Nuevas políticas de seguridad de Brasil pleantean viejas preguntas

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Un nuevo informe examina los intentos agresivos, por parte del gobierno de Brasil, para asegurar las fronteras del país mediante la construcción de alianzas regionales, cuyos resultados han hecho eco de los éxitos, fracasos y las tensiones regionales vistas en las políticas de seguridad de la “guerra contra las drogas” liderada por Estados Unidos.

La economía ilegal de Brasil alcanzó un valor estimado de US$350 mil millones en 2012, gran parte del cual fue generado por el crimen organizado, según el informe “Asegurando la frontera” (“Securing the Border”), del Instituto Igarapé, un centro de investigación de políticas de seguridad. La mayor parte de estas ganancias se generan dentro de las ciudades de Brasil, en donde las apuestas callejeras y el narcotráfico están por doquier, y en donde las pandillas de narcotraficantes y las milicias manejan esquemas de extorsión, lavado de dinero y corrupción, y en las zonas fronterizas, donde el narcotráfico es rampante, también se registra la extracción ilegal de madera y minerales y el contrabando de todo, desde cigarrillos hasta software.

Aunque hay pocas cifras concretas para medir el aumento del crimen organizado en Brasil, los expertos y analistas coinciden en que su influencia está creciendo y que este crecimiento está impulsado principalmente por el narcotráfico internacional, señala Igarapé. En los últimos años Brasil ha crecido en importancia, tanto como país consumidor de cocaína, como plataforma para las drogas con rumbo a Europa y África, a medida que la fragmentación criminal y la migración en otros lugares han tenido un efecto colateral en la estructura del mundo criminal de Brasil, tanto en términos de las organizaciones criminales locales como en la presencia de grupos criminales extranjeros.

Los grupos criminales de Brasil se han centrado tradicionalmente en los mercados nacionales. No obstante, con posibilidad de participar en el narcotráfico internacional, las dos organizaciones más poderosas del país, el Primer Comando Capital (PCC) y el Comando Vermelho, se están expandiendo en el extranjero y están buscando eliminar a los intermediarios en sus actividades de narcotráfico, según el informe. Mientras que el PCC administra células en Santa Cruz, Bolivia, y está tratando de controlar las rutas de narcotráfico entre Bolivia, Paraguay y Brasil, el Comando Vermelho aparentemente es más activo en Paraguay.

El informe señala que también hay indicios de la creciente presencia de grupos criminales internacionales. Además de los numerosos grupos latinoamericanos y de Europa del Este que administran las redes de tráfico de drogas, armas, personas y flora y fauna, destaca la presencia de pandillas nigerianas involucradas en el tráfico de drogas hacia África Occidental, al igual que grupos chinos que manejan esquemas de piratería y contrabando, y administran redes de extorsión y protección.

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La respuesta del estado brasileño ha sido aumentar la vigilancia, los esfuerzos de erradicación e interdicción y las incautaciones tanto dentro como fuera de sus fronteras. Esto ha sido evidencia de cómo Brasil ha expandido sus operaciones internacionales a través de lo que el informe señala como “una orientación hacia Suramérica” –una estrategia centrada en los retos que surgen de los vecinos de Brasil y el riesgo de que sus problemas se filtren a través de las fronteras del país–.

La cooperación de Brasil toma una forma de acuerdos bilaterales o trilaterales firmados con los países de toda la región, así como con las instituciones de los bloques geopolíticos de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y el Mercado Común del Sur (Mercosur). También continúa trabajando con el cuerpo regional de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero según el informe ha entrado en una “etapa de vaciado”.

De los 25 acuerdos bilaterales de seguridad que Brasil ha firmado, aproximadamente la mitad son con los países vecinos, un tercio con países europeos o africanos y sólo un puñado con países de Centro y Norteamérica. Según el informe, aunque no ha excluido la cooperación con Estados Unidos, México y Canadá, tampoco la ha buscado activamente, y mantiene relaciones de bajo nivel con las naciones centroamericanas y caribeñas.

La relación de Brasil con Estados Unidos ha sido particularmente ambivalente, señala el informe. Por un lado, el gobierno ha hecho declaraciones que han puesto en duda la validez de los esfuerzos de seguridad de Estados Unidos en la región, como comentarios sobre la presencia militar estadounidense en Colombia (y anteriormente Ecuador). No obstante, otros pragmáticos dentro de ambos gobiernos reconocen la casi inevitabilidad de una mayor cooperación en el futuro, con la región de la Triple Frontera de Argentina, Brasil y Paraguay, las actividades de lucha contra el terrorismo y los vínculos entre los mundos criminales de Suramérica y África.

