Policía militar de Brasil crea ‘monstruos’: exagente

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Un exagente de la policía militar de Brasil habla sobre la cultura de la violencia que permea el organismo, y cómo esto puede deshumanizar a quienes se vinculan al mismo con el objetivo inicial de servir y proteger a la comunidad.

Con casi dos metros de estatura y más de 100 kilos de peso, Rodrigo Nogueira Batista es un “monstruo”, como comúnmente se les llama a los individuos de su tamaño. Su nariz torcida y su oreja izquierda, desfigurada como consecuencia del jiu-jitsu, refuerzan esta imagen de Rodrigo, un exagente de la policía militar (PM) y ahora recluso en Bangu 6, una cárcel para exagentes de policía, bomberos, funcionarios de prisiones y miembros de las milicias. Encarcelado en noviembre de 2009, Rodrigo fue condenado por un tribunal militar a 18 años de prisión por robo, secuestro extorsivo y abuso sexual. También fue condenado a 12 años y ocho meses por un jurado civil por triple intento de homicidio.

Este artículo apareció originalmente en Agencia Pública y fue traducido, editado para mayor claridad y reproducido con permiso. Vea el original aquí.

Según consta en su sentencia, Rodrigo y su compañero en ese momento, Marcelo Machado Carneiro, se acercaron a Helena Moreira, una vendedora ambulante en el municipio de São Carlos. Ella se dirigía a la estación de metro en el barrio Estacio de Sa, de Río de Janeiro, y llevaba 1.750 reales (unos 500 dólares) en su cartera. Los agentes la requisaron, le robaron y la secuestraron, pensando que era la esposa de un narcotraficante.

Según el dictamen del juez Jorge Luiz Le Cocq D’Oliveira, los dos oficiales mantuvieron a Helena en cautiverio por cuatro horas, durante las cuales fue abusada y obligada a realizar actos sexuales antes de recibir un disparo en la cara, supuestamente por Rodrigo. Según la sentencia, la víctima simuló estar muerta después de las torturas y más tarde fue a una estación de policía a presentar una demanda.

Usando la metáfora de Rodrigo, tengo ante mí a un monstruo: una persona condenada por un crimen atroz, pero que es el producto de un sistema cruel.

Rodrigo apeló el veredicto ante el Tribunal Superior de Justicia (STJ por sus iniciales en portugués). Él argumenta que no cometió el crimen por el cual fue condenado, y aunque de muchas maneras dice que no es inocente, afirma que cometió “otros errores” como oficial de policía, los cuales no detalla porque teme que ello podría complicar su situación judicial.

Rodrigo es autor del libro “Como Nascem os monstros” [“Cómo nacen los monstruos”], una dura “novela de no ficción” que combina sus historias con las de sus colegas acerca de los abusos dentro de la policía militar. En el libro, Rodrigo describe la transformación de un joven normal con ideas vagas sobre defensa de la sociedad y la lucha contra el crimen, en un delincuente uniformado que utiliza su posición para matar, secuestrar, extorsionar y proporcionar servicios a las milicias.

Exagente de la policía militar Rodrigo Batista

“Puedo garantizar que, en el primer día de entrenamiento, nadie piensa que algún día secuestrará, robará o asesinará a alguien para luego incendiar el cadáver”, escribe Rodrigo en su libro. “Se puede imaginar dispararle a un criminal… pero es imposible pensar en tal crueldad”.

Usando la metáfora de Rodrigo, tengo ante mí a un monstruo: una persona condenada por un crimen atroz, pero que es el producto de un sistema cruel. Enciendo la grabadora. Esta es su historia.

Dice en su libro que [la academia de policía militar] es donde inicia la degradación de un muchacho que quería defender a la sociedad, dado que comienza a experimentar la violencia y la corrupción dentro del ejército. ¿Cómo fue aquello?

El proceso de transformación comienza durante la fase inicial de formación. El primer lugar al que uno va es un sendero rodeado de árboles. Desde las copas de los árboles, policías veteranos comienzan a disparar al vacío y a lanzar bombas. Deberíamos ser entrenados para ejercer vigilancia, pero desde ese momento ya nos iniciamos en la guerra.

Dentro del Centro de Formación y Acondicionamiento de Reclutas (CFAP por sus iniciales en portugués), la actitud de los instructores no es la de formar policías. Es la de entrenar combatientes. Y ahí radica el problema: se está entrenando a un combatiente para luego ponerlo en una estructura tan compleja como la sociedad. Un día ese agente está trabajando con un mendigo, al día siguiente con un juez y al otro día con un asesino. Entrenar a un combatiente para trabajar en este contexto es muy difícil. Toma mucho tiempo. Y si no se hace correctamente, se termina por crear monstruos.

¿Cómo aprende un policía a torturar?

Se puede aprender en un solo día. Los derechos de los ciudadanos pueden dificultar el trabajo de los agentes de policía en ciertos aspectos. Miremos por ejemplo el caso de un joven que le roba algo a un turista y sale corriendo. El policía corre tras el tipo y lo atrapa. El ladrón ha entregado lo que robó y es menor de edad, por lo que no puede ser llevado a la comisaría. ¡Carajo!, pero el policía sabe que robó algo.

Pero entonces viene la venganza, el momento de la revancha. El sospechoso es llevado a un lugar privado donde paga muy caro por lo que ha hecho.

