Los salvadoreños cruzan fronteras de guerra a diario

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Todos los días, miles de salvadoreños tienen que cruzar de zonas gobernadas por la Mara Salvatrucha a zonas gobernadas por una de las dos facciones del Barrio 18. En este país hay fronteras internas de las que incluso depende la vida de muchos. Ocurre desde hace años, pero la regla se hace más estricta con el paso del tiempo.

“No creás, nunca se acostumbra uno. Yo salgo con miedo de mi casa. Regreso con miedo. A veces he pensado en sacar varios Dui que digan que nací en zonas diferentes del país para no tener problemas”.

Lo dice un joven veinteañero residente en la colonia Bosques del Río, del municipio de Soyapango. Recorremos en carro la calle La Fuente, de dos carriles, que se interna desde el centro comercial Unicentro hacia su colonia. Un recorrido de 10 minutos con poco tráfico. A lo largo de esa calle, por pequeños desvíos o pasajes, se entra a ocho colonias diferentes. Pocas veces la definición clase obrera o clase media-baja podrá aplicarse mejor que a la población que habita estas colonias. Secretarias, obreros, administradores de empresas, maestras de escuela, motoristas. Casitas de dos cuartos y una sala-cocina-comedor. Vivienda mínima, le llaman, casas con subsidio gubernamental. La calle La Fuente es de unos dos kilómetros hasta Bosques del Río. Los que la recorren en bus atraviesan en pocos minutos más de cinco fronteras de guerra. Sin eufemismos: conflicto armado, muertos.

Esta es la primera parte de un artículo que apareció originalmente en El Faro y fue editado y publicado con permiso. Vea la versión en ingles aquí. Vea el original aquí.

La Fuerza Armada de El Salvador estableció un promedio: durante los 12 años de guerra civil fueron asesinados 16 salvadoreños cada día. En 2015 el promedio fue de más de 18. Fuimos más mortales que en nuestra guerra. El año terminó con 103 homicidios por cada 100.000 habitantes. Uno de cada 1.000 salvadoreños fue asesinado.

Un hombre camina frente a un placazo de la MS13 en el departamento de San Miguel.

A lado y lado de la calle La Fuente, de Soyapango, se esparcen ocho colonias dominadas por la MS13 y el Barrio 18 Sureños, algunas de ellas son de las más icónicas colonias tomadas por las pandillas en toda el Área Metropolitana de San Salvador. La colonia del joven —que por razones obvias pidió se omita su nombre y otros detalles de su vida— es Bosques del Río y está gobernada por el Barrio 18 Sureños, una de las dos facciones en las que se partió la pandilla nacida en California.

El joven no es pandillero. Es trabajador. Trabaja desde adolescente. Ha trabajado en maquilas, almacenes, centros comerciales. No es pandillero, pero cada vez que ha obtenido un trabajo ha tenido que desnudarse ante los encargados de personal para que revisen si tiene tatuajes de pandillas. Para obtener su último empleo incluso le hicieron la prueba del polígrafo. La primera pregunta fue: ¿pertenece a alguna pandilla? El joven no es pandillero, pero es de Bosques del Río, y en el país más violento del mundo, el nombre de tu colonia es como un segundo apellido.

“Mi principal problema es Monteblanco” dice en el carro.

El lema de la MS13 recoge el espíritu de ese efecto pandillero: ver, oír y callar.

Monteblanco es gobernada por la Mara Salvatrucha. Parte de su gestión como gobierno es impedir que gente de Bosques del Río entre en su territorio. Impedir que jóvenes de Bosques del Río, por ejemplo, estudien en el Centro Escolar Agustín Linares. El joven debería haber estudiado ahí, en la escuela que queda a 15 minutos caminando desde su casa, pero como las fronteras son las fronteras optó por viajar más de una hora cada día y estudiar en el centro capitalino, lejos de donde lo conocían. Muchos padres en Bosques del Río optan por rascarse el bolsillo y pagar para que sus hijos se mantengan dentro de su frontera y estudien en el colegio privado Liceo Cristiano Reverendo Juan Bueno.

No es que los MS13 de Monteblanco hagan algo particular. Así son las reglas fronterizas de esta guerra. Ya no solo cuenta que alguien sea pandillero. Si alguien habita de un lado de la frontera, ese es su bando, lo haya escogido o no. Para la mayoría de esa gente, gente como el joven, la demarcación pandillera es más importante que la demarcación oficial: uno puede olvidarse de dónde le toca ejercer el voto y las consecuencias no serán ni de cerca tan severas como si olvida que esa colonia por donde camina es de la pandilla contraria. Los gobiernos van y vienen, las pandillas siguen ahí desde hace dos décadas.

Adentro de muchas de estas colonias hay puestos policiales que reciben casi ninguna denuncia de los habitantes que los rodean. El lema de la MS13 recoge el espíritu de ese efecto pandillero: ver, oír y callar. Su versión alargada lleva incluso una alta cuota de cinismo: ver, oír y callar si la vida quieres gozar.

La demarcación pandillera cubre gran parte del país. Según datos de la Policía de 2013, hay clicas de ambas pandillas en los 14 departamentos. El departamento que menos clicas tiene, según la versión oficial, es Morazán, con 18. Esa demarcación se hace estricta en los barrios populares. Si bien incluso la exclusiva Zona Rosa de San Salvador puede considerarse territorio del Barrio 18 Revolucionarios de la comunidad Las Palmas —en marzo de 2014 ametrallaron un restaurante argentino que denunció la extorsión— los pandilleros no están en esa área pidiendo el DUI a los pasajeros de los buses. En cambio en Soyapango, entre colonias como la del joven, sí.

“En Bosques queda el punto de las Coaster de la 41B, el problema es que en el recorrido entran a Monteblanco a sacar gente. Es una vuelta de tres minutos, cinco si la Coaster va llena, pero yo no puedo entrar a esa colonia. Hago dos cosas. A veces me bajo en la entrada de Monteblanco y espero que la Coaster salga. Solo que a veces los motoristas con la cabeza me hacen que no me suba, porque llevan pandilleros MS13, y me toca esperar a que llegue otra”.

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Toda esa estrategia cada mañana. Todas las mañanas. Ser joven y vivir en una comunidad de pandillas es vivir marcado.

“Si no, me cruzo por los pasajes de Los Ángeles, para salir a la entrada de la colonia San José. Ahí no hay mucho problema, porque es de la misma pandilla de mi colonia. A la salida, agarro una 41B o A, pero sigo con riesgo, porque las que siguen… Es bien complicado: El Limón, MS; la Guayacán, MS, la Kiwani, MS. Ahí se paran en un muro que tapa la colonia para ver quién va en la Coaster. Yo trato de sentarme a la par de alguna señora y esconderme en ella. Silban para ver quién reacciona. Tenés que ir con la cabeza abajo”.

Desde primera hora de la mañana, cientos de salvadoreños andan con la cabeza abajo.

La estrategia del joven no es suya nada más. Señores, mujeres, jóvenes hacen un plan similar para evitar entrar a Monteblanco si son de Bosques del Río. A principios de diciembre de 2015, los emeese de Monteblanco hicieron circular un papel dentro de los buses de la 41B y A. Prohibían a la gente de Bosques del Río que no era pandillera del Barrio 18 Sureños bajarse a la entrada de la colonia, en la frontera. Dice el joven que casi nadie ha hecho caso. El instinto de supervivencia tiene años desarrollándose entre los habitantes de ese nudo de comunidades inmersas en esta guerra que disputan los más de 60.000 pandilleros que el gobierno calcula, pero que marca la cotidianidad de millones de salvadoreños.

La gente de Bosques del Río puede no saber el teléfono del puesto policial más cercano, pero seguro saben que Pirata es el palabrero de su colonia.

“Cuando vengo del trabajo, ya de noche, está la entrada a la Kiwani. La Coaster para enfrente. Yo me aviento antes, me cruzo la calle ligero y me meto por los pasajes de la San José, para llegar a Los Ángeles y entrar a Bosques”.

Avanzamos en el carro. Tras una colonia viene otra. El joven no ha terminado de decir “aquí dominan los sureños” cuando ya estamos en zona MS13. Los placazos señalizan cada territorio. Una M y una S de más de dos metros en Montes. Una mano haciendo la garra MS13 decora toda la pared de una casa. Más adelante, una pequeña pintada en una pared, concreta, como si fuera mensaje vial: “Aquí comienza el dominio de la 18”. Frente a Monteblanco, donde el joven suele bajar cada mañana, dos muchachos hablan por teléfono. “Son postes”, dice el joven, sin resaltarlo, con la normalidad de quien dice llueve. Porque los postes, los vigías de las pandillas, son normales en este país, parte del paisaje cotidiano que tienen enfrente millones de salvadoreños. La gente de Bosques del Río puede no saber el teléfono del puesto policial más cercano, pero seguro saben que Pirata es el palabrero de su colonia. Para sobrevivir hay que entender quién manda.

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“Aquí fue lo que te conté de la Guayacán” dice el joven cuando pasamos frente a la entrada a esa colonia. Se refiere a que la semana pasada, su vecina le gritó desde su casa que no se fuera a trabajar. La vecina había recibido una llamada de un familiar que le comentó que los pandilleros MS13 de la Guayacán estaban esperando, pistola en mano, a los buses y revisando a los jóvenes. Buscando tatuajes, pandilleros enemigos conocidos. El problema es que eso no es excusa para faltar al trabajo ante los jefes del joven. El hijo de la señora y el joven decidieron aventurarse juntos y apostarle a una estrategia.

“Nos bajamos unas cuadras antes, frente a la gasolinera, antes de Monteblanco y la Guayacán, caminamos por la San José hasta la cancha de fútbol y logramos agarrar una 41A. Era cierto, estaban bajando gente ese día”.

Estas colonias son como decenas de otras colonias. La normalidad salvadoreña se parece más a esto que a un lugar donde no pase esto. Lo curioso es que la vida política del país transcurra de espaldas. Será para enmarcar el día en que la cotidianidad de jóvenes como el joven marque la pauta de una plenaria legislativa en el país. Si aquí alguien pintara las fronteras entre una y otra pandilla, desde el aire se vería como un rompecabezas de piezas pequeñas. Un anillo de colonias demarcadas por fronteras invisibles rodeado por otro anillo de colonias iguales. Más allá está Montes de San Bartolo III, MS13; Los Conacastes, 18; Bosques de Prusia, MS13; El Pepeto, MS13 y 18; El Limón, MS13; El Arenal, MS13; Las Margaritas, MS13; Las Campaneras, 18.

Este placazo del Barrio 18 estaba el 8 de junio de 2012 en uno de los muros que circundan la cancha de fútbol del centro escolar de la urbanización Santa Eduviges, en Soyapango (San Salvador).

Llegamos a Unicentro. El acuerdo para que el joven aceptara hacer el breve recorrido fue que no entráramos a Bosques del Río, porque alguien podría pensar que daba información a algún detective policial.

Le vuelvo a preguntar si ya se acostumbró. Repite.

“Nunca se acostumbra uno”.

Esa idea de que la gente se acostumbra bien a vivir bajo las fronteras de las pandillas o que los campesinos gustan de levantarse a las 3 de la mañana o que las empleadas domésticas logran ordenar sus gastos con sus miserables sueldos son ideas paridas desde la comodidad y la cobardía de los que no somos esa gente. Muchas cosas se dicen en zonas donde no dominan las pandillas sobre la gente que vive donde sí dominan. Pocas veces se le pregunta a esa gente qué quiere decir. Pareciera, si uno ve los noticieros, que solo se les visita cuando tienen un cadáver enfrente y que casi siempre se les pregunta si el cadáver, en vida, fue pandillero.

Esa idea de que la gente se acostumbra bien a vivir bajo las fronteras de las pandillas … son ideas paridas desde la comodidad y la cobardía de los que no somos esa gente.

Toda esa tensión con la que arranca y termina el día solo por llegar y volver al trabajo puede incluso ser el menor de los problemas de esta demarcación pandillera. Un padre me contó que no puede visitar a su hijo en su casa ni viceversa. Su hijo y él viven a 10 metros de distancia, pero la calle que los separa en la colonia Popotlán II, del municipio de Apopa, no es una calle sino una frontera. Del lado del hijo gobierna el Barrio 18 Revolucionarios. Del lado del padre gobierna el Barrio 18 Sureños. Padre e hijo, cuando quieren verse, se citan en otro municipio o en un centro comercial. Una mujer del municipio de El Carmen, en el departamento de Cuscatlán, no pudo ir este diciembre al funeral de su tía, asesinada por pandilleros, porque el funeral ocurrió en otro territorio, gobernado por las dos letras.

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El discurso oficial suele sugerir que la mayoría de los muertos son pandilleros, que esta guerra solo mata guerreros. Y sin embargo, decenas de miles viven en márgenes que pueden terminar en muerte al menor error. Si el padre cruzaba la calle para decir hola a su hijo. Si la mujer iba al entierro de su tía. Si el joven se duerme y no baja a la entrada de Monteblanco.

Le pregunto al joven cómo logró aprenderse todo este entramado de colonias si no logra visitarlas. Dice que algunas las visitó antes de que la guerra arreciara y las fronteras fueran inviolables. Recuerda haber jugado en el torneo de fútbol de la colonia Los Ángeles con un equipo de Bosques del Río hasta que un día, al medio tiempo, hubo balacera entre unos y otros. Aún recuerda que la cancha de El Pepeto es de grama artificial, “bien alfombradita”, pero ese sector quedó del lado MS13 y tiene años de no patear una pelota allá ni en Monteblanco. Es un aprendizaje lento, constante. Una balacera por allá, un joven muerto frente a El Limón, un placazo en cierta cancha, un retén pandillero a la entrada de la Guayacán…

El joven explica de mejor manera cómo se aprendió el mapa de su vida.

“Porque es la socazón diaria de uno. Uno tiene que saber dónde caminar y dónde no. Porque uno ha vivido toda la vida aquí”.

 *Esta es la primera parte de un artículo que apareció originalmente en El Faro y fue editado y publicado con permiso. Vea la versión en ingles aquí. Vea el original aquí.

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