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Alma* llegó a Texas como muchos otros lo habían hecho y como muchos más lo harían en los años siguientes: por sí sola. Acababa de cumplir catorce años y era uno de los muchos niños extranjeros no acompañados (Unaccompanied Alien Children, UAC, como los ha denominado Inmigración en Estados Unidos) en su travesía por una de las fronteras más peligrosas del mundo. Pronto llegarían cientos de miles de UAC más, en un aumento sin precedentes que terminaría por generar una crisis migratoria.

Cuando los agentes de inmigración estadounidenses la rescataron en junio de 2010 y la llevaron a un centro de detención, había atravesado dos países en un periodo de dos semanas y con dos docenas de personas a las que no conocía. Como muchos de sus compañeros de viaje, ella huía de las pandillas que habían proliferado en las ciudades de El Salvador y se expandían en pueblos como el suyo.

En el pueblo natal de Alma, ubicado en un departamento al oriente de El Salvador, la MS13 tenía clicas incluso en los pueblos más pequeños. Extorsionaban a todo mundo, desde mecánicos hasta vendedores de dulces. Tras infiltrarse en el sistema de transporte de mototaxis, establecieron un feroz control sobre las empolvadas vías que serpentean hasta los caseríos rurales. Vigilaban a los habitantes, observando de cerca a los hogares que recibían remesas de familiares en Estados Unidos, los cuales podían comprar autos nuevos y adquirían ganado o más alimento para gallinas. Usaban las casas de los habitantes como lugares de descanso y escondite, o se instalaban en las salas y se alimentaban de lo que ellos mismos sacaban de sus refrigeradoras.

*Este es un fragmento del libro del codirector de InSight Crime Steven Dudley, MS13: The Making of America’s Most Notorious Gang, publicado el 8 de septiembre. Para saber más sobre el libro, incluyendo comentarios de otros autores, reseñas e información de compra, visite stevendudley.com

El desarrollo, o lo que pudiera parecérsele, simplemente se detuvo. No se siguió adelante con ningún proyecto municipal mientras no se resolvieron los problemas de seguridad. A la zona no llegaron nuevos inversionistas, y los que había antes se marcharon. Nadie remodelaba su casa, pues la pandilla podría suponer que había dinero extra. La gente huyó, la mayoría en grupos de quince o veinte personas, como en el que viajaba Alma. Aparte de una prima con la que apenas hablaba, Alma no conocía a nadie en su grupo. Su partida había sido abrupta, cinematográfica.

La pandilla había dejado claro que la quería matar, pues ella había violado una de sus reglas. Un aspirante a la pandilla le había dado un golpe en la cabeza con el pomo de una pistola, que le había dejado un moretón en el centro de la sien, justo en la línea del cabello. Llevaría esta cicatriz toda su vida.

Cuando sus padres vieron la herida, entendieron lo que ello significaba. Alma era la última de doce hijos. A principios de la década de 2000, la familia había comenzado a enviar a sus hijos a Estados Unidos. Cuando Alma debió marcharse, sus familiares ya conocían unos cuantos coyotes. Al que contactaron era amigo de la madrina de Alma, quien también conocía el poder de las pandillas: había sido extorsionada debido a las remesas que sus hijos le enviaban desde Estados Unidos. Este coyote dijo que podría conseguir un lugar para Alma en el próximo autobús que saldría de la ciudad, y que se aseguraría de que le dieran un trato especial en el trayecto.

Su madre llevó a Alma a un hotel en San Salvador con una mochila y algo de ropa. No se volverían a ver durante años. Pero no se abrazaron cuando se separaron; apenas intercambiaron algunas palabras. Su madre se marchó, y Alma esperó en el hotel.

Fueron unos días angustiosos. Además del hematoma en la frente, Alma debía cuidar otra herida más profunda. Pocos días antes, durante una exaltada pelea con sus padres, había cortado su propia mano con un cuchillo y trató de cerrar la herida sangrante quemándola con cigarrillos. Su brazo comenzó a hincharse y se tornó de un rojo oscuro con tintes verdes, pero no hubo tiempo para conseguir un médico. El grupo se había reunido, y Alma se fue con ellos en un autobús rumbo al norte.

Niños juegan frente a una casa manchada con grafiti de la MS13. (Foto de AP).

Cuando Alma llegó hasta la frontera entre Guatemala y México, estaba debilitada por la fiebre. En situaciones normales la habrían dejado allí, pero debido a la larga relación de la familia con el coyote, este detuvo el viaje. Todos debieron esperar cinco días en un hotel hasta que la fiebre de Alma bajó y la hinchazón en su brazo disminuyó.

