20 años después de Pablo: La evolución del comercio de drogas de Colombia

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Hace veinte años, el 2 de diciembre de 1993, Pablo Escobar, el pionero del comercio de la cocaína de Colombia, fue asesinado por la policía en una azotea en su natal Medellín. Su muerte marcó el fin de una era del narcotráfico y el nacimiento de otra, ya que el comercio de drogas continuó a buen ritmo, con Medellín todavía en su centro.

Aunque la leyenda que rodea a Escobar ha crecido en las últimas dos décadas, la entidad criminal que fundó -el Cartel de Medellín- ya no existe. La estructura del cartel que fundó, que controlaba todos y cada uno de los eslabones del tráfico de narcóticos, desde la producción hasta la venta al por menor, también está extinta. Aunque el departamento de Antioquia, del cual Medellín es la capital, sigue siendo el centro del comercio de la cocaína de Colombia, los exportadores de drogas actuales se parecen muy poco a Escobar, una figura tan poderosa que fue capaz de enfrentarse al Estado bajo la consigna de “no extradición o muerte”.

En los últimos 20 años, el comercio de drogas se ha fragmentado en Colombia. Escobar era el jefe indiscutido del Cartel de Medellín, una empresa criminal jerárquica que inicialmente introdujo, por vía aérea, base de coca desde Perú y Bolivia para procesarla en las selvas de Colombia y luego transportarla, también por vía aérea, hasta las costas de Estados Unidos en cantidades industriales. Después de la muerte de Escobar, el Cartel de Cali tomó el relevo durante dos años, operando con el mismo modelo, hasta que sus líderes, los hermanos Rodríguez Orejuela, fueron capturados en 1995.

En 1995, el hampa colombiana sufrió una mutación. Ya no existía una figura como Escobar capaz de dominar la industria de la cocaína y controlar todos los diferentes eslabones de la cadena. Era la época de las federaciones de la droga, como el Cartel del Norte del Valle, que tenía sus raíces en el Cartel de Cali, y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), un ejército paramilitar cuya aparición y crecimiento se vieron facilitados por antiguos miembros del Cartel de Medellín, especialmente los PEPES (Perseguidos por Pablo Escobar), un grupo criminal nacido en 1992. También fue la época de los “carteles bebé” (baby cartels) muchos de los cuales se especializaron en ciertos eslabones de la cadena de las drogas, ya sea en laboratorios de cocaína o en el transporte marítimo, trabajando juntos dentro de la segunda generación de organizaciones de tráfico de drogas, como las AUC.

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Los PEPES se formaron después de que Escobar matara a dos figuras importantes del Cartel de Medellín, asesinando a Gerardo Moncada y a Fernando Galeano en “La Catedral”, la prisión que él había construido para sí mismo cuando se entregó a las autoridades colombianas en 1991. Estos asesinatos condujeron a la fragmentación del Cartel de Medellín, con una facción rebelde declarándole la guerra a Escobar y fundando los PEPES, un grupo financiado con dinero del Cartel de Cali. La membresía de los PEPES incluía a los fundadores y miembros clave de lo que serían las AUC, Fidel y Carlos Castaño, y Diego Murillo, alias “Don Berna”.

El año 2006 fue otro momento decisivo para el hampa colombiana. Las facciones rivales del Cartel del Norte del Valle quedaron atrapadas en una guerra sangrienta, y las AUC se habían desmovilizado. Nació una nueva generación de grupos de narcotraficantes, las BACRIM, llamadas así por el gobierno colombiano (“Bandas criminales”). Los grupos salieron a la luz en 2008, cuando una serie de comandantes de las AUC, entre ellos Don Berna, fueron extraditados a Estados Unidos. Los últimos jefes del Cartel del Norte del Valle también habían sido capturados o asesinados (Diego Montoya, alias “Don Diego”, fue capturado en 2007, mientras que Wilber Varela fue asesinado por sus propios hombres en 2008).

Si Pablo Escobar estuviera vivo hoy, él no reconocería inmediatamente a las BACRIM, la tercera generación de organizaciones colombianas del narcotráfico, a pesar de que dos de ellas operan en Medellín (la Oficina de Envigado y los Urabeños). En primer lugar, él tendría dificultades para encontrar a su contraparte contemporánea. Hoy en día no hay “capo de capos”, una sola figura en condiciones de ejercer control en Medellín, y mucho menos sobre una gran parte del tráfico de cocaína. Cuando cualquier figura logra escalar a posiciones muy altas en la resbaladiza carrera criminal, es identificado rápidamente por la policía colombiana y la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y es abatido. Sus colegas más cercanos en el mundo de las drogas son ahora los capos mexicanos; el mejor ejemplo lo constituye el jefe del Cartel de Sinaloa, Joaquín Guzmán, alias “El Chapo”, aunque aún trabaja como integrante de una federación, y no es el único líder del grupo mexicano.

