Niños de Tumaco, carne de varios cañones

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Los grupos criminales y las guerrillas intentan reclutar a los adolescentes del puerto colombiano sobre el Pacífico, principal productor de cocaína del país. Sus madres tratan de salvarlos, pero la pelea contra la violencia y la indolencia estatal es muy desigual.

Anteayer la señora F se puso a llorar. Amaneció sin un centavo. Su vecina, tan pobre como ella, le dijo que no llorara y le regaló 500 pesos. Se compró unos pancitos, pero le ha sido difícil tragarlos sin nada para tomar. Desgrana sus lamentos con la cadencia dulce de las gentes del Pacífico colombiano. Se vino con los cuatro nietos al hombro del cacaotal que tenía en Magüí-Payán hace unos años, después de que le mataran a su hija porque “la cogieron cambiada”: unos guerrilleros la confundieron con otra del mismo nombre y la fusilaron.

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Hoy sin embargo, la abuela está contenta. Con nuestra visita puede mostrarnos orgullosa el diploma y la medalla que le trajo el otro día su nieto mayor de 16 años. Los ganó en el campo donde entrena en Cali a donde un reclutador se lo llevó después de que lo vio meter cuatro goles en un partido de fútbol escolar. Todavía no lo pasan por la televisión, pero si le va bien, todos estarán a salvo.

El barrio donde vive la señora F, como tantos otros de Tumaco, el segundo puerto de Colombia en el Pacífico, está derramándose por fuera del suelo habitable de la isla. Sus casas de madera hacen equilibrio en unos palos torcidos clavados entre la basura, el manglar y el sedimento barroso del mar. Sólo las sostienen la buena voluntad y la infinita paciencia con la que sus residentes aguardan que algo cambie. Por las calles asfaltadas con cáscara de coco molida corren los niños harapientos, descalzos y sonrientes.

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Un tipo, que desentona por su mala cara y sus recias botas, finge comprar algo en la tienda, mientras mira de reojo a los periodistas que visitan sus dominios. La gente se pone nerviosa. Una señora les hace señas a los reporteros que se alejen de allí. A la salida del barrio, había otros dos hombres armados vigilando.

Es lo más cerca que se ve al otro tipo de reclutadores de los niños de Tumaco, aquellos que también se los llevan a campos a entrenar y eventualmente, también los llevarán a aparecer en la tele. Con ellos sin embargo, no aprenderán a hacer chilenas o goles olímpicos como quizás lo consiga el nieto de Fanny con sus instructores en Cali. Cuando los levantadores criminales se los lleven, los jóvenes se cultivarán como informantes, prostitutas, sicarios y si aciertan a borrarse pronto la conciencia, su medalla de méritos consistirá en una moto o un fusil.

Dijo una profesora de piel perfecta y ojos tristes de otro barrio, a la que la daba tanto miedo hablar que ni siquiera dejó grabar la charla, que se están llevando dos o tres jóvenes por semana. Nadie más tiene cifras reales porque el alistamiento es clandestino y la prohibición de denunciarlo se impone con terror. De los niños, los reclutadores criminales prefieren los más serios y silenciosos; también, los fuertes y los más pobres y sufridos, y preferiblemente que estén entre los 12 y los 14 años. Entre más jovencitos, más fáciles de manipular. De las niñas, siempre buscan a las más bonitas.

Los milicianos de la guerrilla de las Farc y los integrantes de Los Rastrojos – una banda criminal con presencia nacional –han instalado su control en los enclenques barrios de Tumaco como Viento Libre, Panamá, Nuevo Horizonte, Los Ángeles-California, la mayoría, en las comunas cuatro y cinco de esta ciudad, de 161.000 habitantes. Hacen sentir su poder paseándose armados, imponiendo horarios y reglas a la gente indefensa, o cobrando vacunas a los modestos comerciantes, o endulzándoles el oído a los niños para que se sumen a su causa, definida casi siempre en forma vaga. Les dicen que en esa vida que llevan solo habrá miseria; que sólo por hacer un mandado se ganan un jean o un celular; que hay que rebelarse contra el abandono en que los tienen; que tendrán sueldo, un arma, serán alguien, serán respetados.

