran por el ingreso de personas y por el paso de productos. Aunque una parte significativa de esos US$20.000 se la gastan sobornando a los oficiales de mayor rango. Los policías aquí pueden ganar hasta 10 veces más que su sueldo oficial.

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Cuando estábamos por ingresar a la prisión, vimos a un hombre mayor vestido con un bluyín de diseñador y botas vaqueras que se dirigía a la salida. Los guardias lo dejaron pasar afablemente. "Él es el 'sheriff' de la prisión, el máximo prisionero. Entra y sale a su parecer", me explicó Antonio.

Dentro de estas paredes de cuatro metros de altura, la prisión está dividida en cuatro áreas independientes. Está la sección administrativa; PC2, donde están alojadas las mujeres; PC3, es donde están recluidos los criminales más violentos; y después viene PC4. Esta última sección es, en realidad, algo así como una ciudad pequeña (foto abajo) que ocupa la mayor parte del espacio de Palmasola. Aquí, quien tiene dinero puede vivir como un rey.

Palmasola

En agosto del año pasado, en PC3 se presentó un motín carcelario que dejó 32 presos muertos y 70 heridos. En lo que fue una batalla por el control del patio, los presos convirtieron los contenedores de gas doméstico en lanzallamas. Al parecer, al menos un agente de policía fue cómplice de la masacre: abrió la puerta que permitió que los reclusos amotinados pasaran a otra de las secciones de la prisión.

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Con el primer pago de US$500 dólares se gana la entrada a PC4 sin tener que pasar por PC3 primero. Es a través de esta puerta que se ingresa a la economía criminal de la prisión. No hay una celda destinada para uno: se debe comprar o alquilar una. La otra opción es dormir en el suelo. Para poder ingresar también hay que incurrir en un pago único de US$120, con el cual se cubren los costos de "limpieza". Los reclusos que no tienen este tipo de dinero son los que hacen la limpieza.

Cuando Antonio llegó, él ya estaba al tanto de la situación y había juntado el dinero necesario. Pagó a los guardias de la policía para entrar a PC4, pagó la tarifa de "limpieza", y se compró no sólo una celda sino que por US$13.000 también adquirió una "tienda" —unos pocos metros cuadrados de propiedad donde los reclusos establecen negocios, que van desde restaurantes hasta cibercafés—. Antonio utilizó los ingresos que le generaba la tienda para vivir mientras cumplía su pena en Palmasola. También le pagó US$3.000 al sheriff de PC4 —quien me fue presentado como "Sarudo"— para que nadie lo molestara.

"Aquí Sarudo maneja todo", me dijo Antonio. "Cuando usted le compra un celular o una tienda a otro preso, Sarudo hace las veces de notario. Sin su firma no se sella ningún acuerdo. Le pagué US$3.000 para asegurarme de que nadie me molestara. ¡Una ganga!".

Sarudo controla a todos los reclusos de PC4 y regula la economía criminal. Al igual que la mayoría de los "administradores" carcelarios, Sarudo es un "trentón", alguien que ha sido condenado a 30 años —lo que también significa que es un asesino—. Él maneja la población penitenciaria valiéndose de los reclusos que no pueden pagar la cuota de "limpieza". Estos hombres, casi todos de Bolivia, así como Sarudo, cubren sus gastos haciendo la limpieza, actuando como la fuerza policial, e imponiendo la disciplina dentro de la prisión.

En el corazón de PC4 está la zona deportiva, donde los reclusos juegan fútbol y baloncesto. A un lado se encuentra una celda húmeda y oscura a la que Sarudo manda a aquellos reclusos que se niegan a obedecer su código penitenciario. La celda estaba húmeda, expuesta a la intemperie, y tenía unos 12 metros cuadrados. Allí adentro había seis hombres apretujados, todos los cuales intentaban apartarse de la lluvia y de la puerta, tanto como les fuera posible.

"Allá llevan a los internos que necesitan ser disciplinados", señaló Antonio, mientras apuntaba a un callejón que conducía a una de las paredes de la prisión. "Y ser disciplinado implica la aplicación selectiva de violencia", añadió sonriendo.

Antonio me presentó a dos de sus amigos. Eran búlgaros, y cumplían penas de siete años tras haber sido capturados como mulas de drogas. Habían alquilado una "suite" que tenía un dormitorio, un baño y una sala de estar con nevera y hornilla de gas para cocinar. Su cuarto estaba ubicado encima de una sala de Internet. Aunque la señal no era lo suficientemente fuerte como para permitir llamadas de Skype, los búlgaros se mantenían en contacto con sus amigos y familiares en casa a través de correos electrónicos.

"No está mal aquí", me dijo uno de los búlgaros, mientras se fumaba un cigarrillo de marihuana. "De hecho, yo podría quedarme a vivir en Bolivia una vez termine mi condena; aquí hay muchas oportunidades".

La prisión presta el servicio de alimentación. Unas gigantescas bandejas metálicas son dejadas en la entrada de PC4 y son distribuidas por los hombres de Sarudo. Pero los prisioneros con dinero evitan esta comida siempre que sea posible. Comimos en uno de los restaurantes de la prisión; cinco porciones de sopa y cinco platos de espaguetis con albóndigas costaron menos de US$10, y su calidad era, sin duda alguna, superior a la de muchos otros establecimientos de Bolivia ubicados al otro lado de las paredes de Palmasola.

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PC4 está compuesto por más de 12 pabellones diferentes, en los cuales están ubicadas la mayor parte de las celdas más "lujosas". Antonio me llevó al Bloque 9 a conocer a un narcotraficante colombiano. Su celda no tenía nada que envidiarle a la mayoría de los hoteles de tres estrellas en Santa Cruz. Una sala espaciosa, tenía a un lado una cocina y al otro un impecable cuarto de baño con ducha. Un televisor de pantalla plana colgaba de la pared junto a la cama, y una computadora reposaba sobre un escritorio. La celda le había valido US$7.000, un dinero que su habitante recuperaría una vez pagara su condena y vendiera su lujosa celda a un nuevo recluso. Sarudo, por supuesto, se llevaría su cuota por los servicios de notaría, porque en Palmasola todo el mundo sabe que su sello es lo único que significa que los términos de una venta han sido cumplidos a cabalidad.

Antonio, que se ha dedicado al crimen toda la vida, aprendió mucho en PC4. Allí también hizo algunos buenos contactos; contactos que lo llevarían a su trabajo actual, con un narcotraficante colombiano, traficando cocaína de alta pureza.

"Realmente, esta es una universidad criminal", dijo.

*Nombre cambiado para proteger su identidad.

Este artículo hace parte de una serie sobre los desafíos que plantea el tráfico de drogas a Bolivia. Vea la serie completa aquí.