Como resultado de la constante presión de la policía colombiana e internacional, las BACRIM han mutado hacia una organización criminal que es muy difícil de atacar y casi imposible de desmantelar. Las BACRIM son redes criminales compuestas por muchos nodos diferentes, la mayoría independientes, con pocas conexiones entre sí, excepto que son parte de una franquicia criminal, ya sean los Rastrojos, la Oficina de Envigado, o la más poderosa de todas ellas, los Urabeños.

VEA TAMBIÉN: Perfil de los Urabeños

Aunque algunos de los nodos son más importantes que otros, como el nodo de mando de los Urabeños, encabezado por el jefe militar, Darío Antonio Úsuga, alias “Otoniel”, la eliminación de cualquier nodo no conducirá necesariamente a la caída de los otros nodos en la red, ni va a resultar en nada distinto a la interrupción temporal del flujo de drogas hasta que la red se reconstruya a sí misma y llene el vacío. Los traficantes de drogas de hoy en día, algunos de ellos hijos de los pioneros en el comercio que trabajaron junto a Escobar, tienen más probabilidades de estar armados con un iPad que con una Uzi. Uno de los problemas que la policía tiene hoy en día es su identificación. Como escribió el ex jefe de la Policía Nacional, el General Óscar Naranjo (el arquitecto de muchas de las mejoras de Colombia en la recolección de inteligencia en la lucha antinarcóticos): “la mafia se fue volviendo prácticamente invisible“. Muchos de los nodos de la red criminal son narcotraficantes individuales con un pequeño grupo detrás de ellos, que utilizan a las BACRIM como protección y sacan provecho de los servicios que ofrecen, incluyendo el control de corredores de movimiento internos y la aseguración de los puntos de salida.

No es sólo la estructura de las actuales organizaciones de narcotráfico la que provocaría que Escobar hiciera una pausa para pensar. Mientras que él ganó casi todo su dinero en la exportación de cocaína, hoy en día las BACRIM tienen un portafolio criminal mucho más diverso, participando en la extorsión, la minería ilegal de oro, los juegos de azar y el microtráfico, traficando marihuana e incluso drogas sintéticas, así como cocaína y sus derivados. Escobar nunca vendió drogas a los colombianos para el consumo. Ahora las BACRIM y sus filiales están inundando las ciudades de Colombia con una increíble variedad de narcóticos ilegales.

Medellín sigue siendo la capital del comercio de la cocaína en Colombia y esta ciudad, situada en un valle en los Andes, ha pagado un alto costo en sangre por este título no deseado. Durante los días de Escobar, la tasa de homicidios en Medellín fue la más alta en el mundo. Desde entonces, los asesinatos se han dado en cortos periodos de intensa actividad, como cuando las AUC “tomaron” la ciudad bajo Don Berna, con el más reciente episodio de lucha como resultado de la extradición de Don Berna en 2008. De 2009 a julio de 2013 se estima que 7.000 personas murieron en las guerras de la mafia de Medellín, ya que diferentes rivales trataron de reclamar el trono criminal de Don Berna como jefe de la Oficina de Envigado, para convertirse en el sucesor del Cartel de Medellín que fundó Escobar.

Ahora se ha establecido una “paz” entre criminales en la ciudad. En octubre de este año, Medellín registró su tasa de homicidios más baja en tres décadas, gracias a una tregua negociada en julio entre elementos rivales de la Oficina de Envigado y los poderosos Urabeños, quienes han estado ejerciendo presión desde las afueras de la ciudad, aprovechando las divisiones al interior de la mafia de Medellín. Las pandillas callejeras, los combos que alguna vez sirvieron de sicarios y que mataban en el nombre de Escobar, se han controlado, al menos por ahora. Los términos de la tregua prometen la muerte para aquellos que violen las condiciones de participar en asesinatos no autorizados.

Como siempre, Medellín está a la vanguardia de la evolución del hampa en Colombia. Ahora los grupos BACRIM, la Oficina de Envigado y los Urabeños están trabajando juntos para proporcionar protección y servicios para una nueva generación de narcotraficantes. Esta nueva generación es muy clandestina, con los traficantes simulando ser jóvenes emprendedores o empresarios exitosos, altamente calificados.

Los narcotraficantes de hoy en día no se centran exclusivamente en el mercado de Estados Unidos, el cual está dominado por los mexicanos. En cambio, han estado desarrollando nuevos mercados en Europa, muchos trabajando con la mafia italiana, o han establecido sus operaciones en otros países de Latinoamérica, aprovechando el enorme mercado interno de Brasil o el creciente mercado de Argentina. El crimen organizado colombiano ha migrado al extranjero y ha llevado consigo su experiencia criminal. Todos los días se presentan detenciones de colombianos vinculados con el tráfico de drogas en países como Perú, España, Bolivia, Argentina e incluso más allá.

La industria que Pablo Escobar inició se ha transformado tanto en los últimos 20 años, que incluso el propio Patrón no la reconocería fácilmente. Y la cocaína sigue fluyendo.

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