4 niños quedan huérfanos cada día en Caracas por la violencia

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Gilber Sosa Arellano no verá crecer a su hija. No la llevará a pasear en la moto que usaba para trabajar, ni cantará en ninguno de sus cumpleaños. Al hombre de 20 años de edad lo mataron unos policías que no estaban uniformados. Lo ejecutaron el 6 de junio de 2017, en Propatria, municipio Libertador de Caracas, cuando la bebé tenía apenas 4 meses de edad.

Sosa Arellano salía en motocicleta a trabajar cuando lo interceptaron los policías. Lo buscaban supuestamente por haber matado a un transportista, un cargo por el cual no había pruebas en su contra. Su hija, que aún no cumple un año de edad, quedó solo con su madre, una joven de 18 años de edad, desempleada.

*Este artículo fue publicado originalmente en RunRun.Es. Fue editado y publicado con permiso. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el original aquí.

Los dos hijos de Maikel Jordan Padilla Puerta siguen llorando por su papá, asesinado el primero de julio de 2017 por agentes de la Policía Nacional Bolivariana en Roca Tarpeya, Caracas. La niña de 6 años, con la tristeza intacta, siempre había sido muy pegada a su padre. Maikel abandonó sus estudios universitarios para trabajar como mototaxista y atender a sus hijos. Nunca dejó de hacerlo hasta el día en que la muerte, lo sorprendió con ropa de dormir un sábado. Dos tiros en el pecho le dieron los policías que entraron sin orden de arresto a su casa.

Estas son apenas dos historias, de los 520 casos de niños y adolescentes que han quedado huérfanos en Caracas entre los meses de mayo y septiembre de 2017 por causa de la violencia. Esto significa que cada día cuatro niños pierden a alguno de sus padres en hechos de violencia registrados en el Distrito Capital, de Venezuela.

La estadística corresponde al registró realizado en el marco del proyecto Monitor de Víctimas, que consiste en la recolección de información sobre los homicidios que ocurren en la capital de Venezuela y tiene como objetivo caracterizar los crímenes e identificar los patrones de violencia y sus consecuencias. Se busca obtener una data confiable que propicie el diseño de políticas públicas para la reducción de los homicidios, en el marco de la campaña Instinto de Vida.

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Del total de 755 personas que murieron violentamente durante cinco meses en Caracas, 280 padres (37 por ciento del total) dejaron huérfanos menores de 18 años. Lo que se traduce en que cada día la violencia dejó 4 niños y adolescentes sin padres durante 5 meses en Caracas.

El número de casos de padres asesinados guardan proporción con los municipios más violentos de Caracas. 68 por ciento de los homicidios de personas que dejaron huérfanos ocurrió en el municipio Libertador entre mayo y septiembre de 2017. Le siguen Sucre (25 por ciento); Baruta (5 por ciento); Chacao (1 por ciento) y El Hatillo (0,7 por ciento).

En investigaciones sobre violencia se suele registrar quien murió pero no quienes dependían de ellos  y quedaron desasistidos. Los hijos son víctimas indirectas a las que esa pérdida afectará su manutención, estabilidad emocional, escolaridad, en definitiva toda la vida, resalta el educador y terapeuta Oscar Misle.

Esta investigación de Monitor de Víctimas pretende visibilizar con datos precisos y nombres a esas víctimas invisibles de los homicidios que ocurren en Caracas. En su mayoría niños y adolescentes que no reciben ninguna asistencia del Estado, para quiénes no existen políticas públicas destinadas a darle protección.

El aumento del número de homicidios  en Venezuela está directamente ligado al crecimiento del número de huérfanos de la violencia, si se tiene en cuenta la edad promedio de esos hombres, analiza Misle. El director de Cecodap recuerda que en 2016, según el Ministerio Público, se registraron 21.000 homicidios, de los cuales 55,48 por ciento tenían entre 15 y 30 años, es decir, dentro del rango de ser padres.

La mayor proporción de padres asesinados entre mayo y septiembre de 2017 eran jóvenes: dentro de franja entre los 19 y 30 años (57,8 por ciento de las muertes). Mientras, 8 menores de edad de un total de 280 tenían hijos menores de 18 años.

