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ANÁLISIS

La pandilla estadounidense que El Salvador no admite que existe

BARRIO 18 / 26 DIC 2014 POR JUAN JOSÉ MARTINEZ* ES

En la segunda parte de esta serie sobre la historia de las pandillas californianas en El Salvador, el antropólogo Juan José Martínez da una mirada al conflicto que involucra a un prominente líder de una pandilla, Casper, y discute cómo la presencia de la pandilla Los Sureños asociada con Casper –que como sus primos mayores de la MS13 y Barrio 18, está compuesta en su mayor parte por aquellos que fueron deportados de California en los años noventa- es en gran medida ignorada por el Estado.

Los enemigos de Casper

21 de noviembre de 2012. 1.55 pm. Dos hombres jóvenes entran al centro comercial La Gran Vía en antiguo Cuscatlán, quizá el más exclusivo de El Salvador.  Van desarmados y están buscando una farmacia. Encuentran una y mientras uno entra a hacer sus compras, el otro lo espera en la puerta.  La farmacia es uno de los primero negocios que uno ve a la entrada y está a pocos pasos del parqueo.

Mientras esto sucede, otro hombre revisa el cargador de una pistola calibre 45. Este hombre va dentro de un carro gris que se desliza despacio por el parqueo de la Gran Via. El carro se detiene lo más cerca de la farmacia que puede. El conductor no apaga el motor. El de la pistola abre la ventana y por unos segundos se ven fijamente con el hombre que espera en la puerta de la farmacia.

Esta es la segunda parte de un artículo que fue publicado originalmente en la Revista Factum y fue republicado con permiso. Vea la primera parte aquí. Vea el artículo original aquí.

Caos. Las balas comienzan a zumbar. Una encuentra al hombre que espera, lo tumba pero se levanta, corre hacia adentro, a las entrañas del centro comercial, pero las balas no dejan de zumbar. Encuentran más carne que morder en la búsqueda de sus presa. Algunas dan en una mujer asiática que sacaba dinero de un cajero automático cercano. La tumban. Otras dan en los cajeros, en las paredes, en las vitrinas. Otras encuentran a Mauricio, un empleado de banco que regresaba a almorzar.  Lo tumban. El hombre que espera, a veces corriendo, a veces a rastras, se mete en el centro comercial y logra llegar hasta la zona de comida rápida, donde los vigilantes lo protegen. El carro gris no mató. Se fue casi con el mismo sigilo con el que entró.

El hombre herido era Mauricio Acuña, conocido como  Slick, de la pandilla sureña Lenox 13. Había sido deportado apenas hace tres meses y ya se revolcaba en su propia sangre, con un tiro de 45 en la pierna. Quien disparó fue aquel pandillero que en una fiesta fanfarroneó que su padre era miembro de la Eme. Slick lo había visto y además estaba vivo. Mala combinación. Era justo lo que los sicarios temían. Ahora Slick, al igual que lo hizo la vez anterior, iría a buscar ayuda donde el sureño grande. Iría donde Casper. Los sicarios lo sabían muy bien. Ahora tenían un enemigo al que temían.

Los otros sureños

El Zarco se sube al microbús y  se toma con una mano callosa del barandal. Con la otra sostiene una bolsa de magic pencil, unos lapiceros luminosos. Los mira y  saca uno con dificultad. Con su mejor español, el Zarco trata sin convicción de convencernos de las maravillas de los magic pencil. Nos dice que son buenos, que además de pintar… ¡brillan!

Abandona a medias su discurso y nos dice que no ha vendido nada y que porfavor le ayudemos. Nada. Nos cuenta que ha sido deportado de California y que no tiene trabajo ni familia. Dice que ha tratado de conseguir trabajo pero que nadie le da nada. Mientras habla, deja ver unos dientes picados de la forma que se pican los dientes de los que fuman crack. El  Zarco sigue hablando aunque no pasa nada. Nadie lleva su mano al bolsillo y en realidad nadie lo mira. Entonces el Zarco calla. Mira alrededor y comienza a gritar: “¡Hijos de puta! Nadie give a shit in this focking shit hole. ¡Maldito país de mierda, malditos pendejos nadie me da nada,  nadie me da trabajo, no tengo dinero! ¡Solo me dan ganas de matarme, de matarme y de matarlos a todos!”