Tumaco no es el único lugar donde guerrillas y bandas criminales reclutan jóvenes a la fuerza en Colombia. En toda la costa Pacífica, desde la frontera con Ecuador hasta la de Panamá, en el oriente cerca a Venezuela, en los Llanos Orientales, en barrios de las principales ciudades, los armados meten a los menores en sus guerras porque es fácil mandonearlos, adoctrinarlos, abusar de ellos, ponerlos en la primera fila del peligro. En 20 de los 32 departamentos colombianos hay reclutamiento de menores, según cuentas de la Defensoría del Pueblo. Un polémico estudio del tema, “Como corderos entre lobos”, aseguró este año que son 18.000 los niños en la filas del crimen organizado y la insurgencia. Otros expertos sostienen que la cifra no tiene suficiente fundamento, y que la real es de la tercera parte. En lo que sí coinciden es que Tumaco es un punto crítico, quizás el peor del país.

Fiesta de millones

Por más que guerrilleros y bandidos a veces les pinten de bonitos colores su causa a los jóvenes, El Dorado de Tumaco es el narcotráfico. Este municipio de Nariño, el departamento que forma la esquina suroccidental de Colombia, es el mayor productor de hoja de coca y el mayor exportador de cocaína del país. El auge de la droga en esa región empezó hace una década, cuando las aspersiones aéreas con herbicidas de los cultivos de coca en los departamentos vecinos de Putumayo y Caquetá, forzaron a los narcotraficantes a abrir nuevas áreas de producción en Nariño. Esta política de fumigación masiva de cultivos ilícitos en esos departamentos despoblados, ideada por los gobiernos de Colombia y de Estados Unidos bajo el conocido nombre de Plan Colombia, salió mal. No sólo no acabó la coca y llevó la violencia al otrora pacífico Nariño, sino que la movida les resultó beneficiosa a los narcos, pues se les abarataron costos al estar más cerca del mar. También se les facilitó sacar la droga sin ser vistos, ya que la costa en ese punto es selvática y sinuosa, y cada uno de las decenas de riachuelos cubiertos de manglar que desembocan allí en el mar es una ruta segura para sacar la valiosa mercancía.

Tumaco produce anualmente unas 27 toneladas métricas de cocaína, según el último cálculo que la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito hizo en 2010. Solamente teniendo en cuenta lo que se paga por la cocaína en Colombia, el negocio vale unos 180 millones de dólares al año. Esta suma es dos veces y media mayor que todo el presupuesto público de la ciudad. Los ingresos de los narcotraficantes que meten esa cocaína tumaqueña en las calles de Estados Unidos se multiplican luego por doce.

No obstante, de esa fiesta de millones a los niños tumaqueños les queda sólo la resaca de la violencia. En Tumaco, se mueren 58 niños de cada mil nacidos vivos antes de cumplir el primer año, cuando en Colombia la tasa es de 16 de cada mil. Y la tasa de sífilis congénita en esa ciudad perdida, 15,23 por mil, es siete veces mayor que la del país (2,6 por mil). En 2011 llegaron a los hospitales cinco niñas infectadas con Hepatitis B, y 95 niños y niñas, entre 10 y 14 años, golpeados o maltratados gravemente por padres y padrastros. Apenas seis de cada 10 jóvenes se quedan en la ? escuela a estudiar bachillerato, pues deben ayudar a la familia a conseguir el alimento. Hay pocas oportunidades de empleo, quizás moto-taxista o ayudante en alguna tienda, acarreador de agua o pescador. Hay muchas oportunidades de caer abaleado. Uno de cada cinco asesinados en Tumaco en 2011 tenía entre 15 y 19 años. Esas son las cuentas amargas del completo informe que hizo la Secretaría de Salud del Municipio este año.

Como hasta hace menos de una década en esta isla de playas negras y mar azul no había habido guerra, la gente aún no nace prevenida, como en otros lugares de Colombia. “No han tenido tiempo de elaborar toda esta violencia que nos ha llegado en los últimos años”, dice una sicóloga que trata jóvenes. Por eso el miedo es el compañero de crianza. Miedo de hablar de más, de enamorarse con alguien del barrio equivocado, de que alguien te mire de más, miedo de que te lleven con ellos.

La profesora que lleva treinta años lidiando niños en Tumaco cuenta que a veces en el recreo se entran muchachos armados, y los estudiantes se amontonan en el otro extremo del patio. “Los malos, profe, llegaron los malos”, balbucean con horror.

