Las Colaboradoras – El Salvador: La novia del testigo sale libre

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La Fiscalía de El Salvador multiplicó por 15 el uso de la figura del testigo protegido en los últimos 11 años. El caso de una joven acusada por su novio de colaborar con la pandilla Barrio 18 Sureños, y absuelta después por la justicia, ilustra el uso desmedido de testimonios cuestionables como única prueba contra estas organizaciones criminales.

El asesinato

El asesino dijo que el muerto, antes de muerto, estaba muy borracho.

El día de Navidad de 2014, una mujer de setenta años fue a la policía de su municipio a denunciar la desaparición de su hijo, de cuarenta. Alto, trigueño y de ojos café, llevaba camisa y pantalón azules y una mochila negra. Vecinos le dijeron que había sido amenazado por un pandillero del Barrio 18. No era la primera vez que le sucedía. Su otro hijo había sido asesinado en 2012. La madre temía otro asesinato.

*Este reportaje forma parte de la serie Las colaboradoras, un proyecto periodístico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroamérica realizado por El Intercambio, financiado por Internews y publicado en alianza con InSight Crime.

Dos años después de la desaparición, la pareja de aquel hombre alto y trigueño supo por la televisión que la policía había encontrado unas osamentas al fondo de un barranco de la colonia. Junto a los huesos, había una mochila negra, la que el hombre llevaba el día de Navidad. El muerto de la tele era su muerto.

Cuando la fiscalía entrevistó a la viuda del hombre, ella señaló a la posible culpable: la pandilla Barrio 18 Sureños, una escisión salvadoreña del Barrio 18, una de las pandillas más grandes de Centroamérica.

Años atrás, el gobierno aisló a los líderes de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS13) en las cárceles para dificultar su organización. La ruptura dentro de la 18 fue irreversible. A partir de 2006, nacieron dos facciones enemigas: Sureños, que seguían las normas de su pandilla en California, bajo órdenes de veteranos deportados presos; y Revolucionarios, que buscaban tener una personalidad más local, sin órdenes foráneas, cuyos líderes estaban fuera de las cárceles de El Salvador.

Para 2016, el dueño de la mochila negra llevaba dos años enterrado al fondo del barranco víctima de esa guerra intestina entre pandillas. La fiscalía ya lo sabía, se lo había dicho El testigo. Ese testigo era miembro de la pandilla, fue uno de los tres asesinos y en ese mismo caso, donde admitió el asesinato, también acusó a 76 personas del Barrio 18 Sureños de participar en veinte homicidios similares.

Este tipo de testigo, el que delata, en El Salvador se llama criteriado. En los últimos 11 años, 663 personas en ese país obtuvieron una reducción de la pena y una residencia temporal a cambio de dar información, según el tipo de negociación mantenida con la Fiscalía General de El Salvador. Su utilización es recurrente en los casos de pandillas: el testimonio de una sola persona es suficiente para que la fiscalía acuse a decenas de personas. El uso del testigo protegido se multiplicó por 15 en los últimos once años. Sin mucho éxito. El 54 por ciento de los informantes se ha retirado del programa.

“El declarante recibió una llamada de Z donde le decía que en el pasaje el hermano de B andaba bien bolo [borracho], por lo que [el declarante] salió de donde estaba con ‘Hebe’, diciéndole que moviera [llevara] al hermano de B y que, cuando lo tuviera en una casa, le avisara. A los quince minutos le habló que ya lo tenía, estaba bien bolo, tanto así que no se levantaba, siendo que Hebe se retira del lugar”. Dice el informe de la fiscalía sobre la declaración del testigo.

“Hebe” no es su nombre, pero por su seguridad, éste será su alias y su nombre, el de la diosa griega de la juventud y la belleza eterna. Según El testigo, después de que Hebe se marchara, a la casa llegaron otros dos pandilleros. Entre los tres ahorcaron al hijo de la anciana, con las manos y con un cincho [cinturón] hasta matarlo. Esperaron a que se hiciera de noche para sacarlo de la casa y lo lanzaron por el barranco que queda al final del pasaje [callejón] donde estaban. Bajaron al fondo, cavaron un hoyo y lo enterraron.

El 16 de agosto de 2018, Hebe se puso de pie frente al juez con sus pantalones celeste, sus tenis, su camisa negra de manga larga y sus 19 años. Acusada de agrupaciones ilícitas, significa que se juntó con, al menos, dos personas para delinquir de manera temporal o permanente. Se juega ir a juicio y ser condenada a un mínimo de tres años de cárcel. Los oscuros ojos con rimel de Hebe miran al testigo protegido, cubierto de pies a cabeza con una tela oscura, como el verdugo que le corta la cabeza.

—¿Sabes quién te habla?
—No, no sé quién sos.
—Fuimos pareja, ¿sí o no?
—No.

