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Los negocios omnipresentes de la MS13 en El Salvador

EL SALVADOR / 25 ENE 2022 POR JUAN JOSÉ MARTÍNEZ D’AUBUISSON ES

En la colonia Las Margaritas, del municipio de Soyapango, en San Salvador, es difícil no toparse con la Mara Salvatrucha (MS13). Casi cualquier cosa que los habitantes quieran hacer en su día a día está relacionada, de alguna forma, con esta pandilla.

Si una persona de esa colonia de más de 15.000 habitantes quiere comprar algo tan básico, tan cotidiano, como gas, deberá comprárselo a la MS13, cuyos miembros distribuyen los tanques de 50 y 100 libras por todas las tiendas de la zona. Si esa persona quiere comprar pan, también deberá comprárselo a la pandilla. En la colonia hay al menos tres panaderías de la MS13. Hay otras panaderías, pero la harina con la que fabrican el pan también lo vende de forma exclusiva la MS13.

Lo mismo ocurre con el transporte. Si una persona no tiene vehículo y quiere salir de Las Margaritas, tendrá que utilizar uno de los taxis de la pandilla o subirse a los buses de ruta pública 41D o la Ruta G, que son extorsionadas de forma sistemática por ese grupo.

En caso de que este habitante sí tenga vehículo, tampoco escapa al negocio de lo que ellos llaman “las dos letras”. Si es motocicleta, lo más fácil será llevarla a uno de los tres talleres de la pandilla y comprar en ellos los repuestos y los aceites. Si tiene carro, se verá obligado a pagar mensualmente US$10 por concepto de “parqueo”, y US$15 si tiene camioneta o camión.

Esto con los negocios ordinarios, “los supuestamente lícitos”. Pero si un habitante desea fumarse un puro de marihuana después del trabajo, tendrá que ir al final de uno de los pasajes y comprárselo a un emeese, como se les conoce a los pandilleros. Lo mismo si quiere fumar una piedra de crack o hacerse una raya de cocaína. Si sus necesidades lúdicas no son tan pesadas, y simplemente quiere beberse una cerveza fría en su casa, esa cerveza la vende la MS13.

*Este es el segundo artículo de una investigación de tres partes, “MS13 y Co.”, que examina cómo la MS13 evolucionó desde sus modestos comienzos hasta convertirse en una potencia empresarial con inversiones en numerosos negocios, tanto legales como ilegales, en todo el Triángulo Norte. Este capítulo muestra cómo la MS13 gobierna casi todos los aspectos de la vida diaria en la comunidad de Las Margaritas, al igual que docenas más en El Salvador.

La omnipresencia de la MS13 llega a tal grado en Las Margaritas que incluso el agua envasada que compra la gente, porque no hay agua potable en los grifos, también la vende esta pandilla.

“Ellos controlan todo. Incluso si hay problemas de violencia dentro de las casas es prohibido llamar a la policía. Se tiene que hablar con ellos y ellos resuelven”, dice una mujer mayor, integrante de una de las asociaciones vecinales de la colonia.

Esta mujer ha vivido en esta colonia desde su fundación, ha visto a la MS13 pasar de un grupo juvenil de esquina a una mafia todopoderosa que controla su vida y la de miles de habitantes de Las Margaritas.

Hutch

Hutch es un expandillero de la MS13. Tiene más de 40 años y se considera a sí mismo parte de la primera camada de emeeses en El Salvador. Ciertamente es un pandillero de la vieja escuela y fue uno de los miembros fundadores de una de las clicas de esta colonia.

Después de ser uno de los hombres más importantes de su pandilla, Hutch decidió unirse a una facción disidente e intentó derrocar a los emeeses más poderosos de El Salvador. Sobra decir que fracasó. Ahora, después de haber estado 21 años en las prisiones, Hutch es un objetivo codiciado por la MS13 no solo por su intento fallido de revolución, sino por ser dueño de los secretos de esta pandilla que se volvió mafia.

Hablamos en un bar de media luz, uno de esos lugares donde suelen reunirse parejas que necesitan discreción, en algún lugar de El Salvador en algún momento de agosto de 2021. Hutch mide y calcula todo lo que hace. Sabe de la sentencia colectiva que sobre él ha impuesto la MS13, y por eso me pide que nos sentemos en un lugar desde el cual, según él, sería fácil saltar una valla y escapar.

