Caballeros Templarios ponen a prueba teoría de narcoinsurgencia

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En su lucha contra el gobierno de México y sus rivales, los Caballeros Templarios cuentan con una estrategia de varias fases, dirigida a todos los niveles de la sociedad, lo que ofrece el ejemplo más claro de lo que algunos analistas han denominado narcoinsurgencia.

Los Caballeros Templarios, una facción escindida de otra organización criminal conocida como la Familia Michoacana, han ganado notoriedad por sus repentinos arrebatos de violencia, sus inusuales iniciativas de relaciones públicas y sus tácticas que hacen que la población civil haga parte de su modus operandi.

Estos rasgos han sido particularmente evidentes en las últimas semanas. Los Caballeros tienen actualmente bloqueados a cinco municipios en el estado de Michoacán, controlados por grupos de autodefensas que se oponen a ellos, lo que impide la llegada de productos de primera necesidad como alimentos, gasolina y medicina.

En este año, los Caballeros han empleado bloqueos como una táctica contra las autodefensas en varias ocasiones; en julio, los intentos federales para eliminar estos bloqueos en Michoacán condujeron a 22 muertes.

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Los Caballeros también han mantenido sus esfuerzos para comunicarse con el público. En una de sus apariciones más recientes, su líder, Servando Gómez, alias “La Tuta”, dijo que su grupo tiene “su congreso”, y obedece a la voluntad del “pueblo”.

“No se hace aquí lo que yo ordeno, lo que yo digo”, dice, “Se hace lo que se cree que es lo que conviene a los intereses de la mayoría de la gente del pueblo. Discúlpenos si afectamos los intereses de terceros” (vea abajo el video)

 

En el pasado, el grupo y sus líderes han hecho uso de los masivos medios de comunicación en múltiples ocasiones. En 2009, por ejemplo, La Tuta llamó a un programa de televisión y pidió a las fuerzas federales que no molestaran a sus familiares. Como señaló InSight Crime en 2011, una serie de llamadas telefónicas, grabadas entre los diferentes miembros de los Caballeros, ofrecen evidencia de la forma como tratan de manipular a los medios de comunicación cuando cubren al crimen organizado en la región.

Sin embargo, recientemente el grupo de La Tuta ha empezado a utilizar el medio tradicional de los narcotraficantes: la narcomanta, o una pancarta firmada por un grupo criminal. En octubre, el grupo colgó narcomantas en tres municipios de Michoacán amenazando a los grupos de autodefensa. Un mes antes, se habían comprometido a iniciar una “limpieza social” de una parte del sureste de Tabasco –en la costa opuesta a Michoacán, de donde es el grupo y donde habían tenido poca actividad– cuyo objetivo prometido era el Cartel del Golfo.

Análisis de InSight Crime

En los últimos años, el aumento de la violencia criminal en México y la sofisticación de los grupos detrás de ella, ha llevado a muchos analistas a sugerir que México está pasando por algo similar a una insurgencia criminal, o una narcoinsurgencia. Según los defensores de esta teoría –que incluyen a ex agentes de la fuerza pública como John Sullivan, académicos como Robert Bunker y los periodistas como Ioan Grillo– actualmente los grupos en México representan algo diferente.

Esencialmente, están compitiendo con el Estado, buscando “apartarse de cualquier control estatal“, como dice Sullivan, y, en algunos casos, buscar crear un Estado paralelo. Si bien no tienen como objetivo derrocar al gobierno, esta ambición más grande representa un cambio fundamental en comparación a los grupos tradicionales.

No obstante, hay varias formas en que el paradigma insurgencia no es suficiente. Mientras que los grupos criminales buscan controlar áreas de las funciones estatales que afectan sus actividades –a saber, la fuerza pública– incluso en las regiones más sangrientas de México, no hay muchos ejemplos de grupos eliminando otras áreas del Estado. Pese a algunos ejemplos aislados de alto perfil, los narcotraficantes han tenido poco impacto en la educación pública, el transporte municipal, los servicios sanitarios y otros ámbitos que competen al Estado. Esto es más cierto aún cuando se habla de las funciones del poder ejecutivo federal, como la conducción de la política monetaria, las relaciones exteriores y la política industrial.

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Por otra parte, mientras que la insurgencia tradicional depende de una alternativa coherente al gobierno, en México la tendencia ha ido en la otra dirección. Individualmente, los grupos dominantes no han acumulado cada vez más poder en su esfuerzo por sobrepasar al Estado. Más bien, se han fragmentado, como consecuencia de años de una implacable presión por parte de las fuerzas del gobierno y de otras organizaciones criminales. En este sentido, México parece menos capaz ahora de producir un grupo insurgente, capaz de rivalizar con el Estado, de lo que era hace cinco años.

Para ser justos, los teóricos de la insurgencia criminal no abogan por una definición estricta del término “insurgente”.

“La insurgencia criminal es diferente al terrorismo e insurgencia tradicionales debido a que la única motivación política de los insurgentes criminales es ganar autonomía y control económico sobre el territorio”, señala Sullivan en un informe reciente de la revista Small Wars. “Lo hacen eliminando cualquier tipo de presencia estatal y creando enclaves criminales para asegurar la libertad de maniobrabilidad”.

Mientras que muchos de los elementos subyacentes tradicionales de la insurgencia no se aplican a México, en la medida de lo posible, estos elementos sí son visibles en los Caballeros Templarios. Tienen una apariencia cuasi religiosa, que evoca connotaciones no sólo de la insurgencia islámica en el Medio Oriente, sino también de la famosa insurrección religiosa mexicana: la Guerra Cristera. Muchos teóricos han escrito sobre la faceta espiritual de la insurgencia, representada por este aspecto de los Caballeros.

Los Caballeros, claramente, se centran más en influir en la población más amplia que sus rivales. Otros grupos buscan intimidar a la población local para que toleren su presencia, pero ninguno de los rivales de los Caballeros ha ido tan lejos como para afectar su imagen ante el público en general. Ninguno tampoco ha invertido tanto tiempo en distinguir sus actividades de las de sus rivales. Desde su aparición a mediados de la primera década del siglo XXI, la Familia Michoacana celebraba su código de conducta que rige las actividades de sus miembros, y se convenció de su papel como el salvador del pueblo de Michoacán, su lugar de nacimiento.

A partir de esto, se puede hacer un paralelo de cómo funciona la insurgencia como una forma de guerra centrada en la población. Los teóricos clásicos de la insurgencia, desde revolucionarios como Mao Zedong (Mao Tse Tung) hasta líderes contrainsurgentes como el francés David Galula, han reconocido que el campo de batalla en una insurgencia no es una pieza literal de terreno. El ganador del conflicto depende del apoyo de la población local.

Eso no es del todo cierto en México –donde la población en general se opone firmemente a los grupos criminales como un todo, que pasan poco tiempo buscando ganarse los corazones y las mentes de todos–. Pero a pesar de las diferencias entre una insurgencia clásica y los retos de seguridad de México, son más importantes que sus similitudes, los Caballeros Templarios son el mejor caso de cómo esta distinción es cada vez más borrosa.

 

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