No lo dirá en la audiencia, pero Hebe dice antes y después que El testigo, el criteriado, era su novio. El supuesto novio la incriminó y la acusó de participar en el homicidio del hijo de aquella anciana y la fiscalía además la acusó de agrupaciones ilícitas. Por eso pasó mes y medio en los retenes de la policía, tres meses en prisión preventiva y ocho meses más con obligación de ir a firmar al juzgado cada quince días hasta que salió absuelta.

Una mujer y su hija pasan delante de un cartel en julio de 2018, en Sonsonate, en contra de las detenciones ilegales. El caso de Ivy Gutierrez fue el de una joven acusada en falso de extorsión por la policía en 2016 y absuelta por el juez en 2018

El enamoramiento

—Muchacha, ¿no ha visto a los policías ahí arriba?

La muchacha, que caminaba por su colonia, se volteó, lo miró, lo reconoció. Él a ella, no.

En un café de la zona de hoteles de San Salvador, en julio de 2018, la muchacha recuerda con sonrisa pícara ese cruce de miradas de enero de 2016. Hebe dice que El testigo y ella se conocieron de niños, pero que llevaban años sin verse. A los meses de esas miradas, hubo una solicitud de amistad en Facebook aceptada. Pero ella, que se esforzaba por ser buena, no quería nada con un pandillero. Dice ella.

“Hebe, te amo”. La noche del 12 de octubre de 2016, delante de la casa de ella, él le preguntó si quería andar con él. “Sí, voy a andar con vos”, recuerda Hebe con inocente ironía.

El mismo año en que entró en funcionamiento el programa de protección de testigos, las pandillas salvadoreñas prohibieron que las mujeres fueran miembros de ellas. Hasta ese año, 2006, había mujeres con poder de mando en las reuniones de toma de decisión y coordinación en ambas pandillas. Pero fueron expulsadas por falta de confianza. La sospecha vino porque algunas eran informantes de la policía y de la fiscalía.

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Las mujeres se convirtieron en testigos criteriados. Ante la falta de lealtad, hubo castigos: algunas violadas, algunas asesinadas. Sin embargo, la lógica pandillera contrasta con la realidad: 65 por ciento de los testigos del programa de protección hasta diciembre de 2017 han sido hombres. Desde que El Salvador instauró el uso de testigos criteriados en 2006, ningún año las mujeres han sido más de 35 por ciento de los testigos, sin embargo son las que perdieron la confianza de arriba.

Ellas pasaron a ocupar un nuevo rol, puramente logístico, en el nivel más bajo de la pandilla, como colaboradoras. No tienen acceso a reuniones o coordinaciones ni dan órdenes. Cobran y llevan dinero, guardan y mueven armas. Prestan cuentas, ejercen de testaferros para recibir y enviar remesas internacionales. Roban. Matan. Igual que los hombres colaboradores. Pero están lejos de los líderes.

Unos días antes de la audiencia, apretujada en una mesa de un restaurante de comida rápida al que accede ir junto a su mamá, Hebe se muestra callada. Habla más la mamá. Habla más, aunque ella sonríe seguido cuando la mamá evangélica platica sobre El testigo. “Era el asesino de la colonia”, dice la mamá sin miramientos. Y Hebe se ruboriza silenciosa.

—¿Por qué te fijaste en un pandillero?
—Ni yo sé, quizá a las niñas fresas les gustan los malos. Yo decía: Uy, no, yo no voy a andar con uno de esos jamás, ¿va? Pero los jamases llegan.

Dijo cuatro días después, riéndose, cuando su mamá no la está escuchando.

La detención

A las 2:35 de la madrugada de un día de finales de julio de 2017,  cuatro policías llamaron a la puerta de Hebe. Abrió el padre. Llegaron para detener a su hija, acusada de homicidio y agrupaciones ilícitas. El papá es un hombre al que no vamos a conocer. Muy presente en la plática de Hebe, pero ausente en el tiempo que ella pasó en prisión y en sus visitas al juzgado porque tiene que trabajar.

Cuatro años antes, cuando tenía catorce, Hebe y su hermano mayor, —acusado por El testigo de otro asesinato y agrupaciones ilícitas, pero absuelto—, tuvieron que abandonar la escuela pública donde estudiaban, porque estaba en la parte alta de su colonia, territorio de la Mara Salvatrucha (MS13) y ellos vivían en zona del Barrio 18. Como consecuencia, su padre se llevó un año y medio a la familia a vivir a otro lugar. Aunque después regresaron, Hebe tuvo que cambiar de colegio.

En los municipios más pobres y violentos del departamento de San Salvador la imagen represora que tiene la ciudadanía de la policía se revela en las paredes.

En El Salvador es complicado entrar en centenares de barrios. Hebe cambia tres veces el punto donde la vamos a recoger para la entrevista, cerca de su colonia. La localidad donde vive fue parte del grupo de 18 municipios que, en 2013, cuando el gobierno pactó una tregua de fin a la sangre con las pandillas, fue declarado libre de violencia. Un eufemismo para decir que las pandillas no se iban a agredir ni entre sí ni a nadie en ese territorio.

