‘Cartel Land’ pinta fascinante y sombría imagen de las autodefensas de México

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Quizás el factor más importante que explique el crimen organizado en México es el mal funcionamiento del gobierno. Es apropiado, entonces, que los traspiés oficiales sean el núcleo casi implícito de Cartel Land, nuevo documental de Matthew Heineman, que divide su tiempo entre un grupo vigilante en Arizona y las milicias de autodefensa en Michoacán.

El papel estelar es el de Juan Manuel Mireles, el médico michoacano que en 2013 fundó los grupos de autodefensa en Michoacán y procedió a sacar al cartel de la droga de los Caballeros Templarios de un pueblo tras otro.

En el retrato que pinta Heineman, Mireles da la impresión de ser un hombre fundamentalmente decente que emprendió un desafío fundamentalmente bueno; se siente un héroe de verdad. El filme rastrea cómo el repentino salto a la fama de Mireles se deshace por una combinación de factores —su ambición y sus equivocaciones, sabotaje y falta de compromiso dentro de su grupo y la cooptación del gobierno—. Mireles ahora está en la cárcel acusado de porte de armas, en una penitenciaría federal de Sonora, y aunque se dice que está a un paso de ser liberado este verano después de que el Departamento de Justicia de México retirara las acusaciones por porte de armas, una nueva sentencia emitida semanas después implica que seguirá recluido por el futuro previsible.

Este es el primer artículo de una serie de tres partes en la que InSight Crime analiza recientes representaciones de narcocultura e historia en películas y programas de televisión de amplia difusión.

Los funcionarios que pasan de manera periódica por Cartel Land —ya sean comandantes locales del ejército, el zar federal de la seguridad en Michoacán Alfredo Castillo o el presidente Enrique Peña Nieto— aparecen como titiriteros que se paralizan cuando las marionetas se rehúsan a moverse como se les ha indicado. Cuando uno de los subordinados de Mireles tilda al presidente de “pendejo”, durante un discurso en Michoacán, cuyas palabras divergían especialmente de la realidad, es difícil no estar de acuerdo. Los comentarios públicos de Peña Nieto y Castillo sobre el problema son triviales y disparatados, y por momentos hasta insultan la inteligencia del público.

En conjunto, las apariciones de funcionarios dejan a los espectadores con la impresión de que o son ilusos o corruptos. En su respuesta a las autodefensas, el gobierno sólo busca salidas fáciles para un estado de cosas que amenaza con mantenerlo al margen, en lugar de prestar atención real, no de dientes para afuera, a los motivos que dieron origen a las milicias.

El retrato que pinta la cinta es profundamente pesimista y descorazonador. Un personaje habla de romper el ciclo, pero no hay evidencia de que esto sea remotamente plausible en México. Desbaratar la influencia del crimen organizado en comunidades en lugares como Michoacán requerirá diligencia y determinación del gobierno en todos los niveles. Como se deja claro en Cartel Land, y en muchos otros artículos de reportaje y análisis, ese compromiso oficial no existe.

Con todo y lo deprimente del mensaje de la cinta, es sin embargo un trabajo emocionante, surgido del sorprendente acceso que asegura Heineman. Al parecer inseparable de Mireles y sus subordinados por varios meses seguidos, Heineman captó enfrentamientos armados entre supuestos miembros de los Caballeros Templarios y las autodefensas, mucho más fascinantes por su caos y palpante sensación de pánico que ninguna pieza acrobática en cámara lenta salida de los estudios de Hollywood.

Si bien el tema raya con la depravación, Cartel Land despliega abundante humanidad.

Muchos de los momentos más irritantes y memorables ocurren cuando las milicias logran arrestar a sus adversarios. En un punto, esto deja cara a cara a un miembro de la autodefensa con el autor de una masacre en la que cayó un tío suyo. Más adelante, una joven se pone histérica cuando los milicianos insisten en llevarse a su padre para interrogarlo. Otra secuencia en un centro de interrogación provisional, interrumpida una y otra vez por gritos fuera de cámara, desborda la ansiedad.

Si bien el tema raya con la depravación, Cartel Land despliega abundante humanidad. La combinación de miedo, ira y sentimientos de impotencia que motivan a los seguidores de Mireles es abrumadora. Sin duda moverá una fibra en cualquiera que haya vivido en una ciudad infestada por grupos criminales, y es el manantial emocional que genera la posterior satisfacción cuando se manifiestan las victorias de Mireles.

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Al mismo tiempo, cualquier demonización de los Templarios es efímera. Las dos escenas de entrevistas con cocineros de metanfetaminas, que hacen de soportalibros enmarcando el resto de la imagen, los retratan como peones en una justificable (pero problemática) búsqueda de una salida para mejorar su bienestar material. Una y otra vez, vemos a la gente cometer actos de agresión grandes y pequeños por razones enteramente comprensibles.

Y el más humano de todos es Mireles, flaco carismático con un bigote gris enorme. No carece de defectos: lo vemos sostener un amorío con una mujer décadas menor que él, lo que le vale la ira de su esposa, y en un punto aparece para ordenar la ejecución sumaria de un Caballero. Pero es una presencia fascinante en la pantalla, una figura tan convincente cuando habla de seguridad con un rifle de asalto colgado del hombro como cuando trata a sus pacientes por dolencias estomacales.

Hay quejas justas acerca del documental. Las simpatías de Heineman pueden ser un tanto demasiado evidentes para algunos, y otros pueden quejarse de que presenta poco de la situación que no se conoce ya. Pasa por alto la inevitabilidad de la desaparición de las autodefensas, y los trata como el producto evitable de las fallas humanas. Posiblemente tampoco logra encarar el desastre que el surgimiento de las autodefensas supuso para el estado de derecho y la solidez de las instituciones mexicanas. En particular, los vigilantes fronterizos en Arizona no logran justificar el importante tiempo en pantalla que reciben. Sus motivaciones erróneas y en ocasiones racistas repugnarán a muchos espectadores, pero el mayor problema es que, en comparación con Mireles y las autodefensas mexicanas, sus correrías en esencia infructuosas por entre la maleza de Arizona son simplemente tediosas.

Pero medidas frente a las fortalezas de la cinta, son meramente insignificancias. Cartel Land es un fascinante trabajo que se sitúa entre las representaciones más vívidas del crimen organizado y sus efectos en México que cualquier medio haya presentado.

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