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Por tradición los clanes familiares han modelado el mapa criminal en Argentina. Pero la expansión del mercado de consumo de estupefacientes, la histórica corrupción carcelaria y la falta de coordinación entre autoridades locales para enfrentar estos grupos están creando la tormenta perfecta para que estos prosperen.

Grupos criminales conformados por parientes cercanos hay de todas las formas y tamaños en Argentina. Organizaciones dedicadas al microtráfico en pequeña escala proliferan al lado de grupos más sofisticados de mediana envergadura, con acceso a recursos y contactos en las fuerzas de seguridad y el ámbito político, así como en países vecinos productores de narcóticos.

“La principal ventaja de estos grupos es la confianza y la lealtad que ofrecen los lazos de sangre”, sostuvieron las expertas en crimen Carolina Sampó y Ludmila Quirós en una investigación sobre el alcance de estas estructuras.

“Ellos hacen parte de las comunidades y se ganan el respeto de sus miembros porque en algunos casos invierten en ellos en formas que los estados son incapaces de hacer. Sus líderes no hacen ostentación de sus ganancias y por lo general se quedan en las zonas que los vieron nacer”, añadieron.

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La ciudad portuaria de Rosario, ubicada estratégicamente sobre el río Paraná, que actúa como punto de tránsito para cargamentos de drogas provenientes de los vecinos Bolivia y Paraguay, se considera la meca de este fenómeno.

Una encarnizada guerra por el control territorial entre unos cuantos clanes familiares ha convertido la ciudad en un escenario que no estaría fuera de lugar en una novela de Gabriel García Márquez.

La familia más prominente, los Cantero, dirigían la organización conocida como Los Monos. Durante más de dos décadas, este grupo detentó el control del mercado de estupefacientes en la ciudad, que le disputaban otros clanes familiares, en particular los Bassi.

Los enfrentamientos convirtieron a Los Monos en una de las organizaciones criminales más notorias de Argentina, y a Rosario en una de las ciudades más violentas del país en 2013.

Más recientemente, la tasa de homicidios cayó, y por primera vez 34 integrantes de Los Monos fueron enviados a una prisión federal por señalamientos de narcotráfico. Este cálculo también revela la colusión enquistada entre el grupo y las fuerzas de seguridad locales, lo que llevó también a la captura de varios agentes de policía.

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Sin embargo, una serie de amenazas y ataques violentos contra jueces, fiscales y testigos involucrados en el caso ha prendido las alarmas y confirmado la influencia del grupo, aun tras las rejas.

El encierro de la mayoría de miembros de las familias Funes y Camino, dos clanes que se han disputado el control del sur de Rosario, también reveló muchos detalles sobre el modus operandi de sus estructuras.

La investigación oficial sobre el clan Camino, publicada por Clarín, confirmó que Alexis Camino, hijo de Roberto “Pimpi”, jefe de la barra brava de uno de los principales equipos de fútbol de Rosario dirige la organización desde la prisión. Él ha estado coordinando con otros miembros de la familia que siguen activos en áreas bajo su control y supervisando la compra y venta de narcóticos, entre otras actividades criminales.

Pero Rosario no es con mucho el único lugar donde clanes familiares llevan las riendas del hampa.

En las provincias del norte de Argentina, estas organizaciones podrían ser más sofisticadas, con nexos estrechos en los círculos políticos y de seguridad, y contactos con grupos criminales de Brasil y Paraguay.

La ciudad de Itatí, en la ribera del río Paraná en la provincia de Corrientes, es probablemente el mejor ejemplo de esta tendencia. Una pequeña ciudad de 6.500 habitantes, también es la base de tres clanes familiares que trabajan en conjunto y con políticos locales y la policía, e incluso han llevado sus actividades a otras provincias. La falta de violencia les ha permitido convertir la zona en uno de los principales puntos de distribución de marihuana en Argentina.

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En marzo de 2017, las autoridades arrestaron al intendente de la ciudad y al jefe de policía en un monumental operativo de seguridad. Se los señaló de colusión con organizaciones criminales.

En Córdoba, provincia en el centro de las rutas de narcotráfico locales, los clanes familiares también tienen un rol importante en el hampa regional.

“Los clanes famiiares controlaban el mercado de drogas en Córdoba, pero desde que se instalaron cocinas de cocaína, el negocio se ha dividido más. Ahora los clanes familiares están a cargo de la parte más pequeña del negocio, la distribución, mientras que organizaciones más grandes y sofisticadas se encargan del transporte, el almacenamiento y los pagos”, comentó Juan Federico, periodista y autor experto en crimen organizado en la ciudad de Córdoba, en entrevista con InSight Crime.

La provincia de Buenos Aires tampoco es la excepción. La región más populosa de Argentina es sede de clanes familiares grandes y pequeños, y se sabe que muchos de ellos operan desde la prisión.

El clan Torres, por ejemplo, dirigía un intrincado sistema de entregas con 22 autos y dos bicicletas para la distribución de cocaína y marihuana en toda la provincia. Sus cabecillas fueron arrestados a finales de 2018.

Y más sofisticado aún, el recién desarticulado clan Loza, una organización dirigida por dos hermanos en Buenos Aires, que coordinaba el envío de cocaína desde países productos a consumidores en Europa, una estrategia que pocas veces se había visto.

Análisis de InSight Crime

Los clanes familiares no son exclusivos de Argentina, pero sí definen su panorama criminal en mayor medida que en la mayoría de los demás países de la región.

Varias razones explican este fenómeno.

En primer lugar, la dinámica de los clanes familiares los hace organizaciones muy eficientes. La profunda confianza entre sus miembros les confiere eficiencia y flexibilidad para adaptarse a los cambios de circunstancias, aun cuando algunos de sus líderes estén dando las órdenes desde dentro de los muros de la prisión.

Esto, a su vez, hace muy difícil desafiarlos. Cuando un integrante va a prisión, un pariente en el “exterior” toma las riendas del negocio. Los Monos es un ejemplo excelente de eso.

En segundo lugar, controlan los mercados de los pueblos y ciudades donde nacieron, lo que les permite desarrollar vínculos estrechos con autoridades locales y fuerzas de seguridad. Esas relaciones les permiten operar con libertad dentro de sus ciudades y, con frecuencia, en otras provincias.

Tercero, atienden un mercado interno cada vez más exigente, que es una fuente en continua expansión para el negocio… y para fortalecerse.

Cuarto, con excepción de unos cuantos casos recientes, las autoridades —en especial las locales— han tenido dificultades para coordinar esfuerzos para enfrentar clanes familiares más sofisticados con conexiones en diferentes provincias. Estos grupos saben que una vez que la tensión crece en un sitio, ellos pueden simplemente recoger su negocio y cambiarlo de lugar.

“Estas organizaciones son muy difíciles de investigar, principalmente porque las investigaciones son extremadamente locales y hay una gran falta de coordinación entre las autoridades en estos distintos lugares. Los grupos criminales lo saben y se aprovechan de las fallas del sistema”, explicó Federico.

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