Intervención divina: los pandilleros de El Salvador que encontraron a Dios

SHARETweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInShare on Google+

Está ocurriendo en las calles, en las comunidades todavía controladas por las pandillas y en las cárceles segregadas, un fenómeno que, pese a la incredulidad inicial, ha sido reconocido por las propias autoridades penitenciarias: cientos de pandilleros están abandonando sus estructuras, renegando de ellas, tras abrazar la fe dentro de las iglesias evangélicas pentecostales. En el penal de Gotera, cerca de 500 miembros del Barrio 18 se han retirado y dicen ya no tener relación alguna con esa pandilla. En algunas comunidades de San Salvador, exmiembros de la MS13 predican en territorios rivales sin esconderse. ¿Está preparado El Salvador para este fenómeno sin precedentes? 

El Señor J es un temerario. Esta tarde tiene un micrófono en la mano y está gritando.

Sus gritos se estrellan contra las paredes marcadas con grafitis y hacen zumbar los oídos de su audiencia, se cuelan por los callejones y los techos de lata de esta comunidad inhóspita. Grita. Llama a  los pandilleros “cobardes y mentirosos”. Dice que la pandilla es una farsa. Y habla con propiedad: durante once años fue un “homeboy” del Barrio 18 y llevó las riendas de una comunidad como en la que está parado ahora. Desde aquí intenta, ayudado por cuatro parlantes enormes, arrancarle piezas a la que fue su pandilla.

Este artículo fue editado para su claridad y publicado con el permiso de Factum. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el artículo original aquí.

El señor J es un temerario. Pero no es el único.

“¡Amén, hermanos! ¡Este día traemos un mensaje transformador, hermanos! Nosotros que en otro tiempo fuimos pandilleros […] ¡El diablo nos pagó mal! Por eso yo le digo al joven que me escucha: ¡El pandillero no es tu amigo! ¡Cristo puede cambiar al pandillero!”

La audiencia asiente con la cabeza. Medio centenar de mujeres y hombres apiñados en un callejón tan estrecho por el que no pasaría ni un carro le aplauden y cierran sus ojos, aprietan los puños, levantan los brazos, se mueven en sus asientos y le rebotan sus palabras con otras igual de jubilosas: ¡Aleluya!

El culto avanza y el señor J se mofa agriamente de los códigos pandilleros.

“¡Ya vas a ver mi perro!”, le dice uno a otro. “Aquí nos vamos a morir los dos juntos, se dicen […] ¡Mentiras del diablo! ¡Ni ha sonado el primer balazo cuando ya se ha corrido el aguacate!”

El Señor J ignora por momentos a sus oyentes, que están cada vez más eufóricos en sus asientos de plástico, y parece buscar con la mirada a alguien, voltea hacia arriba y luego mira al suelo, como si hablara con otras personas, en otro lugar, en otro tiempo. Su mirada es furiosa y arisca. Del cuello de su camisa blanca se asoma una maraña de tatuajes antiguos que hablan de otra vida, de tiempos más salvajes.

Y vuelve a gritar. Grita esto en un país donde la gente, por miedo, no dice la palabra pandillero, donde la gente susurra y se refiere a ellos como “los muchachos”, y donde la ley callejera para mantenerte vivo se resume en “ver, oír y callar”. Las palabras del señor J son particularmente fuertes porque las grita en una de las comunidades que durante décadas ha sido bastión del Barrio 18, y donde su control es total. Y, no menos importante, porque salen de la boca de un hombre que se arrepiente de su pasado, de su pandilla, uno de tantos que forman un fenómeno poco conocido, uno que se extiende por comunidades donde el Estado es un accesorio, un movimiento que ha llegado incluso a los penales exclusivos para pandilleros y amenaza con crear un cisma: los retirados, los que abandonan sus pandillas por medio de las iglesias evangélicas pentecostales.

El Señor J termina su prédica furiosa con un “¡Gloria a Dios!” y suelta el micrófono con desdén, como quien deja sobre la lona a un oponente vencido.

Es un temerario y no es el único.

Desde su silla de plástico, Largo mira todo muy serio. Todavía va ataviado con las ropas propias de un homie y se le hace casi imposible cubrir los tatuajes; sería casi taparse a sí mismo. Esta no es su comunidad, pero está acá desde diciembre, cobijado por la iglesia que organizó este alboroto en los estrechos callejones. Recién ha salido del penal de San Francisco Gotera y es una prueba viviente de ese fenómeno carcelario que podría cambiarlo todo para los dieciocheros. Que podría cambiar las cosas en El Salvador.

