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En Honduras, la tala y el tráfico ilegales de madera están estrechamente vinculados con el puente de narcotráfico en la zona nororiental del país, por donde sigue pasando un buen porcentaje de la cocaína que cruza el corredor centroamericano. En medio de estas economías ilegales se encuentra el poder político del país.

Dulce Nombre de Culmí es un pueblo enclavado en las montañas del noreste de Honduras, en el que el edificio más grande y el único que luce con buen mantenimiento es el que alberga a la iglesia católica y al complejo educativo aledaño, administrado por religiosos franciscanos.

No es un pueblo bonito, pero sí es un pueblo vivo: un lunes, las cuadras próximas al parque central lucen llenas de comercio formal e informal, ventas de ropa y comida en tenderetes provisionales instalados en las aceras, y productos agrícolas y de construcción en los negocios que albergan los edificios de concreto de una planta industrial cercana al centro del pueblo.

La economía que mueve este lugar está basada en los bosques que lo circundan: en sus pinares y en la jungla de maderas preciosas, como la caoba y el cedro, las cuales alimentan una economía que entre 2016 y 2018 movió entre US$60 y 80 millones al año. Según cálculos de organismos ambientalistas de Honduras, entre 50 y 60 por ciento de ese comercio proviene de la tala ilegal, y la mayor parte sale de las reservas boscosas del noreste hondureño.

Culmí, como le llaman los locales, es el último asentamiento urbano antes de adentrarse a la Biósfera del Río Plátano, un bosque protegido en el que desde hace más de una década convergen el narcotráfico y la tala ilegal. Hacia el sur del pueblo, a 57 kilómetros, se encuentra la ciudad de Catacamas, el punto de salida por vía terrestre hacia el resto del país. Hacia el norte está el bosque protegido y las rutas clandestinas hacia las zonas despobladas del Atlántico hondureño que colindan con Nicaragua.

* Este artículo es el resultado de una investigación sobre ecotráfico en la región, realizada en conjunto con el Centro de Estudios Latinos y Latinoamericanos de American University (CLALS). 

Las montañas y planicies aledañas a Culmí están salpicadas de pistas aéreas clandestinas, sobre todo desde el boom del narcotráfico a finales de la década pasada y principios de esta.

Para 2007, según la Dirección de Aeronáutica Civil, había al menos 100 pistas clandestinas en Olancho, el departamento donde se asientan Catacamas y Culmí. Para 2014, el gobierno de Juan Orlando Hernández se jactaba de haber destruido 75 pistas en todo el país.

Santos Orellana, un capitán del ejército hondureño que trabajó desde 2012 hasta 2016 en una fuerza especial de tarea antinarcotráfico, dice que hay muchas más pistas, al menos unas 300. Casi todas ellas están construidas en zonas boscosas taladas por traficantes locales de madera en tierras compradas por grupos de narcotráfico, algunos de cuyos líderes han sido ya apresados y extraditados a Estados Unidos.

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En Olancho, Yoro y Gracias a Dios, tres departamentos de producción maderera por excelencia, los grupos tradicionales de narcotráfico han estado involucrados en la tala y el tráfico ilegales de madera, según confirmaron a InSight Crime el capitán Orellana y otros cuatro oficiales del Estado hondureño, entre fiscales y miembros de la autoridad forestal, quienes hablaron bajo condición de anonimato por razones de seguridad.

Por lo menos tres grandes grupos de narcotráfico en esta región se han metido en la tala ilegal de madera, pero según fuentes municipales en Olancho e investigadores en Tegucigalpa, esta economía representa un interés secundario: la prioridad de los grupos narcos es apoderarse de las tierras remotas para construir pistas clandestinas y, de paso, lucrarse con la madera que sacan ilegalmente de esos lugares.

La convergencia de las dos economías criminales, de madera y de droga, funciona así, según ha determinado la investigación de campo realizada por InSight Crime en Honduras:

Grupos de campesinos, muchos de ellos emigrados de las zonas más pobres del sur de Honduras, colonizan tierras despobladas en la zona de amortiguación de la Biósfera del Río Plátano, o incluso en su núcleo, y son quienes llevan a cabo las talas masivas con la protección del poder político local o de grupos de narcotráfico.

La madera que sale de esas talas, la mayoría de las cuales son hechas sin la supervisión del Instituto de Conservación Forestal de Honduras (ICF), abastece sobre todo los mercados locales. En el caso de la madera de pino, esta se mezcla con cargamentos que sí son legales, mediante subterfugios como la falsificación de permisos de tala o el pago a policías encargados de vigilar los cargamentos en las carreteras.

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Las maderas preciosas, como la caoba y el cedro, suelen salir a través de rutas clandestinas hacia el norte, al departamento de Gracias a Dios, y de ahí a plataformas de procesamiento como La Ceiba. En esas rutas, además de madera, viaja la droga.

“Hay una carretera clandestina que va desde Culmí hasta Tahuaca —en la frontera con Nicaragua— y es de los narcos. Son carreteras cerradas con candados y cadenas que controlan los narcos de la zona”, cuenta Fausto Mejía, director de Monitoreo Forestal Independiente, una organización que estuvo adscrita a la Defensoría de Derechos Humanos y que hoy, como ONG, realiza informes regulares sobre la tala ilegal en el país.

El objetivo final de los narcos, sin embargo, no es el lucro que produce la madera —ese es solo un beneficio añadido—. Abrir espacio a las narcopistas aéreas ha sido el principal interés. “Para eso es para lo que ocupan el área forestal”, confirma un exfiscal ambiental en Tegucigalpa.

Lo que llega a esas pistas, la droga, sale por río en los llamados “pipantes”, botes planos para navegación fluvial, muchas veces entre cargamentos de madera que viajan varias horas por los cauces del Patuca y el Tahuaca hasta caminos tipo trocha en los que ambos productos viajan a lomo de mula hasta las carreteras clandestinas abiertas por los narcos en estas zonas remotas. Son estos, los caminos desolados en que han reinado los señores del bosque, los que mueven la madera y la droga.

* Este artículo es el resultado de una investigación sobre ecotráfico en la región, realizada en conjunto con el Centro de Estudios Latinos y Latinoamericanos de American University (CLALS).

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