Se dividieron en dos furgonetas y se dirigieron a un pueblo en el centro de México, donde se registraron en un hotel de carretera en grupos de dos. Después partieron de nuevo, esta vez en autos, hasta que llegaron a Reynosa, en la frontera con Estados Unidos. Aunque estaban a pocos cientos de metros de suelo estadounidense, esta fue la parte más peligrosa del trayecto. En ese momento, Reynosa era un caldero del crimen organizado. Los dos principales grupos criminales mexicanos que operaban en la zona se estaban enfrentando. Ambos obtenían dinero, en parte, secuestrando grupos como el de Alma y reteniéndolos a cambio de un rescate. Cuando las familias no podían pagar, los migrantes se veían obligados a trabajar como esclavos, incluido el trabajo sexual. Los que se negaban eran asesinados.

Sin embargo, cuando le pregunté por esta parte del viaje, Alma sonrió. Tiene una amplia sonrisa que contrasta con su ceño fruncido. Ella se describe a sí misma como bipolar, resultado de una vida de abusos y traumas, ninguno de los cuales sucedió en esta peligrosa travesía. Por el contrario, su grupo la sorprendió con un pastel por su decimocuarto cumpleaños. Era la primera vez que recordaba celebrar un cumpleaños.

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Pero los días siguientes fueron difíciles. Después de cruzar el Río Grande en grupos de cuatro en pequeños botes de caucho, se reunieron de nuevo en el lado estadounidense y comenzaron a caminar a través de lo que Alma describe como un bosque. Recuerda una cascada, pero sobre todo recuerda los cactus. Sentía los pinchazos a pesar de los dos pantalones que llevaba puestos para proteger sus piernas. Descansaban al amanecer y comenzaban a caminar de nuevo cuando caía la oscuridad. A Alma le gusta usar zapatos de tenis altos, pero no es atlética. Aguantó dos noches más y luego se rindió. Los demás trataron de animarla, pero ella no podía moverse y los estaba poniendo en peligro. Se marcharon.

Inmigración rescató a Alma poco después y la llevó a un centro de detención. Desde allí llamó a su hermana, Magdalena, quien se había ido para Estados Unidos a principios de la década de 2000 y era quince años mayor que ella. Magdalena vivía en Virginia y podía recibirla, según les dijo a los funcionarios de inmigración.

Sin embargo, el proceso se alargó por meses. En varios momentos, los funcionarios de inmigración y otras personas le preguntaron a Alma sobre su lugar de origen, sus razones para huir, sus planes en Estados Unidos. Ella respondía de manera educada; era incluso bastante comunicativa. Le contó a la trabajadora social cosas que había mantenido en secreto durante años, cosas que habían llevado a decisiones drásticas, trascendentales, y que podrían desintegrar a su familia. La conversación giraba en torno a diversos temas, que incluso se repetían. Pero hubo un tema que los funcionarios estadounidenses nunca abordaron: nunca le preguntaron si estaba en una pandilla.

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Alma dice que no recuerda un solo día en El Salvador en que no fue abusada física o verbalmente. Dice que su padre la golpeaba con lo primero que se le atravesara: un palo de escoba, un látigo, el lomo de un machete. Su madre justificaba cada golpiza con un insulto o una frase lapidaria sobre su inutilidad. “Quizá estaban cansados de todos los hijos que tuvieron”, me dijo Alma. “Y yo padecí las consecuencias”.

La familia de catorce miembros de Alma vivía en una pequeña casa de adobe al borde de una ladera empinada rodeada de cultivos de maíz. Su familia se dedicaba al cultivo de los alimentos básicos del país: maíz, frijoles y arroz. Ella no era la menor. El menor murió después del parto en el hospital. Fue sepultado frente a la casa, bajo una cruz que mira hacia un exuberante valle verde que se extiende más allá del terreno de su familia.

Alma dormía en la habitación de sus padres, hasta que los terremotos de 2001 rompieron los cimientos y obligaron a la familia a mudarse a la cima de la colina. La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) pagó parte de la nueva construcción. Los hermanos mayores de Alma pagaron el resto mediante transferencias de dinero desde Estados Unidos.

En la nueva casa en la cima de la colina, la vida de Alma comenzó a cambiar vertiginosamente. Cuenta que, cuando tenía casi ocho años, ya iba al campo a ayudar a recolectar maíz en las modestas tierras de su familia. Sus parientes siempre estaban cerca, como era tradición, incluyendo su abuelastro paterno, quien participaba en las faenas. La familia todavía vive de esa manera: tíos, tías, primos, hijastros y otros parientes esparcidos en casas de adobe y bloques de hormigón por las empinadas colinas.

