Narcotraficantes religiosos en Brasil tienen su propia “guerra santa”

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La expresión “narcotraficante evangélico” puede parecer incoherente, pero en Río de Janeiro es un fenómeno cada vez más común.

El cristianismo carismático ha ido en aumento en todo Brasil. Incluso Río, una ciudad famosa por su libertinaje, eligió a un alcalde evangélico el año pasado. El protestantismo evangélico está actualmente tan extendido en Río que incluso algunos de los más conocidos narcotraficantes de la ciudad dicen estar difundiendo el Evangelio.

Yo me dedico al estudio de la violencia en Latinoamérica, y he observado un fuerte aumento en los informes de crímenes por motivos religiosos en Río de Janeiro durante el año pasado, en particular en cuanto a los ataques a los “terreiros” —los templos tradicionales del Candomblé y la Umbanda—.

*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Fue editado y publicado con permiso. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el original aquí.

El giro evangélico en Brasil

La persecución de estas religiones afrobrasileñas, cuyos adeptos son en general brasileños pobres y de raza negra, ha existido desde el siglo XIX. Pero los estudios en Río —tanto los míos como los de otros investigadores del crimen— señalan que la actual ola de intolerancia religiosa es más acentuada y más violenta que antes.

Si bien las estadísticas que confirman esta nueva tendencia son aún deficientes, el aumento de los crímenes de odio religioso parece coincidir con la propagación del protestantismo evangélico en Brasil.

Hoy en día, aproximadamente una cuarta parte de los brasileños se identifican como protestantes —un 5 por ciento más que en la década de los sesenta—. Muchos de los protestantes del país asisten a las ceremonias religiosas tradicionales. Pero las vertientes de mayor crecimiento en Brasil son las Iglesias Pentecostal y Neopentecostal —lo cual incluye la Asamblea de Dios y la Iglesia Universal del Reino de Dios, que han gozado de amplia aceptación—.

Lo mismo ocurre en el ámbito político. Los legisladores evangélicos tienen actualmente 85 de los 513 escaños en la Cámara de Representantes del Congreso de Brasil, lo que significa que la derecha religiosa está influyendo en el debate nacional sobre los derechos de los gay, la igualdad racial, la salud reproductiva de las mujeres, la educación y otros asuntos sociales.

Entre 2000 y 2010, en Río de Janeiro hubo un aumento del 30 por ciento en los evangélicos. Durante el mismo período, el número de católicos y adeptos del Candomblé y la Umbanda disminuyó en un 9 y un 23 por ciento, respectivamente.

La mayoría de los conversos son personas pobres que se ven atraídas por la doctrina evangélica de la salvación personal. Los líderes evangélicos de las favelas pobres de Río suelen transmitir un mensaje de fidelidad, pureza y prosperidad.

Y algunos tienen una idea vaga de las religiones afrobrasileñas. Para los predicadores que defienden una cosmovisión espiritual binaria, los cristianos “buenos” deben librar una guerra santa contra los practicantes “malos” del Candomblé y la Umbanda.

Como escribió en 1997 Edir Macedo, el multimillonario obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, en su libro “Orixás, caboclos y falsos dioses o demonios”, las religiones afrobrasileñas “buscan alejarnos de Dios. Son enemigos de Él y de la raza humana […] Esta lucha con Satanás es necesaria […] para la salvación eterna”.

Se vendieron más de tres millones de copias de este libro, el cual fue prohibido por las autoridades federales en 2005.

La “limpieza” religiosa

Para algunos analistas, esta interpretación teológica no es más que una velada discriminación religiosa.

Aun así, los feligreses —entre los que se encuentra un puñado de capos de la droga que controlan las favelas de Río— están acatando el grito de guerra. Para estos criminales evangélicos, el Candomblé y la Umbanda son obra de Satanás y deben ser erradicados terreiro tras terreiro.

Un ejemplo de ello es Fernandinho Guarabu, un capo de 38 años de edad de la pandilla Terceiro Comando Puro, de Río de Janeiro. Ostentando un tatuaje de Jesucristo, Guarabu se ha vuelto famoso por “limpiar” violentamente a su comunidad —la favela Morro do Dendê— de los practicantes de las religiones afrobrasileñas.

En algunas zonas de Río controladas por las pandillas, el solo hecho de llevar los atuendos religiosos del Candomblé y la Umbanda es un delito que se puede castigar con la expulsión.

 

Según una línea de atención telefónica estatal dedicada a rastrear la intolerancia religiosa, más de 30 terreiros fueron destruidos en menos de 20 días durante el mes de septiembre de 2017, y desde 2015 han aumentado los informes de discriminación religiosa en un 119 por ciento.

