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Visitar una prisión de mujeres en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, permite apreciar el creciente papel que están cumpliendo las mujeres en las redes de extorsión. La ubicuidad de los mercados de extorsión en los barrios urbanos de bajos recursos ha convertido a esta economía criminal en una importante fuente de empleo informal para las mujeres —muchas de las cuales tienen conexiones con miembros de las pandillas MS13 o Barrio 18 en las cárceles del país.

Cuando golpeamos la enorme puerta roja y desgastada, una tabla de manera improvisada puesta sobre un agujero cuadrado que hace las veces de mirilla se levantó del otro lado. Un guardia nos lanzó una mirada desde el interior y abrió la puerta. Entramos a un frío y oscuro vestíbulo de lo que alguna vez fue un hermoso edificio colonial. Aquí las paredes están pintadas de un horrible verde intenso, y al fondo se aprecia una puerta asegurada con rejas.

El edificio, que antes era una escuela, es actualmente una prisión de mujeres en Quetzaltenango, una ciudad en las montañas del occidente de Guatemala. Tras las rejas, al fondo del vestíbulo hay un patio al aire libre rodeado por una pared con arcos amarillentos y sucios. La mayoría de las 130 reclusas están sentadas en sillas de plástico blancas, hablando en voz baja. Algunas juegan con sus pequeños hijos, a quienes se les permite estar con ellas en la cárcel hasta que cumplan cuatro años de edad.

Un profundo silencio se produjo cuando entramos. Las mujeres nos estaban esperando. Mi compañera, Andrea Barrios, de la organización sin ánimo de lucro Colectivo Artesana, que trabaja con reclusas de todo el país, explica que el motivo de nuestra visita es hablar con las que están siendo juzgadas por extorsión, y dice que las demás pueden retirarse.

De las más de cien mujeres presentes, unas pocas se alejan. La mayoría se quedan.

Cargos de extorsión contra mujeres, en aumento

La extorsión es el delito más común por el cual las mujeres están tras las rejas en Guatemala, y las estadísticas han ido en aumento desde 2009. En 2014 había 382 mujeres encarceladas por extorsión. En 2017, dicha cifra se duplicó, llegando a 791 —de un total de 2.612 mujeres presas en todo el país, según datos oficiales—.

“Había una tendencia a criminalizar menos a las mujeres, por lo que las pandillas empezaron a involucrarlas más, no como integrantes, sino porque eran menos visibles ante la policía”, nos dijo Barrios.

Aquí, en la prisión de Quetzaltenango, se alinean para contarme sus historias, la mayoría de las cuales son sorprendentemente similares. En general, narran que fueron abordadas por algún joven conocido, ya sea en la cárcel o por fuera de ella, quien les pidió prestadas sus cuentas bancarias. La mayoría de las mujeres relatan que quienes las abordaron les dijeron que algún amigo o familiar les iba a depositar en su cuenta un dinero que necesitaban urgentemente, y que les harían un gran favor si les traían ese dinero a la prisión o si se lo entregaban a un “miembro de la familia” por fuera de ella.

Julia es una de las mujeres que habló conmigo. Es una ama de casa de 57 años, de baja estatura y fornida, cuyo cabello le llega a los hombros. Me dijo que la abordaron cuando estaba visitando a su hijo en la cárcel.

Uno de los compañeros de su hijo le dijo que su abuelo quería enviarle algo de dinero, entonces ella recibió 1.000 quetzales (unos US$136 actualmente) y se los llevó a la cárcel. Dice que ocho años después fue arrestada por la policía antipandillas de Guatemala en su casa a las 6 de la mañana y acusada de extorsión por ese depósito bancario.

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Dulce, de 34 años de edad, fue arrestada y llevada a la prisión apenas dos semanas antes de nuestro encuentro. Era la segunda vez que pagaba una pena de cárcel por cargos de extorsión.

No me dio muchos detalles acerca de la relación que tiene con un pandillero, pero los tatuajes en sus cejas indican que es una relación importante. Fue sincera al narrar la manera como la pandilla utilizó su cuenta bancaria para recibir los dineros provenientes de las extorsiones: “Al principio no sabía [que era dinero sucio] —pero después sí lo supe”.

Cuando habla de sus dos hijos, cuya custodia pasó totalmente al padre, hace una pausa y suspira profundamente. Enormes lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas. Dice que lo siente, pero no puede parar de llorar. El grupo de mujeres en torno nuestro la miran sollozar tranquilamente —ya están bastante acostumbradas—. Varios niños pequeños recorren la cárcel jugando con botellas vacías de Coca-Cola y otras basuras. Una de esas niñas, su hija, juega a sus pies mientras ella llora.

“La mayoría tienen vínculos con las pandillas”

Hay algo más que la mayoría de las mujeres que hablaron con nosotros tienen en común: dicen que fueron engañadas. Afirman que no sabían que sus cuentas bancarias estaban siendo utilizadas para las extorsiones.

No sabían que las personas que les pedían prestadas sus cuentas eran pandilleros; insisten en que solo dejaron que ocurriera una vez y luego cerraron sus cuentas, pero fueron detenidas años más tarde debido a uno o dos depósitos.

Ana, una mujer con una línea negra tatuada alrededor de sus labios, dice que su novio no era pandillero cuando fue encarcelado, pero que se vinculó a una pandilla una vez en prisión. Dice que intentó romper con él, pero necesitaba dinero para operar a su pequeño hijo, quien tenía dificultades para respirar. El padre del niño le prometió que le enviaría dinero a su cuenta, pues devengaba dinero por un trabajo que hacía en la cárcel. Pero resultó que el dinero que entraba a su cuenta —y a la de su hermana, quien también se vio involucrada— provenía de la extorsión, y ahora ambas están tras las rejas.

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Irma, una hondureña de 58 años de edad que se encuentra en la cárcel por lavado de dinero, dice que las mujeres cambian sus historias cuando son atrapadas.

“La mayoría saben lo que estaban haciendo, pero cuando llegan aquí quieren lavarse las manos: la mayoría tienen vínculos con las pandillas”, dice.

Barrios coincide con esa afirmación: “Todas tienen familiares o esposos en la cárcel y ellos les explican lo que deben decir, pues piensan que así podrán salir libres”.

Lo sorprendente es que la conexión de tantas mujeres con pandilleros encarcelados permitió involucrarlas en el mercado de las extorsiones, ya sea de manera involuntaria o voluntaria. Antes de caer presas, muchas de ellas visitaban a sus compañeros, hijos o hermanos pandilleros en la cárcel, y de esta manera se iniciaron en el mundo criminal, si no es que ya lo estaban. Dada su realidad, caracterizada por la falta de oportunidades laborales, así como por la pobreza, familias destruidas y varios hijos a los cuales sostener, su participación en los esquemas de extorsión es comprensible, a veces necesaria, e incluso ingenua. Barrios señala que dicha participación es facilitada por la falta de control sobre las visitas conyugales y familiares en las prisiones de Guatemala, algo que su organización está tratando de cambiar.

Cuando nos disponíamos a salir de la cárcel, pudimos ver a las mujeres compartir su comida y reír viendo jugar a sus hijos. Barrios cree que este ambiente pacífico no durará.

“Van a recibir condenas de 15 años. Ahora son amigas, pero se volverán enemigas, se irán unas contra otras y tratarán de matarse entre ellas”, dice apesadumbrada.

Al referirse al poder de las pandillas y al creciente número de mujeres encarceladas por delitos relacionados con ellas, Irma, la presa hondureña, también se muestra pesimista.

“Nadie puede detener esto. Solamente Dios”.

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