En una ocasión, su abuelastro la agarró, la tiró al suelo y la violó. Ella se desmayó durante la agresión y cuando volvió en sí estaba sangrando y cubierta de tierra. Regresó a casa e ingresó ignorando los gritos de sus padres en la entrada, muy molestos porque ella estaba llorando y llenando la casa de lodo. Se dirigió directamente a la ducha. Cuando salió, su padre la golpeó y su madre la reprendió. Le dijeron que la gente que se ducha mientras llora se vuelve loca.

Ella no les contó lo que sucedió, y ellos tampoco le preguntaron, pero desde ese momento ya nunca salía de casa sin un cuchillo o un machete, algo que continuó haciendo incluso después de que llegó a Estados Unidos. La costumbre resultó ser útil. Dice que su abuelastro intentó violarla una vez más, pero ella le acuchilló la mano. Cuando su abuela amenazó con llamar a la policía, ella lanzó su propia amenaza.

“Ya veremos quién tiene más que perder”, le dijo a su abuela, quien soltó el teléfono. La velada alusión permaneció en el aire durante años.

En la escuela, Alma era, según ella misma dice, una matona. Usaba cualquier pretexto para agredir verbal y físicamente a los estudiantes más jóvenes. Ella no sentía su dolor, y quería desesperadamente deshacerse del suyo.

“Fui [a la escuela] pero solo por ir, para golpear a los otros niños. Yo era la peor con los más chicos”, me contó. “Era muy dura. Eso me ayudó a sacar la mierda que sufría en mi casa. Me desquité con [los niños en] la escuela”.

Por ese tiempo, su hermana mayor, no Magdalena, quien para entonces se había ido para Estados Unidos, comenzó a salir con el líder de una pandilla. El Tigre, como era conocido, era miembro de la clica de la MS13 más poderosa de la zona. Se camuflaba en su negocio de transporte informal, llevando y trayendo a la gente del pueblo en su camioneta. Así lo ordenaba la pandilla: ocultarse a plena vista.

Esta relación familiar le permitió a Alma acercarse a El Tigre. Tenía nueve años, pero para una niña abusada en un mundo violento y dominado por hombres, la relación de Alma con la MS13 era casi natural. Cuando le pregunté al respecto, comenzó su respuesta con una expresión que yo les había oído a otros pandilleros: que la pandilla representaba una huida de los abusos, una escotilla de escape, una comunidad alterna.

“Para mí, fueron mi primera familia. Con ellos me sentía —cómo te dijera— me sentía protegida. Con ellos me sentía feliz”, me explicó. “En la casa de mi madre, sin embargo, me sentía miserable. No era feliz allí. Con [mis padres] no me sentía feliz. Todavía no me siento feliz con ellos”.

Las familias católicas grandes como la de Alma fueron en algún momento la columna vertebral de la fuerza laboral. A medida que las tierras rurales se hacían más pequeñas, las familias numerosas quedaban con manos extras y el mismo número de bocas por alimentar. Esas manos extras se dirigieron hacia las grandes ciudades, a Estados Unidos o hacia la pandilla. Alma era, por tanto, el efecto secundario de una transición cultural y económica, una antigua forma de vida salvadoreña que chocaba con una nueva realidad del país.

Alma le dijo a El Tigre que quería ingresar a la pandilla. Él le preguntó por qué y ella le respondió que no quería estar en su casa porque allí todos la golpeaban.

“Así es como empezó todo. Así es como empecé a quedarme con ellos”, dijo.

Con la pandilla probó el alcohol y la marihuana, y comenzó a consumir drogas casi a diario. Le encantaban las drogas. Tenían el efecto que buscaba: olvidar sus problemas en casa, en particular su violación. Le daban además un sentimiento de invencibilidad. No cabía duda de que ella haría lo que la pandilla quisiera.

Además de una vía de escape, la vinculación a la pandilla le dio poder a Alma. Nadie por fuera de la mara se metía con ella. Ni sus vecinos, ni los hombres en las calles, ni los trabajadores agrícolas, ni sus compañeros de clase. Eventualmente, incluso su padre dejó de golpearla.

La expresión que utilizó fue “andar mandando”. No eran palabras típicas de las pandillas, pero describían acertadamente lo que sentía: “Nosotros mandábamos”.

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Al igual que otros pandilleros, Alma es reservada con respecto a lo que la mara le pidió en esos primeros meses, las pruebas que tuvo que pasar para ganarse el respeto, y los obstáculos finales que tuvo que sortear para ingresar. Alma formó parte de una segunda generación de pandillas callejeras en El Salvador. El proceso de iniciación de la MS13 había pasado de actos de robo a asaltos y asesinatos. Para pasar de “poste” o “paro”, es decir, de vigilante a “chequeo” (periodo de prueba) y luego a “hommie”, el aspirante debía cometer hasta cinco asesinatos. Los integrantes de la pandilla suelen describir su trayectoria en tres momentos diferentes: preparación, iniciación y, finalmente, desilusión.

