Estudio examina las confluencias entre tráfico de drogas y tráfico de personas en México

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Un reciente estudio realizado por un par de especialistas en temas de frontera señala que existe un amplio grado de confluencia entre los coyotes y los narcotraficantes en la frontera entre México y Estados Unidos, en tanto las políticas del gobierno han contribuido  a difuminar las líneas entre las dos actividades ilícitas.

El artículo “Sobre narco-coyotaje: regímenes ilícitos y sus impactos en la frontera entre México y Estados Unidos“, escrito en 2016 por Howard Campbell y Jeremy Slack, demuestra la dinámica entre los traficantes de personas, o coyotes, y otros traficantes a lo largo de la frontera mexicana.

Con base principalmente en entrevistas con migrantes en Tamaulipas, Sonora y Baja California, el principal hallazgo de los autores es que, si bien  anteriormente los coyotes y los narcotraficantes operaban en esferas separadas, en la actualidad colaboran mutuamente. Según Campbell y Slack, profesores de la Universidad de Texas-El Paso, este fenómeno coincide esencialmente con el crecimiento de “una jerarquía criminal que prioriza la actividad clandestina más poderosa y rentable […] el tráfico de drogas”.

Pero si bien los narcotraficantes han ejercido mayor autoridad sobre los coyotes en los últimos años, las circunstancias de esta jerarquía varían mucho de una parte del país a otra. En Tamaulipas, por ejemplo, los coyotes trabajaban esencialmente a órdenes de los grupos locales dominantes —bien sea Los Zetas o el Cartel del Golfo, dependiendo de la ciudad—. En la práctica, esto significa que los coyotes deben pagar por su protección y actuar según un detallado conjunto de reglas establecidas por los narcotraficantes sobre cómo aquellos deben operar. Los migrantes a menudo son obligados a proporcionar servicios de monitoreo de los cargamentos de drogas. Los migrantes y coyotes que desacaten las órdenes son castigados, y a menudo golpeados y secuestrados.

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En otras partes del país, como en el desierto de Sonora, los grupos de narcotraficantes dominantes a nivel local (usualmente afiliados al Cartel de Sinaloa) ejercen un control mucho menos inmediato. Los autores describen a las bandas locales como protectoras de las redes de tráfico de personas de los asaltantes expertos en atacar migrantes cargados de dinero en efectivo, en ocasiones utilizando grupos de migrantes para pasar alijos de drogas a través de la frontera e impidiéndoles pasar por ciertos lugares donde llamarían  la atención de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Recientemente, una banda de la región instaló un puesto de control en la carretera que va de Altar, Sonora, a la frontera, donde les cobraban a los migrantes que querían atravesar dicha frontera.

Análisis de InSight Crime

Slack y Campbell describen el alto grado de fluidez que existe en las interacciones entre los coyotes y los narcotraficantes. La mayoría de los coyotes tienen un claro incentivo para tener alguna relación con los narcotraficantes, aparte de la necesidad de pagar sus cuotas de protección. Los coyotes tienen un profundo conocimiento del terreno y de las autoridades de Estados Unidos al otro lado de la frontera, por lo que poseen aptitudes que son codiciadas por las bandas que intentan llevar drogas a las ciudades estadounidenses. Muchos especialistas en pasar cargamentos de droga a través de la frontera aprendieron originalmente su oficio trabajando como coyotes.

Por lo general, sin embargo, no actúan como miembros de una banda determinada. Al contrario, son negociantes independientes que trabajan con los traficantes ocasionalmente.

Como se señaló anteriormente, los autores describen cómo esta interacción entre las dos esferas criminales ha ido evolucionando a lo largo de la historia mexicana reciente. Uno de los principales factores que ha conducido a esto fue la creciente dificultad para ocultar a los seres humanos en la frontera, producto de la intensificación de las operaciones de seguridad en la frontera de Estados Unidos en la década de los noventa. El trabajo se hizo cada vez más difícil y requirió una mayor profesionalización de los traficantes de personas, quienes empezaron a cobrar más y a armarse. Los mayores márgenes de ganancia y la necesidad de más potencia de fuego, a su vez, atrajeron a actores más poderosos.

Si bien la oportunidad de obtener mayores ingresos atrajo a los grupos narcotraficantes, otros dos factores que se presentaron en México los impulsaron en la misma dirección. En primer lugar, la arremetida  contra el tráfico de cocaína y otras drogas los llevó a diversificar sus fuentes de ingresos. El tráfico de seres humanos se convirtió evidentemente en una nueva fuente de ingresos, aunque no era la única. Como InSight Crime lo ha documentado, grupos como Los Zetas han participado en la extorsión, el robo de petróleo, el secuestro extorsivo y muchas otras actividades ilícitas, cuando en años pasados se enfocaban casi que exclusivamente en el tráfico.

En segundo lugar, el caos generado por las guerras contra las drogas iniciadas durante la administración del presidente Felipe Calderón generó vacíos de gobierno en ciertas partes del país, como Tamaulipas. En estas áreas, las estructuras  criminales esencialmente usurparon ciertas funciones del Estado. La creciente autoridad de los grupos criminales hegemónicos les dio influencia sobre una amplia gama de actividades legales e ilegales, como el tráfico de seres humanos.

Algunos analistas refutan la idea de que hay grandes confluencias entre el tráfico de personas y el tráfico de drogas. Guadalupe Correa Cabrera, profesora de la Universidad de Texas-Valle del Río Grande y miembro del Wilson Center, ha publicado recientes investigaciones en las que les resta importancia a las interacciones entre ambos mundos criminales. En una entrevista con InSight Crime, Correa Cabrera reiteró que la colaboración entre narcotraficantes y coyotes presentó un pico entre 2010 y 2013, pero que desde entonces ha disminuido, dado que los esfuerzos del gobierno por desmantelar los grupos de tráfico de personas han hecho que estos se vuelvan menos poderosos. Dijo además que dicha colaboración nunca fue particularmente fuerte en el caso de los migrantes que viajan por una de las rutas del occidente.

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Con lo que Correa Cabrera sí está de acuerdo es con que la militarización de la frontera ha tenido un profundo impacto en los patrones de tráfico. “Los coyotes están cada vez más organizados”, dijo. “Antes, los traficantes hacían su trabajo de manera individual. Era más bien como un negocio familiar. [La militarización] los ha llevado a oligopolizarse”.

Los comentarios de Correa Cabrera y el artículo de Slack y Campbell apuntan a una ironía fundamental que aporta lecciones para el futuro: las tentativas de Estados Unidos y México de acabar con los coyotes hicieron esencialmente que el tráfico de personas se convirtiera en una industria más peligrosa y llevó a los coyotes a establecer cierto grado de lealtad con un grupo de criminales más peligroso. Esto demuestra una vez más que endurecer las políticas de seguridad puede generar un efecto contrario al deseado. 

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