El flujo de drogas y sangre en la región de la Triple Frontera Amazónica

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En lo profundo del Amazonas, donde confluyen Colombia, Brasil y Perú, la ciudad colombiana de Leticia, alguna vez colmada por el crimen, goza hoy de relativa tranquilidad mientras que la vecina brasileña Tabatinga es sacudida por la violencia producto del narcotráfico.

La posición geográfica de la región de la Triple Frontera la sitúa en el centro de un floreciente comercio de drogas, el cual es facilitado por fronteras porosas, una población variable y la disparidad en los recursos entre las tres naciones.

Al otro lado del río Amazonas desde Leticia, los narcotraficantes aprovechan la inadecuada presencia del Estado peruano para cultivar y procesar la coca. Las drogas fluyen desde la zona hacia los mercados regionales e internacionales, con la capital amazónica de Brasil, Manaus, un punto clave de tránsito, a tres días de viaje por río en bote, partiendo del área de la triple frontera. La droga también alimenta el microtráfico local, con ventas concentradas en las comunidades pobres de la frontera.

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Ubicada en el extremo más al sur de Colombia, y siendo accesible sólo por río o por aire, Leticia -la capital del departamento de Amazonas- fue alguna vez utilizada como lugar de negocios para algunos de los más infames traficantes de la región, con un floreciente mercado de drogas al aire libre, supervisado por un poderoso cartel local durante la llamada “bonanza marimbera”, de los años setenta y ochenta.

Un ataque frontal por parte de las autoridades colombianas logró desmantelar el Cartel de Leticia en los años noventa, y la ayuda de Estados Unidos a lo largo de principios del siglo XXI ha contribuido a la creación de un servicio de seguridad comparativamente bien equipado.

Leticia emana un aire de calma donde los turistas son bienvenidos, y con nueve asesinatos en 2013 entre una población de 40.000 habitantes, su tasa de homicidios, de 22,5 por cada 100.000 habitantes, es muy inferior a la media nacional de 31,5 por 100.000 (xls).

Al otro lado de la frontera se encuentra la ciudad de Tabatinga, con una población de 55.000 personas, que según dice la policía de Leticia fue testigo de 48 homicidios en 2013 -una tasa de 87,3 por cada 100.000 habitantes, comparable a algunas de las ciudades más violentas del mundo. Sin embargo, esta tasa muestra una reducción en los homicidios, año tras año, con 60 personas asesinadas en 2012.

Según el Coronel Gildardo Aníbal Taborda Blanco, comandante de la policía del departamento de Amazonas, la mayoría de los asesinatos en ambas ciudades son el resultado de un ajuste de cuentas entre organizaciones rivales de narcotraficantes, con al menos seis de los asesinatos de 2013 en Leticia estando relacionados con las drogas.

Taborda dice que muchas de las personas asesinadas en Tabatinga eran colombianos vinculados al narcotráfico, destacando el hecho de que aunque el lado colombiano de la frontera puede ser comparativamente tranquilo, los colombianos están profundamente involucrados en el negocio.

La inseguridad en Tabatinga es bien conocida, y se les dvierte a los visitantes de Leticia al respecto, tanto por medio de las autoridades como por los mismos ciudadanos. La inseguridad también se alimenta de las limitadas oportunidades que puede ofrecer una colonia fronteriza, donde los jóvenes descontentos se convierten en soldados rasos para las organizaciones criminales.

“Ahora tan pronto puedan andar en moto y disparar un arma de fuego, a veces de tan sólo 12 o 13 años, están afuera matando por 200 o 300 reales [US$ 88 o US$132]”, dijo un joven de 20 años, residente de Leticia quien salió de su casa en Tabatinga hace dos años y pidió no ser identificado. “En el pasado se oía hablar de asesinos que ganaban grandes cantidades de dinero, pero ahora se están matando por casi nada”.

Santa Rosa en Perú, una isla de menos de 800 personas en medio del río Amazonas, es el tercer asentamiento que compone esta confluencia territorial (haga clic en el mapa para ampliarlo), y es la zona selvática de este lado de la frontera que actúa como principal centro de producción.

En un intento de combatir la corrupción, la policía con sede en la ciudad de Iquitos -la capital regional situada a 250 kilómetros- rota cada seis meses dentro y fuera de Santa Rosa, pero es un gesto simbólico frente a los lamentables recursos con los que cuentan. Tan sólo 14 policías antinarcóticos, incluyendo un oficial al mando, se encuentran estacionados en el pueblo. Ellos tienen un barco y tienen que proporcionar sus propios uniformes.

