¿Las FARC ya no son un poder criminal?

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El contraste entre la X Conferencia de las FARC y el último proceso de paz en este mismo lugar hace 16 años no podría ser mayor. Las FARC han cambiado y no pueden volver a la guerra que una vez libraron, financiada por miles de millones de dólares provenientes del tráfico de drogas.

En el año 2000, en la inauguración del Movimiento Bolivariano de las FARC, vi miles de guerrilleros de las FARC armados hasta los dientes con sus distintivos uniformes verdes, llenos de fervor revolucionario, marchando en filas y dispuestos a derrocar al gobierno colombiano y a imponer un régimen marxista. Aunque hablaban de paz con el entonces presidente Andrés Pastrana, los grandes hombres de las FARC —su fundador Pedro Marín, más conocido por su alias “Manuel Marulanda”, el comandante guerrillero Víctor Julio Suárez Rojas, alias “Mono Jojoy”, y el ideólogo Guillermo León Sáenz, o “Alfonso Cano”— se movían por las llanuras y los blancos de los bosques de la región, muy seguros de un futuro prometedor. El ejército guerrillero tenía entonces unos 16.000 combatientes y casi el mismo número de milicianos.

Sin embargo, Marulanda murió de un ataque cardiaco en 2008, el Mono Jojoy fue abatido en un bombardeo aéreo en 2010, y Cano murió en combate en 2011. Una nueva generación de líderes, más urbanos y políticos, asumieron el control, encabezados por Rodrigo Londoño Echeverri, alias “Timochenko”, junto con Luciano Marín Arango, alias “Iván Márquez”, quienes comenzaron las negociaciones. Las FARC cuentan actualmente con unos 7.000 combatientes, y el gobierno ha hablado de unos 14.000 rebeldes desmovilizados, incluyendo miembros de las milicias.

Para la inauguración de la X Conferencia, a pocos kilómetros de San Vicente del Caguán, donde se llevó a cabo el triunfante lanzamiento del Movimiento Bolivariano hace 16 años, había apenas unos 200 guerrilleros. No había ni un arma a la vista. Ninguno de los guerrilleros tenía uniforme completo, y en su lugar llevaban más bien una mezcla de ropa verde y vestimenta de civiles. Se trataba de las FARC como un movimiento político, en lugar de una organización militar.


Muchos de los comandantes de niveles medios y bajos de las FARC tienen poco que ganar, y sí mucho que perder.


La diferencia entre el ambiente de hoy y el del año 2000 es bastante marcada. Durante las negociaciones anteriores (1999-2002), el orden era estricto y a los periodistas se les dijo lo que podían hacer y lo que no, y ellos obedecieron, esperando horas para tener la oportunidad de hablar con algún comandante guerrillero, todos bajo la atenta mirada de los veteranos armados de las FARC. Esta vez los organizadores de las FARC intentaron ubicar a los medios de comunicación en un área delimitada con bandas, pero no lograron hacerlo. Era como tratar de arrear gatos. Los medios desobedecieron a los dirigentes de las FARC, o simplemente los ignoraron, pues los reporteros caminaban por entre las filas de la guerrilla y se agrupaban alrededor del escenario para tomar fotos.

El respeto que alguna vez inspiró el órgano de gobierno de las FARC, el Secretariado conformado por siete hombres, también ha disminuido bastante. En la ceremonia inaugural de la X Conferencia, 28 hombres y una sola mujer salieron al escenario, vistiendo camisetas blancas de la X Conferencia. Fueron presentados como los miembros del Estado Mayor Central (EMC), el corazón de las FARC, de donde son elegidos los miembros del Secretariado. Fuentes de las FARC dijeron que el EMC cuenta en la actualidad con 31 miembros, aunque parece que en el escenario faltaban algunas figuras claves.

El comandante en jefe de las FARC, “Timochenko”, parecía un alegre menonita, con su barba cuidadosamente esculpida y siempre sonriente. En su discurso de inauguración de la X Conferencia, no mostró los signos de amenaza de la anterior generación de líderes de las FARC. En realidad proyectaba la imagen de un pacificador.