Seis meses duró la espectacular bajada de homicidios,  —que redujo a menos de la mitad la cantidad de asesinatos en el país que está entre los tres países más violentos del mundo—. Hasta que un gobierno acorralado por haber ocultado su papel principal en la negociación y un creciente número asesinados de las dos pandillas debilitaron la tregua. El gobierno siguiente enterró la tregua. Desde entonces, es el país más homicida del mundo.

Un 28 de diciembre de 2016, dos meses después de empezar a salir con El testigo, Hebe terminó mudándose a casa de su novio. El testigo compraba la comida y, ella aprendió a cocinar para dos.  “No era la chacha [empleada doméstica] de nadie, sólo de él y mía”, dice Hebe.

Dice que no hizo favores para el Barrio 18 Sureños, pero El testigo le daba unos US$30 diarios para comprarse lo que ella quisiera. El dinero lo guardaba su mamá. Al mes eran US$750, más del doble del salario mínimo de El Salvador. Su hermano mayor llegaba a visitar y a fumar marihuana con El testigo. A cambio, posteaba —avisar si llega la policía—.

La novia aceptó dinero de la pandilla para vivir, la madre guardó el dinero de su hija que provenía de la pandilla, el hermano hizo favores a la pandilla, el padre toleró la relación de su hija con un miembro de la pandilla. En una sociedad violenta, la pandilla es una cosa y la gente es otra. En esta familia, todos se sienten ajenos al Barrio 18 Sureños, pero la relación existe porque los límites no están definidos.

El tatuaje

El testigo tenía una memoria privilegiada, aparentemente. En su declaración, recordaba en qué año conoció a cada uno de los pandilleros y colaboradores, como Hebe. Describió altura, peso, marcas, tatuajes y razón por la que los conocía.

En 2017, diez años después de convertirse en 18 sureño, El testigo vendió a toda su clica y a presuntos colaboradores. Pero a lo largo de tres gruesos folders, El testigo nunca dijo que Hebe fue su novia. Es ella quien dice hoy que “anduvo acompañada” por él.

La Fiscalía salvadoreña lleva más de una década apoyándose en este tipo de informantes. El problema es que en muchos casos, el testigo interesado en obtener reducción de condena y beneficios especiales es la única fuente de información. La institución no contrasta los datos que obtiene y muchos casos se caen antes de llegar a juicio por falta de pruebas. Como ocurrió con Hebe, absuelta por un juez.

—¿Qué crees que buscabas en el malo?

—Como la rebeldía que quería, porque iba enojada con mi papá. Quizá después de acompañarme [por mi novio] fue no sé… Siento en mí que me podía defender sola, me metí en problemas en la colonia y jamás le dije nada, dice Hebe.

Después de estar con el pandillero, para quien asegura que nunca hizo ningún trabajo, Habe ahora sale con un joven de su iglesia. Lo conoció hace un año y dice que es “un buen chico”

Hebe habla dulcemente de las tres veces que se metió en problemas por él. Fue por celos, porque él estaba con ella. Y con otras tres. Pícara, dice que dos veces dejó a su novio. Días antes de la definitiva, poco antes de ser detenida, El testigo le dijo a Hebe: “Te tengo una pregunta, ¿no me tenés miedo?”. Por qué le iba a tener miedo, se pregunta en voz alta mientras manosea su celular.

Esta historia de muerte y amores muestra vidas paralelas, pero no convergentes. Al cruzar el expediente del caso y el relato de Hebe, El testigo es y no es novio. Sólo existe un detalle en el que están de acuerdo: el por qué del asesinato en el que la involucró. “Lo mataron porque andaba bolo y empezó a gritarle a todos los bichos [jóvenes] de ahí”, dice Hebe que le contaron en la colonia.

El 16 de agosto de 2018, Hebe se levantó a las cinco de la mañana sin saber que va a enfrentarse al hombre vestido de verdugo, El testigo. El abogado le insistió en que pregunte al testigo. No quiere, está indecisa, pero pensándolo bien, ella sabe cómo probar, con una sola pregunta, que El testigo miente:

—¿Tenés un 18 en el pecho?
—Volveme a repetir la pregunta.
—¿Tenés un 18 en el pecho?
—Sí.
—Gracias, eso es todo.

El día en el que todos los acusados salieron libres, es el mismo en el que Hebe se convirtió públicamente en la novia negada del pandillero que vendió a los suyos.

Para leer la investigación completa, haga clic en este enlace: http://elintercamb.io/elsalvador-pandillas-colaboradoras/

*Este reportaje forma parte de la serie Las colaboradoras, un proyecto periodístico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroamérica realizado por El Intercambio, financiado por Internews y publicado en alianza con InSight Crime.

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