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Sobreexplotación y pesca furtiva devastan las aguas de Jamaica

DELITOS AMBIENTALES / 27 JUL 2022 POR ZADIE NEUFVILLE ES

Durante más de medio siglo, Ephraim Walters se ha dedicado a la pesca en la costa sur de Jamaica. Pero últimamente ya casi no sale a pescar. 

Dado que las aguas interiores ya son casi estériles, Walters, conocido con el sobrenombre de Frame, cuenta que ya se debe alejar más de las costas, hasta unos 100 kilómetros, donde pasa entre tres y cinco días y usa hasta 100 galones de combustible.

“A veces uno sale y no atrapa nada, y no le queda con qué reponer la gasolina que usó para salir”, le dijo a InSight Crime el pescador, padre de nueve hijos.

Los pescadores jamaiquinos, en su mayor parte sin licencias ni regulaciones, están sacando lo que puedan de las aguas del país, acabando con el sábalo, el cola amarilla, el pez loro, el pargo y otros tipos de peces de arrecife. Utilizan técnicas destructivas, como las redes de malla pequeña, que arrasan con la vida del fondo marino. Capturan indiscriminadamente peces por debajo del tamaño permitido, y no tienen límites de pesca.

VEA TAMBIÉN:  El saqueo de los océanos: pesca ilegal en los mares de Suramérica

En aguas profundas, embarcaciones extranjeras, algunas de ellas con decenas de buzos, pescan furtivamente langosta y caracola, un tipo de crustáceo que estuvo en peligro de extinción hace unos años, según dijeron a InSight Crime pescadores jamaiquinos y funcionarios de conservación.

“Todas las noches hay allí barcos hondureños y nicaragüenses, que se regresan en la madrugada”, dice Shawn Taylor, jefe de la Unión de Cooperativas de Pescadores de Jamaica.

Si bien la sobreexplotación ha despojado de peces y de arrecifes a las aguas de Jamaica, los desastres naturales y el desarrollo también han acabado con la pesca.

Los huracanes han destruido los arrecifes de coral, destrozándolos y dejándolos bajo sedimentos. Los proyectos de desarrollo han drenado los humedales y han bombeado aguas residuales al mar. Las enfermedades coralinas, la muerte de los erizos de mar y el blanqueamiento de los corales también han causado graves daños a los arrecifes. Sin embargo, los arrecifes se están recuperando lentamente, afirma el biólogo marino Karl Aiken, representante de Jamaica ante la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna (Convention on International Trade in Endangered Species of Flora and Fauna, CITES), un tratado que busca regular y monitorear el comercio de vida silvestre.

Una combinación de factores ha llevado a la disminución de la pesca en Jamaica, dice Aiken, pero “el más importante ha sido los altos niveles de pesca intensa en las poblaciones de peces de las islas, tanto en nuestra plataforma como en alta mar”.

¿Abundancia de peces en el mar?

Hace unos 30 años, Walters navegaba en su barco por la costa desde su ciudad natal de Belmont hasta Rocky Point, una comunidad en la costa sur de la isla. Nunca tuvo que alejarse de allí.

Los pescadores iban al mar todos los días para pescar en las aguas poco profundas de la plataforma marítima de 24 kilómetros de ancho. Ganaban lo suficiente para construir casas, mantener a sus familias y enviar a sus hijos a la escuela, cuenta Walters.

“Lanzábamos la red en la bahía y la juntábamos en la orilla con una gran cantidad de peces”, recuerda. “Pero en estos días tenemos que adentrarnos más en el mar y por mucho menos”.

Las aguas de Jamaica abarcan 274.000 kilómetros cuadrados de espacio marítimo, aproximadamente 25 veces el tamaño de su tierra firme, según André Kong, quien se desempeñó como director de pesca en el Ministerio de Agricultura entre 2011 y 2019.

“Lo que dificulta todo es la cantidad de sitios de llegada”, dice Kong. “Llegan a muchos lugares y a diferentes horas de la noche, y no hay regulación para que informen incluso cuándo regresan”.

No hay claridad sobre la cantidad de pescadores registrados en Jamaica. Según un informe de 2020 por parte del Instituto Caribeño de Recursos Naturales, con base en datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), unos 40.000 pescadores jamaiquinos viven del mar. Pero la Autoridad Nacional de Pesca de Jamaica ha autorizado solo 26.000.

Gavin Bellamy, jefe de la Autoridad Nacional de Pesca del gobierno, reconoce que faltan datos. Pero afirma que pronto entrará en funcionamiento un nuevo sistema de registro en línea, que creará una base de datos de barcos y pescadores con licencia. Dice que esto eliminará las debilidades en la recopilación de datos, el monitoreo y la vigilancia. Además, a los pescadores se les darán instrucciones sobre las nuevas regulaciones, que incluirán límites en cuanto a cantidad y tamaño de las presas.

