Cómo Ríos Montt ganó la guerra en Guatemala

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El exlegislador y general del ejército de Guatemala Efraín Ríos Montt ha muerto, pero el exdictador dejó un esquema sobre cómo socavar la democracia y crear redes criminales poderosas y duraderas. 

Cuando fui por primera vez a Guatemala en 1991, viajé al asediado departamento de Quiché, en las montañas del noroeste. Allí, en la plaza central de Santa Cruz del Quiché, frente a la iglesia católica de color blanco resplandeciente, ondeaba una bandera de apoyo al partido político del entonces general Efraín Ríos Montt.

Aquella bandera —en la que una mano azul extendía los dedos pulgar, índice y medio— me dejó perplejo. No lograba entender cómo alguien podía apoyar a un general que, después de derrocar al Gobierno, había liderado una campaña de tierra arrasada allí, en el epicentro de las montañas del noroeste. La campaña fue tan corta como el periodo de Ríos Montt en el cargo —15 meses— pero dejó miles de muertos, desaparecidos y desplazados, y creó profundas divisiones en el país.

Años después, me sigue obsesionando esa campaña militar y el decidido apoyo que recibió el general y su descendencia política. ¿Se debió al miedo? ¿A una ideología? ¿A la corrupción? ¿Se dio por su capacidad de liderazgo? ¿O más bien por su fervor religioso?

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Dado que estaba inhabilitado para postularse a la presidencia debido a su complicidad en un golpe de Estado, Ríos Montt se convirtió en un popular legislador y llegó a la presidencia del Congreso en el año 2000. Su partido ganó la presidencia, y su nombre se convirtió en sinónimo de cierto poder. Según a quién se le pregunte, él operaba redes militares, políticas, judiciales o criminales, o una combinación de todas ellas.

Murió el pasado domingo de Pascua a la edad de 91 años, y, como era de esperarse, hubo expresiones tanto de vindicación como de vilipendio: criminal o héroe de guerra; general valiente o congresista corrupto; piadoso cristiano o demonio disfrazado de oveja. Cada quien tiene su opinión.

Muchos han olvidado que antes de que él y un cuadro de militares tomaran abruptamente el control del Gobierno en marzo de 1982, desplazando a otro régimen militar, él era una figura más empática, víctima de fraude electoral cuando compitió por la presidencia en 1974, con el amplio apoyo de una coalición de fuerzas políticas de centro e izquierda.

Y muchos más olvidan su conversión del catolicismo a la Iglesia del Verbo, un credo neopentecostal californiano que apareció en las montañas guatemaltecas después de un devastador terremoto en 1977, anunciando el Apocalipsis y la segunda venida de Jesucristo, tras lo cual habría mil años de paz.

“Su forma de pensar, su fe y su lealtad al deber fue algo que siempre admiré de él”, así me lo dijo el exmilitar y excongresista Juan Luis González al referirse a su jefe y mentor. “Él amaba a Dios y le temía”.

El entrenamiento militar de Ríos Montt, sus creencias religiosas premilenarias y su amarga experiencia en las elecciones conformaron su receta para dirigir el Estado. Durante su corto periodo en el poder, dio más sermones dominicales que discursos políticos, en los cuales mezclaba la lucha contraguerrillera y la retórica del temor a Dios con una dosis de realpolitik. Al fin y al cabo, era un dictador: estableció una sola voz, una sola interpretación de la ley, y un tipo especial de infierno para quienquiera que se le opusiera.

“El que no se ajuste a las leyes guatemaltecas tiene que ser juzgado por las leyes guatemaltecas”, dijo en una de sus famosas sentencias. “El que no se rinda lo voy a fusilar”.

Pero las concepciones monolíticas del poder no suelen hacerse realidad tan fácilmente, incluso si se convierten en narrativas míticas fabulosas y duraderas. Él predicaba la Biblia mientras su gobierno militar incendiaba, saqueaba y asesinaba por las montañas de Quiché y los departamentos circundantes. En su mordaz editorial en Nómada, Martín Rodríguez dice que, durante los primeros ocho meses de Ríos Montt en el poder, hubo 19 masacres cada mes.

El partido político de Ríos Montt —el Frente Republicano Guatemalteco (FRG)— adoptó una plataforma de tres vertientes: seguridad, bienestar y justicia, representadas en los tres dedos de su estandarte político, pero también tenía una inclinación social y populista que lo llevó a él y a sus compañeros de partido a adelantar épicas batallas contra las élites empresariales más conservadoras e intransigentes del país por temas como los impuestos y aranceles.

El excongresista González me dijo que el exgeneral disfrutaba esa batalla.

“Lo único  que te puedo decir es que  mucha gente hoy habla del general… bien o mal”, dice. “Lo que me impresiona es que esa gente que habla tantas cosas nunca estuvo cerca de él. Yo fui su asistente personal, y te puedo decir que todo lo negativo que puedan decir de él, lo dicen porque repiten una letanía que se aprendieron de sus detractores”.

Al fin y al cabo, era un dictador: estableció una sola voz, una sola interpretación de la ley, y un tipo especial de infierno para quienquiera que se le opusiera.