Si llega el mesero, calla; si el hombre viejo y gordo que corteja a su joven acompañante se levanta, Hutch le ensarta la mirada hasta perderlo de vista. Si saco algo de mi mochila, Hutch acompaña mi mano con la mirada y tensa el cuerpo, como hacen los gatos antes de dar un salto. Se relaja al ver que es una libreta o un lapicero, pero se vuelve a tensar cuando el hombre viejo y gordo regresa del baño. Tiene la actitud de aquellos animales que son presa y depredador al mismo tiempo.

Hutch explica que en Las Margaritas la jerarquía de la MS13 es clara y bien definida. Existen tres grandes clicas o células: Criminal Mafiosos, Big Gangster y Big Crazys. Esta última es la clica de Hutch. Hay otra clica pequeña, con un nombre ostentoso, pero sin mucho territorio: El Oscuro Mundo. Las primeras tres son clicas fundadas en El Salvador por deportados de la MS13. Se trata de grupos con ilustre historia y gran ascendencia dentro del mundo pandillero. Cada una de estas clicas controla un sector de la inmensa colonia y cada una tiene su propia estructura de mando, su propio líder (o ranflero) y su propia base social.

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En este esquema no hay espacio para pandilleros indecisos y participantes tibios. Desde que alguien expresa su intención de pertenecer a la pandilla, todo es para adelante, nunca para atrás. Todos son parte de un mismo cuerpo. Es la lógica de las hormigas, donde no es tan importante el individuo como la colonia, y donde el sacrificio de un miembro vale la pena si es en función del hormiguero.

Pandilleros de la MS13 en San Salvador, 2002. Foto: Archivo personal de Antonio Mendoza

En la parte más baja de esa cadena están los paros, personas de la comunidad que hacen favores a los pandilleros. Dependiendo de la naturaleza y de la frecuencia de los favores, puede ser paro o paro firme. Luego siguen los postes. Estos son, generalmente, adolescentes que aspiran a convertirse en pandilleros y buscan hacer méritos para ello. Su trabajo consiste en situarse en cierto sector de una colonia, observar y reportar todo lo que suceda en dicho sector. Son los ojos de la pandilla.

“El trabajo de poste es un trabajo complicado, porque van por turnos y es como que usted tuviera vigilantes. Simplemente debe estar con la vista abierta día y noche, con sol y con lluvia”, dice Hutch.

Estos muchachos hacen turnos de hasta 12 horas continuas, observando y reportando todo tipo de cosas, desde el paso de un vehículo extraño hasta la entrada de un convoy policial.

“El poste quiere ser pandillero. Y cuando el poste tiene ya una mente bien desarrollada o nace de él o alguien le dice ‘bueno y vos así vas a andar toda la vida, ¿por qué no pedís ser chequeo?’”, dice Hutch.

Los chequeos son muchachos entre los 15 y 20 años que ya pasaron varios años siendo postes y que empezaron siendo paros. El chequeo tiene ya responsabilidades mayores.

“El chequeo ya es algo importante, porque tiene palabra. Ya ha pasado un proceso de confianza y ya puede quitar la vida. Él está para la acción y para tratar de producir para la pandilla. Ya goza de un privilegio bastante grande, ya puede participar en un miring [reuniones de la pandilla]. He incluso hay mirings solo de chequeos, supervisadas por un homeboy [pandillero]”, explica Hutch.

El chequeo es el encargado de usar la violencia contra algún visitante que el poste reporte como hostil. El chequeo generalmente tiene derecho a tener un arma. Tiene un apodo y puede usar ropa y cortes de cabellos propios de un pandillero. El chequeo es, en esencia, un miembro de la MS13.

“Uno como líder debe medir al chequeo. Si es alguien que desde el principio usted lo ve que es bueno para poner un negocio, uno lo usa para eso. Pero si uno ve que es de choque, lo manda a chocar. Uno dice: 'Este es aventado, este mata, no pregunta'. Entonces uno le da una misión difícil, como la de matar un policía o un vigilante. Si regresa vivo, va para homeboy. Si hace la misión y lo matan, será recordado como alguien que dio la vida por el barrio”, dice Hutch.