Se baja de bus, despotrica un poco en la calle y luego posa su cabeza contra un muro.  Luego, ya más calmo, se sube a otro bus a contarle a la gente las virtudes de sus magic pencil.

No todos los sureños tienen la oportunidad de formar pandillas o de juntarse con otros sureños. Un buen numero nada más llega a un lugar que no entienden ni los entiende y vagan solitarios hasta que la calle se los acaba tragando.

Eduardo se arrastra malamente en su silla de ruedas hasta llegar a la ventana de los carros, extiende la mano y sin tocar el cristal y espera. Nada más unos segundos y luego sigue hacia otro carro a repetir el mismo procedimiento.  Al medio día, ya lo ha repetido varias veces y  el calor y su cuerpo maltrecho no hacen buena combinación, se queda amodorrado en su silla con fuerza apenas suficiente para alzar la mano cuando siente un cuerpo cerca.  Otras veces, Eduardo consigue unas cuantas monedas y convence a algunos chiquillos de ir a comprarle una botella de guaro de caña y se la empina lo más rápido que puede. Entonces Eduardo cae en una duermevela risueña que le deja estar tranquilo por una horas.

El Negro de la pandilla Hollywood Crazys 13 camina solo. tiene miedo de volver a entrar al penal de Mariona. Entró ahí por robarse un celular en un día de desesperación en las calles de San Salvador. Lo hizo frente a unos policías que luego de una paliza lo metieron a bartolinas y posteriormente un juez lo condenó a dos años en el penal más grande del país. Cuando El Negro vino deportado se fue a vivir a Santa Ana con sus tíos. Pero en la colonia había emeeses: lo sacaron de la casa y le obligaron a trabajar con ellos. Un día hubo un mal entendido con una droga y un chiquillo de la MS-13  le pegó seis tiros. No se murió, pero pasó en el hospital Rosales de San Salvador varios meses. Ahora camina con miedo, como un gato arisco.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre las prisiones

No todos los sureños tienen la oportunidad de formar pandillas o de juntarse con otros sureños. Un buen numero nada más llega a un lugar que no entienden ni los entiende y vagan solitarios hasta que la calle se los acaba tragando. Como el hommie que vaga con el pecho derretido por la plancha que le pusieron unos traficantes para borrarle el tatuaje de su pandilla. Al parecer no entendieron que no era MS-13. Vieron un trece y actuaron por inercia.

Todos viven pensando en otros tiempos. Todos quieren regresar al sur de California.

El Salvador es un país complejo para estos sureños. Algunos, como Welner,  tienen la suerte de  entrar a los call center y tener una vida alejada de las pandillas y las matanzas. Otros tienen familias que los apoyan como la de Juan, a quien su madre le ha comprado un pick up para que haga viajes y se gane la vida y una pistola para que se defienda.

Todos (El Zarco, El Negro, Juan,  Welner, Eduardo y el Hommie) viven pensando en otros tiempos. Todos quieren regresar al sur de California.

El Estado y Los Sureños

En un café de Santa Elena me reuní con dos hombres de saco y corbata.  Uno es el director de CAT (Centro Antipandillas Transnacional) y el otro es un agente de su confianza. Les explico mi investigación y expongo el tema de los sureños ingenuamente, seguro de que hablamos el mismo idioma:

"Director, de forma general, ¿qué información tienen sobre las acciones de los sureños en El Salvador?"

Antes de hacer esta pregunta ya he pasado por una serie de oficiales de policía que me miran con ojos de extrañeza cuando les pregunto por los sureños. Uno de ellos, al verse acorralado en la más absoluta ignorancia del tema, soltó una diatriba sobre la guerra civil norteamericana en donde pelearon el norte versus el sur.

