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En la ciudad de Guayaquil, al sur de Ecuador, el crimen organizado ha creado un círculo vicioso de consumo de drogas: violentas redes de microtráfico venden drogas en las calles de la ciudad, haciendo que las abusivas clínicas de “rehabilitación” ilegales se llenen de adictos y se beneficien de su desgracia. El producto que mueve el engranaje de este círculo es un mejunje a base de heroína creada por oportunistas y comercializadores criminales: “H”.

La adicción y el crimen organizado no son nuevos en Guayaquil. La segunda ciudad de Ecuador está a poca distancia de los dos países de mayor producción de drogas en el continente, Colombia y Perú, y su puerto internacional es uno de los principales puntos de salida de las exportaciones transnacionales de cocaína en Ecuador. En consecuencia, tanto las drogas como los criminales han ingresado desde hace mucho tiempo a la ciudad.

Pero alrededor de 2011, las autoridades locales comenzaron a escuchar el nombre de una nueva droga en las calles, un polvo que era aspirado o untado y que se conoce como H. Cuando los primeros adictos de esta droga comenzaron a aparecer, las autoridades obtuvieron muestras y las enviaron a análisis. Los resultados fueron escalofriantes: el H contiene alrededor de cinco por ciento de heroína mezclada con un coctel de sustancias que van desde polvo de ladrillo hasta veneno para ratas.

Si bien el contenido mínimo activo significa que el H tiene menos concentración que la heroína normal, provee un efecto parecido al de la heroína, lo cual es mucho más accesible y aceptable para los consumidores de drogas ocasionales, pero en última instancia causa la misma adicción. Y además es más barato: una bolsa de H cuesta menos de 50 centavos de dólar en Guayaquil, en comparación con los US$2,50 que vale la pasta de cocaína, un derivado de la cocaína barato y altamente adictivo que solía ocupar este lugar en el mercado de las drogas.

“El H es una droga que rompe las leyes de la economía: es buena y además barata”, dice Ricardo Loor, quien, cuando se conoció el H, era director de prevención de la sede regional del Consejo Nacional de Control de  Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas  (CONSEP).

Estos puntos de venta no surgieron por accidente. El H fue introducido por traficantes colombianos que estaban buscando mercados nacionales que fueran poco riesgosos para distribuir su heroína, pero se dieron cuenta de que los mercados de su país se estaban saturando rápidamente, según fuentes gubernamentales que fueron consultadas por InSight Crime.

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Al principio, los expendedores daban muestras gratuitas para crear una base de mercado, e introdujeron el producto entre consumidores adultos. Luego pasaron a las escuelas, ubicándose en las entradas y reclutando estudiantes para que vendieran la droga al interior de las mismas.

Siete años más tarde, el éxito de la campaña de mercadeo del H se puede observar en consumidores de incluso solo ocho años de edad, que lo aspiran de las puntas de sus lápices y ocultan paquetes en agujeros que abren en los pantalones de sus uniformes escolares.

“Todas las escuelas están infestadas con H”, señala Bladimir Chiriboga, administrador de una clínica local de rehabilitación de la drogadicción. “Este consumo está causando estragos en Guayaquil, nuestros jóvenes están muriendo”.

El mercado del H

No es raro que el mercado del H haya sido creado por colombianos. Durante décadas, Colombia ha exportado a Ecuador no solo drogas, sino además criminales. En Guayaquil, los colombianos han establecido redes de microtráfico y prestamistas usureros, e incluso crearon una escuela para el entrenamiento de asesinos a sueldo, según un fiscal local que habló bajo condición de anonimato.

Pero si bien fueron los colombianos quienes sembraron las semillas del auge del H, son los criminales ecuatorianos que aprendieron sus métodos los que obtienen las ganancias actualmente. “Los ecuatorianos somos buenos estudiantes”, dice el fiscal.

Nombres como “El Gorras”, “El Francés” y “Negro Jessy” atemorizan la ciudad y son la causa de noticias sobre tiroteos y asesinatos.

Las operaciones que dirigen tienen dos vertientes. Por un lado, están las redes de distribución, en las que los jefes de sector reparten paquetes de drogas a los vendedores ambulantes. Por otro lado, estos mismos jefes mantienen redes de sicarios que les proporcionan seguridad, ajustan cuentas, cobran deudas y libran guerras territoriales.

El control de los barrios más desfavorecidos de la ciudad ha sido cedido a estas redes. Las drogas, la prostitución y las armas llenan las calles, y casi a diario se presentan tiroteos. La policía solo se atreve a entrar a estas áreas durante grandes operaciones.

Actualmente, la violencia relacionada con bandas de microtráfico supera con creces la violencia vinculada al tráfico transnacional de drogas en Guayaquil.