“Al chequeo uno lo brinca [brinco es el ritual para volverse homeboy o pandillero oficial] o, si uno ve que ya sabe mucho de la pandilla y que ya anduvo mucho tiempo y que quizá pueda representar algún riesgo, mejor lo mata y lo entierra. Esto para prevenir que el día de mañana vaya a abrir la boca”, remata Hutch.

En este esquema, cuando un chequeo se vuelve homeboy, ya lleva, al menos, seis años siendo parte de la estructura. Ya ha vivido de los negocios o extorsiones de la pandilla, ya ha asesinado a más de tres personas y ya su nivel de compromiso es alto.

En la MS13 de El Salvador la figura de homeboy es la más escasa, al menos en las calles. Haciendo cálculos, una suma de fuentes, entre ellas fiscales, jueces, y pandilleros de diferente rango coinciden en que, en una clica salvadoreña, apenas un diez por ciento de la estructura en la calle se compone de homeboys. La mayor parte son paros, postes y chequeos. La mayor parte de los homeboys están en las prisiones.

En esta estructura, las mujeres cumplen roles poco visibles pero fundamentales. Componen la mayor parte de la base social que rodea a esta pirámide. Es por medio de de ellas que circulan las órdenes; ellas son quienes se encargan de los hijos de los pandilleros y quienes cobran muchas de las extorsiones. Las mujeres son encargadas de esconder las armas y de prestar sus nombres para abrir cuentas bancarias, y en conjunto, constituyen las montañas en las cuales se camufla la pandilla.

Las mujeres en la MS13 son importantes, pero no son protagónicas.

En los peldaños superiores de las clicas de Las Margaritas, y de todo el país, están los jefes o ranfleros. Estos son los hombres encargados de organizar y dirigir. Usualmente son dos por clica: uno en la calle, operativizando la vida como una especie de gerente, y otro dentro del sistema carcelario, entendiéndose con el jefe en la calle para organizar la vida de un puñado de muchachos y de todo un sector de El Salvador.

En cuanto a las figuras de homeboys y ranfleros, podemos decir que se han debilitado mucho en los últimos años. Las medidas estatales para cortar la comunicación entre la cárcel y la calle parecen haber tenido efecto. Desde 2016, las cárceles, en concreto las que albergan pandilleros, son más herméticas y menos porosas, y salvo los grandes acuerdos de la pandilla con el gobierno, la mayor cantidad de decisiones que toma la MS13 recae en los muchachos de la calle. Según varias fuentes, tantos oficiales como pandilleras, esto representa uno de los cambios más profundos en la MS13 de los últimos.

La guerra contra el Estado dejó a algunas clicas tan debilitadas y con tan pocos pandilleros consagrados, que hay decenas de clicas que están siendo dirigidas por chequeos de menos de 20 años.

La mafia que nació pandilla

Hutch no recuerda mucho antes de la MS13. Era un niño pobre de Soyapango, que asistía a una escuela pobre y tenía padres pobres. Nada memorable que recordar.

A principios de los noventa llegaron los pandilleros deportados y acabaron con las pandillas barriales que dominaban el municipio. Muchas de estas pequeñas pandillas se extinguían cada mes, y sus dominios y miembros pasaban a ser parte de la MS13 o de Barrio 18, la otra gran pandilla californiana que llegó a Centroamérica.

En esos años, la MS13 no era otra cosa que un grupo de hombres jóvenes que venían deportados desde la ciudad californiana de Los Ángeles, Estados Unidos. No hacían gran cosa: fumaban hierba y reunían a los muchachos del cantón para hablarles de Los Ángeles, la ciudad del futuro, y para predicarles sobre la MS13.

Pandilleros deportados de la clica Leeward Locos Salvatrucha en El Salvador, 1998. Foto: Archivo personal de Carlos García

Hutch se metió de lleno. Se zambulló dentro de esa pandilla nueva y moderna sin mirar a los lados. Apenas dos años después de conocer al primer emeese recibió el honor de ser brincado, según me contó. Doce homeboys lo golpearon en turnos de cuatro. Luego recibió una taca (apodo), y el “yo” se convirtió en “nosotros”. Y ese nosotros era fuerte en Soyapango y en El Salvador.

Hutch entró a esa lógica del hormiguero.

