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ANÁLISIS

¿Por qué no hay pandillas en Berlín, El Salvador?

BARRIO 18 / 30 OCT 2015 POR ROBERTO VALENCIA* ES

Berlín no es uno de esos pueblitos que el periodismo tiende a presentar como los territorios inmunes al fenómeno de las maras. Berlín tiene más de 17.000 habitantes y está enclavada en una de las zonas más calientes desde que terminó la tregua, pero su tasa de homicidios desde 2005 se parece más a la de Costa Rica que a la de El Salvador. No hay maras en Berlín, y eso merece una explicación.

Berlín no es Alemania, pero tampoco parece El Salvador.

De ahí mi desconcierto cuando el bus 354, después de serpentear por la sierra de Tecapa-Chinameca, llega a su destino, se detiene a una cuadra del parque central, y lo primero que veo al bajar es a tres policías con chalecos y escopetas que retienen contra la pared y manos en la nuca a un joven espigado y dócil. Un agente le saca la cartera de la bolsa y la revisa sin pudor. Otro le trastea el celular. Al poco lo dejan ir, ileso.

Estoy confundido porque Berlín, localizada en el departamento de Usulután, me trae la convicción de que es un lugar tranquilo en parámetros salvadoreños. Durante la última década este municipio presenta tasas de homicidios más parecidas a las de Costa Rica que a las de El Salvador. Incluso en los últimos dosquetrés años, cuando la violencia en los municipios aledaños como Santiago de María, Tecapán y Mercedes Umaña se ha disparado, acá se han mantenido abajo, con un homicidio cada tres o cuatro meses. Vengo, de hecho, a buscar los porqués de esa tranquilidad.

Este artículo fue publicado originalmente por El Faro y fue editado para su claridad y editado con permiso. Vea el original aquí.

La requisa al joven espigado resulta el inicio de la paradoja. Todo el parque central es un vaivén de policías con caras serias y armas largas. Están esperando a que termine una misa de cuerpo presente en la luminosa iglesia de San José, ubicada en uno de los topes del parque.

Adentro, en un ataúd gris, está Roberto Carlos Alejo, 31 años, exempleado de la ruta de microbuses 140. Unos pandilleros lo asesinaron tres días atrás en el área metropolitana de San Salvador. La madre, oriunda de Berlín, creyó conveniente enterrarlo en el terruño del que escapó hace mil años. Y en el pueblo se ha regado la idea de que la misa es por un marero.

"Los vecinos nos avisaron de que habían venido jóvenes que nadie conocía", me dirá pasado mañana el subinspector Francisco Pérez.

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Familiares y amigos en el funeral de Roberto Carlos Alejo. Foto: Roberto Valencia

Cuando el padre Cándido finaliza con aquello de 'pueden ir en paz', el ataúd sale en volandas, cargado por puros hombres, y detrás camina una treintena de dolientes, mayoría aplastante de mujeres. En la puerta esperan un viejo pick-up Nissan Frontier acondicionado como carro funerario y una Coaster de la Ruta 140. Pero los agentes se meten entre el grupo, seleccionan a tres jóvenes y los apartan contra la pared y manos en la nuca. La escena se asume con extraña naturalidad.

Suenan campanas a muerto: dos repiques, silencio largo, otros dos repiques. Algunos familiares se lamentan, pero sumisos.

"Son de un cantón", dice una señora refiriéndose a los tres jóvenes apartados por la policía. "Son sanos", dice otra. "Es por el bien de ustedes; si no hay problema, no los vamos a detener", replica un agente, pura amabilidad.

"Él es primo del difunto, el otro también... ¡los tres son primos!", insiste una señora. Pero cero crispación. Los agentes invitan a que el grupo se encamine hacia el cementerio en la Coaster, que los tres los alcanzarán si no deben nada. "Hacen su trabajo", dice un doliente. "Al finado lo trajeron de allá, y para la tranquilidad del pueblo es lo mejor", dice otro. La crítica más sonora que anoto en mi libreta es esta: "Los policías actúan sin tener en cuenta el dolor de la gente". A los 10 minutos, tras chequear por radio que están limpios, les devuelven sus documentos y, hoy sí, pueden ir en paz. El parque regresa poco a poco a la normalidad.

Me acerco a un agente que ha demostrado voz de mando. "Cuando vemos movimiento de personas que no son de Berlín, como autoridad tenemos la obligación de identificarlos", me dice, "y al finado como lo traían de allá... la gente siempre nos informa de cualquier situación".

No parece El Salvador.

***

El Ministerio de Educación tiene registrados 32 centros educativos y un único instituto: el Instituto Nacional de Berlín, el INB.

"Esta es una ciudad tranquila" dice Saúl Flores González, don Saúl, el director desde hace más de una década.

