Buscadores de fosas en Guerrero: Volverte un ‘perro’ para encontrar a tu hijo

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Una vez silenciados por el miedo, las familias de algunas de las 400 víctimas que fueron desaparecidas en y alrededor de la ciudad de Iguala, en el estado de Guerrero en México, han organizado y conducido búsquedas semanales en fosas clandestinas. Su extraordinario éxito es a la vez un tributo a su determinación y una triste crónica de cuán comunes son las desapariciones en el norte de Guerrero.

Siendo joven, en los años setenta, Guadalupe Contreras aprendió la profesión que practicaría por el resto de su vida: la construcción artesanal de tumbas, la excavación de fosas y la manufactura y colocación de lápidas.

Este artículo fue publicado originalmente por Animal Político como parte de la serie “Aprendiendo a vivir con El Narco.” Vea la versión original aquí. Fue traducido y editado en inglés por El Daily Post (vea aquí) y publicado con permiso.

Desde hace un año, sin embargo, un día a la semana Guadalupe deja de ser constructor de tumbas para convertirse en otra cosa, similar y a la vez completamente diferente.

Cada domingo, don Lupe, como lo conocen sus amigos, toma machete, barreta y marro, y sale a recorrer los cerros de Iguala en busca de tumbas.

Él no busca el tipo de tumbas con las que usualmente trabaja con lápidas, cruces o el nombre de los difuntos. Las tumbas que él busca son las excavadas por el crimen organizado en campos de cultivo, brechas, zonas de matorrales o parajes abandonados. Ahí, donde han sepultado a sus víctimas para desaparecerlas.

La región Norte del estado de Guerrero está conformada por 16 municipios. El centro de todos es Iguala, donde vive Don Lupe. Esta zona es disputada por al menos tres grupos delincuenciales: Los Caballeros Templarios, Los Rojos y Guerreros Unidos.

Según los reportes oficiales, en estos 16 municipios se tienen registrados 326 casos de personas “extraviadas o desaparecidas”, acumulados durante la última década. Sin embargo las cifras oficiales no empatan con la realidad, en algunos casos por negligencia en el registro y atención de las denuncias, y en otros casos porque, por temor, las familias han preferido guardar silencio.

“Ya estoy acostumbrado —reconoce es inconfundible ese olorcito… si lo hueles una vez, ya no se te puede olvidar, aunque pasen años.”

Don Lupe era una de esas personas. Tardó dos años en denunciar la desaparición forzada de su hijo Antonio Iván, un joven que de 28 años de edad, tres hijos y un empleo como eléctrico en un taller automotriz. Don Lupe estaba preocupado de que si denunciaba la desaparición de su hijo, sus hijas o nietos también fueran raptados.

El rapto y desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, ocurrida en Iguala el 26 de septiembre de 2014, cimbró a la familia de don Lupe, como también a cientos más en la región, y ese miedo que los tenía congelados comenzó a resquebrajarse.

Así, desde noviembre del año pasado, él y cientos más de familiares de víctimas formaron Los Otros Desaparecidos, que en sólo en un año ha logrado integrar una lista de 390 personas desaparecidas (60 más que las reconocidas en el registro oficial), misma que crece cada semana, con la asistencia de nuevas familias que acuden a sus reuniones.

“Nos reunimos para tratar de ayudarnos a nosotros mismos —dice Don Lupe—, porque nuestro interés es encontrar a nuestros familiares. Ahorita somos más de 390 familias. De ellas, la mitad sólo aportó los datos de su desaparecido y ya nunca volvieron, pero la otra mitad se mantiene activa, asiste a las reuniones, a los encuentros con las autoridades, exige, reclama.

De ellos un grupo de 10 o 15 personas salimos a buscar… “somos los ‘perros’ del grupo,” afirma Don Lupe “porque olfateamos los cerros.”

Éxito en la búsqueda

Del grupo, don Lupe es de los más que más aguzada tiene la vista y el olfato, a grado tal que en temporada de lluvias, cuando la hierba crece y oculta los rastros de posibles enterramientos, él es el único que sube al monte para seguir encontrando fosas.

“Cuando mis hijos estaban chiquitos, yo era el encargado de llevar los monumentos (mortuorios) a los panteones y colocarlos, yo hacía la fosa y todo eso”, rememora.

Por eso puede, por ejemplo, distinguir la tierra removida por un hormiguero de aquella removida por una excavación humana. Y sabe identificar el olor de un cuerpo humano en descomposición, sin confundirlo con el que puede generar el cadáver de cualquier otro animal.

“Ya estoy acostumbrado —reconoce— es inconfundible ese olorcito… si lo hueles una vez, ya no se te puede olvidar, aunque pasen años.”

Guerrero es el lugar en el que se tomó registro de la primera desaparición forzada en México, ocurrida en 1969. Esa primera víctima es el maestro Epifanio Avilés Rojas, detenido en Coyuca por el Ejército y puesto abordo de una avioneta militar, sin que volviera a saberse de él.