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Un negocio multinacional

Un funcionario antinarcóticos de Perú que habló bajo condición de anonimato dijo que las operaciones que se llevan a cabo están a menudo a cargo de colombianos o brasileños. En el lado colombiano, los servicios de seguridad y los funcionarios del gobierno en Leticia insisten todos en recalcar que los grupos comúnmente asociados al narcotráfico en Colombia no mantienen una presencia en la zona.

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Según Taborda, la guerrilla no juega ningún papel en las drogas que pasan por la zona de la triple frontera. Asimismo, no hay indicios de la presencia de grupos sucesores de los paramilitares narcotraficantes, conocidos como las BACRIM, aunque Taborda dice que los traficantes imitan regularmente sus tácticas para sembrar el miedo.

Esta afirmación es respaldada por el “Informe sobre Grupos Narcoparamilitares” (pdf) de 2013 de la ONG colombiana Indepaz -que traza la presencia de BACRIM en todo el país- que no menciona a Leticia o la región del Amazonas. En cambio, el comercio es supervisado por organizaciones menores, con bases de operaciones a menudo ubicadas río abajo, en Brasil o en Perú, donde ocurre gran parte de la producción de la zona y donde las fuerzas de seguridad no están bien preparadas para enfrentar el reto.

“Cuando los encontramos, generalmente hay más de ellos que de nosotros y tienen armas sofisticadas”, dijo un oficial de la policía con sede en la localidad peruana de Santa Rosa, que pidió permanecer en el anonimato. “A veces simplemente tenemos que esperar a que se vayan antes de entrar a su área”, agregó.

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Según el Dr. Héctor Daniel Ríos Sora, Secretario de Gobierno y Asuntos Sociales de Leticia, aunque Colombia tiene por objeto ayudar a Perú a través de patrullas diarias de guardacostas entre 5 a.m. y 6 p.m., muchas de las embarcaciones que llevan droga se mueven fuera de este horario. “Desafortunadamente, no hay un control adecuado en la noche”, dijo Ríos.

El capitán John Carlos Florez Beltrán, Comandante de la Flota Sur de Colombia, dice que la producción que se encuentra en Perú y Colombia es obra de pequeños grupos, a menudo familias que viven un estilo de vida de subsistencia basado en la producción de pasta de coca.

“Muchas de las personas que trabajan en este negocio no tienen dinero y lo hacen para alimentar a sus familias”, dijo Flórez, cuyas fuerzas destruyeron 31 instalaciones de producción de pasta de coca en 2013, incautando 124 kilos de pasta y arrestando a 19 traficantes en el proceso.

Los cultivos se convierten en pasta de coca en laboratorios simples, que según Florez son mantenidos generalmente por tres o cuatro familias. Este producto se suele transportar a los laboratorios de alta tecnología en Brasil, donde se fabrica el clorhidrato de cocaína (HCl).

“No hay laboratorios de HCl en esta parte del territorio colombiano, que yo sepa”, dijo Flórez. “Los laboratorios que encontramos para la producción de pasta de coca son pequeños y rudimentarios”.

La pasta es comprada por los grupos que han establecido su influencia sobre las áreas de cultivo. Una operación familiar conocida como “Los Amaringos” fue desmantelada por las fuerzas de seguridad colombianas a finales de 2013.

Algunas de las organizaciones traficantes, sin embargo, están más desarrollados y son dirigidas por poderosos barones de la droga. La policía colombiana atribuye muchos de los homicidios que ocurren en la zona de la triple frontera, y que están relacionados con las drogas, a dos grupos criminales rivales.

Desde hace varios años, una organización dirigida por el colombiano Carlos Alberto Ramos, alias “Cali”, ha luchado contra un grupo conocido como “Los Caqueteños”. Otro poderoso grupo de la región recibió un duro golpe en septiembre de 2013, con la captura de Jesús Ardela Michue, alias “Chocolate”, el último de tres hermanos narcotraficantes de Perú en ser arrestado.

Según Flórez, los traficantes aprovechan de las fronteras abiertas, cruzando libremente de un país a otro, para evitar ser capturados. Esto hace que sea necesaria una estrecha relación de trabajo y el intercambio de inteligencia entre las tres naciones para el exitoso cumplimiento de la ley, dijo.

