El Repollo y el asesino de Facundo Cabral en la misma red de narcos

SHARETweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedIn

¿Por qué el decomiso de un maletín con dinero en una recóndita frontera de Costa Rica preocupa tanto a un nicaragüense como a un salvadoreño? La telaraña del narco es tan extensa que el dinero decomisado en la ribera de un río es el extremo de un hilo que lleva hasta el asesino de un trovador argentino. A partir de la declaración de un narco confeso, de escuchas telefónicas en Costa Rica y de una investigación que fiscales panameños enviaron a sus homólogos en El Salvador, esta es una descripción de las bisagras que articulan grupos de narcos centroamericanos.

A la orilla del playón del río Sixaola, en un estrecho y polvoriento camino, en medio de unos cañales, está estacionado un vehículo Toyota Corolla, color morado perlado. Los policías que patrullan este sector conocido como El Catracho Margarita no dudan en hacer una señal de alto porque saben que ese río, que desemboca en el mar Caribe y que es la frontera entre Costa Rica y Panamá, es una “ruta caliente” para el contrabando y el narcotráfico. El conductor acelera, intenta escapar, pero la Policía costarricense lo captura a él y a su acompañante. Los esposan, revisan el vehículo y encuentran en el asiento trasero un maletín con cinco paquetes de dinero envueltos en cinta adhesiva gris. La Policía sospecha que ese fajo de billetes, 362,000 dólares, era para comprar droga y que estaban frente a un caso de lavado; lo que nadie en aquel momento sospechaba era que, apenas unos días antes, parte de ese dinero había salido desde la quinta planta de un banco salvadoreño.

Este artículo fue publicado originalmente en El Faro. Vea el original aquí.

El 15 de junio de 2008, a las 11:20 de la mañana, los dos hombres que viajaban en el Toyota Corolla fueron arrestados: uno era el nicaragüense Gustavo Álvarez Lanza, “Tavo”, y el otro Joel Hernández Mora. A simple vista, la captura de esos dos hombres era un caso más de esa lista de gente detenida por cruzar el río en bote, llevar dinero desde Costa Rica y regresar con droga o mercadería desde Panamá. Pero en este caso había algo más. Cuando las autoridades revisaron la guantera del carro encontraron una serie de documentos que les permitiría tener una mirada interna de la connivencia de varios narcos centroamericanos: unos ponían dinero, otros alquilaban sus fincas, unos terceros corrompían a policías para que cientos de toneladas de cocaína siguieran su escalada desde el sur hacia el norte.

Las redes del narco tienen tanta complejidad que el decomiso de unos billetes a la orilla de un río tiene un hilo conductor que termina con el asesinato por equivocación de un cantautor argentino en Guatemala. Aunque de eso hablaremos más adelante.

Por ahora, diremos que el Toyota Corolla, año 1999, tenía una conexión directa con El Salvador. El vehículo estaba registrado a nombre de Fausto Antonio Valladares Ramos, en ese momento de 45 años de edad. Era un mecánico que vivía en el Barrio San José, San Marcos; regentaba el restaurante Aguachila y en el mundo del hampa era conocido como “El viejo canoso”. ¿Qué hacía un vehículo de un salvadoreño en aquella recóndita frontera costarricense? ¿Cómo llegó ahí?

Con el paso de los meses, las investigaciones sugirieron que, a diferencia del extenso territorio mexicano donde varios cárteles se disputan a fuerza de balas el dominio de las rutas, Centroamérica puede ser un solo país donde grupos de narcotraficantes conviven silenciosamente, sin una jerarquía definida, y con el dinero como bandera para evitar las balaceras y los contratiempos.

El préstamo de fachada para comprar droga

8 de junio de 2011. Una camioneta Mitsubishi azul se estaciona en una gasolinera, en el kilómetro 29 de la carretera que conduce hacia Santa Ana. Dos hombres aseguran que tienen 110,000 dólares para comprar 10 kilogramos de cocaína y llevarlos hasta Guatemala. Un tercero dice que sí, que les puede conseguir esa cantidad, pero que en ese momento solo tiene un kilogramo, de buena calidad, bajo uno de los asientos de la camioneta.