Los primeros meses de Alma fueron un torbellino de drogas y violencia. En ese momento, la MS13 todavía aceptaba el ingreso de mujeres. La iniciación se hacía por sexo o por la paliza estándar de “trece segundos”, como ella me contó. Alma eligió esta última forma. Aunque el padre de Alma había enviado a su hermana a vivir a Estados Unidos, Alma todavía era cercana a El Tigre, quien fue el que contó hasta trece. Ella se protegió el pecho y la cara mientras sus compañeros mareros la golpeaban. Cuando terminó, asumió el apodo de La Jefa, y poco después se tatuó las letras MS entre sus dedos pulgar e índice.

Tenía solo diez años.

En sus primeras décadas, la MS13 permitía el ingreso de mujeres a la pandilla. Entraban en pequeñas cantidades y sus funciones eran limitadas. Si bien ingresar a la pandilla mediante la paliza, como lo hizo Alma, generaba más respeto que tener sexo, las mujeres nunca eran líderes oficialmente y no podían convertirse en “gatilleros” (asesinos), porque los pandilleros varones no creían que ellas fueran lo suficientemente crueles. En general, a las pandilleras se les encargaba la recopilación de inteligencia, el intercambio de mensajes o el cobro de extorsiones. Ocasionalmente, vendían drogas o manejaban depósitos de armas.

En general, la mara menospreciaba a las mujeres y abusaba de ellas. Los principales enemigos de la pandilla son las “chavalas”, palabra utilizada para referirse a las “niñas”. Y es común la expresión “no confiar en ninguna puta”. De esta manera, las pandillas eran en gran parte un reflejo de la sociedad salvadoreña. El país tiene una de las tasas de feminicidios más altas de América Latina, y el gobierno ha institucionalizado el control del cuerpo femenino de maneras extremas, como enjuiciar a las mujeres por abortar, incluso en casos de violación. Si bien los actos de violación por fuera de la pandilla están en contra de las reglas de la MS13, la agresión sexual y la violación a novias y mujeres que estaban con la pandilla son comunes. Es más, estas mujeres vivían bajo una nube de sospechas casi constante. Un cambio de rutina, una conversación callejera, una ausencia prolongada, la pérdida de un teléfono, una mirada en la dirección errónea… para la MS13, todas estas eran razones legítimas para matar mujeres. Y lo hacían.

En un caso judicial al que tuve acceso en El Salvador se hace rastreo de los abusos de una clica de la MS13 a mediados de la década de 2000 —el mismo periodo en el que Alma se vinculó a la pandilla— y se muestran los salvajes detalles de esta involución. En las primeras páginas, dos testigos, un miembro de la pandilla y un colaborador de la misma, declaran que la mara mató a media docena de mujeres durante un periodo de cinco meses por razones que van desde supuesta infidelidad hasta la percepción de falta de respeto, y que las enterraron en tumbas poco profundas.

Una víctima, quien había terminado su noviazgo con un marero encarcelado, fue llevada a una casa y violada en grupo “en su vagina, su boca y su ano”, como se lee en el expediente del caso, después de lo cual el líder le cortó el cuello. “Así es como se mata a estas putas”, dijo el líder de la pandilla, según el documento.

Miembros de la Mara Salvatrucha encarcelados. (Foto de AP).

En otro caso narrado en el expediente, un líder de la pandilla encarcelado hizo que su clica rastreara los movimientos de su novia hasta un “destroyer” [una casa abandonada] después de que ella lo visitara en prisión. Cuando ella desapareció de la casa sin explicación, surgieron dudas y luego se dio la orden. Los pandilleros entonces la violaron y la asesinaron por “falta de respeto hacia un amigo encarcelado”, como les dijo un testigo a los investigadores.

Tal vez el más brutal de estos casos involucró a una niña de catorce años identificada como Tiffany, quien fue sentenciada por “jugar con los sentimientos” de un pandillero apodado Baby. “Ella está coqueteando con uno de Calle 18”, le dijeron sus compañeros. La violaron en grupo tantas veces que uno de los pandilleros se quejó de que para cuando llegó su turno, ella solo “podía chupar”.

Según el expediente del caso, Baby estaba presente cuando la mataron, envolvieron su cuerpo en una bolsa de plástico y la tiraron a una tumba de un metro de profundidad. Baby estaba devastado y se lamentaba de su pérdida con otro de sus compañeros. “Estaba embarazada”, le dijo Baby a su amigo.

