Guerra, prohibicionismo y narcóticos: una mirada histórica a la política de drogas

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Reorientar las bases de la política de drogas es el objetivo de dos nuevos libros: el primero es una exploración matizada de la intersección histórica entre las drogas y la guerra, y el segundo, una diatriba vehemente contra el prohibicionismo y los fútiles intentos de Washington por imponerlo.

Desde las conquistas de Alejandro Magno hasta la insurgencia afgana de los últimos tres lustros, “Killer High: A History of War in Six Drugs” (Vuelo mortal: una historia de la guerra en seis drogas), de Peter Andreas, profesor de la Universidad de Brown, detalla las intersecciones de las guerras con seis sustancias: alcohol, tabaco, cafeína, opio, anfetaminas y cocaína. A lo largo de casi 300 páginas, el autor identifica cinco maneras como las drogas han interactuado con la guerra: los impuestos a su consumo desatan el conflicto, son consumidas por los soldados en combate, los mercados de estas sirven como botín de guerra, se libran guerras contra su producción, y la guerra impulsa cambios permanentes en la manera como se consumen esas drogas.

Andreas cubre un vasto campo histórico y temático en este libro. Algunos de los conflictos que incluye son ineludibles, como las Guerras del Opio del siglo XIX, o el tráfico de cocaína de Colombia durante los últimos 50 años. Pero muchas de las guerras narradas en sus páginas son menos conocidas para el público occidental (la conquista de China por Manchuria por ejemplo) o rara vez se han asociado con las drogas. En esta última categoría, la nueva versión de la Revolución Estadounidense como una guerra fallida por controlar el contrabando de drogas, a saber, de té y tabaco, fue un replanteamiento  de una guerra que por lo general se presenta como un conflicto que midió las fuerzas de las prerrogativas imperiales contra los derechos locales.

Andreas tiene un don especial para identificar datos poco conocidos. Por ejemplo, un elemento clave que ayudó al ascenso de la Marina Real inglesa fue la adopción del grog, licor con agua con un toque de lima que redujo radicalmente la vulnerabilidad de los marineros al escorbuto, una deficiencia de vitamina C. Los franceses, aficionados al vino, no tenían esa vacuna, lo que llevó a los buques de guerra británicos con una pronunciada ventaja en cuanto al número de hombres a su histórica victoria de 1805 en Trafalgar. En la narración de Andreas, la derrota de Napoleón le debe algo a la ingesta alcohólica de los marinos británicos.

Las curiosidades históricas de ese tipo abundan. Durante la Primera Guerra Mundial, una firma de Londres comenzó a fabricar una forma de cocaína en tabletas, que se comercializó como “marcha forzada” y prometía ayudar a los soldados a vencer las limitaciones físicas naturales de su resistencia.

O tomemos el café y la Segunda Guerra Mundial. La conflagración global dio origen al concepto del receso para café como una forma de extraer más producción de los obreros de las fábricas e, increíblemente, los granos de café representaron el 10 por ciento de las importaciones totales de Estados Unidos por el tiempo que duró la guerra. El eterno amor de los estadounidenses por el oscuro brebaje representa uno de los ejemplos más destacados de cómo los conflictos pueden influir en los hábitos de consumo.

La investigación de Andreas muestra que la intervención militar expresamente dirigida a suprimir los mercados de drogas ha probado, reiteradamente, ser una estrategia cuestionable. De hecho, los conflictos han mostrado mucho más éxito en dirección a la meta opuesta, extender la popularidad de las sustancias recreativas. En algunos casos, los ejércitos conquistadores conservan un gusto por los manjares locales: la invasión rusa de la Francia napoleónica, por ejemplo, dejó a algunos soldados de este primer país con una afición imperecedera por la champaña. En otros casos, como con el Ejército estadounidense y la Coca Cola en la Segunda Guerra Mundial, los vencedores ayudaron a extender el apetito por un producto local a un grupo de consumidores mucho más amplio.

“Killer High” es un libro esencialmente descriptivo, más que prescriptivo, y evita extraer conclusiones de política a partir de sus hallazgos.

Andreas, sin embargo, advierte sobre la creencia establecida en cuanto al potencial de la legalización para reducir la violencia. Señala que la prohibición de las drogas ha coexistido mucho tiempo con un alto volumen de tráfico. Pero por lo general, la prohibición no produce las explosiones de violencia que se observaron en México en la última década, o en Colombia en los ochenta y noventa. Esta observación sugiere una lección importante que en cierta forma suele ignorarse en los análisis sobre el narcotráfico: que una política que asegura mayor consideración es una sencilla reducción de la financiación para los esfuerzos de interdicción en lugar de la legalización en sí.

Si uno de los rasgos más asombrosos del libro de Andreas es su tono ecuánime y ponderado, no se puede decir lo mismo de “Pills, Powder, and Smoke: Inside the Bloody War on Drugs” (Píldoras, polvo y humo: al interior de la sangrienta guerra antinarcóticos), que es una arenga para los más fervientes opositores al prohibicionismo.

El periodista australiano Antony Loewenstein —quien se presenta abiertamente como un activista y afirma que su oposición a las políticas de drogas estadounidenses fue la principal motivación para escribir este libro— lleva a los lectores a una amplia sucesión de escenarios y presenta un desfile de representantes de gobierno, activistas y gente común para discutir su caso. En lugar de simplemente darse una vuelta por terreno bien cubierto, en Cali o Juárez, viaja a Guinea-Bissau, Filipinas y Honduras, un punto de partida admirable para el contexto habitual de un libro de este tipo.