Hablan, regatean y el vendedor invita a los compradores a subir a la camioneta a verificar la buena calidad de la cocaína.

—Acompáñame a probar la mercadería -invitó el narco.

—Es de buena calidad, podemos darle al negocio -concluyó el comprador.

Aquellos hombres afinan detalles del negocio y, de repente, todo se les viene abajo. Están rodeados por una decena de policías antinarcóticos. Cinco personas son arrestadas y acusadas en un tribunal por tráfico ilícito de drogas. Un juez ordena recluirlos en un penal. Uno de esos arrestados, acostumbrado a viajar en avión hacia Costa Rica y Panamá, acostumbrado a hospedarse en hoteles, acostumbrado a ganar seis veces el salario mínimo por un simple viaje a Nicaragua, no soporta el infierno de la cárcel. Quiere recuperar su libertad: está dispuesto a confesar que es un narcotraficante, y a revelar quiénes, en qué fecha y cómo movieron toneladas de cocaína por Centroamérica.

La declaración de ese testigo fue un soplo para desempolvar el expediente sobre el fajo de billetes decomisados en el playón del río Sixaola. El narco confeso dice que el jefe de su organización se llama Jorge Ernesto Ulloa Sibrián, El Repollo, un empresario salvadoreño capturado este año en la zona 10 de la ciudad de Guatemala, acusado de pertenecer a una red centroamericana que trasegó aproximadamente 16 toneladas de cocaína hacia los Estados Unidos.

El día de la captura de El Repollo, el 16 de marzo de 2013, el ministro de Gobernación de Guatemala, Mauricio López Bonilla, se refirió al detenido como “un importante capo salvadoreño” e, incluso, lo llegó a llamar “el Chamalé salvadoreño”, en referencia al capo guatemalteco que fue capturado en marzo de 2011, y que controlaba gran parte de los departamentos del Pacífico de ese país.

El Repollo fue expulsado de Guatemala por violar la Ley de Migración: en los registros aparecía que salió por la frontera Valle Nuevo, el 19 de febrero de 2013, y no reportaba fecha de ingreso a Guatemala. Por esa irregularidad fue expulsado y, a su llegada al aeropuerto de Ilopango, en San Salvador, la Fiscalía ya lo esperaba con una orden de captura por tráfico internacional de cocaína. Ulloa Sibrián está detenido en el penal de máxima seguridad, en Zacatecoluca, a la espera de una audiencia para determinar si hay pruebas para enjuiciarlo.

El Repollo es dueño en El Salvador de 35 inmuebles que tiene registrados a nombre de su empresa JE Inmobiliaria y sus familiares. Se presentaba como un constructor, actividad que le permitía pedir créditos a los bancos. El hombre que no resistió el infierno de la cárcel, el exempleado de El Repollo, ahora convertido en testigo clave, dice que esos negocios eran una fachada y revela, entre otras cosas, detalles sobre el origen del dinero decomisado en un playón del río Sixaola, en Costa Rica.

El testigo recuerda que, en mayo de 2008, El Repollo solicitó un crédito por 70,000 dólares al entonces Banco Cuscatlán. El banco aprobó el empréstito y dos empleados del empresario, El viejo canoso y el testigo, llegaron hasta la quinta planta de la torre Cuscatlán, ubicada sobre el bulevar de Los Próceres, en San Salvador, a cambiar los cheques.

“Pedimos el monto total en billetes de 100 dólares; pero el dinero no era para construir sino para la droga, y (El Repollo) lo quería para mandarlo a Costa Rica; esto lo hacía así porque decía que al investigarlo iba a decir que él trabajaba con préstamos de los bancos”.

