Racha de asesinatos en Brasil llama la atención sobre el fenómeno de las milicias

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Una reciente ola de asesinatos vinculados a las milicias de Brasil está provocando un creciente debate público sobre la amplia presencia y el poder de estos grupos criminales, que a pesar de su larga trayectoria y extendida presencia continúan siendo desconocidos y relativamente poco afectados por las operaciones de seguridad.

En 16 de abril, un mes después del magnicidio de la concejala de Río de Janeiro Marielle Franco y su chofer Anderson Gomes, el ministro de Seguridad de la ciudad, Raúl Jungmann, confirmó públicamente que la “hipótesis más probable” que se estaba investigando es que las milicias habían sido las responsables de los asesinatos.

Las milicias de Río son grupos de tipo paramilitar que tienen sus raíces en los escuadrones de la muerte que se extendieron por todo el país durante la violenta dictadura militar de Brasil entre las décadas de los sesenta y los ochenta. Están en general conformadas por miembros de las fuerzas de seguridad retirados y en servicio que utilizan la violencia y la coacción para ejercer control en barrios típicamente desfavorecidos.

Muchos de estos grupos contaron inicialmente con el apoyo de las comunidades donde operaban debido a que intentaban desplazar a los grupos narcotraficantes violentos, pero más adelante muchos comenzaron a participar en actividades criminales, como el narcotráfico y la extorsión.

El asesinato de Franco —quien participó en una investigación del gobierno en 2008 sobre las milicias y se expresaba abiertamente en contra de la violencia de las milicias y la policía— ha desatado una tormenta mediática, llamando la atención sobre estos grupos criminales.

Además de ser sospechosos de participar en el asesinato de Franco, presuntos milicianos fueron recientemente acusados de asesinar a cinco hombres jóvenes que vivían en un proyecto de vivienda financiado por el Gobierno, donde las milicias ejercían control. Las milicias también han sido vinculadas a asesinatos fuera de Río de Janeiro, por ejemplo en la ciudad de Belém, estado de Pará, al noroeste del país, donde una ola de homicidios relacionados con las milicias pudo haber surgido como venganza por el asesinato de dos policías militares ese mismo día.

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Dada esta serie de ataques vinculados a las milicias, varios medios brasileños han analizado datos que indican que las milicias están expandiendo su control territorial y sus actividades criminales en Río de Janeiro y en todo Brasil.

Según una reciente serie investigativa de O Globo basada en datos oficiales del Gobierno, las milicias controlan actualmente una cuarta parte del área metropolitana de Río de Janeiro, luego de haber duplicado su presencia desde 2010. Como resultado, casi 2 millones de personas —o poco más del 15 por ciento de la población de la zona— viven en áreas controladas por milicias. La investigación de O Globo señala que la mayoría de estas milicias realizan extorsiones en las comunidades locales, a cambio de ofrecer “seguridad” y acceso a servicios básicos y bienes, como agua y energía, y que explotan los programas de vivienda financiados por el Gobierno, así como los contratos de construcción.

Otro análisis, realizado por  The Intercept Brasil, analiza datos de Disque Denúncia, un grupo que recopila las denuncias de los residentes de Río sobre actividades delictivas. El informe indica que la actividad de las milicias representó el 65 por ciento de las 6.000 quejas presentadas entre 2016 y 2017, mientras que solo el 35 por ciento de las denuncias estaban relacionadas con grupos de narcotraficantes.

Las milicias también parecen estar expandiéndose fuera de Río y podrían tener un impacto negativo sobre la seguridad en esas áreas. Según un análisis de Metrópoles sobre los datos de Disque 100, una línea telefónica del Ministerio de Derechos Humanos de Brasil que registra las denuncias de crímenes y violaciones de derechos humanos, en los dos últimos años se ha registrado actividad miliciana en 15 estados de todo el país. Todos los estados donde se presentaron la mayor parte de las quejas ciudadanas relacionadas con milicias están ubicados en el norte de Brasil, la zona más violenta del país.