El incremento de la cantidad de número de niños y adolescentes que pierden a sus padres por la violencia debe ser atendido como un problema de salud pública, sostiene Misle. “Reviste un impacto no solo individual, sino también comunitario y nacional que puede inscribirse dentro de un espiral de violencia”.

“Se tiende a pensar en los huérfanos por la violencia como casos individuales cuando en realidad representan un impacto colectivo. El proceso de duelo por asesinato puede ser complejo y tarda en elaborarse”, observa el psicólogo e investigador Manuel Llorens. “Es necesario pensar en  personas afectadas y su entornos. Hay que ayudar no sólo al individuo con terapia sino ofrecer contención a toda una comunidad y sociedad”, enfatiza.

La muerte de un padre que es el principal y/o único proveedor trastoca aún más la vida de una familia. Es el caso de Darwin José Valera, asesinado la madrugada del primero de septiembre de 2017, cuando cumplía su turno como vigilante de una construcción en el este de Caracas. El dolor de su esposa Joselyn y sus cuatro hijos menores de edad es tan grande que ninguno quiere estar más en la pequeña casa prestada de un solo ambiente donde vivían en el barrio Unión de Petare.

Valera era muy pegado con sus 4 hijos de 19, 12, 7 y 4 años y se rebuscaba “como sea” para conseguirles comida, lo que se había convertido en el principal problema del último año en el que acostarse a dormir sin haber comido comenzaba a ser una angustia frecuente. Hasta vendió algunas de sus herramientas de albañil para comprar alimentos. Como cristiano, procuraba ser el mejor ejemplo para sus hijos.

Las niñas de 7 y 12 años lloran cuando hablan de su papá, están distraídas en clases. El más pequeño de 4 años (que tiene que ser operado de una hernia) también lo extraña. El mayor de 19, que sufre de pérdida de masa muscular, se fue a vivir con su familia en Trujillo para aligerar las cargas de la familia.

Ahora no solo Joselyn y sus 4 hijos tienen que bregar con el dolor de la pérdida de Valera sino también buscar cómo mantenerse. Hasta ahora, solo reciben una parte de la insuficiente pensión de su mamá como ayuda.

Pero también deben soportar la impunidad. La primera versión sobre su muerte causada por el impacto cuando iba con un compañero de trabajo en moto quedó descartada con el acta de defunción, que certifica que murió por “shock hipovolémico (hemorrágico) causado por herida por arma blanca al tórax”. Se presume que fue por “ajuste de cuentas” contra su compañero de trabajo, quien estuvo en una cárcel y tiene antecedentes penales.

Tanto Llorens como Misle coinciden en que los duelos por la violencia son los más difíciles de procesar. Observan que no será lo mismo la muerte natural o enfermedad, incluso la causada por un accidente de tránsito, que también es súbita, que la producida por un asesinato -por una tercera persona- lo que produce una mezcla  de dolor, rabia, impotencia y resentimiento.

Llorens considera que el proceso de duelo de esos huérfanos dependerá de la edad: no es lo mismo un bebé (que puede ser amortiguado por la disposición de los cuidadores) que un niño de 5 o 10 años. “En todo caso, se trata de una pérdida traumática que genera consecuencias difíciles en sus vidas. Hay que tener en cuenta el nivel de afectación de círculo familiar – madre, abuelas, tías- que quedan a cargo de esos niños. Puede que no haya adultos disponibles para ayudar a tramitar su dolor. Muchas familias, que son a su vez víctimas, no pueden prestar ayuda”.

La muerte del proveedor del hogar implicará un impacto socieconómico enorme que afecta desde la nutrición hasta la escolaridad, dice Llorens. “El chamo queda desamparado por la muerte súbita producto de la violencia que le arrebata a su principal sustento, lo cual se complica aún más en un contexto de grave económica como el venezolano”, agrega Misle.

Cuando muere el padre o la madre, la custodia es asumida por un familiar o entidad, que no está preparada para atender este tipo de población, observa Misle. “Muchos se ven obligados a dejar la escuela para conseguir recursos y adopta estrategias de sobrevivencia, desde el bachaqueo hasta el microtráfico de drogas y prostitución”.