Los 70,000 dólares del crédito bancario se sumaron a otra cantidad en efectivo para sumar 390,000 dólares. La tarea de los narcos salvadoreños era esconder el dinero en un camión que transportaba moldes y una máquina para instalar una fábrica de maya ornamental, y llevarlo hasta un rancho en la zona costera de Sixaola. Una vez en el lugar, entregaron el dinero a Tavo, el nicaragüense que tenía los contactos para cruzar el río en lancha y juntarse a negociar un alijo de cocaína con unos colombianos, en la ciudad panameña de Changuinola.

Tavo llegó al playón del río Sixaola en el vehículo Toyota Corolla. Se estacionó en el camino polvoriento, en medio de los cañales, y cuando estaba esperando la lancha que lo pasaría a Panamá, lo capturó la Policía por el delito de legalización de capitales provenientes del narcotráfico. La noticia de su detención corrió como pólvora entre los miembros de la red. El viejo canoso, uno de los salvadoreños que estaba cerca de la frontera, tomó el teléfono para hacer una llamada a San José, la capital costarricense. Dijo que algo grave había pasado…

El Macho y sus amigos

Las piezas del narco en Centroamérica están tan bien ensambladas que el decomiso de un vehículo en el playón de un río cerca de Panamá puede preocupar tanto a un salvadoreño como a un nicaragüense. Eso le pasó a Kalter Coreas, “El Macho”, un policía que estaba a 547 kilómetros del lugar donde se decomisó un maletín repleto de billetes, pero que una factura a su nombre encontrada en la guantera del Toyota Corolla hacía sospechar que sus seis vehículos y un terreno que había comprado en Santa Cecilia, Alajuela, eran el resultado de sus andanzas en el mundo del crimen organizado.

El Macho, de origen nicaragüense, ingresó a la Policía costarricense en 1999 y para la fecha del decomiso del dinero vigilaba lugares fronterizos. La vigilancia en las carreteras y la seguridad de que no habrá ningún problema al cruzar una frontera es una de las metas que ambiciona todo grupo de narcotráfico. Así se explica que estas estructuras reparten buenas comisiones en oficinas estatales con el objetivo de tener el camino libre para los cargamentos de cocaína. El Macho no resistió esa tentación y fue reclutado por un empresario que tenía una finca, justo en la línea fronteriza costarricense con Nicaragua.

Ese empresario, dedicado al cultivo y transporte de naranjas, se llama Allan Álvarez Roca, “El Negro”. Es un hombre moreno, de bigote y cara redonda, quien durante un tiempo tuvo un trato directo con el colombiano Libardo Parra, que repartía buen dinero a quien le ayudara a llevar los cargamentos hasta la orilla del gran lago de Nicaragua, donde los recogía una panga. A más de un policía costarricense, la oferta le pareció irresistible: 2,000 dólares por brindar seguridad a los alijos de cocaína y por filtrar información de cualquier operativo antidrogas. Y así, empresarios y policías trabajaron durante meses: traficando droga y hasta asistiendo juntos a disfrutar las fiestas de toros en la zona.

La calma con la que traficaban y asistían a las fiestas sufrió una fisura el 15 de junio de 2008. Ese día, dentro del vehículo Toyota Corolla los investigadores encontraron la factura a nombre de El Macho y también un voucher de Claudio Rodríguez Roca, papá del empresario que coordinaba el trasiego de la cocaína. Con el paso de los meses, aparecieron documentos que confirmaban que se trataba de un grupo centroamericano que traficaba cocaína.

El 13 de octubre de 2008, la Dirección de Inteligencia de Costa Rica escribió en un informe sobre El Macho: “Es funcionario en comando norte de La Cruz (…) Fuentes confidenciales dicen que tiene propiedad en línea fronteriza costarricense, a unos 300 metros de Nicaragua. La mencionada propiedad hace límite y por medio existe un camino que conduce a vía principal que lleva a Cárdenas, costa sur del lago de Nicaragua”.

