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Cocaína hacia Europa, una amenaza subestimada

COCAÍNA / 9 FEB 2021 POR JEREMY MCDERMOTT ES

Durante los últimos cinco años, el tráfico de cocaína ha gozado de una bonanza sin precedentes, gracias a los niveles de producción récord. El cubrimiento de este fenómeno se ha centrado en gran medida en Estados Unidos y su “guerra antinarcóticos” que parece de nunca acabar. Sin embargo, otros traficantes más astutos prefieren desde hace mucho otro mercado: Europa.

 “Durante 2019 y los primeros meses de 2020, la idea era que el flujo de narcóticos que ingresaba a Europa o pasaba por ella estaba entre 500 y 800 toneladas. Basamos estos números en parte en la hipótesis de que se incauta de 10 a 20 por ciento del total”, afirmó un alto oficial de la policía europea y experto en cocaína, que no estaba autorizado para hacer declaraciones.

Este número compite con los estimativos del volumen de cocaína que ingresa al territorio continental estadounidense. El consumo en Europa es inferior al de Estados Unidos, de modo que es probable que un porcentaje importante de los estupefacientes que ingresan a Europa estén en tránsito en otros lugares del mundo. Sin embargo, en muchos casos, el crimen organizado europeo también se beneficia de estos cargamentos, y este tráfico impulsa las mafias criminales que son una amenaza creciente para los países europeos y la Unión Europea.

Desde que la producción comenzó a aumentar en 2013, la producción de cocaína ha aumentado en más de 200 por ciento. Y, aunque se ha reducido la tasa de crecimiento, aún no hay señales de que toque un pico. El mundo está inundado de cocaína, pero los precios no han colapsado, ya que los traficantes han emprendido una agresiva campaña de exploración y desarrollo de nuevos mercados.

Es aquí donde Europa tiene mucho mayor potencial que el mercado estadounidense, más saturado. Los traficantes están avanzando hacia el este desde los mercados más consolidados de Europa occidental, hacia Rusia y Asia, y abasteciendo cada país en medio de ambos extremos. Aunque Estados Unidos sigue siendo el mercado natural de los carteles mexicanos, los grupos colombianos se centran cada vez más en Europa, así como en el desarrollo de nuevos mercados en Asia y Australia.

VEA TAMBIÉN: Cobertura de Crimen Europeo

Desde una perspectiva comercial, el tráfico de cocaína hacia Europa es mucho más atractivo que hacia Estados Unidos. Los precios son mucho más altos y los riesgos de interdicción, extradición y decomiso de activos es sustancialmente menor. Un kilo de cocaína en Estados Unidos puede valer hasta US$28.000 al por mayor. Este mismo kilo vale alrededor de US$40.000 en promedio y puede acercarse incluso a los US$80.000 en diferentes lugares de Europa.

Estados Unidos ha desplegado masivos recursos en Latinoamérica para combatir el tráfico de narcóticos, con un ejército de agentes de la Administración para el Control de Narcóticos (Drug Enforcement Administration, DEA), además del trabajo conjunto con otros organismos, como Seguridad Interna y Control Estadounidense de Inmigración y Aduanas (ICE) y el Comando Sur del ejército estadounidense. Europa, por otro lado, solo cuenta con un puñado de agregados policiales o agentes de enlace designados a América Latina y algunos escasos puestos navales en el Caribe. La presencia europea y la capacidad en Latinoamérica son mínimas.

Parece que Europa no tiene una imagen clara de las amenazas que plantea el tráfico de cocaína, que van mucho más allá de los asuntos de salud pública. Europa no padece los niveles de violencia que se observan en Latinoamérica ni tiene el tipo de corrupción sistemática que se ve en muchos países latinoamericanos y caribeños. En un momento en que Europa lucha contra la COVID-19, la desaceleración económica, el terrorismo islámico, las tensiones políticas internas y la inmigración ilegal, el tráfico de cocaína se ha movido muy abajo en la lista de las prioridades de los gobiernos. 

Pero Europa no está exenta de los daños colaterales del tráfico de cocaína, ni de los efectos distorsionadores de la economía producidos por miles de millones de euros de dinero de la droga lavados por medio de bancos y economías locales. Hay violencia asociada al narcotráfico en la mayoría de los países europeos, muchos ejemplos de policías, agentes aduaneros y trabajadores de puertos y aeropuertos corrompidos por organizaciones narcotraficantes y, quizás lo más preocupante de todo, la evidencia incontrovertible del fortalecimiento de las mafias europeas gracias al tráfico de cocaína.

