Cómo las pandillas callejeras han complicado la seguridad de México

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Un nuevo informe de un centro de investigación de Washington examina el complejo papel de las pandillas juveniles en los problemas de seguridad de México y ofrece recomendaciones para reducir su nivel de amenaza.

En un reporte del Wilson Center (pdf en inglés) titulado “Comprendiendo y abordando a los jóvenes en las ‘pandillas’ de México” (Understanding and addressing youth in ‘gangs’ in Mexico), Nathan Jones, investigador del Instituto Baker de la Universidad Rice, analiza cómo las pandillas han influido en los desafíos de seguridad de México; cómo su aumento es reflejo de un conjunto mayor de los males socioeconómicos; y cómo el gobierno puede combatir mejor sus efectos.

(El informe de Jones fue parte de una serie de documentos sobre la participación civil y la seguridad pública en México, copatrocinado por la Universidad de San Diego, incluyendo uno coescrito por Steven Dudley, codirector de InSight Crime. Vea los otros informes aquí).

Las pandillas juveniles desempeñan un papel importante en el panorama de la seguridad local, el cual ha ido evolucionando y ganado mayor importancia en los últimos años. Como señala Jones, las pandillas están trabajando cada vez más con las grandes organizaciones narcotraficantes, pero usando un modelo operativo distinto.

“Las pandillas juveniles, a menudo referidas como pandillas callejeras, por lo general controlan un territorio local para la extorsión y distribución de drogas”, escribe. “Se involucran en actividades criminales menos rentables que las de los grupos criminales más grandes y sofisticados, los cuales se centran en las drogas y el tráfico de armas y están más dispersos geográficamente”.

Mientras que la afiliación entre los grupos de jóvenes y los grupos más grandes, como los Zetas, es comúnmente débil, hay algunos ejemplos de asociaciones más profundas. Por ejemplo, cerca de la frontera sur de México, las famosas maras centroamericanas, a saber la Mara Salvatrucha (MS13) y Barrio 18, han formado alianzas con algunas de las organizaciones narcotraficantes más importantes, en las cuales los grupos más pequeños cumplen funciones específicas. Un ejemplo es el esfuerzo conjunto entre los Zetas y la MS13 para administrar las rutas de tráfico de personas utilizadas por los inmigrantes centroamericanos en su camino hacia Estados Unidos.

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Más cerca de la frontera norte, no son las maras, sino las pandillas con una fuerte presencia en las regiones fronterizas de Estados Unidos las que a menudo han emigrado al sur para trabajar con los narcotraficantes mexicanos. Por ejemplo, gracias a la relación entre un líder pandillero y los hermanos Arellano Félix, dos pandillas de California –Barrio Logan y la Mafia Mexicana– crecieron hasta asumir un rol importante dentro de la estructura del Cartel de Tijuana. Estos dos grupos ayudaron a suplir a las filas del grupo de Tijuana en medio de un conflicto con sus rivales del Cartel de Sinaloa.

Un ejemplo más notorio fue la pandilla Barrio Azteca de El Paso, la cual jugó un papel importante en el caos de Juárez a partir de 2008. Como ha informado InSight Crime, Barrio Azteca fue introducida inicialmente al conflicto como un grupo de “soldados” aliados con La Línea, brazo armado del Cartel de Juárez. No obstante, debido a que la lucha duró varios años, y a medida que las organizaciones se fueron debilitando, Barrio Azteca creció hasta convertirse en un protagonista clave, así como un importante motor de la violencia.

Como demuestra el caso de Barrio Azteca en particular, la creciente importancia de las pandillas del crimen organizado mexicano está vinculada al círculo vicioso de los conflictos violentos: las pandillas callejeras son una fuente de mano de obra e ingresos para ayudar a los grupos más grandes a llevar a cabo una guerra prolongada. No obstante, una vez que se involucran se convierten en motores de la violencia, haciendo que la guerra que precipitó su participación sea más difícil de resolver. Por lo tanto, mientras que la mayoría de las pandillas juveniles mantienen una distancia considerable frente a las organizaciones narcotraficantes más grandes, la participación de las pandillas callejeras más grandes en los conflictos de los carteles se convierte en algo autosostenible.

En la gran mayoría de los casos, las pandillas callejeras mexicanas tienen una conexión mucho más flexible con los grandes grupos criminales, pero aún así presentan un obstáculo para un México más seguro. Jones vincula la existencia persistente de miles de estos grupos a los males socioeconómicos, endémicos, en México, especialmente la pobreza y la explosión de jóvenes ociosos apodados los “ni-nis” (“ni trabajan ni estudian”).

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Varios programas han demostrado cierto éxito en debilitar el atractivo de las pandillas. Por lo general, estos canalizan esfuerzos del sector privado, el gobierno y las organizaciones no gubernamentales con el fin de abordar los problemas sociales y económicos más amplios. Jones destaca como algo prometedor los intentos de todos los ámbitos de la sociedad para negociar treguas entre pandillas y crear espacios seguros, y también pide un mayor esfuerzo por encuestar y estudiar a las pandillas juveniles.

Algunos de los programas contra las pandillas más eficaces han llegado en el marco de un plan de seguridad más amplio: Todos Somos Juárez, que contó con un par de programas dirigidos a las pandillas locales –Entra21 y Trabajo Juvenil: México– los cuales tenían como objetivo dotar a los lugareños con capacidades laborales comerciales y darles una alternativa a la vida pandillera.

Si bien estos programas, estrictamente hablando, no caen bajo el ámbito de la política de seguridad, hay una lección importante en el papel de las pandillas en Ciudad Juárez: la ciudad se convirtió en la más violenta de México gracias, en gran parte, a la introducción de miles de pandilleros locales en el conflicto entre los Carteles de Juárez y Sinaloa, y se convirtió en el mayor éxito de México sólo después de que el gobierno comenzó a abordar las causas profundas del encanto de las pandillas callejeras. Esto no significa necesariamente que un enfoque similar tenga los mismos resultados en otras zonas violentas, y las actividades de Barrio Azteca representaban sólo un ingrediente en el caos de Juárez, pero sería contraproducente no aplicar las lecciones de Juárez en otros lugares.

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