17 02 06 ElSalvador Gangs Church

Culto de una iglesia pentecostal en una comunidad de el Área Metropolitana de San Salvador, un territorio dominado por Barrio 18 Revolucionarios. Foto de Factum.

La nueva clica de San Francisco Gotera

Año 2012. Centro penal de Izalco. Un pastor, que estaba preso, cayó en pecado. El hombre que dirigía la iglesia evangélica “La Final Trompeta”, y cuya feligresía estaba compuesta por decenas de pandilleros retirados del Barrio 18, falló. Durante dos años, diariamente, este pastor animó a un puñado de cincuenta hombres a no ver atrás, a alejarse de la pandilla, a olvidarse de ella.

Los que allí estuvieron cuentan que sus cultos eran grandiosos y llenos de “dones”, que ahí se hablaban lenguas, se sanaban enfermos, que se vivía en carne propia la presencia de un espíritu misterioso que los alejaba cada vez más de la pandilla. Esa iglesia penitenciaria crecía ante la mirada inquisitiva de los jefes pandilleros que, abrumados, se limitaba a guardar silencio. Pero el pastor cometió un pecado -aún desconocido- y por ello perdió credibilidad.

El movimiento quedó sin guía. Sin embargo, un nuevo pastor emergió de la feligresía reclusa. Quien tomó el bastón era un expandillero joven: 23 años de edad y apenas cinco de ser pandillero. Su nombre es Carlos Montano. Con él comenzó el verdadero levantamiento, la retirada de decenas y decenas de hombres y jóvenes que ahora reniegan de las pandillas y dicen ya no pertenecer a ellas.

Pero cuando la iglesia empezaba a dar nuevos impulsos de crecimiento sobrevino otro cambio: los traslados masivos de 2013 desde Izalco hacia otros penales llevaron a estos arrepentidos hasta el sector cinco del penal de San Francisco Gotera, en Morazán. El cambio no detuvo nada: en Gotera ahora mismo hay cerca de 500 pandilleros retirados –quinientos-, algo que es reconocido y confirmado por el propio director de Centros Penales.

Este movimiento surgió pese al sistema carcelario salvadoreño, caracterizado por el poco interés para la rehabilitación de pandilleros. El precedente más cercano del Estado salvadoreño para rehabilitar a miembros de pandillas se llamó “Mano Extendida”, durante el quinquenio 2004-2009, y se trató de una granja penitenciaria que en su máximo esplendor llegó a albergar a 20 jóvenes, que posteriormente fueron abandonados. Esta iniciativa se dio en el marco de una estrategia llamada “Súper Mano Dura”, la versión aumentada del plan “Mano Dura” del gobierno anterior, cuyo afán represivo condujo a más hacinamiento carcelario.

En el sector cinco de Gotera, las prédicas fueron cada día más intensas, los cultos más largos y los misterios, los dones, los espíritus y las lenguas cada vez más presentes. Hasta que el recinto ya no fue suficiente para albergar a la iglesia y sus feligreses. La administración del penal, desconcertada, tuvo que destinarles otro sector, y luego otro.

Montano, que salió de la cárcel de Gotera hace poco más de tres meses, lo recuerda así: “Eso fue la explosión. Eso fue la bomba que reventó en el penal. Porque fue una situación nunca antes vista. Llevar a casi 500 jóvenes a una decisión de decir ‘yo no vuelvo más a la pandilla, yo no soy pandillero, ya no estoy sujeto a mi palabrero ni a la pandilla […] si traen hermanos de las dos letras [MS] yo convivo con ellos […] Si vienen a quitar los tatuajes yo me los quito’. Vos sabés que no es fácil, si hablás con gente activa no va a entender de esto”.

El retiro masivo surge en un momento en el que Estado salvadoreño tiene sobre la mesa un proyecto de ley que aspira a la rehabilitación de pandilleros. Se llama “Ley para Prevención de Incorporación y Retiro de Miembros de Pandillas y Colaboradores”, un documento presentado el 23 de abril de 2015 a la Asamblea Legislativa y que desde entonces está en discusión.

La versión oficial es que esta ley busca crear programas de participación voluntaria y obligatoria para pandilleros, colaboradores y personas en riesgo de convertirse en cualquiera de los dos anteriores, para “rehabilitarlos”. Sin embargo, basta leer el borrador para entender que, en la práctica, las cosas podrían ser muy diferentes. En resumen, esta ley  daría  la facultad a la policía para capturar a cualquier persona que tenga la “posibilidad” de convertirse en colaborador de una pandilla, “ya sea por voluntad propia o de forma obligada”. Es decir, teóricamente, todos los habitantes de los barrios y zonas marginales de El Salvador, podrían ser encerrados en un nuevo modelo carcelario al que han decidido llamar “Centros de Internamiento Especial”.