Análisis de InSight Crime

El asesinato de Franco ha generado mayor atención pública sobre las milicias de Brasil, pero aún se desconoce mucho acerca de estos poderosos actores criminales, cuya aparente expansión se puede deber a los recientes cambios en la dinámica criminal.

Según expertos en seguridad consultados por InSight Crime, la violencia asociada con las milicias en Río de Janeiro está aumentando a raíz de una división entre grupos de milicianos antiguos y nuevos que compiten por el control sobre importantes zonas de la ciudad.

Los grupos de milicianos se debilitaron después de que varios de sus líderes fueron detenidos a principios y mediados de la década anterior, lo que propició oportunidades para que una generación más joven y “más agresiva” conformara sus propias milicias, dice Julio Altieri, empleado de Amarante, empresa de consultoría en seguridad, en Río de Janeiro.

Estas nuevas milicias están involucradas en una “fiera lucha” por el control sobre las favelas en Baixada Fluminense y Praça Seca, en la zona occidental de Río de Janeiro, y quizá son responsables de gran parte de la reciente expansión de las milicias en la ciudad, afirma Altieri.

Según Desmond Arias, profesor de George Mason University experto en Río de Janeiro, el actual caos en al hampa de la ciudad también se puede deber al reciente lanzamiento de una intervención militar federal y de grandes operativos de seguridad contra las milicias, que quizá están impidiendo sus operaciones, lo que ha generado una reacción violenta.

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No es de extrañar que el fenómeno de las milicias se haya expandido por fuera de Río en los últimos años, dado que las condiciones que provocaron el nacimiento de las milicias se están extendiendo por todo Brasil, afirma Benjamin Lessing, profesor de la Universidad de Chicago, dedicado al estudio del crimen organizado.

El modelo de pandillas callejeras controladas desde las prisiones, que durante mucho tiempo ha prevalecido en Río, se ha extendido por todo el país en los últimos años, y puede a la vez estar llevando a los agentes de las fuerzas de seguridad locales a conformar grupos de milicias para contrarrestarlas.

Según Arias, estas milicias emergentes pueden incluso recurrir a “un intercambio de información, conocimientos y prácticas” con milicianos de Río de Janeiro, muchos de los cuales inmigraron allí provenientes del noreste de Brasil, donde el fenómeno de las milicias está creciendo más rápidamente.

Lessing, Altieri y Arias coinciden en que el poder de las milicias en todo Brasil está directamente relacionado con los altos niveles de corrupción. La mayor parte de los miembros de las milicias son agentes de las fuerzas de seguridad activos o retirados; además, las milicias suelen mantener estrechas relaciones con políticos, muchos de los cuales han sido elegidos específicamente para que protejan los intereses de las milicias y desvíen la atención de sus actividades.

“Comoquiera que se maneje, es muy difícil luchar contra las milicias. Estos son grupos granulares con muy profundos lazos con el aparato de seguridad del Estado”, dice Lessing, quien agrega que los sobornos y la “poca disposición” de los agentes de seguridad para “dispararles [a los suyos]” también lleva a que las milicias sean difíciles de combatir.

Altieri también considera que el problema de las milicias “probablemente no se resolverá pronto” debido a las limitaciones en los presupuestos para la seguridad, dadas las dificultades económicas de Brasil y las decisiones motivadas políticamente, que buscan invertir en planes militarizados ineficaces y a corto plazo, en vísperas a las elecciones que se llevarán a cabo este año.

Además, Lessing señala que, debido al miedo que las milicias han generado mediante la violencia y las amenazas, todavía no hay un conocimiento público del verdadero alcance del control de las milicias.

“La capacidad del gobierno para conducir investigaciones que terminen en arrestos […] y la capacidad de académicos y periodistas para investigar a las milicias son extremadamente restringidas”, dice Lessing.

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