La afluencia récord de estupefacientes genera miles de millones de euros para las redes criminales europeas y se ha convertido en un pilar de los grupos mafiosos tradicionales y nuevos. Las mafias criminales latinoamericanas y europeas han aumentado su poder más allá de toda medida.

La historia del ascenso de la ‘Ndrangheta en Italia (y el resto del mundo) tiene estrecha relación con el tráfico de cocaína, mientras que la expansión del poder de las mafias de los Balcanes está ligada igualmente a la cocaína. La amenaza de seguridad nacional que estas estructuras criminales suponen es palpable y va en aumento.

El daño que el tráfico de cocaína inflinge a Latinoamérica y el Caribe también debe ser motivo de gran preocupacion para Europa. Los niveles récord de violencia en la región, el creciente alcance de la corrupción, el debilitamiento de la democracia y los abusos sistemáticos de los derechos humanos, todos causados por el tráfico de cocaína, no deben ser una preocupación distante. Muchos países europeos tienen antiguas colonias en la región y en los territorios de ultramar en el Caribe. El colapso de Venezuela y la evolución de su régimen cada vez más dictatorial y criminalizado implica que muchos países europeos con presencia en el Caribe ahora tienen un vecino que exporta cocaína y delincuencia, además de un éxodo de migrantes.

El tráfico hacia Europa enfrenta un obstáculo ineludible. Al contrario de Estados Unidos, no hay puente terrestre. Por lo tanto, los traficantes deben transportar la cocaína por vía aérea o marítima. En la última década, han optado principalmente por las rutas marítimas, centrándose en el tráfico en contenedores. Lo que ha originado un elaborado juego de las escondidas, donde los traficantes usan diferentes métodos para camuflar la cocaína entre los millones de contenedores que llegan a Europa año a año. Pero abundan otras formas de transportar la cocaína a Europa. En noviembre de 2019, las autoridades españolas decomisaron el primer “narcosubmarino” hallado en aguas europeas. Había atravesado el Atlántico con tres toneladas de cocaína, que a los actuales precios mayoristas en Europa podía alcanzar US$100 millones (o unos 90 millones de euros).

Muy conscientes de que las autoridades europeas están prestando especial atención a los contenedores que llegan directamente de los países productores de cocaína —Colombia y Perú—, los traficantes están usando otros puntos de despacho en la región. Y en el entendido de que contenedores y empresas están siendo perfiladas por la policía y los funcionarios de aduanas europeos, los traficantes han recurrido cada vez más a técnicas de “gancho ciego”, donde se insertan narcóticos en contenedores de mercancías legítimas, cuyos dueños no tienen idea de que sus contenedores llevan envíos de cocaína.

Aunque las principales rutas aéreas para el trasiego de cocaína hacia Europa usan vuelos comerciales, ha habido casos de vuelos chárter que hacen el trayecto directo de Latinoamérica a Europa llevando cargas importantes de cocaína. Los navíos también han resultado más accesibles y fáciles de manejar. Y con el aumento del tráfico entre el Caribe y Europa, esta forma de tráfico ha ganado mucha popularidad para mover grandes envíos.

En Europa también se ha observado una creciente diversificación de la recepción. España también ha sido históricamente sede de los traficantes latinoamericanos.   Por sus nexos lingüísticos y culturales, y gracias a una alianza con contrabandistas gallegos, España se convirtió en el principal punto de ingreso de la cocaína a Europa desde finales de los ochenta.

Sin embargo, España ha sido relegada por Bélgica y los Países Bajos. En estos países, los traficantes se han visto atraídos por la eficiencia de los puertos de Amberes y Rotterdam que, en combinación con la excelente infraestructura vial, puede llevar un contenedor rápidamente a casi cualquier punto de Europa. Los narcotraficantes agradecen ese tipo de eficiencia tanto como cualquier otro empresario, y se deleitan ante el solo volumen de los contenedores que pasan por estos puertos, lo cual les brinda un sinnúmero de oportunidades de camuflar sus envíos. Sin embargo, con el incremento de los decomisos en estos puertos, los traficantes también han recurrido a puertos secundarios en Europa, donde el escrutinio sobre los contenedores que llegan es mucho menor.

Los traficantes también han despachado grandes cantidades de cocaína por vías indirectas hacia Europa, por medio de África Occidental y el Norte de África valiéndose de contenedores, buques mercantes y correos humanos en vuelos comerciales. Los decomisos en esta ruta han fluctuado en los últimos 20 años, pero hay indicios de que puede haber un alza de nuevo.