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A un alumno de décimo quisieron llevárselo cinco grandulones con armas de fuego del supermercado Merca Z. Él tembloroso se animó a mandar un mensaje por celular: “Díganle a la profe que me están levantando”. En esas vino la policía y se pudo fugar. Pero al otro día, los matones fueron a buscarlo al colegio, y se tuvo que volar para Ecuador, cuya frontera queda apenas a tres horas en lancha. Sus amigos, a quienes los del grupo armado les sacaron fotos, también huyeron. Sabían que a cualquiera podían cobrarle la osadía del que se les escapó. A otro joven que terminó el servicio militar lo eligieron los de las bandas para reclutarlo y también tuvo que correr. Cinco hermanos que vivían con una tía salieron así mismo, de un día para otro. Uno de ellos repetía agobiado que Dios a él no lo quería. Y una muchacha cachetona gordita de 14 años, en cuya casa se vendía droga, un día no volvió más al colegio. Meses después la profe la vio en la calle caliente, de tacones altos, la cara pintarrajeada, como disfrazada.

“Muchachos juiciosos y valiosos, los más inteligentes, han caído allá”, dice la maestra, y explica que viven hacinados en una pieza y sueñan con casas bonitas y ropa nueva. “Se meten a los grupos atraídos por cualquier oferta o a veces, sólo en protesta porque el gobierno no les ha puesto nunca atención”.

Y la sicóloga atendió un caso en el que una madre logró que a su hijo lo soltaran los de un grupo armado que se lo habían llevado. Pero cuando regresó a casa, “terminó construyéndole una cárcel en su propia casa por el miedo a que lo descubrieran, miedo a que se lo llevaran nuevamente, miedo a que lo mataran – cuenta—. Él empezó a paralizarse, no podía caminar físicamente. Afortunadamente se ha ido recuperando poco a poco y ahora ya anda. Pero ha sido un viacrucis para la madre”.

El terror de que los alisten a la fuerza los grupos armados también estanca las amistades y los noviazgos. El diccionario lista el miedo como sinónimo de desconfianza, sospecha, recelo porque son la misma cosa. ¿Qué tal si este joven la quiere conquistar para meterla a la banda criminal? ¿Qué tal si este nuevo amigo lo mete en problemas cuando le pide que le lleve un paquete? “Se ha roto muchísimo la amistad porque ya los jóvenes no tienen la libertad de confiar en otros jóvenes, de andar libremente en las calles como antes”, dice la sicóloga.

Lo único cierto con que cuentan los muchachos es con la pobreza, la miseria, dice con cierto humor negro el líder comunitario Antonio y asegura que “los jóvenes no tienen quién les dé apoyo para una dignidad”. Le da la razón un muchacho que dice “que vive con la inseguridad siempre encima”, como una nube negra que lo persigue por toda la ciudad y no lo deja imaginar siquiera cómo será su futuro.

Una mujer que promueve el progreso comunitario le ha tocado lidiar con muchos casos, como el de su comadre que se le iban a llevar a los tres hijos, una niña de 14 años y dos varones de 16 y 18, y los tuvo que sacar de afán para Bogotá. A otra amiga que vivía en el campo, la guerrilla se le llevó a la hija, muy guapa. De eso hace siete años y nunca se supo más de ella. También de prisa se metió al Ejército el hijo de la señora G. Fue la única manera que se le ocurrió al joven para evadir el cerco de los criminales.

“Cuando tu hijo está ya en edad de cargar un arma, lo “invitan” a que se una al grupo armado”, dice la hermana Gaby, una voluntaria católica de origen alemán, que junto con otro puñado de religiosos son quienes más conocen los barrios tumaqueños porque llevan décadas ayudándole a la gente a mejorar sus vidas. “Si el joven se niega, toda la familia está en riesgo”. Con las niñas es diferente: se las piden a sus hermanos con fusil en mano y éstos solo pueden ceder o huir.

Mucha fuerza pública, poca protección

La impotencia es lo que le llena los ojos de lágrimas a la señora G; el hijo mayor enlistado en el Ejército a las malas para salvarse, y otro, al que también querrán reclutar las bandas delincuenciales, lo tuvo que sacar a media noche para donde una parienta que apenas conocía en Cali. ¿Por qué no acudió a la fuerza pública para pedir protección? No es que ésta falte en el municipio. Casi en cada cuadra de la avenida La Playa que atraviesa Tumaco se ve un policía armado, el aeropuerto es prácticamente una base militar y los helicópteros pintados de camuflado pasan todo el día, yendo y viniendo de las operaciones de ataque en los campos.

