La mafia colombiana

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La mafia en Colombia está compuesta actualmente por una miríada de grupos localizados en áreas específicas, personajes sombríos y mano de obra subcontratada, que se combinan para poner orden en el caótico mundo criminal y generar ganancias millonarias traficando de todo tipo de cosas, desde cocaína hasta influencias.

La mafia, una etiqueta que abarca a todos los actores criminales de Colombia, excepto a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y a la mafia de las ex-FARC, está organizada en redes de múltiples niveles.

Las altas esferas del crimen organizado todavía están conformadas por un puñado de figuras similares a los antiguos capos del crimen colombiano: comandantes de grupos armados y poderosos narcotraficantes cuyas violentas historias son bien conocidas por las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación. Sin embargo, estas figuras son una especie en vía de extinción. El ciclo de vida productivo de los prominentes líderes de la mafia es cada vez más corto, y muchos de los que quedan viven huyendo.

En cambio, la mayoría de las élites criminales de hoy no son las que controlan grandes estructuras armadas, sino las que pueden mover dinero y poder, y ejercer influencia tanto en el mundo legal como en el criminal.

Las élites criminales de hoy están representadas por traficantes internacionales que mantienen el flujo de drogas: los “Invisibles”, es decir, los negociantes ocultos del comercio de cocaína, que organizan el envío de cargamentos de varias toneladas de drogas mientras ostentan respetables vidas entre las élites sociales y económicas de Colombia. Muchos comenzaron como lavadores de dinero o testaferros de los carteles de Medellín y Cali, o de sus sucesores del Cartel del Norte del Valle y de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Han sobrevivido y prosperado durante décadas, alejándose de los trabajos sucios, ocultos tras fachadas legales construidas cuidadosamente.

Si bien las élites criminales están constituidas por nodos de fluidas redes de dinero y poder, el hampa todavía requiere estructuras que puedan ejercer control territorial, manejar directamente las actividades criminales e imponer reglas y relaciones de forma violenta. En el panorama criminal de hoy, cada vez más fragmentado, este papel lo cumplen diversos actores criminales.

Algunos de los grupos mafiosos actuales descienden directamente de paramilitares y guerrilleros y han conservado algunas de las características y modalidades de los grupos armados; se trata sobre todo de Los Urabeños y Los Puntilleros, que se formaron a partir de remanentes de las AUC, así como el Ejército Popular de Liberación (EPL), un grupo disidente de guerrilleros desmovilizados, dedicado en gran parte a actividades criminales.

Los otros grupos que conforman el mundo criminal de hoy son producto de la fractura y el reciclaje de figuras que anteriormente hacían parte de la ilegalidad, como los grandes carteles de Medellín y Cali, las AUC y los ejércitos privados de los narcotraficantes y de otras élites criminales. Dichos grupos se han convertido en organizaciones híbridas, en las que se combinan las características y los integrantes de los grupos armados, así como narcotraficantes y criminales comunes.

La desarticulación de los últimos grupos criminales con alcance nacional implica que ahora son más locales y tienen limitado control territorial. De estas organizaciones, las más sobresalientes son las oficinas de cobro de Medellín y Cali, La Constru, La Cordillera, la Empresa y las células locales de Los Rastrojos, grupo criminal armado que solía tener presencia nacional.

La mayoría de los diferentes grupos criminales del bajo mundo de hoy se dedican principalmente a prestar servicios a narcotraficantes y otras élites criminales. Sin embargo, también han diversificado su cartera criminal, y además del comercio de drogas se dedican a una larga lista de actividades criminales, como la extorsión, el microtráfico y la minería ilegal.

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