La Policía costarricense, entonces, pinchó los teléfonos de El Negro y El Macho. El escenario estaba listo para el decomiso de droga y capturas

La muerte de El Borracho

13 de agosto de 2009. Ha pasado poco más de un año desde el operativo en la ribera del río Sixaola. Joel Cantillano Bustos, un habitual tomador de licor, conduce un camión hacia el pueblo de Santa Elena, frontera entre Costa Rica y Nicaragua, y en una caleta lleva escondidos 78 paquetes de cocaína. La Policía lo captura y eso, para el grupo de narcos al que pertenece, es como alborotar un avispero. Una, dos, tres… 10 llamadas telefónicas entre ellos.

La Policía lleva más de medio año escuchando las llamadas y cree que ha logrado descifrar el lenguaje narco. Cree que “El Borracho” es Joel; cree que la frase “los niños ya están aquí” significa que la cocaína ya está en las bodegas; cree que “mover los postes y el alambre” es transportar los alijos; y también cree que cuando alguien dice “la facturilla ya está lista” significa que ya les pagaron por el transporte del polvo blanco hasta Nicaragua. Y esa creencia se sustenta en un hecho: el decomiso de los 78 paquetes.

Horas después de la detención de El Borracho, la Policía intercepta una llamada entre un lugarteniente de El Macho, el policía que no resistió a los sobornos, y El Negro, el empresario que coordina el trasiego de cocaína.

—Lo estuve llamando y nunca encontré al muchachón, güevón -dice El Negro.

—No, no, no estaba… andaba en el río.

—Mae, ¡no ve que se murió el viejo borracho!

—¡Y… juepúñica!

—Ayer fui a la vela y al entierro hoy.

—Imagínate, jupuñica, que fue el guaro, ¿sí?

—El guaro… se puso a beber el miércoles, ayer se murió.

—Viejo más malo.

—Ya le habían dicho que iba a morir jodido y no hizo caso.

—Pero, pero… ¿sí era cierto, entonces? -interviene el policía Cortés.

—Sí, era cierto.

—Bueno, pues, estamos hablando.

—¿Qué le digo al viejo borracho? -inquiere El Negro, antes de terminar la llamada.

—Diay, ¿qué le va a decir? Que Dios lo acompañe…

—Ja, ja, ja…

—Que le eche una botella de guaro porque se levanta allá en el otro lado…

Las llamadas con El Borracho comprometen al resto de la banda. Hay rastreo telefónico y documentos que relacionan a policías y empresarios. Esa relación era tan evidente que hasta la misma agencia antidrogas de los Estados Unidos pidió investigar el caso. En agosto de 2009, un informe del agente especial Joseph Maccaffey consigna los nombres de las personas que, sin ningún problema, trafican droga entre Santa Cruz de Guanacaste y Upala, en Alajuela. El nombre de El Negro y El Macho son una variable que se repite. Sus días están contados…

Después de la captura de El Borracho, siete personas más son arrestadas por tráfico de drogas y legitimación de capitales. El informe final del Departamento de Investigaciones Criminales de Costa Rica dice así: “Se logró determinar que la narco organización estaba conformada por salvadoreños, nicaragüenses y costarricenses, suministraban logística para transporte, almacenamiento y envíos de alijo de droga como remesas de dinero”.

Después de ser condenado a 12 años de prisión, El Macho escribió una confesión que fue anexada a un expediente en un tribunal de Guanacaste, al que ha solicitado la anulación de la condena. Con los nombres que se consignan en ese escrito, Centroamérica se perfila como un territorio pequeño donde los grandes grupos de trasiego de estupefacientes tienen que cruzar sus caminos más de una vez…

Aparece El Palidejo

Hubo un día en que los negocios entre El Negro y el colombiano Libardo Parra -un exguerrillero de la organización M-19- se deterioraron y el grupo criminal tuvo que buscar un nuevo aliado. Iniciaba el año 2009 cuando aquellos policías y aquellos empresarios de Santa Cecilia decidieron hacer negocios con “Tony”, un hombre que se jactaba de ser un peso pesado en el mundo del narcotráfico porque tenía grandes amistades con altos militares, policías y políticos en Nicaragua. Así lo escribió en su confesión el expolicía Kalter Cortés, el 1 de abril de 2012.