“Iba a ser su primer hijo”.

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Una vez en la pandilla, Alma comenzó a cargar una pistola de 9 milímetros que la pandilla le había enseñado a disparar. La guardó debajo de su almohada en su habitación en la parte de la casa donde dormía. Continuó cargando un cuchillo también, por si acaso.

Vendía marihuana. Se le encomendó —o más bien se ofreció como voluntaria— reunir información sobre los vecinos: quién estaba recibiendo remesas, quién había financiado una fiesta de quinceañera, o quién había remodelado un baño. También recolectaba pagos, presionando el frío cañón de la 9 milímetros contra la cabeza de la víctima, en caso de ser necesario. O incluso si no lo era.

“Decíamos: ‘Esa gente tiene dinero’. Entonces tendrán que pagar renta. Cobrémosle un poco de dinero”, cuenta Alma. “Entonces, por ejemplo, si alguien tenía cinco hijos en Estados Unidos, yo investigaba quién estaba allá y llamaba a esa persona: ‘Si no me pagas esto o aquello, entonces mataré a tu hija’”.

La madrina de Alma tenía familiares en Estados Unidos que le enviaban dinero. Alma se lo dijo a la pandilla, y ellos le pidieron que la llamara. Alma llamó a su madrina desde un teléfono prepago. Cuando la madrina respondió, Alma, distorsionando la voz, le explicó fríamente los términos de la extorsión: si no pagaba, matarían a uno de sus hijos.

Al poco tiempo, su madrina les entregó US$2.500. Alma volvió a llamar cuando la pandilla le pidió que lo hiciera, solicitando menos dinero, pero de manera más regular. La tiranía de la pandilla se extendió por los campos, donde hacían cobros únicos o de manera regular a decenas de víctimas. Alma nunca se identificó e insistió en que su madrina no sabía que era ella. Le pregunté qué sentía cuando lo hacía. “Nada”, dijo.

A pesar de la entereza de Alma, el lado más siniestro de la pandilla estaba comenzando a afectarla. Quizá era una pendenciera despiadada, pero también estaba buscando afirmación y soporte en la pandilla. Empezaba a experimentar atracción física por las mujeres. Cuando después uno de sus pocos encuentros sexuales con un chico quedó en embarazo no deseado, El Tigre le dio pastillas para abortar. Tenía doce años.

Aunque los hombres le repugnaban, Alma no podía decir nada sobre su atracción por las mujeres. Ser homosexual en la pandilla significaba pena de muerte. Y ser homosexual en su familia era pecado.

De hecho, la tortuosa relación con sus padres había continuado. Ya no podían abusar físicamente de ella, pero la hostigaban con culpabilidad católica, especialmente su madre, quien murmuraba que había “engendrado un monstruo”.

Alma narra que, durante un altercado particularmente agresivo, su padre agarró un cuchillo y amenazó con cortar el tatuaje de la MS en su mano. Alma se defendió, y su padre la golpeó. Corrió a la cocina con la nariz sangrante, tomó su propio cuchillo y se cortó las letras MS tatuadas entre el pulgar y el índice.

“Ya no tienen que cortarla”, les dijo, mientras miraban horrorizados: ella lo había hecho en su lugar.

Encendió un cigarrillo para suturar la herida, y luego otro. Aquel acto la había puesto en riesgo inminente: borrar un tatuaje de la MS13 puede significar una pena de muerte.

“Mátenme, si quieren. Mátenme”, les gritó. “No te quiero como mi padre. Mátame. Estaré mejor en la otra vida”.

Después de la pelea, las cosas se aceleraron. Su padre la llevó a la procuraduría de derechos humanos local, donde un psicólogo le preguntó a Alma si estaba en una pandilla.

—No —dijo Alma—.

—¿Y te gustan los hombres o las mujeres?

—Los hombres.

Cuando se marcharon, Alma le dijo a su padre que la pandilla iba a matarla.

—¿Por qué?, preguntó él.

—Por tu culpa, le respondió. Porque querías que me quitara el tatuaje, y lo hice.

Poco después, Alma desobedeció una orden de vender marihuana. En los días siguientes, le dieron un golpe en la frente con el pomo de una pistola, y sus padres llamaron a la madrina, quien los conectó con un coyote de confianza. La misma mujer que Alma había extorsionado por miles de dólares estaba a punto de salvarle la vida.