Desde entonces, se han registrado 26.599 desaparecidos, según las cifras oficiales.

Sabemos que es posible que también puede haber otros que hayan sido parte de los malos” afirma Vergara. “Para nosotros no hay distinción: son víctimas.”

Los Otros Desaparecidos, sin embargo, se destaca de todos los grupos civiles precedentes no por las búsquedas que realizan, sino por los logros alcanzados.

“El 16 de noviembre de 2014 —narra Mario Vergara, integrante de esta organización civil desde su primer día de existencia— salimos a buscar a la colonia La Laguna, y ahí recuperamos 18 cuerpos.

Luego seguimos a Monte Horeb, que era una zona en donde supuestamente ya habían hecho rastreos los peritos de la Fiscalía estatal, y encontramos tres cuerpos más.

Luego, otra brigada fue a la colonia La Joya, y ahí también ya habían supuestamente limpiado las autoridades, y cuando hicimos nuestra búsqueda encontramos otras 22 osamentas.

También hemos encontrado cuerpos en las colonias La Parota, Loma del Zapatero, Cerro del Tigre, Pueblo Viejo, Filo del Ganadero y en el paraje Tijeritas.”

En un año encontraron 104 personas desaparecidas en los alrededores de Iguala, aunque de ellas sólo 10 han sido identificados y devueltos a sus familiares.

“Y aún en esos 10 casos, tristemente, no estamos seguros de que la identificación fuese verdadera”, detalla Mario Vergara, quien busca a su hermano Héctor, desaparecido en Huitzuco.

Cuenta que se han dado casos de cuerpos entregados a las familias equivocadas.

“A una familia de Acapulco le habían dado un cuerpo de otra persona, cuando su familiar ni siquiera estaba muerto.”

En Los Otros Desaparecidos “no preguntamos el pasado de las víctimas ni de las familias.”

“Sabemos que es posible que también puede haber otros que hayan sido parte de los malos” afirma Vergara. “Para nosotros no hay distinción: son víctimas, desaparecidos, y sus familias están sufriendo porque no saben de ellos.”

Vergara habla sobre su hermano como un ejemplo de inocentes desaparecidos. “Mi hermano trabajaba como taxista, es una persona muy trabajadora, honrada, tenía su taxi, en la familia todos trabajamos, no tenemos por qué andar en cosas malas” dice. “Pero se lo llevaron, sólo encontramos su taxi abandonado… pero yo no pierdo la esperanza de encontrarlo, y así estamos todos.”

Tierra de los desaparecidos

Entre 2010 y 2012, los reportes oficiales del gobierno mexicano dejan ver que en el estado de Guerrero existía una situación de violencia criminal, muy parecida a una guerra. En ese periodo se dieron al menos 18 enfrentamientos abiertos entre el Ejército y comandos armados.

Como resultado, derivaron en el aseguramiento de 597 rifles de asalto y una decena de lanzagranadas usados por la delincuencia organizada, además de la destrucción de más de 25 mil hectáreas de sembradíos de droga, así como de una tonelada de goma de opio, lista para convertirse en heroína.

Sin embargo, tan pronto arrancó el actual sexenio de Enrique Peña Nieto, esta lucha cesó de tajo, como si la paz cayera a plomo sobre la entidad.

Desde entonces, el Ejército no volvió a reportar ningún choque con contingentes delictivos, ni el decomiso de cargamentos de droga, ni el hallazgo de cultivos ilegales o el rescate de víctimas inocentes.

“Esta es una región en donde la extorsión, las ejecuciones, los secuestros, nunca se han detenido.”

Pero la violencia nunca cesó: de 2013 a la fecha, en Guerrero han ocurrido casi 5 mil asesinatos, unos 400 secuestros extorsivos y centenares de desapariciones forzadas.

“Esta es una región en donde la extorsión, las ejecuciones, los secuestros, nunca se han detenido,” explica el padre Óscar Mauricio Prudenciano, de la parroquia de San Gerardo María Mayela, en Iguala. “Y aunque la gente sigue viviendo con la esperanza de que la situación mejore, lo cierto es que no se hace mucho.”

Prudenciano, como muchos otros, afirman que el miedo es la causa inhibidora. “La gente tiene miedo, sí, porque aquí todo mundo sabía que la policía y que los presidentes municipales eran parte del crimen organizado” dice. “Y ante el miedo, su respuesta es hacer como que no pasa nada…”

Pero concuerda con Don Lupe en que la desaparición de los 43 normalistas fue el evento catalizador.

“Gente a la que le desaparecieron un hijo, un esposo, a la mamá, al papá, y que durante años incluso optaron por seguir su vida como si nada hubiera pasado, por miedo, pero que han decidido, ahora, hacer algo, denunciar,” dice Prudenciano. “Buscar a sus seres queridos…”

*Este artículo fue publicado originalmente por Animal Político como parte de la serie “Aprendiendo a vivir con El Narco.” Vea la versión original aquí. Fue traducido y editado en inglés por El Daily Post (vea aquí) y publicado con permiso.

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