Desde el traslado, la iglesia “La Final Trompeta” saca al menos un homeboy de la pandilla cada mes. Hasta finales de diciembre de 2016 eran casi 500 pandilleros retirados. Este fenómeno es reconocido incluso por el director general de Centros Penales, Rodil Hernández. Él mismo lo llama así: “un fenómeno”. Consultado por Factum, el funcionario confirmó que el número de pandilleros convertidos actualmente sobrepasa los 400 al interior de Gotera. Sin embargo, tal como lo ha hecho su gobierno, duda de que esta conversión signifique una ruptura con la pandilla.

Hernández dijo esto a principios de enero de 2017: “Yo no puedo asegurar que todos los que están ahí sean retirados y que ya no pertenezcan a la pandilla, pero sí puedo decir que existe un número de pandilleros que al menos verbalmente han expresado que se ha convertido al evangelio”.

Pero lo que pasa con los reclusos de los sectores cuatro, cinco y seis del penal de Gotera es diferente a la figura del “calmado”, aquellos pandilleros que dejan la violencia para entrar en un estado más pasivo, incluso como parte de una iglesia, pero aún dentro del grupo. No. Los de Gotera dicen ya no ser pandilleros. Dicen estar fuera de la estructura. Dicen ya no pertenecer al Barrio 18.

VEA TAMBIÉN: Noticias y perfil de Barrio 18

En los dos últimos años del reporteo para este material, la mayoría de los casi 150 pandilleros retirados entrevistados hablan mal de su vida pasada, dicen ya no ser homeboys y ya no querer serlo nunca más. De estos, los que han emergido del movimiento de Gotera no solo se dicen afuera de la estructura; arremeten con prédicas demoledoras al grupo que, según ellos, les arruinó la vida, les robó la juventud.

No todos los pandilleros activos están de acuerdo con el movimiento, con el hecho de permitir esta fuga. Al menos dos “tribu” dentro del Barrio 18 han lanzado amenazas. Aunque hasta el momento no ha habido acciones concretas.

La última vez que la pandilla abominó a un grupo de similares proporciones, esa vez en el penal de Mariona (La Esperanza), en 2004, nació la facción revolucionaria del Barrio 18. Lanzarse contra los retirados de Gotera representaría una fractura más entre los dieciocheros.

Ni los pastores ni las iglesias en los penales son algo nuevo. Pero en la cárcel de Gotera, con capacidad para poco más de mil reos, los casi quinientos arrepentidos son un fenómeno sin precedentes. Para esto ni la pandilla, ni el Estado estaban preparados.

17 02 06 ElSalvador Piano

El Señor J y su biblia. Foto de Factum.

El dirigente del Movimiento Iglesias Evangélicas Unidas por la Paz, Sail Quintanilla, asegura que desde hace años hay un pacto tácito con las tres estructuras pandilleras del país: la MS13 y las dos facciones –Revolucionarios y Sureños– del Barrio 18. Ese pacto, no formalizado en documentos pero vigente en el código de los barrios y comunidades, básicamente estipula que los pandilleros que deserten serán perdonados… siempre y cuando sean cobijados por una iglesia evangélica. Este pacto cobra mayor importancia ahora, cuando cientos de pandilleros abandonan sus clicas para buscar un lugar en una sociedad desangrada, adolorida y profundamente marcada por la violencia de las pandillas.

Esas mismas estructuras que han tenido el pacto tácito ahora ofrecen al gobierno salvadoreño un pacto más formal. La MS13 ha ofrecido incluso su desarticulación, al igual que lo ha hecho la facción Sureños del Barrio 18, como su oferta para dialogar con el gobierno.

500 hombres que dicen haber dejado las pandillas. Muchos más de los que el Estado, las ONGs y la cooperación internacional han logrado con sus intentos de rehabilitación en El Salvador.

VEA TAMBIÉN: Noticias y perfiles de El Salvador

El Estado tiene su propia versión de rehabilitación carcelaria más allá de las pandillas. Le llaman “Yo Cambio”, un programa que inició en 2015 destinado a la población carcelaria en general. Es una combinación entre proyectos de capacitación laboral con cultura de paz. Aprenden a tallar madera, manualidades, operación de maquinaria industrial a la vez que les enseñan a resolver sus diferencias a través del diálogo y la empatía. No está diseñado para pandilleros y hasta ahora no ha dado frutos capaces de transformar la situación de violencia ni dentro ni fuera del sistema penal.

“Estamos firmes en la pandilla. Firmes. Preferimos morirnos como pandilleros, en honor a las dos letras, que recular”, dijo en enero de este año a Factum un miembro de la MS13, beneficiario de este mismo programa en el centro penal de Apanteos, la cárcel estandarte del “Yo Cambio”.

Algunos miembros del movimiento de Gotera han cumplido sus penas y han regresado a las calles. Buscan refugio en pequeñas iglesias pentecostales y proféticas, tal como hizo Largo, y continúan su misión de mostrar a otros que es posible empezar de nuevo.

La iglesia de los arrepentidos

Largo y los feligreses han entrado ya a la cresta de la euforia. Ya hay gente orando en murmullos, con los ojos cerrados. Los hijos del señor J cantan canciones cortas y los parlantes hacen lo suyo elevando sus voces por toda la comunidad.

La Señorita Z ha escuchado todo muy atenta. Está sentada unas cuantas sillas delante de Largo. Va ataviada al más clásico estilo evangélico pentecostal. Falda larga, camisa sin escote, zapatos sencillos sin tacón. Un velo blanco de encaje corona una hermosa cabellera negra y rizada. No ha abierto la boca. Está en las primeras sillas y se podría decir que está nerviosa. Tiene las piernas muy juntas y los dedos de las manos entrelazados. Le ofrecen el micrófono, levanta los ojos tímidos del suelo y con pasos cortos se presenta frente a los oyentes. Y entonces se transforma.

Una correntada de adrenalina la sacude y grita a todo pulmón con un vozarrón que retumba por los callejones. “¡¿Quien vive?!”, pregunta. Todos responden al unísono con la misma fuerza arrolladora con que fueron increpados: “¡Cristo vive!”

Su prédica pareció más un concierto de rap. La Señorita Z está exhausta. Fue intenso. Su iglesia la rodea y la observa con aprobación. Gritó fuerte, al igual que el Señor J. Lo hizo así para que la escucharan quienes hace poco ordenaron su muerte. La Señorita Z fue parte del Barrio 18 en esta misma comunidad y fueron esos mismos pandilleros, sus excompañeros, quienes iban a matarla.

La Señorita Z perdió un paquete de droga durante un operativo policial y la pandilla decidió que el descuido se pagaba con la vida. Hubiera sido una más en la larga lista de víctimas femeninas del Barrio 18 de no ser por el grupo de retazos humanos que le abrió las puertas. Quienes la salvaron fueron los miembros de la iglesia Cristo Viene, una especie de muertos vivientes, una tropa de gente de pasados oscuros, salidos desde lo más bajo de la condición humana.

17 02 06 ElSalvador Worship

Foto de Factum.

Quien dirige la iglesia es una rareza entre rarezas. Un hombre cuya vida contradice casi todos los dogmas que académicos y funcionarios repiten sobre las pandillas.

Es el turno de Pastor.

Un hombre robusto y pequeño está parado frente a la congregación, cerca de una de las cuatro enormes bocinas que hacen retumbar la prédica por toda la comunidad. Viste una camisa color vino y una corbata ajustada con un nudo perfecto. Su cabello bien peinado hacia atrás y su pantalón beige impecable. Pastor es quizá el más extraño de los seres que conforman esta iglesia.

Esta tarde, el Señor J no es el único que luce tatuajes. Pastor también los tiene. Pero a diferencia del primero, los de Pastor no son un número 18. Debajo de la camisa color vino de  Pastor hay también dos manchas: una “M” y una “S”. Cuesta creer que estén juntos y no estén intentando matarse.

Y no solo eso, ambos se ensalzan y se aplauden. Se llaman hermanos. Hasta parecen quererse.

Solo pensar que alguien con un tatuaje de la MS13 se ha metido a esta comunidad es un pensamiento que evoca sangre, pero Pastor es más que eso.  Es un expandillero de la MS13 que vive y predica a diario en esta comunidad. Acá donde en cada esquina hay al menos dos muchachos de mirada altiva y ropas holgadas que hacen sentir la presencia del Barrio 18. La teoría sobre pandillas dice que el odio entre estos grupos es tal que la entrada de un rival estaría marcada por tambores de guerra.

Hay una pregunta que es imposible no hacerle a Pastor: ¿Cómo es que no lo han matado? A esto, Pastor solo sabe responder una cosa: “Es que camino con el Señor. Él me guarda”.

*Este artículo fue editado para su claridad y publicado con el permiso de Factum. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el artículo original aquí.

SHARETweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInShare on Google+