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Nos habíamos quedado más tiempo del que debíamos. Siempre ocurría así con Carlos Villalón. Él es así: siempre se queda más tiempo de lo debido.

En aquella ocasión, en el año 2005, estábamos en Putumayo con guerrilleros del Frente 45 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en la frontera con Ecuador.

Carlos y yo estábamos haciendo un trabajo para el Miami Herald. Habíamos viajado allí con nuestro colega Karl Penhaul, quien trabajaba con CNN en ese momento, para ver cómo las FARC respondían a una ofensiva del ejército en el departamento donde en ese momento se producía más coca en Colombia.

El ejército había establecido su base en un pequeño pueblo. Al otro lado del río Rumiyaco, atravesando un puente de madera, los guerrilleros los habían estado manteniendo a raya. Habíamos cruzado el río un par de días antes y pasamos algún tiempo con los guerrilleros, quienes trabajaban en el área donde en ese momento se producía casi un tercio de la cocaína de Colombia.

Estaban bien equipados, con lanzagranadas y abundantes municiones, pero no era suficiente para rivalizar con los helicópteros Halcón Negro; y cuando el ejército empezó su ofensiva para retomar la zona, nosotros estábamos al otro lado del puente.

Los guerrilleros circulaban, y en un principio interactuamos con ellos. Cuando empezaron a retirarse hacia la frontera con Ecuador, atravesando la espesa maleza del Putumayo, Carlos, Karl y yo empezamos a conversar (en inglés): “¿Vamos a ir a Ecuador con ellos? ¿Y si los helicópteros empiezan a bombardear esta columna? ¿Cómo podemos cruzar el puente sin que nos disparen?”.

Recuerdo que se estaba oscureciendo. Cuando oscurece en la selva, no se puede ver la propia mano frente a uno y mucho menos lo que se tiene frente a los pies. La guerrillera que caminaba delante de mí —una mujer que quizá me llegaba a los hombros— avanzaba apresuradamente, y yo me tropezaba con las altas raíces de los árboles, cada vez más invisibles. Pero para mí era fácil: Carlos, que caminaba justo delante de mí, llevaba todas sus cámaras y negativos, y Karl cargaba equipos de video.

En cierto momento, después de debatir si debíamos permanecer con las FARC o alejarnos, decidimos que lo mejor era tratar de volver con el ejército antes de que anocheciera. Nos despedimos de los guerrilleros. Para cuando regresamos al puente, había helicópteros sobrevolando, dirigiéndose hacia donde habíamos dejado a la guerrilla. Todavía no habían comenzado los combates, pero pudimos ver al ejército posicionado al otro lado del río.

Para decidir quién iría primero, usamos el mismo sistema que usarían tres amigos: piedra, papel y tijeras. El que perdiera iría adelante, y fue Karl el que perdió. Se quitó su camiseta blanca y comenzó a ondearla sobre su cabeza mientras atravesaba el puente lentamente, gritando: “¡periodista!”. Carlos y yo lo seguimos, también ondeando nuestras camisas y gritando “periodistas”. El ejército no disparó.

Aquel viaje con Carlos no fue una excepción. Él y yo visitamos juntos muchos lugares en Colombia. También viajamos juntos a Haití, donde alguna vez un grupo de hombres apuntaron sus armas y machetes hacia nosotros.

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En todos estos viajes, Carlos siempre se demoraba, tal vez un poco más de lo que debería. Es una de las cosas que lo hace un fotógrafo tan extraordinario. Pero no es la única.

Carlos tiene la capacidad de hacernos olvidar que está sosteniendo su cámara, incluso si está apuntando directo a nuestra cara o apresurándose por la oscuridad de la selva. Tiene una expresión dura y un rostro inexpresivo que a muchos les recuerda al actor Antonio Banderas; pero es amable con quienes va a fotografiar, y hace que se relajen. Y una vez lo logra, dispara, dispara suave y sutilmente.

Como lo demuestra esta corta colección sobre la coca y la cocaína que el fotógrafo espera publicar en un libro, sus imágenes son representaciones atemporales de la vida al límite en la cadena de valor más siniestra del mundo.

Carlos se dedicó casi dos décadas a registrar este mercado, desde los cocaleros, pasando por los traficantes, hasta los consumidores. Sus fotografías nos llevan más allá de los números, las políticas, los simulacros de guerra, los gestos, los químicos, los contratistas privados y los activistas, para mostrarnos lo más importante: los seres humanos cuyas vidas penden de un hilo en medio de este comercio ilícito.

No voy a fingir objetividad. Carlos ha sido mi amigo y colega por mucho tiempo, y me ha arrastrado dentro y fuera de las zonas de conflicto en más de una ocasión. Pero como periodista he visto lo que este mercado ilegal ha causado. Y Carlos ha estado ahí conmigo, y mucho más allá, siempre demorándose más de lo debido.

* Apoye a Carlos Villalón en su campaña de Kickstarter para la publicación del libro.

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