El verdadero nombre de Tony era Alejandro Jiménez, alias “El Palidejo”. En 2009, el nombre de Alejandro Jiménez era desconocido y la opinión pública supo de su existencia hasta después del 9 de julio de 2011, el día en que fue asesinado en la ciudad de Guatemala el trovador argentino Facundo Cabral.

VEA TAMBIÉN: Nicaragua: ¿Paraíso perdido?

Para 2009 El Palidejo se movía libremente por Centroamérica, porque aún no cargaba sobre sus espaldas la acusación de ser el autor intelectual del atentado en el que murió Cabral y que estaba dirigido contra uno de sus antiguos socios, quien quiso arrebatarle algunos negocios del tráfico de drogas: el empresario Henry Fariñas, quien era el anfitrión y patrocinador del concierto que Cabral recién había dado en Guatemala. El Palidejo usaba una falsa cédula nicaragüense y alquilaba una casa en Managua que tiene piscina y un amplio garaje donde hay varios carros con compartimentos ocultos para transportar cocaína; entre ellos un Toyota Hilux, de cabina sencilla.

El Palidejo le propuso a El Negro que se encargara de pasar los cargamentos por Liberia, en Costa Rica, y una vez dentro de territorio nicaragüense, él se encargaría de transportarla hasta Managua, donde la esconderían en unos furgones para luego llevarla hacia Honduras, saliendo por el municipio de Jalapa, al norte de Nicaragua. Ese pacto, empero, no cortó los vasos comunicantes con El Salvador. Al contrario, los hombres que trabajaban para El Negro siguieron laborando como los principales agentes de El Repollo en Costa Rica.

Tanto El Palidejo como El Repollo fueron clientes de los mismos corruptos. El testigo clave de la Fiscalía salvadoreña relata, por ejemplo, que El Macho, aquel policía que aceptaba sobornos por facilitar el paso de cargamentos desde Costa Rica hasta Nicaragua, usó un pick up Hyundai Porter, color azul, para mover un alijo. Esa operación fue un fracaso. Los 78 kilogramos de cocaína fueron decomisados y uno de los hombres de la organización, El Borracho, capturado.

El Macho ha confesado que su organización fue pieza de un mismo rompecabezas. Durante unos siete meses, hasta julio de 2009, el grupo de narcos que dirigía El Negro era la bisagra que abría la puerta para pasar la cocaína desde Costa Rica hasta Nicaragua. Ambos fueron clientes de los mismos corruptos, hasta que un día El Palidejo creyó que era el momento de buscar un nuevo aliado porque necesitaba pasar más toneladas de cocaína.

El Palidejo ya no se menciona más en la confesión judicial que rindió El Negro ante el Tribunal de Casación de Guanacaste, en Costa Rica. El Negro, por su parte, buscó un nuevo contacto para traficar cocaína y lo encontró en Alexander Leudo Nieves, un colombiano que terminó detenido en la cárcel de San Sebastián, en Costa Rica, en el año 2011. La confesión del expolicía termina con esta frase: “Si la verdad no es toda, lo demás yo no lo sé. Juzgue usted…”

El narco panameño que visitó San Salvador

Algunas veces, los operarios del narcotráfico en países como Costa Rica, Nicaragua u Honduras son un puente al que se le puede encontrar un atajo. En el negocio de las drogas no hay un monopolio, no hay una lealtad ciega, y los grupos de narcos locales son bisagras que no se usan en todos los negocios. Por ejemplo, en Costa Rica, uno de los socios más constantes de El Repollo era el grupo que dirigía El Negro, pero no era el único.

Según la información en manos de las autoridades salvadoreñas, El Repollo comenzó a traficar cocaína allá por 1998. Por medio de un operario, Jorge Salazar, compraba uno o dos kilogramos de cocaína en Nicaragua. A medida que su negocio iba creciendo, así crecía su lista de contactos. Después de Nicaragua conoció a sus socios costarricenses y, por último, hasta hizo tratos con un panameño gordo, de pelo negro ondulado que se llama Carlos Iván Gómez Figueroa y a quien sus conocidos llamaban “El Chombo”.