Ahí conoció a Mauricio Solano, uno de los cientos de emeeses deportados en el primer lustro de los noventa. Solano fue miembro fundador de una pequeña pandilla barrial de los años ochenta conocida como Los Cona porque defendían el territorio de la colonia Los Conacastes, de Soyapango. Ahí era conocido como Bétegan.

Mauricio Solano era más grande que el promedio y desde muy niño mostró un gusto por las peleas, las cuchillas, la marihuana y la calle.

Su familia, buscando sacar al muchacho del mundo de pandillas en que se había metido y salvarlo de un posible reclutamiento de parte del ejército o la guerrilla, decidió enviarlo, a mediados de los ochenta, a Los Ángeles. Sin saberlo, terminaron tejiendo una gran ironía: para salvar al muchacho de las pandillas, lo mandaron a la meca mundial de las pandillas.

Mauricio Solano fue uno de los primeros emeeses. Entró a la pandilla cuando el grupo aún se consideraba a sí mismo un conjunto callejero de aficionados al heavy metal satánico. Ingresó cuando los ritos y reuniones aún se hacían en cementerios y cuando la MS, sin el 13, era poco más que un problema local de la policía.

Su nombre en la pandilla fue Ozi, por Ozzy Osbourne, el cantante británico de Black Sabbath, uno de los primeros ídolos de la pandilla, y entró a la clica de Coronado Little Psyco, de la South Coronado Street, a dos cuadras del Parque MacArthur.

Ozi no solo fue un matón. Fue de los primeros en tatuarse la cara y, dentro del mundo pandillero, fue un visionario. Después de tres años en la cárcel del condado de Los Ángeles, Ozi de Coronado regresó a El Salvador en 1991. A diferencia de la mayoría de emeeses deportados, que consideraban casi una maldición regresar al país del que tuvieron que huir, Ozi de Coronado vio una oportunidad.

Mientras la mayoría de emeeses deportados no hacían sino clonar sus clicas de origen con nombres como Normandie, Fulton, Novena o 7-11, Ozi le apostó a crear clicas criollas, que eran nombradas según el lugar que pretendían dominar. Fue un referente de seguridad para muchos emeeses e ícono de modernidad y liderazgo para los pandilleros locales.

“Ozi fue el primer líder fuerte de la mara. Todos lo mirábamos a él para tomar decisiones porque él traía todo el respaldo de las clicas de allá [Estados Unidos] y traía credenciales”, dice Hutch.

Al menos dos decenas de emeeses entrevistados en los últimos años coinciden en que, a principios de los noventa, si había que señalar a un líder de la pandilla en El Salvador, los dedos apuntaban hacia Ozi.

Este pandillero se paseó por los barrios salvadoreños brincando jóvenes y fundando clicas. Así nacieron las dos primeras clicas de la MS13 en El Salvador y tal vez las dos primeras en ser fundadas fuera de California: La Sansivar Locos y los Harrison Locos del barrio San Jacinto de San Salvador.

Eran células pandilleras que ya no respondían a los pandilleros de Los Ángeles. Estas células autónomas absorbieron el conocimiento y la cultura angelina pero no sus directrices. A esta autonomía, a esta especie de independencia pandillera, se le conoció como “movimiento 503”. Esos números son el prefijo para marcar a El Salvador, así que les pareció una buena idea para señalar a un movimiento pandillero cuasi nacionalista.

Pandilleros de la MS13 en San Salvador en 2004. Foto: Archivo personal de Antonio Mendoza

Ozi murió en el penal de Mariona, en El Salvador, en 1995, apenas cuatro años después de su llegada. Los capos de ese penal tenían cuentas pendientes con él, y desde que Ozi entró a la guardia del penal hasta que le dieron el último machetazo, pasaron apenas 40 minutos. Las pandillas de origen californiano aún no gobernaban los penales. Lo harían más tarde.

“El mismo día nos entregaron el cuerpo, todo macheteado y puyado. Apenas se reconocía. Parecía que le habían dado con más ganas en las partes del cuerpo donde llevaba los tatuajes de la mara”, me contó Nancy en una pizzería en San Salvador en inicios de 2015, una mujer que fue una de las parejas de Ozi y madre de uno de sus hijos.

