Narcocorridos en México: ¿un malentendido?

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La indignación estalló como pólvora en redes sociales el año pasado cuando apareció el video de una quinceañera del centro de México en su celebración de quince años bailando con su padre un narcocorrido, en lugar del tradicional vals. Pero, ¿qué hay detrás del atractivo de esas canciones para los jóvenes de hoy?

Posando como la estrella de la telenovela La Reina del Sur en vestido blanco, más corto que el tradicional traje de fiesta en colores pastel, la joven representó una escena en la que la atacaban sicarios, antes de que la policía llegara a rescatarla y la salvara, mientras al fondo sonaba la canción del narcocorrido “Sanguinarios del M1”, de Movimiento Alterado.

“Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca, volando cabezas a quien se atraviesa, somos sanguinarios, locos bien ondeados, nos gusta matar”.


(“Sanguinarios del M1” de Movimiento Alterado)

Los jóvenes no son los únicos que manifiestan esta fascinación por los forajidos. Muchas personas en toda Latinoamérica se han dejado llevar por la atracción que ejercen los maleantes —desde personajes como Pablo Escobar en Colombia hasta el exjefe del Cartel de Sinaloa Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”— quienes fueron capaces de eludir la ley y evitar ser capturados durante años. El estilo de vida escurridizo de tales figuras, muy distinto a lo que se considera ordinario, es cautivador e intrigante.

El encanto del ‘forajido’

El estilo de vida al margen de la ley ejerce cierto atractivo para oyentes jóvenes, quienes se sienten atraídos por los narcocorridos —subgénero de la música popular norteña— en parte porque estas expresiones han sido estigmatizadas y prohibidas en muchos lugares de México y Estados Unidos, opina Miguel Cabañas, profesor asociado de la Universidad Estatal de Michigan, estudioso de las representaciones del narcotráfico en la cultura popular.

“Cuando los gobiernos comenzaron a decir que debíamos prohibir estas canciones y controlarlas, los jóvenes de culturas marginadas se vieron atraídos por este ‘fruto prohibido’”, comentó Cabañas en intercambio con InSight Crime.

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En México, el estado de Chihuahua, al noroeste, ha prohibido los espectáculos en vivo de los narcocorridos o la reproducción de sus canciones en la radio. Cuando se los pone, a grupos famosos como Los Tigres del Norte les han impuesto multas hasta de US$25.000 por infringir las leyes de la ciudad. Pero intentar prohibir estos tipos de canciones ha tenido el efecto contrario en los jóvenes, comenta Cabañas, pues los atrae a la música de la que los gobernantes desearían que se alejaran.

Esta dinámica no es exclusiva de los narcocorridos. Grupos famosos de hip hop, como NWA, en Estados Unidos, también han compuesto canciones donde se idealizan los estilos de vida narcos y se retratan las vidas de las comunidades marginadas, atrayendo a personas como adolescentes y adultos jóvenes a la vez que agitan la controversia pública.

Sin embargo, los narcocorridos no son simplemente canciones que adornan el tráfico de drogas, son críticas a las realidades que enfrentan muchos mexicanos y mexicano-americanos afectados primero por la llamada “guerra antinarcóticos” en Estados Unidos, y luego por la guerra antinarcóticos emprendida por México con apoyo de Estados Unidos.

Una retribución de la ‘guerra antinarcóticos’

Muchos de los creadores originales de los narcocorridos vinieron del estado de Sinaloa, en el golfo de México, relata Cabañas, parte del llamado “Triángulo Dorado”, región en el oeste de México que ha sido por largo tiempo un importante productor de opio —ingrediente básico para la fabricación de heroína— y marihuana.

Sinaloa también es el centro de la guerra contra las drogas declarada por el expresidente Felipe Calderón en 2006. Esta “guerra” sigue librándose actualmente, pese a serios interrogantes que cuestionan su eficacia después de la muerte de más de 200.000 personas y la desaparición de miles más desde su inicio.

Estos cantantes crecieron oyendo la banda, un estilo musical que se toca generalmente con instrumentos de viento, en su mayoría de bronce, y percusión, no muy distinta de la música norteña que se toca en el norte de México y que se asocia con los narcocorridos.

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Sin apoyo del gobierno y ante la falta de muchas oportunidades económicas y laborales aparte de la producción de narcóticos en estas zonas rurales, algunos habitantes recurrieron a escribir canciones sobre las realidades que vivían día a día, muchas veces relacionadas con los traficantes metidos en el negocio de la droga, pero también hablando de la corrupción del gobierno y de otros temas.

Los narcocorridos ofrecían una versión local de hechos que muchas veces eran representados de manera equivocada en los medios, según Cabañas, algo de lo que los ciudadanos están cansados hace tiempo, por su larga historia de influencia de operadores políticos y de silencio impuesto por actores criminales y funcionarios del gobierno.

“El narcocorrido siempre ha mirado con ojo crítico lo que sucede en la guerra antinarcóticos”, observa Cabañas. “Ofrece una forma popular de revisitar ciertos hechos que sucedieron y la manera como los ve la gente”.

Una oportunidad alternativa

Es más, cantar narcocorridos brindó a algunos miembros de las comunidades una oportunidad de beneficiarse económicamente y de tomar una parte de la guerra apoyada por Estados Unidos contra la producción de estupefacientes en México. Es una manera como los habitantes pueden procesar el trauma causado por la guerra antinarcóticos y de resistir las políticas gubernamentales que en realidad destruyen una forma de sustento, si no la única, en regiones donde el gobierno no ha ofrecido alternativas.

Esto, según Cabañas, toca el fondo de los malentendidos en torno a los narcocorridos.

“[Los narcocorridos] son un producto cultural que se ha estigmatizado porque la gente no lo entiende”, opina Cabañas. “Es más sencillo decir que, bueno, que toda esta gente tiene esta cultura violenta. Pero no comprenden el contexto de la guerra antinarcóticos, cómo ha afectado a las comunidades y la forma intrincada como se procesa ese trauma de la violencia en México”.

Pese a los esfuerzos de varios estados mexicanos por prohibir los narcocorridos, la idea de que eliminar esas canciones ayudará a resolver los índices sin precedentes de crimen y violencia en México es algo que para Cabañas es “a todas luces insensato”.

“Si no tuviéramos narcocorridos, seguiríamos teniendo narcos y guerra antinarcóticos. Las cosas no van a cambiar porque no haya música que hable de eso. Son las condiciones sociales y políticas las que crean el negocio de la droga”.

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