Mire, señor Martínez, creo que se ha confundido. En este país solo hay dos pandillas: la Mara Salvatrucha y la Mara 18. No hay más. Quizá en su país haya de esos sureños acá solo esas dos”.

El último, antes de sentarme frente al director del CAT, fue Pedro González, encargado de capitanear la subdivisión antipandillas de la policía salvadoreña. Este oficial, curtido de perseguir adolecentes en los montes de los cantones salvadoreños , como respuesta a mi primer pregunta sobre sureños, se dio la vuelta y sacó un mamotreto enorme escrito a máquina con fotos pegadas con goma. Es su obra, según él, una que explica el origen de las pandillas y sus cuestiones más profundas.  Es un texto viejo con fotos de murales y pandilleros esposados. Fue escrito por él mismo y combina en desorden un montón de datos curiosos de las pandillas. De hecho, logró emocionarme cuando leí la palabra Sur en una página vieja. Nada. Apenas una mención somera que hacía alusión al número trece. Creí que el señor González no había entendido mi pregunta y la volví a formular:

“Señor González, ¿qué información maneja la policía sobre las bandas sureñas en el país?”

Nada. Silencio. Me miró muy serio y cruzó sus manos.

“Mire, señor Martínez, creo que se ha confundido. En este país solo hay dos pandillas: la Mara Salvatrucha y la Mara 18. No hay más. Quizá en su país haya de esos sureños acá solo esas dos”.

VEA TAMBIÉN: Noticias y perfiles de Barrio 18

Yo soy salvadoreño, pero mi pregunta debe haber sido tan extraña para el señor González que inmediatamente me consideró extranjero, casi de otro mundo.

Mucho después, el director del CAT me escucha concentrado y de cuando en cuando hecha una miradilla a su compañero. Él, a diferencia de una larga lista de policías de alto y medio nivel, sí sabe qué son los sureños. Sabe además que estuvieron involucrados en el tiroteo del centro comercial La Gran Vía.  Sin embargo, hasta ahí llegan sus conocimientos sobre ellos.

“A nosotros, la policía estadounidense nos manda un listado de los deportados con antecedentes. En Comalapa, cuando se bajan del avión, se les abre ficha, se les toma fotos a los tatuajes y luego, si no tienen antecedentes acá en El Salvador, los dejamos ir. No se puede hacer más”.

Parece que los agentes del CAT básicamente se conforman con saber que existe un grupo de hombres deportados que se hacen llamar “sureños”. No puedo evitar pensar en que algo parecido debieron pensar las autoridades cuando comenzaron a venir deportados de la MS.13 y el Barrio 18, a principios de los noventas.

Antes de terminar la entrevista, el oficial que no había abierto su boca, sentado al lado del jefe del CAT, me lanza una pregunta.

“Mire ¿y usted se reúne así con ellos? ¿Y ellos hablan con usted?”

“Sí”

Mira a su jefe con audacia y me repregunta.

“¿Y no será que podría un agente de nosotros acompañarle?, encubierto claro”.

Le respondo amablemente que no. Y luego me voy.

Mientras entrevistaba al señor González se me ocurrió preguntarle por algunos nombres de sureños para que revisara en su base de datos y me diera alguna información. Quizá alguno había sido detenido o quizá podía haber algún tipo de información útil en los registros policiales. El Señor González llamó por teléfono y repite un nombre de los que le he dado. Dice en voz alta poco después: “Ajá, robo a mano armada. Posesión de drogas”. Le doy otro. Y hace otra llamada. Silencio, y luego repite lo que le dicen en voz alta: “Ajá, conducción temeraria y posesión de narcóticos. Ajá. Portación irresponsable de arma de fuego”.

Le digo Javier Osiris Reséndez, alias Casper. El silencio dura casi tres minutos. Lo ojos de González se abren como platos y me mira. Luego no repite nada. Da la entrevista por cerrada.