Hay 7.000 soldados y policías en Tumaco, dice el general Mario Valencia comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta Pegaso. Esto significa que hay un uniformadocada 23 habitantes, una fuerza exagerada en comparación con cualquier ciudad colombiana, como Bogotá, por ejemplo donde hay uno cada 400 habitantes. Tumaco es una de las 14 zonas que el gobierno nacional escogió desde hace tres años para desarrollar un Plan de Consolidación, con apoyo militar de Estados Unidos. El diario nacional El Tiempo informó en julio pasado, además, que en este municipio el Ministerio de Defensa inauguró una estrategia especial contra el narcotráfico que busca acelerar lo que ya busca el Plan Consolidación: controlar el territorio y después entrar con la inversión estatal en infraestructura y servicios.

Pero aunque hay gente que reconoce los esfuerzos de la fuerza pública, la mayoría confía poco en los uniformados. Por eso, los agentes pueden pasarse horas apostados a la entrada de algunas zonas de La Ciudadela o de Viento Libre, pero no controlan lo que sucede barrio adentro. Tienen sus razones. El dinero que fluye es mucho, suficiente para infiltrar y corromper a los agentes de la fuerza pública. Entonces cuando se denuncia nadie sabe si se habla con el enemigo, dicen casi todos entrevistados, algunos de los cuales relatan experiencias agrias al respecto. Uno dijo que no pasaron dos días desde que denunciara ante la policía que lo querían reclutar, cuando los criminales ya se habían enterado y lo amenazaron. Otro, que la Policía respondió con tal alharaca que todo el barrio se dio cuenta de quién denunció.

En la ciudad, la Policía tiene grandes riesgos. En febrero pasado le pusieron una bomba a la estación central de policía que mató a cuatro agentes e hirió a 74 personas, entre policías y civiles y en junio, en el barrio de Nuevo Milenio, fueron asesinados dos agentes por francotiradores. La posterior reacción de las autoridades en ambos casos, sin embargo, no despertó una mayor solidaridad con la Policía si no que, por el contrario, alejó más a la gente.

Por el asesinato de los policías en Nuevo Milenio, el comandante dio a entender por radio que eran los habitantes de ese barrio los que protegían a los criminales, ofendiendo así a toda la comunidad. El barrio entero hizo una fiesta por la vida para responderle a la Policía que ellos no favorecían la violencia, ni estaban en contra del imperio de ley. Los tumaqueños también han visto que la estación destruida fue rápidamente reconstruida, pero las casas vecinas siguen en ruinas.

Tampoco ayuda a la confianza en las autoridades que el propio jefe de la policía de Nariño, coronel William Montezuma fuera capturado en 2011, sospechoso de haberse aliado con los paramilitares cuando fue jefe de la policía en Norte de Santander. Dos jefes paramilitares lo señalaron como su cómplice. Él se defendió alegando que las acusaciones eran falsas y fue dejado en libertad.

Las Fuerzas Armadas hacen jornadas recreativas con los jóvenes, y según el general Valencia, por las cinco emisoras departamentales les advierten a los padres que no descuiden a los hijos, que les cuiden los amigos, que no los dejen solos. Son palabras necias en un lugar donde la mayoría vive sólo con la madre y ésta tiene que salir a trabajar para conseguir la comida. El Ejército ha rescatado a varios niños y niñas. Una de ellas de 14 años ya había hecho explotar bombas. Por ley los deben entregar al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) a donde les encuentran un hogar temporal, mientras los sacan a un Centro Transitorio en Cali o en Bogotá donde deben recibir asistencia sicológica y social.

En lo que va de 2012 han salido de los grupos armados de Tumaco, 14 niños y niñas menores de 18 años. Algunos fueron rescatados por la fuerza pública en operaciones militares. Otros consiguieron fugarse. La quinceañera M duró dos años en la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional. Su hermano se escapó de ese grupo y los guerrilleros se la llevaron a ella en represalia. Le tocaba buscar leña, ayudar a cocinar. Otra niña, P, que tiene 14 años cuenta que la engañaron. Le dijeron que podía ir sólo de visita, a saludar a un primo. Pero cuando quiso irse, ya no la dejaron regresar. Y L, un muchacho de 15 años, dijo que se metió a guerrillero para vengar la muerte de su padre. Para que no puedan ser identificados, la ley prohíbe contar detalles de la vida de estos niños y niñas. Pero se sabe que hoy los tres viven en hogares sustitutos, tan pobres como los hogares de donde los sacaron, esperando que los trasladen a la ciudad.