En El Salvador, la educación secundaria es un termómetro confiable para medir la temperatura de las maras. Basta meterse en el baño de los varones para calibrar su influencia. En los del instituto berlinés hay algún que otro garabato y rayón que dicen "MS13", "NLS", "XV3"... pero son escasos, malhechos y furtivos, con dejo de travesura. Pesa más que, para ingresar al INB, en el portón no haya policías ni soldados ni seguridad privada, lo habitual en amplias zonas del país.

Contaminar, dice. Es un verbo que repiten mucho los berlineses para referirse a las maras. También “virus.” También “lacras.”

Aun así, don Saúl está preocupado. En los últimos años, el número de jóvenes procedentes de otros municipios que se matriculan se ha disparado. Varios provienen de allá, de Apopa, de Soyapango, de San Miguel.

"Los lunes hacemos una formación general" dice don Saúl, "y yo les pido de favor que tratemos de respetarnos, que nosotros respetamos su uso de tiempo libre, pero que tratemos de mantener el instituto sin marcas de maras, que hagamos de la institución una zona neutral, y que aquí ninguno es dueño de nada. Les digo que sus hijos algún día estudiarán acá y que hay que cuidar lo que tenemos."

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Junto a la cancha de baloncesto, lugar en el que los forman, destaca un mural de letras grandes sobre una pared: "Tus padres invierten tiempo y dinero en tu educación; no los defraudes".

"¿Funciona decirles eso los lunes?"

"Sí. Yo se los digo con todo respeto."

"¿Un discurso una vez por semana? ¿Eso es todo?"

"No. La clave son los proyectos sociales, y en eso estamos varias instituciones involucradas. Por ejemplo, nosotros tenemos de 60 a 80 jóvenes en la banda de paz. Vienen de 4 a 6 o 7 de la tarde, todos los días. Si no estuvieran acá, estarían en el billar. La vitamina es que el joven pase ocupado, pero para eso se necesitan recursos."

Que el joven pase ocupado, dice don Saúl. Tan sencillo y tan complicado.

***

El mercado municipal de Berlín no ganaría un premio a la limpieza, al orden o la decoración, pero tiene una virtud invaluable: ninguna "clica" de la Mara Salvatrucha (MS13) o del Barrio 18 ha establecido –bajo amenaza de muerte– una cuota a los vendedores.

"Pasan cositas, pero puede decirse que es tranquilo", me cuenta en su cubículo con aspiraciones de despacho Salvador Peña, el administrador durante cuatro años. Él sabe de puestos y negocios a los que han tratado de rentear, pero en Berlín esos abusos por lo general se denuncian. "Todos los habitantes están pendientes, nos conocemos la mayoría, y la Policía actúa rápido", dice.

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Iglesia en la plaza central de Berlín. Foto: Roberto Valencia

Peña resulta convincente cuando me niega la presencia de pandillas, pero tampoco hay que pecar de iluso: si fueran una amenaza, no se lo confiaría a un periodista con la grabadora encendida.

La extorsión es la principal fuente de ingresos de las pandillas salvadoreñas, y Berlín parece territorio liberado. Se ha dado algún caso puntual, de clicas establecidas en municipios aledaños que amenazan por teléfono o incluso de delincuentes que se hacen pasar por mareros, pero parece no existir el pago de la renta.

Lo dicho: no parece El Salvador.

***

¡Han matado a alguien en Berlín!

Me entero en flagrancia cuando, después de tres días acá, entro en la subdelegación para solicitar la entrevista con el jefe policial. El agente tras la mesa que hace las veces de recepción me dice que no podrá ser, que el subinspector ha salido porque hubo un homicidio en el caserío Los Cañales. No me da detalles. Quizá no sepa más. Acaba de suceder. Salgo disparado, paro el primer mototaxi que cruza, y trato de explicar a dónde tenemos que ir con los pocos datos que el policía me ha facilitado. Pero el mototaxista ya sabe. El fallecido es un compañero.

Llegar nos toma menos de cinco minutos. La Policía tiene acordonada la zona con cinta amarilla a la altura de una inexplicable pasarela metálica, unos 200 metros calle adentro. Faltan minutos para las 4:00pm. Entre curiosos, familiares y compañeros de trabajo del joven de 23 años asesinado, llamado Víctor Mauricio Sigarán, ya suman la cuarentena.

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Familiares, amigos y colegas se reúnen tras el asesinato de Víctor Mauricio Sigarán. Foto: Roberto Valencia

Una mujer mayor que recién llega se arranca a llorar. "No puede seeer, señor Jesús..." A la par, un joven de unos 17 años también lagrimea. Ella: "¿Por qué, señooor? ¡¡¡Por qué, señooor!!!" Se acerca más y más gente a tratar de calmarla. "Mi sobrino, Dios mííío..." El joven llora en silencio, como el machismo le impone. Ella: "Señooor, señooor." Ella se desmaya. La llaman: ¡Mercedes, Mercedes! La tumban sobre el concreto. ¡Mercedes, Mercedes! Viene una agente de policía. "Tranquila, tranquila". Murmullo de fondo. La airean con un suéter. "Necesito que me colabore, tía". Alguien dice que hay que llevarla a la unidad de salud. Ella resucita para mover la cabeza. Dios les va a dar fortaleza, dice alguien.