La venganza de Casper

Viernes cuatro de Julio. 2.30Pm. En una casa amplia y vieja de  la colonia Centroámerica, en San Salvador, cuatro hombres se disponen a comer hamburguesas y tomar cervezas. Esta colonia no se caracteriza por la presencia de pandillas y es más bien tranquila.  De pronto un carro se detiene frente a la casa y dos hombres con gorros pasamontañas entran a la casa amplia y vieja. No forzaron nada, la puerta estaba abierta, pues alguien la había abierto minutos atrás. Los dos sicarios llevan fusiles M-16. Los mataron a todos menos a uno.

Todos los asesinados eran sureños, y entre ellos destacaba uno. Un deportado hace pocos años conocido como Lips, muy probablemente porque portaba un tatuaje en forma de beso en el cuello. Otra vieja tradición sureña.

"Todos querían ser líderes y es absolutamente imposible tener un grupo con varios líderes”.

Este hombre había sido amigo personal de Casper. De hecho, fue uno de esos tantos a los que Casper apadrinó cuando recién llegaron a estas cálidas tierras. Casper le tomó cariño y en varias ocasiones tomaron juntos y metieron cocaína en sus narices. Sin embargo, luego de que Casper rompiera la nariz de aquel pandillero del Valle de San Fernando, conocido como Greems, todo se comenzó a partir.

“Esos pendejos nunca hubieran podido ser un grupo sólido. Todos querían ser líderes y es absolutamente imposible tener un grupo con varios líderes”, me dijo un sureño retirado con respecto a ese momento. El caso es que todos los sureños activos de San Salvador empezaron a tomar partido. Lips optó por alejarse de su padrino, cometiendo el error de llevarse consigo a la mujer de este, una de las chicas favoritas de Casper. No era primera vez. Hace un par de años, cuando Lips montó su propio negocio de venta de cocaína y metanfetaminas, se llevo a una de las joyas del viejo Casper. Una chica morena y hermosa,  de buena casa, que había estudiado toda su vida con monjas y que luego pasó a alegrar las reuniones de los hommies con su carisma. Esa vez Casper no dijo nada. No era su  única chica. La segunda vez no lo perdonaría. Casper y Lips se amenazaron y la amistad quedó rota para siempre. Los dos bandos estaban marcados.

Con el atentado a Casper en Santa Tecla, a principios de 2013, sus enemigos del Valle de San Fernando tomaron la delantera. Sin embargo, las cosas se nivelaron. Unos días antes de la masacre, un colaborador íntimo de Lips, conocido como New York, desapareció en Santa tecla. La policía lo encontró degollado un día antes del asesinato de Lips y su pandilla.

En la noche del viernes 4 de julio, de la casa donde todavía yace Lips y sus amigos sale un olor dulzón a sangre. Los fiscales están revisando los cuerpos y un pequeño grupo de mujeres se apiña detrás de la cinta amarilla. Dos de ellas lloran y se toman de la mano. Una vecina les saca un té caliente a ambas y un par de sillas para que se sienten. Las mujeres susurran cosas entre ellas y una, más optimista que la otra, dice: “No es él, no creo que sea él porque él siempre portaba su DUI y ya ratos lo hubieran identificado. Si no lo han identificado es porque de verdad que no es él”.

Después del atentado a Lips, el grupo de opositores a Casper se desbandó. Algunos se fueron a Guatemala, otros trataron de regresar al sur de California, algunos se quedaron con el perfil más bajo posible esperando que pasara la violencia. Uno de ellos, conocido como Pacas, por ser de la pandilla del Valle De San Fernando Pacoimas 13, quien  de hecho es de los sospechosos, según la policía, de cometer el atentado contra Slick en La Gran Vía, fue arrestado en octubre de este mismo año.

Casper y Lips se amenazaron y la amistad quedó rota para siempre. Los dos bandos estaban marcados.