Ozi de Coronado dejó un reguero de clicas por todo El Salvador e impulsó un movimiento pandillero muy difícil de detener. Fundar no solo es construir y esperar que lo construido se mantenga; tiene que ver con heredar ideas y convicciones.

El heredero de Ozi en El Salvador fue un muchacho flaco, de facciones marcianas y mente de tiburón. Se trata de Borromeo Enrique Henríquez Solórzano, quien aún vive y todavía timonea a la MS13 salvadoreña.

Borromeo fue brincado y bautizado por los primeros emeeses como "Diablito," de la clica Hollywood Locos en Los Ángeles. Diablito, al igual que Ozi, llegó a El Salvador en 1991, cuando tenía trece años.

Diablito de Hollywood ha sido desde hace dos décadas uno de los hombres más poderosos e influyentes de El Salvador. Pero a mediados de los noventa era solo un pandillero muy activo de una pandilla sin mucho poder y sin casi nada de estructura.

El Diablito de Hollywood (centro, cargando una niña) con un equipo de fútbol alrededor de 1995. Foto: Archivo personal de Carlos García

“La primera vez que lo vi llegó trabajando de ayudante de motorista de un microbús de la ruta G. Era un muchacho delgado, de baja estatura, y bien simpático”, cuenta Hutch.

Al poco tiempo, ese joven emeese, que llegó a Las Margaritas con uno de los trabajos menos prestigiosos, inició a un muchacho de la colonia en la MS13 y le dijo que brincara a otros y que fundara una clica que se llamaría Big Crazys, a la que dos años después ingresaría Hutch.

Diablito le indicó a ese pandillero que les dijera a los neófitos que esa clica era fundada por Diablito de Hollywood. Así, de la misma manera que las bolas de nieve se despeñan por las laderas, Diablito fundó clicas por todo San Salvador y el occidente del país. La MS13 hizo entre los jóvenes lo que hacen los virus muy contagiosos: esparcirse.

El origen del negocio

A mediados de los noventa, la MS13 no era una salida económica para los muchachos.

“Al principio [de los noventa] nadie extorsionaba. No existía eso. Más bien cada pandillero tenía que llevar una cuota. Nosotros le dábamos 100 colones cada domingo a la clica. Al que no los llevara le caía un descontón [golpiza de castigo] y los debía para el siguiente domingo. Si no los llevaba, otra vez a descontarlo y así hasta que se les quitaba la vida”, dice Hutch.

En otras palabras, la mara no les daba un mejor estatus económico o mayor comodidad a sus miembros. Era más bien un reducto donde los muchachos buscaban obtener prestigio, respeto, pertenencia y familia. Así lo confirman decenas de testimonios de pandilleros veteranos y así lo registran las primeras investigaciones académicas sobre las pandillas salvadoreñas, como la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador o el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD).

Los escasos estudios de esos años apuntan a que los niños y jóvenes buscaban en la pandilla una especie de refugio, una familia, y tanto los veteranos de la pandilla como esos estudios de los años noventa coinciden en el alto grado de solidaridad y apego que se profesaban entre sí esos primeros pandilleros salvadoreños.

"Nosotros en esos años sí nos metíamos en secuestros, robo de vehículos y vendíamos mota [marihuana] y piedra [crack] pero poco, la onda era otra… Era cliquear con tus hommies. Había hermandad, no había dinero", dice Hutch.

En el año 2000, Hutch fue capturado y condenado por una lista larga de delitos, entre ellos varios asesinatos. Ahí empezó su periplo por los penales salvadoreños en donde los pandilleros eran parias. Los capos carcelarios, al mando de numerosos ejércitos de bandidos, los relegaban y maltrataban. Ser pandillero no era, en absoluto, algo de lo que se podía presumir dentro del mundo carcelario. Los pandilleros eran criminales. Pero criminales sin dinero.

La MS13 era algo así como una estructura proscrita y casi clandestina dentro de los penales salvadoreños.

Según fuentes pandilleras que vivieron este proceso, la MS13 tuvo que crear una jerarquía y un sistema de comunicación a espaldas de los capos carcelarios, y quien organizó este movimiento dentro del sistema penitenciario salvadoreño fue el mismo muchacho que regresó a El Salvador siendo un niño de 13 años y caminó a la sombra de Ozi de Coronado: Borromeo Enrique Henríquez Solórzano, el Diablito de Hollywood.

