Niños, sexo y pandillas en Medellín

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En los barrios marginales de Medellín, Colombia, las niñas adolescentes se han convertido en el botín de guerra y mercancía para las bandas criminales; son violadas, abusadas, víctimas de la trata de personas e incluso sus virginidades se subastan al mejor postor.

Los barrios pobres de las laderas de Medellín -conocidos localmente como comunas- son los feudos de las pandillas callejeras que no sólo controlan las actividades criminales, sino que también ejercen un estricto control sobre todas las facetas de la vida cotidiana.

Para la juventud local, el contacto con las pandillas es inevitable y muchos caen en su órbita. Para las niñas de las comunas el reclutamiento inicia desde los diez años.

Según uno de los trabajadores juveniles de la conflictiva Comuna 13 de la ciudad, quien no quiso ser identificado por temor a represalias, una vez que el proceso ha comenzado, es casi imposible detenerlo.

“Es una cadena”, dijo. “Empiezan con estas chicas, quienes obtienen los beneficios que ofrecen estas estructuras -las drogas y el dinero- y las niñas se convierten en emisarios, trayendo a otras chicas”.

Las familias de las niñas, atrapadas en un ciclo de pobreza y miedo, no tienen más remedio que ver a sus hijas desaparecer. Si aceptan los anticipos de las pandillas, reciben protección y ayuda financiera para mitigar la pobreza extrema en las comunas. Si los rechazan, entonces pueden huir de sus hogares o vivir con el temor de que cada moto que pase podría llevar a un asesino, e incluso cada llamado a la puerta podría ser señal de un nombre nuevo que se agrega a la lista de los desaparecidos de Medellín.

Algunas de estas niñas se convierten en concubinas de los miembros de la banda, una situación tan común que se acepta como una parte normal de la vida en las comunas, según Jesús Sánchez, el personero de Derechos Humanos de Medellín.

“En muchos casos las víctimas no lo entienden como algo malo, algo que va en contra de la moral, contra la ética y la dignidad humana”, dijo. “Este contexto, donde los miembros de los grupos armados tienen relaciones sexuales con niñas de 10, 12 , 13 años, quienes están con varios miembros del grupo, no es mal visto“.

Sin embargo a otras les espera un destino aún más oscuro, a medida que pasan a través de otras redes criminales, de las cuales las pandillas son sólo operarios a nivel callejero, y entran en el sombrío mundo de la industria del sexo en Medellín.

Para algunas, este viaje comienza con su virginidad siendo subastada.

“[Las pandillas] la seducen al ofrecerle bienes de consumo, ganando su confianza poco a poco hasta que terminan siendo fotografiadas y subastadas”, dijo Luis Pardo, director de la ONG Corporación Centro Consultoría de Conflicto Urbano (C3), quien ha estado investigando el fenómeno durante el último año.

Algunas son ofrecidas a capos del narcotráfico y a jefes paramilitares de Colombia, quienes han mantenido la tradición iniciada por Pablo Escobar de tener adolescentes vírgenes para ellos mismos o para sus narco-orgías. Según Pardo, las niñas se pasan de un capo a otro hasta que son desechadas, quedando con pocas opciones más que recurrir a la prostitución.

Sin embargo, muchas de las niñas están destinadas a ser subastadas a extranjeros adinerados. Las mejoras en seguridad de la última década han llevado a un surgimiento del turismo, a medida que muta la reputación de la ciudad, de una zona de riesgo por tráfico de drogas y violencia extrema, a una próspera ciudad cosmopolita. El lado oscuro de la afluencia de turistas ha sido el auge en el turismo sexual, con extranjeros atraídos por la reputación de la ciudad de tener mujeres hermosas y las laxas leyes sobre prostitución en Colombia.

En los últimos años, las redes de turismo sexual se han multiplicado. Muchas están a cargo de extranjeros, en su mayoría ciudadanos de Estados Unidos, quienes ofrecen visitas guiadas a los burdeles y a las zonas de prostutición y de la ciudad a través de Internet. Aunque la prostitución es legal si las mujeres tienen más de 18 años, los tours son ilegales pues se les clasifica como “intermediarios”.