Pero la detección se hace más difícil por la forma de transporte, ya que las drogas generalmente se llevan en pequeñas embarcaciones en cantidades modestas desde puntos de producción, principalmente en Perú. Es una versión para el río del sistema “hormiga”, con un gran número de “mulas” llevando cada una pequeñas cantidades de droga. Como método de transporte, es prácticamente imposible de detener.

“Se la llevan (…) camuflada en bloques de queso, en barcos con fondo falso, en pequeñas cantidades de cinco, diez o 20 kilos”, dijo Flórez.

El aspecto del microtráfico

Al igual que otros centros de tránsito de drogas, Leticia y Tabatinga son el hogar de una economía de microtráfico de tamaño considerable, concentrada en pobres comunidades fronterizas, con los barrios La Unión y Colombia siendo centros para las acciones de la policía colombiana.

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Las viviendas irregulares desacatan una ley que impide la construcción cerca de la frontera, con sólo límites hechos de piedra que sirven como recordatorio de la frontera que divide las comunidades. En un mapa, Leticia y Tabatinga aparecen como una gran expansión urbana, y el movimiento entre las ciudades es ilimitado.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre el microtráfico

Es un escenario del que los microtraficantes se han beneficiado, utilizando las propiedades que se sitúan en la frontera como puntos de venta para permitir una escapatoria fácil fuera del alcance de la jurisdicción de cualquier operación policial.

“Entramos por la puerta principal y corrieron hacia la cocina”, dijo el inspector Javier Rodríguez, de la policía colombiana. “Pero la cocina estaba en Brasil, por lo cual no podíamos entrar”.

Según el secretario Ríos, al igual que los agricultores que cultivan coca y producen pasta, gran parte de las personas involucradas en el microtráfico, son personas pobres que sostienen a sus familias. Entre ellos se encuentran los desplazados, dice, que llegan a Leticia después de haber sido perseguidos por los grupos armados en otras partes del país.

“No estamos en condiciones de ofrecer alternativas suficientes, suficiente trabajo, a los desplazados”, dice Ríos, quien llegó él mismo inicialmente a la ciudad como víctima del desplazamiento. “Muchos [involucrados en el microtráfico] son asesinados, pagan con sus vidas al elegir tratar de ayudar a sus familias de esa forma”.

Las autoridades están dispuestas a enmarcar el fenómeno del microtráfico como algo distinto al tráfico de drogas a gran escala, pero es un relato difícil de digerir. Aunque las familias pobres pueden estar entre aquellos que se encuentran en el frente de batalla, el comercio es supervisado por estructuras del crimen organizado, al menos vinculados a, si no es el mismo que, los grupos que transportan la droga dentro y fuera de la zona.

Un ejemplo de una estructura de este tipo surgió en febrero de 2014, cuando las autoridades colombianas desmantelaron un grupo peruano conocido como “Los Incas”, el cual importaba marihuana a la zona de la triple frontera desde el departamento del Cauca al sureste de Colombia. Si bien gran parte de la marihuana fue vendida en el mercado local, la policía colombiana informó que también había sido transportada a Manaus, una piedra angular de la ruta de la droga en el Amazonas.

La cooperación es la clave

La situación en la región de la Triple Frontera ha obligado a la policía de Colombia y Brasil a implementar un nuevo nivel de cooperación, lanzando ataques coordinados, como parte de una iniciativa que comenzó en diciembre de 2013, llamada “Frontera Segura”. “Ahora bien, si llegamos y saltan por la ventana, se encontrarán rodeados por la policía brasileña”, dijo el coronel Taborda.

Taborda resalta su apoyo a sus homólogos brasileños. “Este es nuestro problema y juntos vamos a resolverlo”, dijo, haciendo hincapié en el rápido éxito de las redadas coordinadas y en sus expectativas sobre el fortalecimiento en el futuro de esta cooperación.

Pero la realidad es que no importa qué nivel de colaboración se establezca, la magnitud de la Amazonía hace que detener el flujo de droga sea una tarea imposible. Incluso si los servicios de seguridad de los tres países llegaran a afectar seriamente el comercio en la zona, simplemente se movería a la siguiente zona, y el flujo de drogas y sangre continuaría.

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