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Alma llamó a su hermana Magdalena desde el centro de detención en Texas. Magdalena rompió en llanto. Aunque habían hablado por teléfono un par de veces en todos esos años, eran prácticamente extrañas. Alma nació cuando Magdalena era adolescente y estaba en búsqueda de su propia vía de escape, a la vez que ayudaba a cuidarla. Finalmente, se mudó a San Salvador para trabajar en la limpieza de casas, y más tarde siguió a su hermana Sofía hasta Virginia. Ninguna de las dos regresó jamás a El Salvador.

Después de seis meses de detención, Alma obtuvo el estatus especial de inmigrante juvenil, una condición que les permite a los menores permanecer en Estados Unidos. Magdalena condujo hasta Texas.

Magdalena es más alta que Alma pero menos llamativa. Cuando se abrazaron, Alma tenía una sonrisa de oreja a oreja. Aun así, el viaje de regreso a Virginia fue incómodo. En el auto, Alma maldijo su destino y su familia. No quería ir a Virginia, y no tenía ni idea de lo que le esperaba: el área de Washington, DC, Maryland y Virginia, conocida como DMV, se había convertido en el eje de la MS13 en la Costa Este.

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En la década de los ochenta, Washington, DC, era predominantemente negro, pero estaban surgiendo las comunidades latinas. Los salvadoreños estaban entre los principales grupos, estableciéndose principalmente en Mount Pleasant, un área de casi un kilómetro al lado de Rock Creek Park en la zona noroeste de la ciudad. La mayoría había huido de la guerra y se sorprendieron al descubrir que Washington era una de las zonas urbanas más violentas del país. Las notas de prensa solían referirse a Mount Pleasant como un “vecindario hispano en decadencia”, pero en realidad era una mezcla de blancos ricos, negros de ingresos bajos y medios, y latinos de bajos ingresos. En 1990, el Washington Post lo llamó “el barrio con más diversidad étnica de la ciudad”.

“Aquí, ‘negro’ significa jamaiquinos, haitianos, afroamericanos”, se lee en el Post. “‘Hispano’ se refiere a habitantes de Guatemala, El Salvador, Cuba, Puerto Rico y México. Hay coreanos, vietnamitas, chinos, guyaneses y numerosas etnias blancas. Los domingos por la mañana, la misa se celebra tres veces en la iglesia católica local: en inglés, español y criollo”.

Pero como ocurría en Koreatown, en Los Ángeles, las culturas no se estaban mezclando sino más bien rozando entre sí.

“Si bien las razas viven una al lado de la otra en Mount Pleasant, a duras penas conviven”, declaraba el Post.

Sin embargo, en solo unas cuantas cuadras, el barrio tenía más de veinte licorerías y unas pocas residencias y negocios de baja categoría. La ciudad ofrecía pocos servicios sociales y ninguno de ellos estaba dirigido a los recién llegados: los hispanohablantes. Por ejemplo, la mitad de los estudiantes de la escuela del sector eran latinos, pero la institución no contaba con un programa de inglés como segunda lengua. El Post informó sobre los inquilinos de un edificio que organizaron una huelga de alquiler para protestar por la infestación de roedores; otras huelgas protestaban por las alzas en los alquileres. Varias organizaciones no gubernamentales trataron de ofrecer soluciones, pero los problemas seguían emergiendo de los sobrepoblados apartamentos y trasladándose a las calles.

Policías de Los Ángeles, en Estados Unidos, revisan a un supuesto pandillero en busca de tatuajes. (Foto AP).

El 5 de mayo de 1991, un agente de policía le disparó a un hombre latino de treinta años mientras lo arrestaba por alteración del orden. El agente dijo que el hombre empuñaba un cuchillo, pero los testigos afirmaron que le disparó cuando estaba esposado. El hombre no murió, pero el incidente generó un motín que duró tres días. Se destruyeron carros, se saquearon tiendas y decenas de personas resultaron heridas.

Después de los disturbios, muchos latinos del sector se mudaron a las zonas suburbanas, y ocuparon viviendas populares en Maryland y Virginia. Estos barrios estaban incluso menos preparados que la ciudad de Washington para afrontar el flujo de nuevos residentes. Había pocos empleos y a las escuelas se les dificultaba integrar a los nuevos estudiantes. Y las pandillas latinas comenzaron a proliferar: Calle 18, La Mara Queens, La Mara Li, Little Locos, Brown Union y, finalmente, la Mara Salvatrucha.

A mediados de la década de los noventa surgieron pequeñas células de la MS13 en Arlington y Fairfax, Virginia, y otras en Langley Park, Maryland, y Mount Pleasant, en Washington, DC. Algunos pandilleros vinieron de California, huyendo de las órdenes judiciales, las bases de datos y las deportaciones. Trajeron consigo las leyendas y reputaciones de sus proverbiales clicas: Fulton, Hollywood y Normandie. Otros vinieron directamente de Centroamérica, y conformaron nuevas clicas cuyos nombres hacían homenaje a El Salvador.