Tal como los narcotraficantes latinoamericanos se han movido a Europa a vender sus mercaderías, algunas mafias europeas comenzaron a desplazarse aguas arriba para acercarse a las fuentes de producción y asegurar así mejores precios para la cocaína. Como era de esperarse, fue la mafia italiana la pionera en ese desplazamiento hacia las fuentes de suministro, para garantizar cocaína a menor precio en Colombia y establecer una presencia permanente en Latinoamérica en los noventas.

Comprar directamente con la fuente en Colombia y disponer el transporte de regreso a Europa implicaba que los italianos podrían quedarse con las cuantiosas ganancias. Otras mafias europeas no tardaron en empezar a imitar este modelo, y hoy en día se está haciendo mucho más común.

Sin embargo, en el panorama criminal actual es erróneo pensar en mafias puramente nacionales. El tráfico de cocaína está poblado actualmente por una variedad de tipos distintos de carteles criminales, conformadas por muchas nacionalidades distintas y combinadas. Ya no hay estructuras criminales como el Cartel de Medellín que controlaba la producción de cocaína en Colombia y vendía la droga en las calles de Miami y Nueva York. Las redes criminales de hoy dependen de la subcontratación de diferentes especialistas en transporte, asesinos a sueldo, nodos de corrupción, lavadores de dinero y actores legales, como abogados, contadores y banqueros para hacer buena parte del trabajo. Para un despacho específico, se alinearán distintos nodos criminales, luego cada quien tomará un camino distinto, buscando nuevas oportunidades y constelaciones de tráfico.

VEA TAMBIÉN: Reporte europeo sobre narcóticos expone crecimiento en tráfico transatlántico

Sin embargo, pese a los años de bonanza que ha disfrutado, como sucede con todos los negocios, el tráfico de cocaína ha sufrido el impacto de la crisis de la Covid-19.

Para Kevin Mills, recientemente jubilado de la Agencia Nacional del Crimen (National Crime Agency, NCA), luego de 31 años de carrera, y quien trabaja actualmente como consultor de seguridad e investigaciones en Bogotá, el tráfico de cocaína hacia Europa ha sufrido golpes en seis frentes, debido a la pandemia de coronavirus:

1. Reducción del flujo de contenedores entre Latinoamérica y Europa.

En los primeros meses de la pandemia hubo un descenso importante del volumen de contenedores que ingresaron a Europa. El alza de los decomisos en Europa en 2020 podría ser el resultado de los intentos de los traficantes de mover la misma cantidad de cocaína en medio de la contracción en el tráfico de contenedores, lo que los lleva a correr mayores riesgos de ser descubiertos.

2. La prohibición sobre los viajes personales dentro y fuera de Latinoamérica en los últimos cinco meses.

“No es posible para delincuentes y planificadores emprender el vuelo [hacia Colombia], pues no hay ingreso de vuelos, lo que complica aún más la planificación y el cierre de negocios, y no hay salidas de vuelos que permitan una disponibilidad pequeña, pero frecuente de correos humanos o cocaína oculta en el cargamento aéreo o en el equipaje”, señaló Mills.

3. El desplome de veleros cruzando el Atlántico y en desplazamiento por el Caribe.

“La amenaza de los yates de veras ha resurgido en los últimos 2 o 3 años desde el este del Caribe. Eso está completamente muerto en el agua en este momento, pues ninguna embarcación puede trasladarse entre países”, observó Mills.

4. La reducción global del tráfico marítimo implica que cualquier nave que deambule frente a las costas de Suramérica atraerá gran atención, y los países han recobrado su interés por cualquier barco extranjero que solicite atracar.

“El movimiento de carga pesada, remolcadores, barcos pesqueros, de nuevo por el problema del cruce de fronteras marítimas, se ha visto tremendamente afectado”, explicó Mills.

5. El desplome del tráfico aéreo, incluidos los vuelos comerciales, chárter y aviones privados. Pocos países están dando el mismo tipo de licencias para el aterrizaje de aviones privados, lo que significa que los vuelos chárteres no pueden operar como antes y que la reducción total de los vuelos implica que los vuelos ilegales tienen menos tráfico dónde esconderse.

6. La caída en los puntos de venta en Europa, con menos fiestas, la mayoría de las sedes sociales cerradas y la gente con menos dinero para gastar por cuenta de la crisis y su impacto económico.

Aun así, Mills cree que este es un estado de las cosas temporal y que los traficantes ya se están adaptando al cambio en las condiciones. A largo plazo, el flujo de cocaína se restablecerá a los niveles anteriores al coronavirus, e incluso podría crecer.

*La investigación para este artículo fue realizada por James Bargent, Maria Fernanda Ramírez, Douwe den Held and Owen Boed.

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