Me dije:“esto es una guerra, y si alguien intenta matarme, voy a responder con balas”.”

Y puedo asegurarle: en mi grupo del CFAP, nueve de cada diez oficiales en formación nunca pensaron que pasarían por tal proceso deshumanizante. Entonces el oficial ve que al joven lo maltratan, le echan gas pimienta en el ano, en el escroto y en la boca, y aun así no siente lástima. Por el contrario, se ríe, piensa que es algo gracioso.

Y hay una razón para ello: si uno [como oficial en entrenamiento] comienza a mostrar alguna emoción cuando el oficial veterano atrapa al criminal y comienza a torturarlo, puede estar seguro de que será objeto de burlas en el batallón, se le considerará débil. Se considerará inepto para el servicio policial.

En el libro, usted describe el constante clima de guerra y de enfrentamiento entre la policía y los narcotraficantes. Cuenta la historia de un recluta, Sampaio…

Decidí destacar el caso de Sampaio, una de las partes verídicas de mi libro. Tal vez su familia lo leerá y sabrá que alguien lo recuerda. Fue un caso muy trágico… Fue muy duro… [Rodrigo llora].

Un día llegué a trabajar al CFAP. Era un viernes de Carnaval. Cuando llegué, me enteré de la noticia de que Sampaio había sido asesinado, con 19 disparos, en Duque de Caxias [municipio del área metropolitana de Río]. Sampaio era el más joven de una familia relativamente numerosa; tenía varios hermanos. Debía trabajar conmigo ese día.

Sampaio estaba en una parada de autobús ese día; iba a tomar el autobús con un compañero para ir al CFAP. Vivía en una zona con muchos narcotraficantes, pero, puesto que era recluta y había crecido en la zona, pensaba que tolerarían su presencia por lo menos hasta que se graduara y se fuera [del barrio].

Eran las cinco de la mañana; algunos chicos regresaban de bailar y uno de ellos lo reconoció. Se dieron la vuelta y comenzaron a dispararle. El corrió mucho, casi 800 metros. Cayó en una bocacalle con 19 disparos de una calibre .380 en su cuerpo. Todas [las balas] estaban en su espalda. Todas.

Supimos la noticia de la muerte de Sampaio días antes de nuestra graduación en el CFAP. Pidieron voluntarios para acompañarlo en su funeral, y yo fui a su entierro. ¡Hombre!, ahí fue que me di cuenta… [Rodrigo llora otra vez]. Me había conmovido antes, pero aquel fue el punto crucial. Sampaoi tenía sólo 19 años. 19 años de edad…

En el libro también comenta sobre la participación de los oficiales en este ciclo de violencia y corrupción, e incluso los llama “líderes de pandillas”. Dice que [los oficiales] están a cargo de todo. ¿Cómo sucede esto?

Se debe a la jerarquía militar moderna. El militarismo, para bien o para mal, no continuaría sin el consentimiento de los responsables. Si usted y yo estamos patrullando y hacemos algo que desagrada a nuestro comandante, nos sacan del patrullaje. Si usted y yo estamos patrullando e intercambiando disparos y matando gente, y aun así seguimos patrullando, es porque los jefes quieren que lo sigamos haciendo. Dentro de la estructura de la policía militar, el coronel y el comandante del batallón coordinan todas las operaciones.

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Le puedo garantizar que cualquier oficial de policía en Río de Janeiro que cierre alguna agencia de lotería ilegal, al día siguiente estará en un batallón diferente. Y se habrá ganado la fama de ser “rebelde” o “problemático”.

¿Por qué apoya la desmilitarización de la policía?

Cuando hay un soldado ejerciendo funciones policiales, ahí ya algo anda mal. Un camarada puede ser un soldado o un oficial de policía. Incluso puede ser un soldado de la policía en el cuartel, pero no en la calle. ¿Cuál es el deber de los soldados? Matar al enemigo. Los soldados están entrenados para eliminar al enemigo, y los agentes de policía no están entrenado para ello. O por lo menos no deberían estarlo.

A pesar de lo que cree buena parte de la sociedad de Río, los agentes de policía no están hechos para matar a nadie. La policía no debe tener enemigos. Se supone que los agentes de policía realizan detenciones y permiten que la ley imponga los castigos apropiados. Pero a uno lo convencen de todo lo contrario.

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Un criminal es el resultado de nuestra sociedad, de nuestro medio ambiente. El crimen es parte de la sociedad, y los oficiales de policía no pueden ver a los delincuentes como enemigos. No se supone que la policía deba matar a los criminales.

¿En qué momento uno deja de ser un agente de policía y se convierte en un “monstruo”?

Puede haber varios puntos de quiebre. Para mí, fue la muerte de Sampaio. Cuando lo vi muerto, un recluta de 19 años con 19 disparos en la espalda, me dije: “esto es una guerra, y si alguien intenta matarme, voy a responder con balas”. Fue entonces cuando me di cuenta de la crueldad de la muerte. La interacción diaria con la violencia es lo que provoca la deshumanización.

Muchos de los reclutas de mi grupo han muerto, están en prisión o han sido expulsados. Sin embargo, la fábrica de monstruos sigue abierta, todavía está allí. La fábrica está abierta y muchas personas quieren entrar en ella, pero finalmente verán su error.

Este artículo apareció originalmente en Agencia Pública y fue traducido, editado para mayor claridad y reproducido con permiso. Vea el original aquí

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