El "Diablito de Hollywood" (primer plano) y Mauricio Solano, alias "Ozi de Coronados" (tras de Diablito) en Soyapango, 1995. Foto: Donna de Cesare.

Esta nueva estructura, creada en los penales, no solo les permitió organizar mejores atentados contra sus enemigos del Barrio 18, sino además concebir una organización que resultara rentable.

Desde la cárcel, los líderes de las clicas diseñaron el sistema y enviaron directrices a los homeboys en la calle para que las ejecutaran. Hutch fue uno de esos líderes. Él les pidió a sus subalternos en la colonia Las Margaritas que elaboraran listas de todos los negocios lícitos e ilícitos en la colonia y los alrededores, junto con el nombre y teléfono de sus propietarios. Con esa lista empezaron a extorsionar. La cárcel llamaba, la víctima pagaba, la calle recolectaba el dinero y la cárcel administraba lo recolectado. Era un sistema circular.

Los primeros en ser extorsionados fueron los vendedores de droga. Era fácil, puesto que estos, en su mayoría, no tenían forma de enfrentar bélicamente a la MS13 ni podían denunciar ante la policía. Los siguientes fueron los empresarios de buses y luego casi todo aquel que tuviese un negocio dentro de los territorios de influencia de la mara.

En el año 2002, la clica de Hutch, los Big Crazys, ya empoderados por un flujo constante de capital producto de las extorsiones, comenzaron a buscar dónde invertir. Hutch decidió que se montarían tres bares en Soyapango. Además, compraron cuatro pickups Toyota Hilux en subastas californianas y los revendieron en El Salvador. Consiguieron comprarle droga a la clica de Acajutla Locos, una clica que se especializó en hacer robos de droga a las narcolanchas que van hacia México con mercancía, y se armaron lo suficiente para mantener a buen resguardo todo lo ganado, así lo cuenta Hutch y lo certifican varias investigaciones fiscales en curso.

Los Big Crazys cocinaban esa cocaína y la volvían crack. De esa forma, en menos de un mes, un kilo retornaba, como mínimo, US$15.000. Esto le permitía a la clica incorporar más chequeos y dominar más territorio.

La clica de Hutch no fue la única que prosperó con la gran inyección de capital que constituyó la extorsión. Muchas más clicas buscaron sus formas de negocio. La MS13 maduró. Pasó de ser ese refugio de adolescentes en busca de respeto, que retrataron los académicos de los noventa, y se convirtió en una mafia. Una mafia de pobres, pero una mafia al fin y al cabo.

Perseguir a la mafia

Hasta hace algunos años, su trabajo consistía en perseguir a los mafiosos a través de su dinero: saber dónde y de qué forma lo lavaban, lo invertían y lo gastaban. Sin embargo, desde hace seis años, sus objetivos comenzaron a cambiar. Su presa actual es la MS13.

Fiscal es un hombre hablador, una de esas fuentes a la que se le hace una sola pregunta y hablan solos y ordenados sobre los temas que te interesan. Fiscal es franco a la hora de hablar, no se anda con muchos tecnicismos y tiene la asombrosa y única habilidad lingüística de meter una grosería cada tres palabras.

“Mira, cabrón, esos hijos de la gran puta de la MS, a la hora de invertir y hacer negocio ­¡son la mera pija!”, dice Fiscal.

Fiscal investiga concretamente a un conjunto de clicas muy poderosas, y económicamente activas, del municipio de Soyapango. Este conjunto de clicas opera en Las Margaritas, y una de las clicas es aquella que fundó Diablito de Hollywood y dirigió Hutch: Big Crazys.

Según Fiscal, las clicas de Las Margaritas han comprado 136 vehículos en un lapso de dos años, los cuales usan como taxis y en plataformas de transporte como Uber. La mayoría de las clicas de la MS13 tienen este negocio, pero no en esta envergadura.

Fiscal cuenta lo que ya explicaba Hutch: la MS13 está presente en cada negocio de Las Margaritas. Pero él cree que la pandilla no solo se ha colado en la mayoría de los negocios del municipio sino que tiene como tablero de inversiones a todo El Salvador.

Y Fiscal no es el único que se enfrenta a la nueva ola de negocios de la MS13.