En cambio, el pilar de su política de seguridad han sido los acuerdos logrados con los países de Suramérica, señala el informe. En los últimos dos años, ha logrado acuerdos de seguridad con Perú, de donde proviene la mayor parte de la cocaína del país, y Paraguay, que es una fuente importante de marihuana y un epicentro del contrabando. Los acuerdos permiten, a las fuerzas de seguridad brasileñas, llevar a cabo operaciones transfronterizas para destruir cultivos de coca y marihuana. Brasil espera que estos acuerdos se expandan a Colombia y Bolivia, según Igarapé.

Ya hay acuerdos en marcha con ambos países, pero los problemas de seguridad han sido una fuente de tensión. En Brasil aumentan las preocupaciones de que Bolivia pueda convertirse en un “narco-Estado”, debido al cultivo legal de coca respaldado por el gobierno, mientras que también hay preocupación de que los esfuerzos de seguridad de Colombia estén desplazando sus problemas con el narcotráfico y la guerrilla hacia la región amazónica, en la frontera con Brasil.

Los esfuerzos regionales de Brasil también han provocado temor entre estos aliados. El informe señala cómo Bolivia, Perú y Venezuela han expresado su preocupación de que las operaciones militares brasileñas en la región amazónica podrían afectar su soberanía, y cómo las relaciones con Bolivia, en particular, se han vuelto tensas.

El informe concluye que las políticas de seguridad regional de Brasil son un tanto paradójicas. Por un lado, enmarca sus políticas en el lenguaje de la solidaridad, una “asociación entre iguales”, y la “cooperación Sur-Sur” para llenar el vacío dejado por, el cada vez menos visible, Estados Unidos. Por otro lado, está dispuesto a proyectar su poder como líder regional, provocando tensiones con sus vecinos. Sin embargo, el resultado de estas alianzas ha sido un aumento masivo en las incautaciones de drogas y el contrabando, lo que sugiere que son hasta cierto punto exitosas. No obstante, señala que es otros asunto que un aumento en las incautaciones de droga signifique un aumento genuino en la seguridad.

Análisis de InSight Crime

En muchos sentidos, Brasil ha sido una especie de gigante dormido en lo que respecta al crimen organizado. Es el país más extenso y poblado de la región, y una potencia económica, pero también sufre de corrupción rampante, de una profunda pobreza y desigualdad, creando condiciones fértiles para que el crimen organizado eche raíces y prospere. Hasta cierto punto, este gigante dormido parece estar despertando, impulsado por cambios en los patrones de consumo de cocaína y las rutas de exportación, que han hecho de Brasil un lugar cada vez más importante para el comercio de las drogas.

La respuesta de Brasil ha sido la de tratar de asumir un papel de liderazgo regional, que no sólo ayuda a expandir su alcance en materia de seguridad, sino que también se alinea con su deseo de ser reconocido como líder político global, en coincidencia con su recientemente adquirido poder económico. No obstante, esto ha creado el mismo tipo de problemas que enfrenta Estados Unidos; país al que, en parte, está tratando de reemplazar como el actor principal en materia de seguridad en Suramérica.

Aunque Brasil está mucho más enfocado en sus vecinos inmediatos, en comparación a la red de influencia más amplia de Estados Unidos, existen varias similitudes con la naturaleza de las relaciones que ambos países han forjado con sus aliados. Brasil es capaz de proporcionar los fondos necesarios para los vecinos gravemente escasos de recursos, mucho más que cualquier otro país de Suramérica. Sin embargo, al igual que Estados Unidos, esto ha dado lugar a tensiones, con preocupaciones sobre el carácter unilateral de la relación, alimentadas no sólo por las agresivas operaciones militares transfronterizas de Brasil, sino también por su compromiso con las políticas obstinadamente prohibicionistas en un momento en que gran parte de la región se está moviendo hacia un nuevo paradigma de las drogas.

Es probable que la comparación con Estados Unidos también esté apoyada en los resultados de las políticas de seguridad de Brasil, como hasta ahora, donde la fuerte inversión ha dado lugar a impresionantes aumentos en los arrestos e interdicciones, pero ha tenido poco impacto perceptible sobre el comercio de las drogas y la expansión del crimen organizado.

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