Las regulaciones actuales limitan técnicas específicas, como la pesca submarina, y equipos, como el tamaño de las redes de pesca. La pesca está prohibida en 18 santuarios, tres de los cuales se encuentran en el Área Protegida Portland Bright, que incluye una parte significativa del talud continental de Jamaica. Ingrid Pergamino, directora ejecutiva de la fundación que administra el área protegida, dice que casi el 70 por ciento de los barcos detenidos en los santuarios no cuentan con placas de registro. Los propios pescadores a menudo carecen de identificación personal.

“Incluso hemos tenido casos de personas que son atrapadas pescando en el santuario, son amonestadas y pagan la multa, pero luego, a la semana siguiente, regresan al santuario con otro barco”, dijo Pergamino a InSight Crime.

Captura furtiva de caracolas en Pedro Cay

Pedro Cay está conformado por un pequeño grupo de islotes, formaciones rocosas e islas deshabitadas, cuyas aguas del sureste, conocidas como Pedro Banks, albergan la población de caracolas más grande del país. En 2019 se prohibió la captura de caracolas después de que un estudio revelara que estas se estaban extinguiendo.

Sin embargo, las poblaciones de caracolas de Pedro Banks se han recuperado lentamente, lo que permite una temporada de pesca de cinco meses, que se reanudó en abril del año pasado y se extendió hasta el mes de agosto. Dicha temporada se volvió a abrir en marzo de este año. Hay un límite de captura de 300 toneladas para barcos industriales y 50 toneladas para pescadores artesanales. Los límites, aunque aparentemente altos, son más bajos que los que existían antes de la veda, señala Aiken.

Las aguas alrededor de Morant Cays, un grupo de islas en la costa este, también contienen una población de caracolas que ha sido diezmada por la sobrepesca, afirma Gladstone White, representante de Jamaica ante la Red Caribeña de Organizaciones de Pescadores (Caribbean Network of Fisherfolk Organizations, CNFO). White criticó la decisión de reanudar la captura de caracolas, pues afirma que la prohibición de dos años fue insuficiente.

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Pedro Banks es una zona extensa, de aproximadamente dos tercios del tamaño de la tierra firme de Jamaica. La guardia costera del país cuenta con solo cinco estaciones, y solo una está en alta mar.

Los pescadores han informado de barcos de Honduras, Nicaragua y República Dominicana que pescan furtivamente en las aguas del extremo occidental, algunos de los cuales permanecen allí hasta una semana. Los barcos, en su mayor parte arrastreros de camarón convertidos, transportan un gran número de buzos que arrasan el fondo marino.

Entre enero de 2011 y marzo de 2019, las autoridades interceptaron diez buques extranjeros, según Audley Shaw, el entonces ministro de Agricultura y Pesca, quien dijo a los funcionarios regionales el año pasado que los arrestos representaban solo una fracción de los buques pesqueros extranjeros que operaban ilegalmente en aguas jamaicanas durante ese tiempo.

En ocasiones, las autoridades han encontrado en las bodegas de los barcos extranjeros interceptados no solo caracolas y langostas, sino además pepinos de mar.

“Se lo llevan todo”, dice Aiken refiriéndose a los buzos. “Estos pescadores furtivos son muy irresponsables”.

Algunos pescadores jamaiquinos se han confabulado con los capitanes extranjeros para ayudarlos a eludir a la guardia costera. Taylor, el jefe de la cooperativa pesquera, denuncia que la falta de licencias otorgadas a los pescadores los impulsa a participar en dichas prácticas ilegales.

“Debido a que nuestros pescadores no pueden obtener licencias”, afirma, “trabajan con (buques) extranjeros para que vengan y se lleven las cosas que están prohibidas aquí”.

A sus 70 años, Walters todavía bucea en busca de caracola y langosta cuando recibe su licencia. También recicla peceras que coloca a 18 metros por debajo de la superficie del agua.

De pie en su caseta de equipos convertido en campamento, Walters se encuentra rodeado de motores y otros equipos. El olor de una olla de consomé de pescado hirviendo impregna el aire. Pescar “ya casi no vale la pena”, dice.

Este informe hace parte de la primera entrega de una investigación de nueve capítulos sobre la pesca INDNR, desarrollada en conjunto con el Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de American University. La segunda entrega, “El saqueo de los océanos: la pesca ilegal en los mares de Suramérica”, se se puede ver aquí.

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