Hacia el año 2000, las autoridades decían que la MS13 tenía cerca de seiscientos miembros solo en el condado de Fairfax. Sus reclutas eran en su mayoría muchachos de secundaria y preparatoria. Eran los Alex Sánchez de la Costa Este: recién llegados provenientes de familias desintegradas y que habían perdido su identidad en su largo viaje hasta un lugar donde tenían pocos supervisores y con el que no tenían ninguna conexión.

En esta región, la MS13 tenía características de un grupo criminal. Les cobraban renta a los pequeños tenderos, a los restaurantes y a los vendedores ambulantes. Algunos de sus miembros robaban autos, dirigían pequeñas redes de prostitución y vendían artículos robados en el mercado negro. Pero en esencia seguían siendo una organización social rudimentaria y violenta. Y al igual que sus hermanos de la Costa Oeste, reforzaban su identidad mediante actos de violencia aparentemente sin sentido, tanto contra los demás como contra sí mismos. La fuerza bruta, y no la reflexión inteligente, siempre estaba a la orden del día en la MS13.

Lentamente, la presencia de la pandilla empezó a ser conocida por la gente, y la violencia llegó en oleadas. En julio de 2000, tres chicos apuñalaron a un hombre a la salida de un club en Virginia a instancias de su líder de treinta y cuatro años. Según testimonios, el agresor principal, después de ser sometido a la corte (el proceso disciplinario interno de la pandilla), asesinó al hombre para redimirse de su propio abuso de las drogas. Todavía estaba en la escuela primaria cuando cometió el crimen, y finalmente recibió una pena de veintidós años de prisión. El líder pandillero de treinta y cuatro años decidió no oponerse a su deportación después de pagar su sentencia de prisión y al poco tiempo se reunió con sus compañeros en Centroamérica.

En otra riña por la misma época, un pandillero de los Little Locos provocó a unos de sus rivales de la MS13 en el estacionamiento de un 7-Eleven en Arlington, llamándolos “niñas”, según afirma un testigo. Después de “soplón”, aquel es el peor insulto. “Dispárenme si son tan machos”, los retó el pandillero de Little Locos. Uno de los mareros, de diecinueve años, sacó un arma.

“Soy de la MS y qué putas”, respondió y apretó el gatillo.

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La pandilla continuó expandiéndose por toda la Costa Este, especialmente en lugares como Brooklyn y Long Island, donde un montón de clicas estaban en guerra abierta con pandillas puertorriqueñas, dominicanas, afroamericanas y con otras pandillas de El Salvador. Pero además la MS13 se estaba fragmentando. En el DMV, las clicas provenientes de Los Ángeles competían con los líderes de la Costa Oeste por ver quién llamaba más la atención. Las clicas provenientes de El Salvador atendían instrucciones de Centroamérica. Otras se habían originado en el DMV e intentaban ganarse su propia reputación.

Esta desorganización generó un vacío de liderazgo casi constante. Las violentas represalias entre pandillas condujeron a la represión policial: los integrantes más importantes eran llevados a prisión, lo que debilitaba a las clicas. A medida que surgían nuevos líderes y las clicas recuperaban poder, se generaban más incidentes violentos que conducían a nuevos arrestos y generaban otro vacío de poder, y de esta manera se perpetuaba el ciclo.

Los líderes pandilleros más entusiastas de lugares tan lejanos como Los Ángeles y El Salvador intentaron permanentemente apoderarse de la Costa Este. La región se convirtió en un campo de pruebas para algunos de los planes más ambiciosos de la pandilla, la mayoría de los cuales tenían que ver con incursiones fallidas en el tráfico de drogas, el contrabando de cigarrillos y el tráfico de personas. Y las clicas de la Costa Este siempre estaban a la sombra de sus contrapartes en Los Ángeles y El Salvador.

La caótica naturaleza de la MS13 en el DMV es lo que permitió a Brenda Paz llevar una doble vida, dividiendo su tiempo entre el gobierno y la pandilla. Paz tenía apenas quince años cuando se vinculó a la MS13 en los sectores suburbanos de Dallas. Después de que su novio, un líder de la Locos Normandie, fue detenido por estar acusado de asesinato, ella se trasladó a Virginia, donde fue arrestada con su nuevo novio por robar un auto. Mientras estaba en custodia, se convirtió en informante, y durante más de un año trabajó de cerca con las autoridades locales y nacionales.