Al menos un alcalde, y dos trabajadores de diferentes alcaldías, incluyendo San Salvador, aseguran tener buena parte de sus municipios bajo el control casi absoluto de la MS13.

La mayor parte de las extorsiones se mantuvieron aún en 2021 a nivel nacional. Sin embargo, la pandilla ha aprendido que es mucho más rentable y, sin duda, mucho menos peligroso, dedicarse a los negocios: dejar de comerse el dinero de la extorsión y ponerlo en juego, hacer que el dinero genere más dinero.

Uno de los casos más grandes que la fiscalía salvadoreña ha elaborado sobre la MS13 se llama Operación Cuscatlán. Tuve acceso a ese documento y en él se describe todo un entramado casi burocrático de la MS13, en donde la principal ocupación de los pandilleros ya no tiene que ver con pelear contra las facciones de Barrio 18 u otros enemigos, sino con hacer negocios.

Operación Cuscatlán constituye la tercera ofensiva del Estado salvadoreño por atacar a la MS13 golpeando sus finanzas. Los documentos, a los que tuve acceso, muestran cómo el incremento del capital se volvió casi una obsesión para los líderes de la estructura. De hecho, estos documentos señalan que un gran número de asesinatos cometidos por la MS13 son hacia los mismos miembros de su pandilla, generalmente por temas relacionados con el manejo del dinero.

Es la pandilla mordiéndose a sí misma.

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Una mafia de burócratas

En abril de 2021, uno de los dos testigos principales del caso Cuscatlán, un exlíder de la MS13 y fundador de Sancocos Locos —una de las clicas más importantes del país, y uno de los hombres más influyentes dentro de la estructura de la pandilla desde 2000 hasta 2017— me recibe en su casa, en un condominio cerrado, con vigilancia privada, en algún lugar de El Salvador.

Le llamaremos Testigo, por puro amor al método, por apego a la promesa de no revelar la identidad de las fuentes. Sin embargo, la MS13 sabe perfectamente quién es este hombre. Nos lo asegura él mismo, lo asegura Fiscal, otros fiscales, Hutch y al menos cinco fuentes más dentro de la MS13.

Testigo fue uno de los primeros emeeses brincados en El Salvador y fue uno de los que le enseñó a la pandilla a traficar cocaína y sus derivados. Él estableció rutas de tráfico, aprendió a contactar y negociar con traficantes guatemaltecos y locales, enseñó a otros cómo se cocina la cocaína para convertirla en crack y así sacar mejores réditos, y estableció, en la primera década de los 2000, un sistema de negocio en el que los emeeses eran los principales clientes de la MS13.

“La droga la compraba la clica en kilos, pero luego se les vendía a los homeboys en onzas, para que ellos la vendieran toqueada [por porciones] y sacaran su cachada [tajada] también”, dice Testigo.

Testigo fue miembro fundador de la ranfla, el grupo selecto de hombres que dirigieron a la pandilla por casi 20 años desde los penales. El mismo que ahora lidera Diablito de Hollywood. Testigo exportó su sistema “piramidal” a otras clicas y, para la segunda década de 2000, la MS13, al menos a nivel económico, era una gran franquicia.

Según Testigo, estuvo preso gran parte de su vida, desde 2002 hasta 2017. Mientras estaba preso, en 2015, Diablito de Hollywood le exigió a Testigo que le entregara a la pandilla todas sus rutas y los contactos de distribuidores de cocaína. Diablito quiso revertir el esquema piramidal y centralizar los negocios de la MS13.

Pero esto era demasiado para Testigo, quien se negó. Después de todo, no se consideraba a sí mismo un pandillero cualquiera, sino un hombre de prestigio y poder dentro de la mara. Fue entonces cuando Diablito lo sentenció a muerte.

Después de difundirse su sentencia, Testigo perdió todos los privilegios dentro del penal. Un hombre que había sido poderoso, de pronto se vio relegado a los escalones más básicos de la pandilla, como si fuera un chequeo.

Testigo aprovechó una requisa de la policía para entregarse como desertor. Los investigadores lo recibieron de buena gana y le cumplieron casi todos sus caprichos a cambio de que describiera a la MS13, su nueva forma de organizarse y hacer negocios, y los vínculos de la pandilla con políticos, iglesias, empresarios y traficantes.