Un vigilante septuagenario había sido embestido por un vehículo y mientras el anciano se revolcaba en el suelo, el sureño Pacas vio la oportunidad y se lanzó sobre el revólver del anciano. Se lo arrancó de las manos y le disparó dos veces a la cabeza pero estaba tan borracho que los tiros no dieron donde pretendía. Así que con la cacha le golpeó la cabeza hasta desmayarlo. Acto seguido robó dos celulares a unos transeúntes con su nueva arma. La policía montó un operativo y lo arrestaron en la calle Gabriella Mistral de la capital. Apenas puso resistencia. La policía, siguiendo un protocolo no formal, le quitó la camisa y lo subieron a un pick up, en donde los medios lo fotografiaron como se fotografía a los pandilleros habituales. Sobre todo su estomago se puede ver un gran tatuaje que reza PACAS13. Es la última vez que lo vi y la última vez que supe de ese grupo.

De regreso en la colonia Centroamérica, un investigador sale de la casa del crimen y comenta algo gracioso con su compañero. Porta una enorme cámara y ya ha mandado al carajo el gorro pasamontañas. El calor en estas fechas es insoportable. Las mujeres les ruegan que les digan algo y ellos  se niegan. Sin embargo, el investigador de la cámara se compadece y se les acerca:

Casper se identificaba con los pandilleros jóvenes y locos porque se veía a sí mismo en ellos. Recordaba al verlos sus tiempos de locura en Califas.

“¿si lo vieran en fotos lo reconocerían?”

Las mujeres dicen que sí y él enciende la cámara y les muestra una a una las fotos de varios hombres muertos, tirados en el piso. El primero es Lips, que quedó tirado en un charco de sangre en el baño de la casa. Nada. Las mujeres no lo conocen. El segundo está en la sala y viste camisa blanca. Nada, las mujeres niegan con la cabeza. El tercero… ambas se abrazan y se echan a llorar.

“¡Yo le dije, mamá, yo le dije! Yo le dije que se quedara allá arriba, ¿qué putas tenía que venir a hacer aquí?”

La más joven le grita a su madre mientras se tambalea y llora.

El viaje de Casper

26 de octubre de 2014. Casper ha muerto. No lo mataron sus enemigos ni murió en un enfrentamiento con la policía. Sufrió un derrame que se complicó y murió tranquilamente en un hospital mientras este texto se estaba gestando en mi computadora.

Nunca lo conocí. Nunca hablé con él en persona. Sin embargo, hablé con sus amigos. Con sus enemigos. Conocí a varias de sus mujeres y me acerqué a sus víctimas. Tomé cerveza en una mesa contigua en un bar de su territorio y pude acercarme a su mundo. Ahora sé que los fines de semana  le gustaba cocinar pasta con camarones, y hamburguesas, que su madre le tenía contados los tatuajes y que le armaba un jaleo cada vez que se hacía uno nuevo. Que tenía debilidad por los tatuajes con símbolos mayas, íconos sureños por excelencia; que nació un 15 de febrero; que no le gustaba que sus hommies le pegaran a las mujeres; y que se identificaba con los pandilleros jóvenes y locos porque se veía a sí mismo en ellos. Recordaba al verlos sus tiempos de locura en Califas.

La única vez que Casper y yo cruzamos palabras fue a través de Facebook. Yo le pedí una entrevista para complementar mi trabajo etnográfico sobre los pandilleros sureños. Le expliqué que soy antropólogo y que me interesaba conocer su punto de vista con respecto la situación de los sureños en general. Casper respondió:

“Estimado Señor Martínez. Agradezco su comunicación. Sin embargo no tengo ningún interés en figurar en su investigación. No  soy el único deportado. Me interesa saber ¿por qué precisamente yo? ¿Quién le dio mi contacto? Buenas noches. Le deseo suerte en su estudio”.

Att. Javier Osiris

Casper ya ha sido enterrado en El Salvador. El país en el que nació. Mientras tanto, al menos diez sureños llegan a nuestros país cada día, esposados y cabizbajos, desde las prisiones del furioso Sur californiano. La babel de nuestros tiempos.

*Esta es la segunda parte de un artículo que fue publicado originalmente en la Revista Factum y fue republicado con permiso. Vea la primera parte aquí. Vea el artículo original aquí.

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