Los adeptos a las religiones afrobrasileñas que viven en áreas controladas por pandillas reportan además acosos personales. A menudo, a los devotos se les prohíbe practicar su fe, y quienes son descubiertos llevando los atuendos religiosos del Candomblé y la Umbanda pueden llegar a ser expulsados de la comunidad.

Según los representantes de la Comisión de Lucha contra la Intolerancia Religiosa, que fue conformada recientemente, los narcotraficantes son responsables de un número considerable de estos casos.

La conexión entre las prisiones y la Iglesia

Quizá estas cruzadas contra el Candomblé y la Umbanda fueron inspiradas por un pequeño grupo de predicadores evangélicos en las favelas de Río de Janeiro, pero el problema se hizo más grave en las prisiones.

Una década de guerra contra las drogas ha llevado a los encarcelamientos masivos. Las hacinadas prisiones estatales de Brasil están esencialmente regidas por alguna de las dos organizaciones de narcotraficantes rivales, mientras que el gobierno ejerce el control sólo nominalmente.

Durante mucho tiempo, las pandillas han reclutado a sus miembros en las prisiones, y aquellos que se encuentran encarcelados se dedican a organizar el tráfico de drogas y a extorsionar a las empresas.

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Además, los grupos de creyentes también han solido trabajar con los prisioneros. La Iglesia Universal y la Iglesia Adventista del Séptimo Día, entre otras comunidades, adelantan programas en esas mismas prisiones, que incluyen desde tratamientos farmacológicos hasta la justicia restaurativa.

Antes estos cultos eran predominantemente católicos. Hoy en día, de las 100 organizaciones de tipo religioso subcontratadas para ejecutar programas sociales en las prisiones, 81 son Iglesias evangélicas.

Como resultado, el Cristianismo Carismático se ha extendido rápidamente por el sistema de justicia criminal. Las conversiones en las cárceles son frecuentes. Los reclusos conversos suelen ser alojados en secciones separadas que sobresalen por su orden y limpieza. Algunos incluso han establecido sus propios cultos dentro de las cárceles.

La vida en Baixada Fluminense

A los capos de la droga que se encuentran encarcelados, el desarrollo de relaciones positivas con los pastores locales de Río les puede ayudar a afianzar su poder una vez obtienen su libertad.

Los traficantes conversos controlan muchas de las favelas de la ciudad, pero el centro de la violencia evangélica relacionada con el tráfico es Baixada Fluminense, un conjunto de municipios en los suburbios pobres del norte de Río.

Durante los últimos cien años, en la zona se han presentado olas migratorias provenientes del norte y el noreste de Brasil, donde abundan las religiones afrobrasileñas. En Baixada Fluminense existen actualmente al menos 253 terreiros Candomblé y Umbanda, más que en cualquier otro municipio del estado.

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Baixada Fluminense es además una de las zonas más peligrosas de Río. Las tasas de homicidio han disminuido levemente en la mayor parte de la ciudad durante la última década, mas no ha sido así en Baixada Fluminense. Según el Instituto de Seguridad Pública, 1.486 de los 4.197 homicidios reportados en el estado en lo que va corrido de 2017 ocurrieron en dicha zona.

Descrita por sus habitantes como un “Oeste salvaje”, en esta área habitan funcionarios públicos corruptos que han trabajado durante mucho tiempo con milicias y grupos de mafiosos para intimidar a sus rivales. Esta práctica —llamada “clientelismo”— les permite a los narcotraficantes, sean evangélicos o no, operar impunemente.

Las reacciones

Los funcionarios del estado de Río de Janeiro están observando con preocupación esta nueva fuente de violencia. Tras los ataques a los terreiros afrobrasileños en Nova Igaçu, un municipio en Baixada Fluminense, se puso en marcha la Comisión Conjunta de Apoyo a las Víctimas de Ataques Contra las Instituciones Religiosas.

Trabajando en conjunto con una nueva fuerza de tarea establecida recientemente y dedicada a la lucha contra los crímenes raciales y la intolerancia, la comisión estatal tiene como objetivo trazar un mapa de la violencia religiosa y resolver los casos pendientes, incluidos los que involucran a los narcotraficantes evangélicos. También hará recomendaciones para prevenir la violencia que se lleva a cabo en nombre de Dios.

Los creyentes también están reaccionando. En septiembre de 2017, unas 50.000 personas participaron en la 10ª Marcha Anual de Río por la Libertad Religiosa, el mayor número de personas que el evento haya convocado desde su creación. La icónica playa de Copacabana se llenó de evangélicos, católicos, bahaíes, budistas, judíos, hare krishnas y miembros de otras religiones —todos vestidos de blanco y marchando en solidaridad con los afrobrasileños—.

En la diversidad religiosa brasileña hay conflicto, es cierto, pero también hay unidad.

Dandara Tinoco participó en la publicación de este artículo.

*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Fue editado y publicado con permiso. No representa necesariamente las opiniones de InSight Crime. Vea el original aquí.

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