Uno de esos caprichos fue la residencia donde nos encontramos, con hombres armados que lo cuidan. Testigo asegura que los fiscales e investigadores no solo se quedaron con su información, sino también con su dinero.

“A mí me robaron varios miles de dólares que tenía escondidos. Se quedaron también con droga y hasta con armas. Pero ni modo, así es esto, qué le voy a hacer”, dice Testigo, quizá resignado pensando en la máxima que reza que ladrón que roba a ladrón…

Le pidieron que hablara de las propiedades y de las formas de lavar dinero e invertirlo en nuevos negocios. En la Operación Cuscatlán, la Fiscalía salvadoreña incautó más de medio millón de dólares en propiedades, vehículos y objetos. Fueron acusadas formalmente 520 personas de la estructura de la pandilla, incluyendo Diablito de Hollywood, a quien este caso le sumó 39 años más de prisión, así como a casi toda la plana mayor de la ranfla.

Testigo entregó números, cuentas bancarias y contactos de la MS13 fuera del país, y su narración es probablemente el prisma más claro que ha tenido la ley salvadoreña para ver al interior de la economía y los secretos de la MS13.

Testigo ahora pasa sus días sin salir de esa residencia privada, al resguardo de esos hombres armados. Sabe que si algo caracteriza a la mafia a la que perteneció es que no olvida fácilmente.

Sobreviviendo a la MS13

Hutch salió libre un mes antes de nuestra plática en aquel lugar para parejas clandestinas. Apenas tenía conciencia de lo complicado del contexto en el cual recuperaba su libertad. El Salvador ya no era el mismo país que él conoció.

Salió con lo que llevaba puesto y luego de varios años de no tener contacto con nadie en el exterior. Hutch durmió dos noches en la caseta de control que tienen los policías y militares antes de llegar a la prisión. No tenía ni siquiera las monedas que cuesta el viaje en bus y, de haberlas tenido, no habría sabido hacia dónde ir. Un huérfano en todas las acepciones posibles de esta palabra. Sin familia. Sin pandilla.

A los dos días de su liberación, y después de dos noches de aguantar hambre, lluvia e insultos por parte de los policías afuera del pequeño puesto policial, llegaron dos mujeres. Eran dos abogadas jóvenes. Al verlo tan mal, le ofrecieron su ayuda. Dijeron que habían llegado a buscar a otro preso que salía en libertad, pero que se confundieron de fecha.

Le dijeron a Hutch que, ya que estaban ahí, podían ayudarle, y le ofrecieron la ropa que sería para el otro preso, comida y un aventón hasta San Salvador. Hutch aceptó, caminó hacia el vehículo, abrió la puerta de un carro rojo modelo sedán, y adentro, en los asientos de los pasajeros, estaba la MS13 apuntándole con una nueve milímetros.

“Súbase, hermano”, le dijo a Hutch un pandillero joven. Hutch se dio la vuelta mientras repetía un salmo bíblico, el 91, y regresó caminando al puesto policial. Otra vez aguantó lluvia, hambre e insultos por otros dos días hasta que un viejo policía se le acercó, le hizo algunas preguntas y lo puso en contacto con una persona que dedica su vida a casos perdidos, como el de Hutch. Por seguridad, no puedo decir más sobre esta persona.

Con ese hombre vive ahora Hutch. Él lo protege y fue él quien arregló nuestro encuentro.

Hutch, así como Testigo, sabe que la mafia a la que perteneció no olvida fácilmente.

*La detallada información que se ofrece en este artículo en torno a la vida personal de los pandilleros y la historia de la MS13 proviene de múltiples entrevistas con pandilleros, sus asociados y socios comerciales, así como con fiscales y jueces que han trabajado sobre asuntos de la pandilla durante años.

*Este es el segundo artículo de una investigación de tres partes, “MS13 y Co.”, que examina cómo la MS13 evolucionó desde sus modestos comienzos hasta convertirse en una potencia empresarial con inversiones en numerosos negocios, tanto legales como ilegales, en todo el Triángulo Norte. Este capítulo muestra cómo la MS13 gobierna casi todos los aspectos de la vida diaria en la comunidad de Las Margaritas, al igual que docenas más en El Salvador.

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