Al principio le contó a la policía sobre los pandilleros que no eran de su agrado, y estos fueron arrestados. Más adelante reveló secretos sobre asesinatos y contó cómo la pandilla se deshacía de los cuerpos en terrenos abandonados en lugares tan distantes como Idaho. Describió los crímenes de las pandillas, como extorsiones, prostitución y robo de autos. Explicó la simbología de la pandilla, su estructura de liderazgo y sus directrices. Por primera vez, los organismos de seguridad y los fiscales comenzaron a considerar a la pandilla como una seria amenaza nacional, que podría evolucionar hacia una organización criminal más sofisticada.

Entonces comenzaron a circular rumores sobre la condición de Paz como testigo cooperante. Las autoridades trataron de protegerla, ubicándola en una casa refugio. Pero ella estaba sola, y la pandilla la atraía, por lo que comenzó una doble vida: hablaba con las autoridades durante el día y festejaba con los mareros por la noche. Llegó incluso a hacer fiestas en el refugio pagado por el gobierno hasta que los vecinos llamaron a la policía del condado de Montgomery, en Maryland, quejándose por el ruido.

Entonces, las autoridades la trasladaron al programa de protección de testigos en Kansas City y después en Minnesota. Pero ella no lograba distanciarse de la pandilla. Después de otras fiestas con los pandilleros, esta vez en un hotel de Minnesota, abandonó el programa de protección de testigos. Entre tanto, diferentes sectores de la MS13 se seguían enterando de su condición de informante. Finalmente, un compañero encontró sus notas, en las que relataba sus contactos con el FBI y la policía. Unas semanas más tarde, la pandilla la atrajo hasta una zona remota en el valle del río Shenandoah, donde la apuñalaron varias veces y le cortaron la garganta, hasta casi decapitarla.

El asesinato de Brenda Paz constituye un momento decisivo en la historia de la MS13. Poco después de este hecho, la pandilla dejó de admitir mujeres. Aun así, la MS13 continuó siendo una organización dispersa y sin líderes, y las clicas de la Costa Este un completo caos.

Fue este caos lo que permitió el ingreso tangencial e informal de Alma en los círculos de la MS13 en Virginia unos siete años más tarde.

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Magdalena le abrió las puertas de su casa a Alma, le dio una cama, comida y apoyo familiar. Alma iba a la escuela secundaria del sector. Al principio, estaba deprimida y se dormía en todas las clases, pero luego se sintió mejor. Alma es una chica sagaz: es una aguda observadora y aprende rápido, y comenzó a gustarle la escuela.

“Había otros estudiantes que hablaban inglés y español, y ellos me ayudaron”, cuenta. “Me fue bien ese año”. Sin embargo, tendía a distraerse, y una vez se encontró de nuevo con la MS13 cerca de la escuela. Las clicas del DMV eran apenas una imitación de las clicas que había conocido en El Salvador. Muchos de los miembros principales, especialmente los mayores, eran mareros a tiempo parcial. La mayoría de ellos trabajaban y tenían familias.

“No hacen ni mierda”, me dijo Alma cuando me habló sobre ellos.

Las clicas allí eran más fluidas: sus integrantes se movían por las márgenes y luego desaparecían, para volver a aparecer unos meses o incluso años más tarde. Alma también se movía por las márgenes. No se reincorporó a la pandilla completamente, pero tampoco la evadía. Los mareros estaban presentes en la escuela y en sus alrededores, y Alma comenzó a salir con ellos. Una de sus nuevas amigas en Estados Unidos se llamaba Cindy Blanco, una recién llegada, como ella. Cindy era más joven, pero frecuentaba los mismos grupos de salvadoreños, algo que tendría consecuencias más adelante. Fumaban, bebían, peleaban entre sí y con los demás. Hicieron viajes por carretera, incluso hasta Carolina del Norte, a donde habían llegado otros mareros. Se metieron en problemas, y las suspendieron. Finalmente, Alma fue expulsada por vender marihuana en la escuela.

Alma también interactuaba con adultos, especialmente cuando bebía. Uno de sus nuevos amigos adultos tenía una hija llamada Paula que tenía aproximadamente su misma edad. Para entonces, ella ya aceptaba que se sentía atraída por las mujeres. Las dos chicas comenzaron a hablar. Bajo los efectos del alcohol, comenzaron a compartir momentos, a besarse y a compartir más cosas. Por primera vez, Alma se estaba enamorando. Aquella era la droga más potente que jamás había probado.

*Por razones de seguridad, su nombre y otros detalles de su historia han sido modificados.

*Fotos de AP.

*Este es un fragmento del libro del codirector de InSight Crime Steven Dudley, MS13: The Making of America’s Most Notorious Gang, publicado el 8 de septiembre. Para saber más sobre el libro, incluyendo comentarios de otros autores, reseñas e información de compra, visite stevendudley.com

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