Pero las mismas fuerzas que conformaban su equipo también hacían parte de una red criminal profundamente corrupta e institucionalizada, creada por el general y su círculo más íntimo. Alfonso Portillo, el candidato elegido por Ríos Montt para la FRG, y quien ganó la presidencia en el año 2000, fue finalmente condenado por lavado de dinero en Estados Unidos. Portillo, sus finanzas y sus ministros de defensa también fueron juzgados por malversar US$15 millones del pilar de Ríos Montt: el Ministerio de Defensa. Y el propio hijo de Ríos Montt, quien también hacía parte del ejército, fue acusado en otro caso de malversación en el ministerio.

“Su figura la utilizan como la persona que tenía claridad en sus políticas, pero no advierten que durante el Gobierno de Portillo se comenzó a ‘institucionalizar’ las redes económicas y políticas ilícitas”, me dijo Helen Mack, la infatigable defensora de los derechos humanos guatemalteca.

Todo se dispuso, argumenta Mack, para lo que tenemos hoy en Guatemala: escándalos que involucran a todas las instituciones, desde la aduana, hasta la institución de seguridad social y las obras públicas; tres expresidentes que están bien sea condenados, acusados o bajo investigación; y el presidente actual se encuentra bajo acusaciones que lo han llevado a fortalecer sus contactos con los exmilitares que establecieron las redes ilícitas.

Sin embargo, Ríos Montt siempre justificaba esos excesos, y llama la atención que nunca hubiera sido juzgado por corrupción.

“Me dijo que su trayectoria política había estado marcada por muchas traiciones y que a él nunca lo aceptarían por ser antisistema”, afirma Mack. “Pero igualmente es responsable, que teniendo la oportunidad de rodearse de otras personas, no lo hizo”.

Más que cambiar el régimen, como dirían antiguos asesores como González, las fuerzas de Ríos Montt restituyeron algunos arraigados sistemas, y luego simplemente remplazaron un tipo de criminales por otro. En particular, el FRG y su hábil operador, el entonces yerno de Ríos Montt, Roberto López Villatoro, alias “el Rey del Tenis“, cambió la forma como el gobierno seleccionaba a sus fiscales generales, así como a sus jueces y magistrados de la Corte Suprema.

Inicialmente mediante el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala (CANG), y más tarde intersectando magistralmente sus intereses mutuos y los de los demás en torno a lo que en Guatemala se conocen como “cuotas de poder” (contratos estatales, empleos, contribuciones a campañas políticas, etc.), López Villatoro convirtió al FRG en una formidable red judicial que le podía garantizar la impunidad a cualquiera de sus beneficiarios y aliados. Dicha red mostró sus dientes en 2011, cuando Portillo y sus ministros fueron absueltos del caso de malversación. (Sin embargo, López Villatoro fue arrestado a principios de año por tráfico de influencias; su caso todavía está pendiente.)

“Ríos Montt era particular en cuanto a que, de muchas maneras, encarnaba dos épocas diferentes de la historia de Guatemala”, dice Michael Deibert, autor y académico visitante en Franklin & Marshall College. “Por un lado, el fanático anticomunismo de los años ochenta, al que no le importó mucho el sacrificio masivo de inocentes con el fin de acabar con una incipiente insurgencia, y por otro lado la corrupción y la deshonestidad generalizadas que han tipificado la clase política desde el fin de la guerra civil en 1996. Es una reputación muy poco noble”.

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La impunidad, por supuesto, es quizá el legado más duradero de Ríos Montt. Cuando el exgeneral debió someterse a un juicio por genocidio durante sus tumultuosos 15 meses en el poder, el caso no se concentró en sus acciones personales, sino en las de un Estado fallido que, en la versión de los abogados defensores, necesitaba tierra arrasada para mantener a los comunistas a raya.

En el proceso, el caso logró reunificar su red con las mismas élites tradicionales con las que se había enfrentado durante su periodo como presidente del Congreso. Otros exmilitares siguieron su ejemplo, así detestaran al general. Si Ríos Montt caía, todos serían vulnerables. Pero finalmente su histórica condena duró solo unos días, debido a que fue anulada por la Corte Constitucional.

Se presentó una apelación, y sus enemigos siempre lo considerarán culpable.

“Ríos Montt será recordado como uno de los dictadores más despiadados del siglo XX […] que murió en medio de un juicio por genocidio y crímenes contra la humanidad”, dice Jo-Marie Burt, profesora asociada de Schar School of Policy and Government de George Mason University, y miembro principal de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA por sus iniciales en inglés), quien ejerció como observadora internacional de Open Society Justice Initiative* durante los juicios a Ríos Montt por genocidio.

Pero Ríos Montt fue quien hizo la última jugada, pues evitó un nuevo juicio argumentando que estaba demasiado enfermo como para ir a la corte. Mack dice que los grupos que lo respaldaron continúan ocultos tras su inmensa sombra.

“Quienes celebran y seguirán haciendo un mito de Ríos Montt son los mismos grupos y personas que se favorecen de la corrupción e impunidad “, señala Mack.

Finalmente, quizá Guatemala nunca pueda definir su relación con Ríos Montt —heroico general, dictador militar, víctima de fraude electoral, genocida, presidente populista del Congreso, predicador apocalíptico, padre de redes corruptas— y yo nunca entenderé completamente su popularidad en Quiché, epicentro de algunas de sus políticas militares más crueles y principal manifestación de su machismo político-religioso. Pero podría asegurar que su bandera, o una parecida, continúa ondeando en la plaza central de Santa Cruz del Quiché.

* Open Society Justice Initiative hace parte de Open Society Foundations, uno de los financiadores de InSight Crime.

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