Fragmentación de las bandas criminales: México sigue el camino de Colombia

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La situación de seguridad de México se parece cada vez más a la de Colombia hace algunos años, lo cual indica que sería posible predecir el futuro de los grupos criminales de México con base en la situación actual del hampa colombiana.

Un reciente informe de El Universal señala que las organizaciones criminales más grandes de México se han fragmentado en los últimos años, debido a la captura o muerte de sus grandes líderes, así como a rivalidades internas.

El informe, basado en datos de la Procuraduría General de la República (PGR) de México, indica que actualmente hay nueve carteles activos en el país, además de 45 células criminales que trabajan para estas organizaciones mayores, llevando a cabo actividades que van desde el robo de gasolina hasta la extorsión o el secuestro. Estas cifras las había proporcionado la PGR el año pasado al diario mexicano Excelsior.

El informe de El Universal describe cómo varios de los principales grupos criminales de México, como el Cartel de Tijuana, la Organización Beltrán Leyva (OBL) y el Cartel del Golfo, se han ido transformando debido a esta fragmentación y ahora funcionan como redes de células con pocos vínculos entre sí más que como organizaciones cohesionadas.

El gráfico de El Universal a continuación muestra los líderes de los nueve carteles reconocidos por la Procuraduría y las áreas donde dichos carteles operan.

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Análisis de InSight Crime

Dada la escisión de los que anteriormente fueron carteles hegemónicos y el surgimiento de grupos más pequeños que se ofrecen para diversos trabajos criminales, en el año 2015 México no es muy diferente a la Colombia del periodo entre 2008 y 2011.

Durante ese tiempo, Colombia presenció el surgimiento de múltiples grupos criminales que se conformaron después de la desmovilización de las fuerzas paramilitares de extrema derecha. El gobierno denominó a estos grupos Bacrim, acrónimo de “bandas criminales”. En 2009, las fuerzas de seguridad colombianas contabilizaron nueve Bacrim en el país. En ese momento aparecieron otros datos que presentaban cifras mayores; por ejemplo, en un informe de 2011, el grupo de estudios colombiano Indepaz contabilizó cinco Bacrim principales y ocho grupos de menor tamaño.

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Actualmente la policía de Colombia sólo reconoce tres Bacrim, mientras que la Defensoría dice que hay siete. A primera vista, esto puede parecer un augurio prometedor para México: si se concentran los esfuerzos en acabar con los fragmentos de las organizaciones narcotraficantes, pronto el país enfrentará un número más manejable de grupos criminales.

Sin embargo, la realidad es más compleja. En Colombia, aunque las Bacrim que alguna vez fueron prominentes, como Los Paisas, Los Rastrojos o el ERPAC (Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo de Colombia), han perdido fuerza significativa o bien desaparecieron completamente, también ha habido un cambio en la manera como operan los grupos criminales en el país. Muchas de las Bacrim han sido absorbidas por sus rivales más poderosos.

Analicemos, por ejemplo, la organización criminal más poderosa de Colombia: Los Urabeños. Se trata de una red criminal compuesta por varios grupos menores, o nodos, dedicados a una amplia gama de actividades criminales; y aunque pueden llamarse “Urabeños”, tienen poca conexión con el comando central del grupo.

Quienes conforman dicho comando central tienen la mayor experiencia militar y las mejores conexiones en cuanto a narcotráfico transnacional, pero lo que no tienen es control directo sobre esos grupos menores —contratistas que arriendan la “franquicia” de Los Urabeños—.

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Lo que este modelo de “franquicia” significa para Colombia es que el gobierno realmente no puede medir sus logros en la lucha contra las organizaciones narcotraficantes por el solo hecho de contar cuántos grupos grandes permanecen. La estructura de las Bacrim, y su funcionamiento, requiere un análisis más detallado.

México puede seguir un camino similar. En la actualidad, los grupos disidentes de las organizaciones mexicanas aún mantienen mutuas luchas feroces por el territorio. En los próximos años, en el país se podría presentar algo así como la “pax mafiosa” que actualmente existe en Colombia. Ello suponiendo que todavía hay bastantes grupos criminales “disidentes” en Colombia — con la diferencia de que muchos de ellos se están acogiendo al modelo de franquicia de Los Urabeños y no luchan violentamente por el control territorial.

Hay quienes podrían decir que el surgimiento de un grupo disidente como el Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) indica que México enfrenta un conjunto de retos diferentes. Después de todo, el CJNG fue una facción del ahora extinto Cartel del Milenio. Ahora está desafiando descaradamente al Estado y tratando de generar ciertos temores como el grupo más peligroso en el país actualmente. En última instancia, sin embargo, estos temores son injustificados: el uso de la violencia bruta por parte del CJNG probablemente atraerá el mismo tipo de atención que ha demostrado ser la perdición de Los Zetas.

En definitiva, mientras que algunos de los grupos disidentes en México pueden resurgir como el CJNG y arremeter fuertemente contra el Estado, tienen poco futuro si continúan con esta estrategia. Adoptar un modelo de franquicia, como el que se presenta en Colombia, puede resultarles mucho más sostenible.

México ya ha pasado por el mismo tipo de fragmentación criminal que se presentó en Colombia. Aún queda por ver si los múltiples grupos disidentes de México comenzarán a colaborar entre ellos mismos en diferentes franquicias criminales, con una particular organización narcotraficante en el centro de todo… y no es difícil adivinar cuál es. El Cartel de Sinaloa ha sido muy hábil para evitar la confrontación con las fuerzas de seguridad, así como la violencia indiscriminada que es el sello distintivo de sus rivales Los Zetas.

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