La organización de El Chombo era la que iba recibir los 362 mil dólares que la Policía decomisó en el playón del río Sixaola. Dice el testigo en su declaración que El Repollo se saltó a los intermediarios que dirigía El Negro y llegó a negociar directamente a Panamá. Producto de esos negocios, El Chombo visitó San Salvador.

El vuelo Lacsa 622 llegó al Aeropuerto Internacional El Salvador, en Comalapa, procedente de Costa Rica, el 30 de diciembre de 2010. Uno de los pasajeros que se bajó de ese avión era El Chombo. Cuando un oficial de la migración salvadoreña le preguntó el motivo de su viaje, él dijo que venía por turismo, pero en realidad venía por negocios. A ajustar detalles de un negocio ilegal que se llama tráfico de cocaína.

El Salvador no era un lugar extraño para El Chombo. Un año antes, en 2009, la Dirección General de Migración reportaba que este panameño había ingresado al país tres veces por turismo. El Chombo se hospedó en el Hotel Alameda, sobre la Alameda Roosevelt, en San Salvador, y esperó la llegada del siguiente día para reclamar que un narco salvadoreño no le había pagado el transporte de 745 paquetes de cocaína. El reclamo estaba dirigido contra El Repollo, quien lejos de mostrar su autoridad como un capo centroamericano, tal como lo describió la Policía al momento de su captura, aceptó la deuda y se sometió a negociar el pago de la misma, cuenta el testigo clave de la Fiscalía.

La visita de El Chombo a El Salvador demuestra que los grupos de narcotráfico se mueven en órbitas distintas y que ocasionalmente pueden tener puntos de encuentros. Hay momentos en que El Repollo mueve dinero hacia Costa Rica para que el grupo de El Negro le envíe mercadería, pero también hay otros momentos en que El Repollo prefiere mover a sus empleados hasta Panamá y negociar directamente con El Chombo, como lo hizo en febrero de 2010, cuando trasegó por el Paso Canoas 275 kilogramos de cocaína.

De esas transacciones se puede decir que no hay un monopolio de la cocaína en Centroamérica. Cada grupo, en cada país, cuida su patio. El Chombo, por ejemplo, en una oportunidad se vio en la necesidad de contratar el servicio de transporte de droga que ofrecía el policía Kalter Coreas: contrató su pick up para llevar unos paquetes de cocaína hasta una playa costarricense. No necesitaban amenazas ni pistolas para pasar su mercadería, lo único indispensable era el dinero y la venia del líder de cada grupo. Así lo apunta la Policía costarricense en un informe: “Es indiscutible la división existente entre los colaboradores que conforman cada grupo, los cuales se vinculan únicamente por los cabecillas de estos”.

Después de cobrar su dinero por el transporte de 745 paquetes de cocaína, El Chombo pasó la fiesta de fin de año en compañía de El Repollo y, al siguiente día se fueron a la playa. El panameño abandonó el país la noche del 7 de enero de 2011 y llegó a seguir trabajando y disfrutando sus últimos 11 meses de libertad.

El 18 de noviembre de 2011, El Chombo y dos personas fueron arrestadas en la ciudad de La Chorrera, en Panamá. La policía los capturó in fraganti: estaban escondiendo 27 paquetes de cocaína en un tanque de gasolina de un pick up Toyota Hilux, color blanco. Uno de los detenidos dijo en su defensa que iba para Puerto Caimito y que encontró los sacos con cocaína tirados en la carretera. No le creyeron. El Chombo fue remitido a un juzgado, no sin antes decomisarle un chip de Digicel El Salvador… los ecosistemas del narco necesitan estar comunicados.

*Este artículo apareció originalmente en El Faro. Fue publicado con persmiso. Lea el original aquí.

SHARETweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedIn