Jóvenes en Latinoamérica, delincuentes y víctimas de crímenes violentos

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Jóvenes y menores son responsables del incremento en el porcentaje de crímenes violentos en México, Colombia y Brasil. Sin embargo, cada vez más ellos también son víctimas en lugares como Honduras y Argentina. Las tendencias son regionales y preocupantes en muchos niveles.

En Colombia, los niños y adolescentes menores de 18 años representaron el 11 por ciento de todas las detenciones realizadas el año pasado, con 29.943 arrestos reportados por la policía en 2013, lo que representa un aumento del 33 por ciento respecto a 2010, informó El Tiempo. Casi un tercio de los menores de edad, 8.222, fueron detenidos por robo. Sin embargo, los delitos juveniles también incluyeron el homicidio y la extorsión. Cali encabezó la lista de ciudades en cuanto a asesinatos cometidos por jóvenes, con 87 de los 409 jóvenes detenidos enfrentando cargos de homicidio, mientras que Medellín estuvo a la cabeza por extorsión y Bogotá por robo.

En México, la Secretaría de Gobernación (SEGOB) informó recientemente que los jóvenes son ahora la población con mayores probabilidades de ser tanto víctimas como perpetradores de la violencia, informó El Economista. En 2013, el 33,5 por ciento de los homicidios fueron cometidos por personas de 25 años o menos. Mientras tanto, la tasa de víctimas de homicidio, por debajo de la edad de 18 años, aumentó más de un 70 por ciento entre 2006 y 2010 – al pasar de 2,1 a 3,6 por cada 100.000 habitantes.

Un tercer caso muestra un lado diferente del problema: la exposición de los jóvenes a la violencia. En San Pedro Sula, Honduras, unas 3.000 niñas entre los 12 y 17 años trabajan como prostitutas; otros 5.000 niños, menores de 18 años, duermen en las calles, según un informe elaborado por el Instituto Hondureño de la Niñez y Familia al que tuvo acceso La Prensa. Según el informe, 3 de cada 10 de estos niños se convierten en miembros de las violentas pandillas callejeras del país, conocidas popularmente como “maras”.

Según Gema Santamaría, asesora principal en el reciente informe de desarrollo de Latinoamérica, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD – pdf), los homicidios de jóvenes son uno de los mejores indicadores disponibles sobre la participación de los jóvenes en la delincuencia, ya que los que están involucrados en las pandillas y otros grupos criminales tienen más probabilidades de ser víctimas de homicidio.

Los hombres jóvenes llevan la carga. Entre 1996 y 2009, alrededor del 20 por ciento de las víctimas de homicidio en Latinoamérica eran de sexo masculino, de entre 20 y 24 años de edad, mientras que los hombres entre 15 y 29 representaban casi la mitad de todas las víctimas de homicidio, informó el PNUD. Las mujeres jóvenes y las niñas suelen ser víctimas de distintas formas de violencia, en particular la que se asocia con la trata de personas y la prostitución forzada, o el “feminicidio” -el asesinato selectivo de una mujer a causa de su género.

La guerra de México contra los grupos criminales ha llevado a un aumento en los homicidios desde 2007, tanto de mujeres como de hombres, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD). Los hombres de 20 a 24 años de edad han sido algunos de los más afectados, con la tasa de homicidios pasando de alrededor de 20 por cada 100.000 habitantes a cerca de 60 por 100.000 en 2009. Los jóvenes entre los 15 y los 19 años también ha visto un fuerte aumento en los asesinatos, de alrededor de 10 por cada 100.000 habitantes a cerca de 30 por 100.000, en el mismo período de tiempo.

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En Colombia, la tasa de homicidios de jóvenes se encuentra entre las cinco más altas del mundo, situándose en 73,4 por cada 100.000, según el PNUD. La tasa general de homicidios del país es menos de la mitad de eso, situándose en poco más de 30 por 100.000 en 2012.

Las tasas de homicidios juveniles también son particularmente altas en El Salvador -92,3 por 100.000 en 2011- donde las pandillas de Barrio 18 y la Mara Salvatrucha (MS13) tienen una presencia particularmente fuerte. El año pasado, un representante del organismo que vela por los derechos de los de los niños, UNICEF, dijo que la mayoría de los niños, niñas y adolescentes asesinados entre 2005 y 2011 eran miembros de pandillas y que habían abandonado la escuela. Al igual que los actores criminales en México y Colombia, las maras son conocidas por reclutar activamente a los niños y, en algunos casos, los obligan a unirse.

En otras partes de la región, otros países están empezando a mostrar tendencias similares, a medida que el crimen organizado gana un punto de apoyo más fuerte. En Argentina, 545 adolescentes fueron asesinados en 2011 -el número más alto desde 2003. Mientras tanto, en Brasil, la tasa de homicidios de personas de 19 años y menores aumentó un 346 por ciento entre 1980 y 2010. En ambos países, estos picos han coincidido con la evolución y la propagación del comercio local de drogas.

Análisis de InSight Crime

La delincuencia juvenil está lejos de ser un fenómeno nuevo en Latinoamérica, donde las diferencias de ingresos, los cambios urbanos y la exclusión social han llevado por mucho tiempo a los jóvenes a cometer lo que el PNUD denomina “delito aspiracional”. Estos incluyen el robo y otros delitos que tiene como objetivo obtener dinero y estatus.

Hay muchos factores que ayudan a contribuir a la participación de los jóvenes en la delincuencia y su susceptibilidad a la violencia en la región. Entre los factores de riesgo se encuentran los problemas sociales del tipo que afectan a los niños de la calle de San Pedro Sula: son de origen pobre, con bajo nivel de alfabetización y baja escolaridad; sintiéndose socialmente excluidos y privados de oportunidades. Más del 30 por ciento de los presos entrevistados por el PNUD en Argentina, Perú, México, El Salvador y Chile abandonaron sus hogares antes de la edad de 15 años, y más del 80 por ciento no completó la escuela secundaria.

Sin embargo, estos factores, por sí solos, no son suficientes para explicar la participación de los jóvenes en la delincuencia y, particularmente, el crimen violento. Santamaría dijo InSight Crime que la participación de los jóvenes en el crimen violento en la región va en aumento, sobre todo en lugares donde las organizaciones criminales tienen una fuerte presencia.

“El uso de la violencia [en el crimen] es cada vez más frecuente, y los jóvenes son particularmente susceptibles a involucrarse en este tipo de actividades, sobre todo en el caso del crimen organizado”, dijo Santamaría a InSight Crime.

“La diferencia es la forma en que el crimen organizado se manifiesta en estos países… en lugares como México, el crimen organizado ha logrado escalar hasta el punto de que no sólo corrompe el sistema, sino que también utiliza la violencia para competir con organizaciones criminales, y eso es lo que hace que los jóvenes sean más vulnerables” , dijo Santamaría.

La evaluación de Santamaría podría ayudar a explicar por qué la violencia juvenil tiende a concentrarse en determinados países y ciudades. Tomemos el caso de Cali, Colombia. Cuando los grupos criminales de los Urabeños y los Rastrojos lucharon por el poder sobre la ciudad, los dos grupos cooptaron a numerosos adolescentes. Según las autoridades, el número de pandillas en la ciudad creció más de 10 veces entre 1992 y 2012, con más de 2.000 jóvenes involucrados en las pandillas de Cali en 2013.

El fenómeno de la participación infantil en las organizaciones criminales ha existido desde hace mucho tiempo en Colombia. Las organizaciones criminales y las guerrillas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) los reclutan, ofreciéndoles alimentos, un sustento y un uniforme a los niños, con hasta nueve años de edad, que tienen pocas oportunidades. Ambos también involucran el reclutamiento forzoso.

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En México, los menores también han sido utilizados, durante mucho tiempo, por los grupos criminales para traficar drogas, llevar a cabo operaciones de vigilancia, y trabajar como asesinos. Se les considera mano de obra barata, prescindible y abundante, con los llamados “ni-nis ” (jóvenes que ni estudian ni trabajan) llegando a ser hasta ocho millones en México en 2012. Los convierten en soldados rasos de las pandillas y los carteles, y como tales son blancos frecuentes de violencia, como destacó la SEGOB. Aunque son un blanco fácil, los niños no siempre están dispuestos a ser reclutados, por lo que el crimen organizado a menudo recurre a la coerción para empujarlos a la criminalidad.

Otro de los beneficios para los grupos criminales es que los menores involucrados en el crimen violento a menudo enfrentan sentencias mucho más leves que los adultos. También es menos probable que sean vistos como sospechosos, por lo que pueden pasar desapercibidos en lugares donde otros no podrían.

Aunque el fenómeno de la delincuencia juvenil está bien documentado, los gobiernos aún no han sabido qué hacer al respecto. En algunos países de la región existe un debate sobre si se deben endurecer las penas para los jóvenes que cometen delitos. Sin embargo, esta estrategia se dirige a los síntomas cuando el problema fundamental es la falta de oportunidades sociales, educativas y económicas, junto con la presencia de actores del crimen organizado. Lo que es más, la llamada “mano dura”  o las políticas de línea dura contra los miembros de las pandillas, en las que miles de jóvenes están acorralados por la apariencia física, han demostrado que tienen un efecto perverso sobre la violencia, convirtiendo las prisiones en espacios propicios para la criminalidad, el crimen organizado y las pandillas callejeras.

En México, las estrategias destinadas a proporcionar a los jóvenes habilidades y oportunidades de empleo, a través de esfuerzos conjuntos del sector público y privado, han demostrado tener algún efecto en la reducción de la atracción de las pandillas hacia la juventud.

Sin embargo, como Santamaría explicó a InSight Crime, las estrategias dirigidas a reducir la delincuencia juvenil, en última instancia, deberán ser diferenciadas para abordar la situación única de cada país, teniendo en cuenta la composición del crimen organizado y los principales factores sociales que llevan a los niños a participar en la delincuencia, con el fin de que sean efectivos.

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