“Las ventas de drogas a nivel interno son la mayor causa de inseguridad. Causan psicosis, la violencia se toma las calles, hay agresividad en todas sus acciones porque las ventas de drogas son las causantes de luchas de poder en estos sectores”, explica Segundo Benito Polidoro Romero Silva, analista criminal de la policía recientemente retirado, quien hizo un seguimiento a la evolución de las bandas en Guayaquil.

Adictos y clínicas ilegales

El microtráfico no ha sido la única industria criminal que ha prosperado gracias al boom del H. También se encuentran los operadores del hampa que trabajan en el otro extremo del mercado de consumo de drogas: las clínicas de rehabilitación clandestinas.

En Guayaquil ha habido durante mucho tiempo clínicas de rehabilitación clandestinas, que atienden a familias desesperadas, atrapadas entre un sector estatal con sobrecarga de demanda y clínicas privadas que solo pueden cumplir con los requisitos del gobierno cobrando precios por fuera del alcance de las familias pobres, que son las más afectadas por la drogadicción.

“Las familias que buscan ayuda en estos centros de tratamiento se encuentran desesperadas, impotentes, no saben qué hacer”, dice Chiriboga. “Estas personas se aprovechan de eso y los convencen de que los dejen [a sus familiares] en estos lugares”.

Si bien algunos centros hacen intentos genuinos de ayudar a los adictos con pocos recursos, muchos son poco más que prisiones. Los adictos, sometidos a un síndrome de abstinencia, son encerrados durante meses enteros. Las condiciones allí son atroces; los adictos son hacinados en cuartos pequeños y sucios, donde se les proporciona solo la suficiente comida para sobrevivir.

Los abusos en aquellos centros son comunes, según afirma Loor, quien en su trabajo con el CONSEP intentó iniciar un proceso de formalización de los centros que estuvieran dispuestos a trabajar con las autoridades, y cerrar aquellos que no quisieran cooperar.

“El comportamiento que encontramos [en los centros] fue psicopático, había abusos y violaciones”, dice.

Las muertes en dichos centros son frecuentes. En enero, 18 personas murieron en una clínica después de que los internos incendiaran los colchones en un intento desesperado de escapar.

Cuando Loor comenzó a trabajar para controlar estos centros, también descubrió que había otras fuerzas oscuras en juego. Fue confrontado por hombres fuertemente armados, y su trabajo condujo finalmente a un atentado contra su vida.

“La gran mayoría de ellos tienen vínculos con el crimen”, afirma.

Dado que el H ha creado una nueva generación de adictos, las clínicas están creciendo a un ritmo mucho más rápido de lo que las autoridades pueden actuar para controlarlas.

“Cada vez que se cierra un centro clandestino, se abren dos más”, añade Chiriboga.

Fracaso de la política de drogas y los tratamientos

La falta de acciones para controlar el boom del H, el próspero comercio del microtráfico y las clínicas ilegales representa un fracaso de la política de drogas tanto desde el punto de vista de la seguridad como desde el tratamiento, según afirma Loor.

Añade que “no hay una comprensión de la cuestión, y cuando no se comprende un asunto, se toma el camino equivocado”.

Sin embargo, aunque es desalentador el panorama del control al consumo de drogas y el crimen organizado en una ciudad donde estos se han afianzado, el mayor problema no es la falta de capacidad institucional, sino el hecho de que hay una gran cantidad de dinero que se puede conseguir con el sufrimiento de los adictos, y no son solo los criminales los que lo están consiguiendo.

Varios miembros de la policía de Guayaquil han sido atrapados dando información a los traficantes sobre las operaciones, proporcionando seguridad a los jefes criminales locales, o presuntamente planeando asesinatos con ellos.

La policía sirve incluso como fuente de reclutamiento para las bandas.

“Los narcotraficantes les dicen ‘mira, hermano, retírate y yo te pagaré mucho más que la policía’”, cuenta Romero, el analista criminal. “Y entonces terminan en las bandas, vigilando las drogas”.

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Las clínicas de rehabilitación también están protegidas por funcionarios corruptos, como lo descubrió Loor cuando trató de actuar en contra de ellas y terminó solo frente a un grupo de matones armados.

“Hay miembros corruptos de las autoridades sanitarias y de la policía que están profundamente involucrados con ellos”, afirma.

Para Loor, el boom del H no puede ser controlado mientras haya autoridades corruptas operando con los testaferros de los microtraficantes y los dueños de las clínicas.

“La gente dice que estos traficantes son muy fuertes, muy poderosos”, aclara. “Pero no es que los traficantes sean poderosos, sino que las autoridades son débiles y ceden ante el dinero, las presiones y el poder”.

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