El mayor número de padres asesinados entre mayo y septiembre de 2017 en Caracas eran proveedores del hogar: comerciantes (33 de 280), seguido por obreros (32); mototaxista (20);  desempleado (18) y otro (18); albañil (12) y comerciante informal (11).

La mayor proporción de las personas asesinadas que dejaron huérfanos eran bachilleres (43,9 por ciento). 40 por ciento habían terminado la primera mientras que 6,7 por ciento tenían estudios universitarios; 1,8 por ciento ningún nivel académico y apenas 0,7 por ciento alcanzaron cuarto nivel educativo.

Muchos de los niños huérfanos tienen que vivir otro duelo: mudarse a la vivienda de algún familiar que asume su cuidado, perdiendo ya no solo su casa, sus amigos, su entorno conocido. Incluso la escuela que le quedaba cerca de su casa. “En el mejor de los casos, se mudan con parientes. En el peor, a la calle”, dice Misle. “El aumento de muertes de proveedores del hogar también podría tener relación con el incremento de los niños en situación de calle.”

También existe mucha migración de familias que huyen de criminales a otras zonas o ciudades buscando “un sitio más seguro”, lo cual implica una dramática seguidilla de pérdidas para el niño, observa Llorens.

Ninguna clase social está exenta del peligro de perder la vida en Venezuela. “Cada vez se observan más casos de huérfanos en colegios privados cuyos padres han sido víctimas en robos o secuestros. Sin embargo, en los sectores populares resulta más rudo”, apunta Misle.

El duelo

En el caso de los niños que pierden a sus padres, el duelo puede expresarse en depresión (más común en las niñas) o en hostilidad, agresividad y violencia -que en realidad tiene que ver con angustia, miedo, ansiedad- lo que muchas veces es incomprendido en la escuela y comunidad, que no tienen herramientas o plan de contingencia para atender a los huérfanos por violencia, advierte Misle.

Un duelo prolongado puede traer consecuencias psicosociales como dificultades para vincularse, pérdida de la empatía y confianza hacia la vida y al prójimo, y más violencia. “Se rompe el tejido social, se reducen los espacios para la convivencia y salidas consensuadas para los problemas comunes”, analiza Llorens.

También puede generar un sentimiento de venganza que deriva en la transmisión transgeneracional del trauma. “Esa herida a próximas generaciones instaurando ciclos de violencia que se mantienen en el tiempo”, aseguró el psicólogo e investigador.

La manera como fueron asesinados los padres impactará a los hijos, observan los especialistas. Los cuatro principales móviles de los homicidios de los 280 padres registrados entre mayo y septiembre de 2017 en la zona metropolitana de Caracas fueron: robo (77 casos); ajusticiamiento (56); causa indeterminada (44) y ajuste de cuentas y/o venganza, conflicto del pasado (19).

También influye en los hijos quien asesinó a los padres. Civiles o personas independientes son los principales victimarios (106 de 280 casos). En segundo lugar, bandas criminales (63); luego PNB (44) y agentes del Cicpc (42), según datos de Monitor de Víctimas.

Resalta que la vía pública es el lugar más común donde ocurrieron los asesinatos de padres (199 de 280 casos, es decir 71 por ciento). La vivienda de la víctima se ubica en el segundo lugar (65 casos), 23 por ciento del total.  El resto (5,7 por ciento) corresponde a establecimientos comerciales, instalaciones educativas y trabajo.

En Venezuela no existen políticas públicas para atender a la población vulnerable y a las víctimas colaterales de la violencia homicida, como son los huérfanos. El Estado es el responsable de velar por la vida y protección de los niños y adolescentes, asegura Misle.

Para el director de Cecodap, “el Sistema Nacional de Protección debe garantizar programas de resguardo a los huérfanos, involucrando a los consejos municipales de derecho, universidades y escuelas. Esta labor no puede dejarse únicamente a las familias y comunidades, que no cuentan con las herramientas. Se requiere un apoyo sistemático integral para atender a las víctimas de la violencia”.

*Este artículo fue publicado originalmente en RunRun.Es. Fue editado y publicado con permiso. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el original aquí.

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