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Las conferencias de las FARC son la máxima expresión de la planificación y la toma de decisiones de las FARC. Lo que se decide en una conferencia se convierte en doctrina de las FARC. Una de las conferencias más famosas fue la 7ª, que también se llevó a cabo no lejos de aquí, en los Llanos Orientales de Colombia, en 1982, cuando los guerrilleros establecieron su plan estratégico para multiplicar sus frentes y su maquinaria militar. Fue entonces cuando le añadieron a su nombre el sufijo “EP”, Ejército del Pueblo.

Uno de los principales objetivos de esta X Conferencia consiste en que los guerrilleros voten por el acuerdo de paz negociado en La Habana. Si se aprueba, como seguro se hará, “todos los guerrilleros estarán obligados a obedecer”, dijo Timochenko.

La ausencia de armas y elementos militares está en perfecta consonancia con el acuerdo de paz y con la presentación de las FARC como una organización política más que como una fuerza militar. Es la forma correcta para enviarle al pueblo colombiano el mensaje de que los días de violencia y asesinatos han terminado.

Discurso inaugural del líder de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverri, alias “Timochenko”.

El mismo mensaje será recibido por los actores criminales que ahora tienen sus ojos puestos en las economías criminales de más de mil millones de dólares que se encuentran en las zonas actualmente bajo control de las FARC. Ellos también recibirán con alegría este mensaje, aunque por razones diferentes. Si los periodistas ya les tienen poco miedo a las FARC, ahora sin armas y sin disciplina militar, el crimen organizado les temerá aún menos. Es probable que las FARC desarmadas sean presa de otros grupos criminales que están buscando apoderarse de las economías criminales que los guerrilleros han dominado durante décadas, la más importante de las cuales es el comercio de la base de coca, la viscosa goma que luego se cristaliza en cocaína en laboratorios ocultos. Por mucho tiempo, las FARC han mantenido un cuasi monopolio de la producción de base coca en el país, controlando cerca del 70 por ciento del suministro de cocaína colombiana.

Yo hablé con uno de los miembros del Primer Frente, una gran parte de los cuales se ha negado a reconocer los acuerdos de paz y permanece en el campo de batalla. Narró cómo él y un puñado de compañeros tuvieron que huir del campamento del Primer Frente en el Guaviare y caminar por cuatro días para encontrar otra unidad fiel a las FARC. Este es el primer elemento abiertamente disidente de las FARC, pero es poco probable que sea el último.

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Las FARC esperan mantener unidos a sus combatientes y utilizarlos para conformar una organización política. Sin embargo, con el acuerdo de paz, muchos de los comandantes de niveles medios y bajos de las FARC tienen poco que ganar, y sí mucho que perder. La mayoría tienen poca educación y provienen de comunidades pobres y remotas donde predominan las economías ilegales: la coca, el oro y la extorsión. Están acostumbrados a manejar mucho dinero y a relacionarse con las jóvenes de la región. Muchos han admitido que sin armas se sienten desnudos. Es posible que no estén dispuestos a abandonar las economías criminales de las que han obtenido su sustento hasta la fecha, y mucho menos dejarlas para que otros actores ilegales se las apropien.

Actualmente hay cientos de millones de dólares en juego. Y quienes tengan armas serán quienes se apropien de ellos. El ejército colombiano tiene armas y décadas de experiencia en la lucha contra las FARC, pero no podrá llenar el vacío que deje la guerrilla. La tarea de luchar contra los sucesores criminales de las FARC debería ser asumida por la Policía Nacional, pero la seguridad rural está en manos del ejército, que está buscando tener un papel en el posconflicto.

El negocio de la cocaína está a punto de perder un actor clave y con bastante disciplina. Es probable que quienes remplacen a los guerrilleros sean mucho menos disciplinados y quizá más peligrosos para las comunidades que han vivido bajo el dominio de las FARC durante tantos años. Todo está cambiando en el paisaje criminal colombiano.

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