La cárcel Cojutepeque de El Salvador es un ejemplo perfecto de cómo las prisiones de este país se han convertido en los principales caldos de cultivo y campos de entrenamiento para las pandillas callejeras.

Con 1.200 prisioneros apiñados en una prisión construida para 300, la cárcel tiene un sobrecupo cuatro veces mayor a su capacidad. Los prisioneros se amontonan en las habitaciones en donde duermen, uno encima del otro, en camas o hamacas improvisadas.

Las cárceles de El Salvador han tenido un hacinamiento crónico. Según las cifras oficiales más recientes de 2011, el sistema penitenciario de El Salvador funciona a un 299 por ciento de su capacidad oficial, con un total de 25.400 reclusos. El deterioro en las cárceles no es un fenómeno nuevo, pero se convirtió en crisis luego de que el gobierno adoptara la llamada política de "mano dura" contra las pandillas en 2003, permitiéndole a la policía arrestar a presuntos pandilleros en redadas masivas en un intento por sofocar la violencia y frenar el crecimiento de las pandillas.

Este artículo hace parte de una serie sobre la tregua entre pandillas y el gobierno de El Salvador. Vea la serie completa aquí.

Ha ocurrido lo contrario. Mientras que el porcentaje de reclusos encarcelados por delitos relacionados con las pandillas se duplicó en sólo tres años, la población carcelaria creció y las condiciones de los reclusos se hicieron aún más duras y peligrosas. Mientras tanto, las pandillas crecieron hasta alcanzar unos 60.000 miembros.

En Cojutepeque, es imposible huir de la vida pandillera. Los presos se apiñan en un espacio con piso de tierra del tamaño de una cancha de baloncesto. Allí,  juegan fútbol la mayor parte del tiempo, o acomodan a sus familiares u otros visitantes en los días de visita.

Hay una pequeña sala de televisión, con espacio para una docena de presos máximo. Durante la visita de InSight Crime a la cárcel, un nuevo televisor de pantalla plana transmitía la película de Pixar, "Cars".

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Los reclusos se bañan llenando cubos de agua de un pozo donde la basura rueda por el suelo. Algunos de ellos duermen justo encima de uno de los retretes.

En todo el país, las condiciones de vida básicas en los centros penitenciarios siguen siendo una pesadilla. Como señaló la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a raíz de una visita a varias cárceles salvadoreñas en 2010, los reclusos por lo general tenían que utilizar las manos u otros platos improvisados ​​para consumir sus alimentos. Muchos duermen en hamacas, o pagan dinero para alquilar un espacio en un camarote compartido con otro preso. Un centro de detención que visitó la CIDH tenía excrementos provenientes de una tubería de aguas negras desbordada que se derramaba por el suelo. Los servicios sanitarios, el agua potable, la luz y la ventilación son todos inadecuados, como sostiene un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos en 2011. Hay poco acceso a suministros médicos, por no hablar de las oportunidades educativas. La intoxicación masiva a causa de la comida y los incendios fatídicos son un riesgo permanente.

En Cojutepeque, la rehabilitación cobra un papel secundario frente a la readaptación y el restablecimiento de la jerarquía de las pandillas. No hay una biblioteca, ni programas de capacitación laboral; únicamente un pequeño taller donde los pandilleros pueden dibujar y pintar cuadros que suelen regalarles a sus familiares.

Todos los reclusos en Cojutepeque son miembros de la pandilla Barrio 18. Fueron separados de sus rivales, la Mara Salvatrucha (MS13), como una medida para frenar los enfrentamientos entre ambos grupos dentro de las prisiones. Lo que comenzó como un experimento para controlar la violencia, ha ofrecido a las pandillas la oportunidad de restablecer su jerarquía y sus reglas. Las pandillas han establecido un tipo de disciplina que permite fortalecer sus filas al interior de las prisiones y hacer cumplir las normas en el exterior. No se puede sobrevivir en esta prisión si no se es miembro de Barrio 18.

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Las pandillas también han empleado su tiempo en la cárcel para desarrollar un nuevo modus operandi criminal. Desde aquí, por ejemplo, las pandillas extorsionan sistemáticamente a pequeñas tiendas, sistemas de transporte público y empresas en el exterior; utilizando generalmente teléfonos celulares para exigir los pagos. Las ganancias se distribuyen a lo largo del equivalente a una cadena alimenticia, que depende tanto de dichas ganancias ilícitas, como de los propios líderes pandilleros. Esta cadena incluye a familiares, otros pandilleros y a las novias de los líderes; al igual que policías y guardianes de prisión corruptos.

No son sólo las condiciones físicas defectuosas en los edificios o la falta de espacio las que hacen que las cárceles de El Salvador sean inhóspitas. En Cojutepeque, hay diez guardias que vigilan. Alrededor de los muros de la prisión hay personal enmascarado del ejército. Los guardias de la prisión, la policía y el ejército a menudo maltratan a los internos, al igual que a los familiares que vienen a visitarlos.

El ejército, en particular, ha sido acusado de tratos crueles y arbitrarios. La CIDH documentó casos en los que miembros de las fuerzas armadas llevaron a cabo inspecciones vaginales y anales inapropiadas a las mujeres que visitaban a los internos. Las reclusas también dijeron a la CIDH que los responsables de llevar a cabo tales inspecciones íntimas utilizarían el mismo guante de plástico para inspeccionar a varias mujeres. Otros reclusos son golpeados y torturados por las autoridades, a veces con el fin de obtener una confesión de un caso, a veces como castigo por infringir una regla de la prisión.

Los guardias enmascarados que patrullan los centros penitenciarios de El Salvador son ampliamente vistos como incompetentes y corruptos. Algunos colaboran con los internos para cometer actividades criminales. No hay duda de que, en general, los reclusos son la verdadera autoridad en los centros penitenciarios de El Salvador, pues portan armas abiertamente y utilizan teléfonos celulares, los cuales técnicamente están prohibidos. Cuando los disturbios estallan, los guardias hacen muy poco para detener el caos. Decenas de personas resultan heridas o mueren debido a estas riñas.

No obstante, la mayoría de las veces, son las pandillas las que dirigen el espectáculo en el interior. Durante la visita de InSight Crime a Cojutepeque, los líderes pandilleros le dieron al investigador un recorrido por las instalaciones. Los guardias de la prisión simplemente abren y cierran las puertas tras sus órdenes.

 

Este artículo hace parte de una serie sobre la tregua entre pandillas y el gobierno de El Salvador. Vea la serie completa aquí.

 

Fuentes

Coll, P. (2012). La cárcel de “lujo” de las pandillas. El Faro.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2010). Observaciones Preliminares sobre la visita a El Salvador por la Relatoría sobre los Derechos de las Personas Privadas de la Libertad. Secretaría General Organización de los Estados Americanos.

Departamento de Estado de Estados Unidos (2011). Informe por Países sobre Prácticas de Derechos Humanos para 2011. Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo.