Mediador de tregua con pandillas en El Salvador pierde la fe: Parte I

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El nombre ‘Raúl Mijango’ genera sarpullidos en buena parte de la sociedad, pero hay un hecho innegable: pocas personas conocen tan bien a las pandillas salvadoreñas como él. En esta entrevista, quien fuera la cara visible de la Tregua se despide de su creación y culpa a Estados Unidos, al fiscal Luis Martínez, al exministro de Seguridad Ricardo Perdomo y al FMLN de dinamitar el proceso. También denuncia falta de voluntad en las pandillas.

Raúl Mijango apaga y cierra. Aunque él prefiera matizarlo, el último entusiasta de la negociación con las pandillas como mecanismo para frenar la violencia entrega las llaves de su oficina de mediador y busca otras batallas para dar. Otras que no estén perdidas.

Esta es la primera parte de un artículo que apareció originalmente en El Faro de Sala Negra y fue publicado con permiso. Vea el original aquí.

En esta entrevista, Mijango deja en el cubo de la basura lo poco que él entiende por diplomacia y lenguaje políticamente correcto: los “gringos”, dice, fueron los principales conspiradores contra el proceso del que se considera padre, ayudados por funcionarios ansiosos por simpatizarles, como el fiscal general Luis Martínez o el exministro Ricardo Perdomo.

Asegura haber adquirido con la experiencia acumulada como mediador la habilidad de “profetizar” lo que iría ocurriendo y, por raro que suene, algunos vaticinios le dan la razón: advirtió de que, de terminarse la Tregua, los asesinatos se duplicarían o triplicarían. Y pasó. Advirtió de que las pandillas entrarían en una sangrienta anarquía. Y pasó. Ahora que la Tregua se ha terminado, advierte de que habrá que esperar cinco o diez años muy violentos antes de que alguien se atreva a mencionar el diálogo con los pandilleros como una opción.

Por lo pronto, ha vaciado su oficina, se ha llevado los reconocimientos, los diplomas elaborados por los mismos pandilleros, un mapa nacional con pinchitos de colores que indicaban los municipios que ya habían intervenido y aquellos en los que pensaban intervenir, y un cartelito que rezaba ‘No te des por vencido, ni aún vencido’.

Desde 2012 usted ha sido un optimista de la Tregua; en las vacas gordas, en las vacas flacas y en las vacas esqueléticas. ¿Qué le convenció de que el proceso había llegado a un callejón sin salida?

En marzo de 2012 se abrió la oportunidad de iniciar un proceso para resolver el problema de la violencia. Fueron 15 meses intensísimos, en los que hicimos mucho más que lo que habíamos previsto. Creo que en el futuro, cuando se analice la violencia, habrá que analizarse el ‘antes de la Tregua’ y el ‘después de la Tregua’. Se demostró que el problema de la violencia tiene solución cuando se aborda de una manera diferente al simple hecho de reprimir.

¿Cómo influyó la campaña presidencial en que la Tregua fracasara?

Las dos formaciones mayoritarias, FMLN y Arena, tenían plena conciencia del peso electoral que representan los grupos pandilleriles, y sobre todo los núcleos sociales que giran alrededor de ellos. No es ningún secreto que en esos meses previos a las elecciones los dos partidos quisieron ganarse esos votos. Tras la victoria en segunda vuelta de Salvador Sánchez Cerén, se abrió un capítulo diferente en el país. En el caso particular de las pandillas, esa victoria llenó de esperanzas de que se podía reactivar el proceso; no solo porque fuera un gobierno de izquierda, sino porque entiendo que habían mantenido conversaciones privadas, y un elemento que siempre estuvo sobre la mesa era generar facilidades para la continuidad de este proceso.

¿Conversaciones entre el FMLN y las pandillas?

Así es.

¿Conversaciones entre el gobierno entrante y las pandillas?

Por supuesto.

¿Eso que afirma es una suposición o tiene pruebas?

Sé que hubo reuniones de líderes de las pandillas con el Frente, y que sobre la mesa estaba la continuidad del proceso.

¿Lo cree o lo sabe?

Lo sé. Y esas conversaciones llenaron de expectativas a los pandilleros, expectativas que se revirtieron negativamente, con creces, cuando el nuevo gobierno asumió el control del Estado y la dirección política en el tema de violencia resultó completamente diferente a lo que se había hablado.

Mayo de 2014, el mes previo a la toma de posesión de Sánchez Cerén, resultó muy violento. ¿Cómo se explica si las pandillas tenían fundadas esperanzas en el nuevo gobierno?

Las explicaciones que en aquel momento escuché giraban alrededor de que las acciones represivas que impulsaba el entonces ministro de Seguridad Pública, Ricardo Perdomo, provocaron esa reacción. Y el argumento del que se me informó fue que había que esperar a que Perdomo saliera del escenario, porque era el que de alguna manera ennublecía la posibilidad de retomar el proceso.

¿Usted no incluye el año de Perdomo (junio de 2013 a mayo de 2014) como un tiempo en el que estuvo vigente la Tregua?

Para nada. 2013 resultó ser el año en el que más se redujeron los niveles de violencia, pero, si hacés cuentas, fue por la primera mitad del año.

Pero durante todo 2014 usted siguió hablando de la Tregua como un proceso vivo.

Porque lo que a mí me habían dicho era que el nuevo gobierno tenía la idea de continuar, y eso a mí me generó una expectativa de que, si bien el proceso había entrado en crisis, se podía revitalizar. Ese era el sustento del optimismo que yo expresaba.

¿Usted medió entre los delegados del FMLN y los líderes de las pandillas? ¿Los puso en contacto?

Yo en ese tipo de cosas me he cuidado mucho, porque el factor político es el que más daño le puede hacer a cualquier acción que busque resolver el problema de la violencia. ¿Por qué? Porque los partidos, en un espectro tan polarizado como el salvadoreño, siempre quieren sacar ganancia política. Por eso siempre hice un esfuerzo por tratar de mantenerme semineutro, porque estaba convencido de que para que el proceso fuese exitoso, había que territorializarlo. Y en el terreno hay que trabajar con alcaldes de los diferentes partidos, y yo no me podía parcializar. Además, el Frente podía interlocutar directamente, sin mediadores, y así lo hicieron. Yo no participé en esas conversaciones, aunque por supuesto que me informaban de inmediato; incluso escuché grabaciones que se hicieron…

¿Hay grabaciones de esos encuentros entre dirigentes del FMLN y voceros de las pandillas?

Las hay. Yo no las tengo, pero las he escuchado.

¿Quiénes dentro del FMLN participaron en esas reuniones?

[Guarda un par de segundos de silencio] Participó gente con capacidad de decisión. Hasta ahí les puedo decir.

La persona que lea esto puede pensar que usted todo lo está inventando para ensuciar el nombre del FMLN.

No, porque lo mismo puedo decir de Arena. También hubo representantes de ese partido con capacidad de decisión que tuvieron conversaciones con las pandillas; incluso se filtraron fotografías de alguno de esos encuentros. ¡Y eso no es malo! Si un pandillero está en libertad y no hay ningún proceso penal abierto en su contra, es una persona en situación de legalidad y se puede hablar con ella.

¿Por qué omite los nombres de los negociadores de los partidos?

Porque yo no estuve en esas reuniones. Supe de ellas por otras vías. Quienes tendrían que explicar eso son los que estuvieron ahí: los representantes de las ranflas nacionales de las pandillas, y la gente con poder de decisión en ambos partidos. Pero vamos al punto: el punto es que se cultivó una expectativa de que el proceso se podía reactivar en beneficio del país, y digo del país porque nadie me va a decir que tener 30 homicidios diarios es mejor que tener 5, ¡eso no lo voy a creer yo nunca! Entonces, había posibilidades de bajar de nuevo los asesinatos. ¿Cuándo se agotó esa posibilidad? Cuando en enero de 2015 se da la fatídica declaración de Sánchez Cerén que fue interpretada por las pandillas como una declaración de guerra. Y ahí todo ha ido a peor, hasta la situación que tenemos hoy.

La segunda mitad de 2014 fue un período de indefinición…

Hubo una especie de silencio sobre el tema.

En septiembre se presentó el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia, y usted dijo que había que darle el beneficio de la duda.

Hoy yo siento que las posibilidades de construir paz en el país se han agotado, y ahora toca esperar a que los sedientos de muerte y de sangre, tanto en las pandillas como en el gobierno, se sacien y vuelvan a considerar que es necesario trabajar por la paz. ¿Eso cuánto tiempo va a durar? No sé pero, en la experiencia que conocí y viví en el conflicto armado de los ochenta, fueron diez años y más de 50,000 muertos. En 1982 se hizo la primera propuesta de búsqueda de soluciones negociadas, pero en aquel momento las dos partes creyeron en la victoria militar. Es igual que ahora, que el gobierno está tratando de buscar una victoria militar, mientras que una vía negociada permitiría ahorrar tiempo, ahorrar muertos y ahorrar sufrimientos, y resolver el problema de una forma eficaz, como ya demostramos en 2012.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre tregua entre pandillas en El Salvador

¿Por qué siempre le gusta hacer paralelismos entre la guerra civil de los ochenta y el fenómeno de las pandillas?

Porque, en mi opinión, son conflictos similares; no en el plano político-ideológico, pero sí en que las causas sociales que los generaron son las mismas.

Pero usted está consciente de que esa comparación ofende a muchas personas que en su día fueron guerrilleros…

Sí, a los que hoy están en el gobierno y les toca defender el status quo. ¡Yo no! Yo no estoy obligado a defender la Constitución. ¡No estoy obligado! ¿Por qué? Porque yo no comparto el sistema económico y político que surge de la Constitución, que es de carácter plutocrático, diseñado para favorecer a las clases dominantes. Yo creo que hay que transformar el sistema, y todos teníamos expectativas de que, parangonando a Schafik, cuando la izquierda llegara al poder, iba a buscar transformarlo desde adentro, pero hemos sido testigos, en los últimos seis años, de que el sistema terminó transformando a la izquierda.

¿No le parece un poco reduccionista afirmar que las razones que nos llevaron a la guerra civil son las mismas que alimentan el fenómeno de las maras?

Es que no hay que ver las pandillas solo como grupos criminales, sino como un fenómeno social. Y cuando las ves como un fenómeno social, por supuesto que las causas que las mueven son de carácter estructural, como en la guerra. Esas causas han incidido no solo en que el problema se haya generado, sino también en su desarrollo, en su crecimiento y en que las pandillas nos tengan en la situación en la que estamos como país: sometidos. La violencia que generan este tipo de grupos es una consecuencia del modelo socioeconómico y político que tenemos.

Usted dice ahora que la Tregua terminó en junio 2013. ¿Qué razones objetivas hay para tirar la toalla hoy, que no las había en julio de 2013 o a lo largo de 2014?

Han ocurrido cosas que me permiten sustentar esa creencia. El primer hecho es que hubo una expresión oral del presidente en la que privilegió la búsqueda de soluciones represivas y expresó que no hay espacios para ningún tipo de diálogo, mucho menos para entendimientos con las pandillas. Otro elemento es que, desde cuando se me privó de la oportunidad de interlocutar con las pandillas, yo he insistido en la idea de comprometerlas a que inicien un proceso unilateral que ayude a transformar esta situación, que sean los pandilleros los que asuman la bandera de trabajar por la paz. Y en un llamado vehemente que hice hace poco, reté a las pandillas: les pedí que desarrollaran un proceso de reducción de violencia sin pedir nada a cambio. ¿Y qué respuesta tuve? Un incremento significativo en las cifras de asesinatos.

Las cifras de homicidios lo convencieron de que las pandillas tampoco querían dialogar.

Me convencí de que no querían iniciar un proceso unilateral. Ellos se sienten agredidos por el gobierno, y se sienten con derecho de respuesta. La consecuencia es que las dos partes han optado por la violencia, y en esas condiciones no queda espacio para trabajar por la paz. Para el diálogo se necesita voluntad política, y hoy esa voluntad no la ves ni en el lado del gobierno ni en el de las pandillas. Cada uno tiene su propia justificación, pero al final todo se reduce al hecho de que no existe voluntad. ¿Por qué? Porque las cosas son cada vez más complejas. En 2012, para controlar el problema de violencia en el país, lidiábamos con seis grupos: la MS, las dos 18, la Mao-Mao, La Mirada y La Máquina. Con todo lo que ha pasado, hoy tenés que lidiar con 700 clicas. Cada grupo, por la estrategia equivocada con la que se está combatiendo el problema, ha generado un nivel de… de… ¿cómo te diría yo?

¿De atomización?

Atomización no. Como de… anarquía, una anarquía en la que han caído cientos de grupos que antes respondían a las directrices de las ranflas nacionales, pero que ahora operan de forma autónoma, unidas solo por la idea de practicar la violencia. Con estos niveles de anarquía, desarrollar un proceso de reducción de violencia, con la amenaza además de que buscar la paz pueda ser tipificado como acto de terrorismo por la Fiscalía, pues yo al menos he concluido que espacios para trabajar ya no hay.

*Esta es la primera parte de un artículo que apareció originalmente en El Faro de Sala Negra y fue publicado con permiso. Vea el original aquí.

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