Según las investigaciones de C3, son los clientes más confiables de estas redes los que participan en las subastas. Las fotografías de las niñas son recolectadas para los folletos -una pequeña selección de los ejemplares impresos o catálogos en línea de hasta 60 niñas. A los clientes en línea se les asigna un número de PIN secreto para acceder a la subasta. C3 registró ofertas de hasta US$2.600.

“Se trata de una subasta típica”, dijo Pardo. “Al mejor postor se le vende la virginidad de la niña -es un horror”.

Después de las subastas, los folletos son destruidos y las páginas de Internet de subastas desmontadas, dejando casi ningún rastro de lo sucedido, según C3. La mayoría de las niñas también desaparecen, perdiéndose en el bajo mundo de Medellín.

Muchas terminarán en el centro de la ciudad, donde hay varias zonas conocidas para la prostitución infantil.

Las pandillas que manejan el centro de la ciudad son conocidas como las Convivir -nombre tomado de los grupos de autodefensa comunitarios creados por el expresidente Álvaro Uribe cuando era gobernador del departamento de Antioquia, que terminaron por convertirse en paramilitarismo y criminalidad.

Al igual que las pandillas en las comunas, las Convivir controlan tanto la vida civil como criminal, incluyendo el establecimiento de zonas autorizadas para realizar actividades como el tráfico de drogas, robos en la calle y la prostitución.

Sin embargo, mientras las Convivir regulan el crimen en la zona, son las redes especializadas las que realmente se encargan de administrar el comercio sexual, afirman residentes del centro de la ciudad.

Algunas de estas redes son poco más que chantajistas que quieren una tajada de las ganancias, dicen los lugareños.

“Hay jefes criminales, y los niños que trabajan allí tienen que darles una parte de lo que los clientes les pagan, si no entonces los roban y los echan”, dijo Edal Aldniel Yurient Monsalve Bran, residente y líder de la comunidad.

Otros están más organizados, traficando niñas, organizando subastas y manteniendo propiedades o vínculos con hoteles a donde los clientes pueden ir.

“Ellos dan [a las niñas] todo para su mantenimiento, las drogas, las cosas para la prostitución, la ropa -todo está muy organizado- y cuando llega la policía les pagan también”, dijo un líder residente de la comunidad, quien no quiso ser identificado por razones de seguridad.

La policía de Medellín no respondió a la solicitud de InSight Crime para una entrevista.

Muchas de las niñas involucradas en la vida de las pandillas y el tráfico sexual de Medellín, simplemente desaparecen. En 2013, cerca de 600 niños han desaparecido -la mayoría de ellos niñas- según investigaciones de la alcaldía. Los investigadores dicen que este número ha aumentado considerablemente en los últimos años, y aunque no pueden estar seguros, creen saber por qué.

“Creemos que las niñas que desaparecen están siendo reclutadas para la trata de personas o la explotación sexual infantil”, dijo Catalina Álvarez, investigadora de la Personería de Medellín.

Las autoridades de Medellín dicen que son conscientes de la magnitud del problema de explotación sexual de niños en la ciudad, pero su capacidad para hacerle frente está limitada por el miedo a las pandillas y el silencio que esto crea.

“Tenemos contacto con la comunidad, y estamos tratando de construir la confianza para que las víctimas acudan a nosotros, pero buscarlos de comuna en comuna es completamente imposible”, dijo Álvarez.

Sin embargo, los que trabajan para proteger a las niñas son críticos de sus esfuerzos. “La respuesta de las autoridades ha sido mínima”, dijo Clara Inés, Directora de la ONG de Medellín que vela por los derechos de la mujer, la Coproración Vamos Mujer.

“Las niñas que son utilizadas para esto tienen que ser capaces de reportarlo, tienen que ser capaces de ver la forma en que pueden salvarse a sí mismas, la manera en que pueden protegerse a sí mismas -porque las matan”, dijo. “Las niñas están corriendo un muy alto riesgo y es por eso que estamos viendo más y más niñas y mujeres muertas”.

Sin embargo, Inés cree que para verdaderamente abordar la cuestión, Colombia y Medellín también deben enfrentarse a una verdad incómoda sobre las raíces del problema -la “narcotización” de la cultura.

“En la cultura del narcotráfico, las niñas no valen nada”, dijo. “Son desechables”.

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