Las entrevistas de Loewenstein con varios filipinos de diferentes ámbitos brindan una mirada genuina a las raíces de la popularidad del presidente Rodrigo Duterte. En el transcurso de sus cuatro años en el poder, Duterte se ha ganado una merecida reputación como una especie de villano de caricatura, con grandilocuentes pronunciamientos sobre su campaña para extirpar el narcotráfico. Sus medidas de fuerza, sin embargo, han llevado a la policía y a pistoleros desconocidos a matar a miles de sospechosos de porte de narcóticos. Loewenstein muestra cómo —y en menor grado, por qué— esta estrategia le ha valido a Duterte el respaldo de un segmento tan grande de la sociedad filipina.

Algunos de sus ejemplos no encuentran eco. Aunque bien vale la pena explorar sus críticas a las operaciones encubiertas de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés), la principal víctima que presenta —un funcionario de Guinea-Bissau sorprendido en una grabación en medio de un negocio de armas con las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)— no inspira mucha simpatía. El narcotráfico pasa a segundo plano en gran parte del capítulo sobre Honduras. Sus críticas tienen que ver más con la delicada situación política tras el golpe de estado de 2009 y el voraz oligopolio que domina la economía nacional, aspectos en los que la política de drogas estadounidense tiene una incidencia solo tangencial, si mucho.

La insistencia de Loewenstein en ver a Estados Unidos como el actor maligno supremo también le impide dar agencia real a los representantes de los gobiernos que considera estados clientes de Estados Unidos, lo que lo hace incapaz de explorar realmente las motivaciones que impulsan las políticas actuales. Loewenstein habla con altos funcionarios de estado de todo el mundo, pero ninguna de esas conversaciones ofrece una disección matizada del razonamiento que subyace a sus creencias y preferencias en materia de políticas. Más bien, sus interlocutores se adhieren a arquetipos simplistas —luchadores contra las drogas mal informados, rectos activistas y nobles víctimas— en especial en los países no anglófonos. Es una pena, porque hay poco reconocimiento por las renuncias que los legisladores extranjeros deben sopesar al tratar con el poder estadounidense, un vacío que el libro de Loewenstein podría haber hecho más para llenar.

Otro hábito frustrante son las expresiones recurrentes de autoconsideración del autor frente a su desdén por los periodistas de medios convencionales. El libro haría creer a los lectores que periodistas de publicaciones como The Guardian y el New York Times están convencidos del discurso de Washington, mientras que Loewenstein y otros lo ven como lo que en realidad es.

Pero el cubrimiento de la seguridad mexicana por parte de importantes periódicos estadounidenses se ha mezclado con escepticismo frente a las políticas represivas y detalles de abusos cometidos por agentes del gobierno. Y aunque sin duda hay críticas válidas por hacer en el cubrimiento y la información sobre la guerra antinarcóticos, Loewenstein no parece haber estudiado suficientemente la industria para hacer tales críticas.

Esto hace parte de una deficiencia mayor: Loewenstein suele recurrir a conclusiones apresuradas y en ocasiones distorsiona las estadísticas, lo que da poco fundamento a algunas de sus conclusiones. Por ejemplo, dice a los lectores que los inversionistas extranjeros estuvieron encantados con la idea del Plan Colombia, sin presentar evidencias que apoyen esa afirmación general. Según el Banco Mundial, la inversión extranjera directa en Colombia cayó durante los tres primeros años de vigencia del acuerdo.

En otro lugar, escribe que el apoyo estadounidense a las fuerzas antisoviéticas en Afganistán fue el motor de un posterior auge del consumo de heroína en Estados Unidos. Aunque el consumo se disparó en los noventa, fueron las regulaciones médicas nacionales, no la política exterior, el principal motor del histórico auge de la heroína que se dio en 2010, casi dos décadas después de que Estados Unidos dejara de financiar a los muyajidines afganos. También se extiende en la discusión de las políticas sobre la marihuana en Washington, D.C., pero parece extrañamente poco familiarizado con la capital. En repetidos pasajes se refiere a Washington como estado y expresa su descontento por la intromisión del Congreso en el gobierno local, lo que puede ser inusual para un recién llegado, pero sin embargo es un aspecto establecido de la vida pública del país.

Finalmente, el tratamiento flojo de Loewenstein para construir un argumento le presta un pobre servicio a su tesis. Al documentar la necedad y lo destructivo de las políticas de drogas globales, el libro alinea un blanco jugoso. Loewenstein identifica una sucesión de aspectos muy problemáticos del actual régimen, desde el obstinado autoengaño de los políticos australianos hasta las agresivas tácticas de investigación de la DEA en otros países. Pero la ruidosa defensa del autor, muchas veces construida sobre una base fáctica dudosa le resta fuerza a su reportaje.

Uno de los aspectos que salva Pills, Power, and Smoke es la simpatía declarada por sus sujetos, desde el vecino amante de los perros en las calles de Londres hasta un washingtoniano, cuya pena perpetua fue conmutada por Obama justo antes de terminar su mandato. Es claro en el trato que da Loewenstein a estos personajes y a otros en sus demás retratos que lo que él concibe es un mundo más justo y humano.

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