Los funcionarios del Bienestar, muchos nombrados con palancas políticas, cumplen sus trámites burocráticos. Una defensora le dice a una madre sustituta que se va a hacer cargo de un ex guerrillero de 17 años, cuántos papeles y sellos le faltan para cumplir el trámite para legalizar la tenencia del joven. Fría, comenta que no les cree a estos jóvenes, que son unos mentirosos.

Más fe en ellos tienen quienes conocen mejor sus problemas. Los religiosos católicos y de otras iglesias trabajan con los muchachos que pueden. Hacen con ellos teatro, actividades deportivas, les enseñan a pensar, a conversar, a navegar en Internet. “Me siento un poco en paz conmigo mismo porque no me siento tan vulnerable a los grupos armados porque estoy concientizado sobre lo que puede hacer de mi vida si llego a pertenecer a grupos como esos o el daño que le puedo hacer a mi comunidad y a la sociedad”, dice J, un joven que hace teatro con sus amigos dirigidos por una joven alemana que realiza un doctorado en teología y habita en su mismo barrio.

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Una lideresa del barrio Familias en Acción, asociada a madres de los barrios difíciles de Tumaco, bajo la inspiración de Mireya Oviedo, una maestra retirada, le busca financiación a su proyecto de crear una sala común donde los niños puedan estudiar y jugar, mientras sus mayores trabajan, y así protegerlos después de que salen de la escuela. Hasta ahora no ha conseguido quién la apoye.

El secretario de Gobierno de Tumaco, Hernán Cortés, él mismo surgido de las organizaciones de afro-descendientes, y que representa una nueva forma de hacer política en el municipio –frente a la tradicional de cacicazgos corruptos y profundamente liados con el narcotráfico– cuenta que acaban de empezar un proyecto en dos barrios para buscarles educación y empleo a 250 jóvenes. Pero hasta ahora comienzan.

Todos ellos saben que el problema sólo se arregla con cambios de fondo. Si los jóvenes tuvieran buena educación, viviendas dignas, empleo posible, lugares de recreación sería mucho más difícil reclutarlos para el crimen. “A medida de que el Estado entre con fortaleza a unas zonas que se han recuperado militarmente, vamos a poder decir que estamos ganando espacios sólidos que verdaderamente permitan a la gente cambiar esa tendencia que tenían hacia lo ilícito”, dice convencido el general Valencia.

Sin embargo, el esfuerzo militar se ve más que el civil. Escasean vías, servicios públicos, viviendas, parques, canchas de juego y escuelas amplias y suficientes. La inversión social se viene prometiendo desde hace décadas y la gente no tiene cómo creer que ahora sí es en serio.

Mientras que llega el anunciado desarrollo social, pocos parecen enfocados en inventar remedios inmediatos que impidan el reclutamiento de niños y niñas para el crimen y la guerra. Los esfuerzos privados de los religiosos, de los maestros y de algunas organizaciones para ganarse los jóvenes para la paz, apenas si cubre unos centenares de ellos en Tumaco.

“Es importante en un pueblo donde todo el mundo está callado por el miedo, que creemos espacios donde los jóvenes recuperen su palabra, su risa, su juego, que sean ciudadanos también, que se sientan alguien, que no se ahoguen en el sufrimiento”, dice Gaby, explicando que se podría hacer una revolución educativa si realmente se quisiera.

Tampoco las autoridades han desarrollado una ruta de acción concreta para reaccionar a tiempo ante el reclutamiento ilegal y forzado de niños. Los jóvenes en alto riesgo no saben a dónde acudir. Los maestros tampoco. La fuerza pública no sabe manejar las emergencias y a veces pone en peor riesgo a la familia que denuncia. Los funcionarios nacionales demuestran poco interés en atender el problema.

Los padres, y sobre todo, las madres debe arreglárselas como pueden, sacando a los hijos a escondidas, arriesgando sus vidas y las de ellas mismas. Y cuando no consiguen salvarlos, nada impedirá que sus hijos e hijas queden atrapados por las garras de la violencia. Ellos estarán destinados a repetir la historia y en pocos años estarán reclutando niños de la siguiente generación.

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