La población se ha unido, dice. Quizás sea una frase hecha, enésimo lugar común en la boca de un político. Pero quizá no, quizá una idea tan simple sea la clave de todo.

Está fregado este país, dice otro. Alguien ofrece su carro para sacarla. "¿La levantamos, tía? Despacito". Entre varios la levantamos. "No la vamos a llevar, pero despacito". Murmullo de fondo. "Estire las canillas", le dicen. Parece que se repone. Tratan de convencerla diciendo que no va a poder ver a Víctor, que los señores policías no dejan ir más allá de la pasarela, que estar acá es por gusto.

Mañana todos los mototaxis de la cooperativa en la que Víctor trabajaba tendrán mensajes en sus vidrios que dirán que lo recordarán por siempre y cosas por el estilo, pero ahora cae la noche, los forenses de Medicina Legal aún no han llegado, y todo acá es rabia, desconfianza y recelo. Sus compañeros están convencidos de que lo mataron por mototaxista, no por por Víctor Sigarán. Podía haber sido cualquiera de ellos.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre homicidios

Me cuentan que a la cooperativa de mototaxis le habían llegado amenazas escritas y telefónicas de pandilleros, para que pagaran la renta. Se cree que de la pandilla que opera en Mercedes Umaña, la Mara Salvatrucha. Pero se han negado. Entre los compañeros habían improvisado algunas medidas precarias de seguridad, como no subir a desconocidos o evitar los cantones más alejados.

Berlín hoy sí parece El Salvador.

***

Una gran bandera de la República Federal de Alemania singulariza el despacho de Jesús Antonio Cortez Mendoza, el alcalde de Berlín. Es relativamente joven, aún se puede presentar como treintañero, y se estrenó en el cargo hace poco más de un mes.

El alcalde Jesús Cortez también destila satisfacción por saberse vecino de una ciudad sin maras. No oculta que la coyuntura actual, con un gobierno que ha decidido afrontar el fenómeno de las maras por la vía estrictamente represiva, les podría afectar, por el retorno de personas de Apopa, de Soyapango, de San Miguel.

"Tenemos algunas colonias –que empiezan a quererse complicar, con jóvenes... digamos... aficionados a las pandillas" dice el alcalde. "La juventud siempre está en ese situación de poderse contaminar, por la gente que viene de otros municipios."

Contaminar, dice. Es un verbo que repiten mucho los berlineses para referirse a las maras. También "virus." También "lacras."

"Nuestra ventaja es que todos sabemos quién es y en qué anda nuestro vecino" agrega el alcalde. "La población se ha unido."

La población se ha unido, dice el alcalde Jesús Cortez. Quizás sea una frase hecha, enésimo lugar común en la boca de un político. Pero quizá no, quizá una idea tan simple sea la clave de todo.

***

Tres meses desde el asesinato del mototaxista Víctor Sigarán y, aunque para El Salvador están siendo los tiempos más sangrientos desde que inició el siglo, en Berlín se reporta un único homicidio adicional: una señora de 55 años el 3 de septiembre, en el cantón San Juan Loma Alta. No parece tema de pandillas.

Asisto en un hotel de Bogotá, Colombia, a un seminario en el que uno de los ponentes invitados es Howard Augusto Cotto, el subdirector de la Policía Nacional Civil de El Salvador. Habla con inusual franqueza sobre la terrible situación de violencia que afecta a El Salvador, y en un momento dice lo siguiente: "Nuestro trabajo es mucho más fácil cuando más organización social hay, y se vuelve más difícil en los lugares donde se ha roto el tejido social". Siento como si hablara de Berlín.

El seminario es un evento cerrado, el acuerdo con Cotto es que lo que acá se dice, acá se queda; pero mañana le preguntaré si me permitiría incluir la frase que acabo de anotar en un relato que tiene a Berlín como protagonista. Sí, dirá.

Luego se acordará de que unos días atrás media docena de berlineses, encabezados por el alcalde Jesús Cortez, viajaron hasta San Salvador para reunirse con él, para decirle lo satisfechos que están con el subinspector Francisco Pérez, y para pedirle que siga al frente de la subdelegación cuando concluyan los siete meses de interinato.

No. Berlín no es Alemania, pero definitivamente tampoco parece El Salvador.

*Este artículo fue publicado originalmente por El Faro y fue editado para su claridad y editado con permiso. Vea el original aquí.

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