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ANÁLISIS

La rebelión de pandillas por la que sangra Zacatecoluca, El Salvador: Parte II

AUTODEFENSAS / 13 NOV 2014 POR CARLOS MARTINEZ* ES

En la primera foto son tres: el primer tipo lleva uniforme militar completo, con camuflaje verde olivo, y sostiene un M-16 con pose entrenada: con el dedo índice fuera del gatillo, la culata retráctil hacia arriba y el cañón apuntando al piso. El siguiente lleva uniforme policial oscuro, chaleco antibalas y, sobre el chaleco, arneses en los que porta dos cargadores extra para el fusil M-16 que sostiene apuntando hacia el cielo. Sobre su manga derecha luce el emblema de la Policía Nacional Civil. El tercero es el que luce más joven. También lleva uniforme policial oscuro. Con una mano sostiene una carabina de cañón largo y con la otra hace la seña del Barrio 18. Los tres son pandilleros.

En la segunda foto son siete: tres supuestos policías y cuatro presuntos soldados. Salvo uno de ellos, el resto se cubre el rostro con gorros navarone, similares a los usados por las autoridades en los operativos antipandillas. Esta vez posan con cinco M-16, una carabina y lo que parece ser una escopeta. En esta imagen la mayoría de ellos está tirando 18 con las manos, gesticulando como pandilleros apoyados en una camioneta negra.

Aunque parecen los retratos de una patrullas conjunta cualquiera, en un vistazo más minucioso es posible identificar algunas fallas en los disfraces: las botas son distintas, algunos llevan tenis, otros llevan enormes hebillas plateadas bajo el cinturón militar y… bueno… casi todos hacen gestos pandilleros, lo que da al traste con la interpretación. Al menos en la foto.

Esta es la segunda parte de un artículo publicado originalmente en Sala Negra de El Faro y fue republicado con permiso del autor. Este artículo narra la batalla entre miembros de la pandilla Barrio 18 en la ciudad de Zacatecoluca. Vea el artículo original aquí.

Las imágenes me las muestra un detective policial que asegura que las obtuvo del celular de un pandillero al que él mismo detuvo. Explica que los leales a Chipilín se están entrenando en tácticas de guerra; que en el reparto de territorios se quedaron con la ladera del volcán Chichontepec y que le sacan el jugo montando campos de tiro y de entrenamiento militar. Que ha escuchado incluso que contratan soldados y exguerrilleros para adiestrarlos.

Conversamos en un cantón del departamento de La Paz, al que el detective me ha pedido que lo siga para no ser visto hablando con un periodista. Nos sentamos sobre el suelo de tierra, al lado de una cancha de fútbol. Otros dos policías mantienen un ojo en la conversación y otro en el perímetro, por precaución. Dentro del carro policial hay un muchacho encapuchado y esposado, al que me quieren presentar.

“¿Verdad que están entrenando?”, le pregunta al muchacho que lleva con él, un pandillero que se ha convertido en soplón contra su pandilla.

“Sí”, responde el muchacho.

Vuelve el policía: “¿Soldados y guerrilleros los entrenan, verdad?”.

“No, de guerrilleros no sé yo”, dice, deleitándose con un cigarro. “Pero sí sé de soldados”.

“¿Fuiste a algún entrenamiento vos?”, pregunto yo.

Se quita el gorro que le cubre el rostro y se lo arremanga en la cabeza. “No, a mí nunca me tocó”, dice, y disfruta del aire en el rostro y del sabor del tabaco, mientras presume:

“Por lo que yo he hecho, merezco morir tres veces”.

Rehúye dar más detalles sobre lo que pasa en el cerro, porque no quiere, o porque no tiene nada más que decir.

Según los policías uno de los mayores problemas del lugar es la inmensa disponibilidad de armas, y cuando se trata de buscar responsabilidades señalan al cuartel del municipio: el Destacamento Militar Número 9 (DM-9).

Los investigadores policiales están convencidos de que la gente de Chipilín consiguió infiltrar a varios de sus miembros —diez en concreto— como soldados al cuartel de Zacatecoluca, el DM-9, para que recibieran instrucción militar. Como parte del plan, dicen, los diez desertaron el 7 de mayo, aprovechando la celebración del Día del Soldado, con sus armas y todos sus pertrechos. Ahí el origen de las armas de guerra y de los uniformes militares.

VEA TAMBIÉN: Noticias y perfiles de El Salvador

La idea de la infiltración corrió tanto que en julio el Ministerio de la Defensa publicó un comunicado desmintiendo el rumor. El comunicado asegura que esas versiones son “ataques políticos” contra la institución castrense.

¿Y los uniformes de policías? Esos, dicen, los obtienen los pandilleros cuando asaltan a un agente de civil y le roban la mochila. O cuando asaltan su vivienda y saquean el ropero.

Sentado en su escritorio, el coronel Élmer Martínez, jefe del DM-9, asegura que no figura ninguna deserción en los expedientes del cuartel y que todas sus armas y pertrechos están intactos.

“El problema es que no hay limitación para la venta del tipo de tela que usamos para nuestros uniformes”, dice, argumentando que los uniformes que usan los pandilleros son piratas. “Y el armamento es antiguo, del que quedó de la guerra, en las fotos se les nota el deterioro”.

El único caso que aparece en sus registros es el de un cabo al que la policía detuvo con un uniforme militar y otro policial en su vehículo y que al ser descubierto se dio a la fuga. Pero ese no desertó, matiza, sino que fue expulsado.

Otro caso es el de un soldado que pidió la baja debido a que los pandilleros de su cantón lo detectaron y amenazaron con matarlo a él y a su familia. El ejército de El Salvador le concedió la baja y le ayudó a sacar las cosas de su casa para que pudiera huir seguro.

* * *

Chipilín fue arrestado el 21 de julio mientras se conducía en una camioneta negra. No hubo persecuciones policiales espectaculares, ni balaceras: cayó casualmente en San Vicente, en un retén de rutina que no lo esperaba. La policía se sacó la lotería y lo celebró públicamente anunciando el hecho. Desde entonces está confinado en unas bartolinas policiales. Pero la guerra en Zacatecoluca sigue abierta y los pobladores han tenido que aprender las normas del conflicto para sobrevivir.

Uno de los sacerdotes del municipio nos invita a su pick up y sube la ladera del Chichontepec por una calle imposible, hasta un terreno en el que la vista se pierde en el verdor del volcán.

“Todo eso eran milpas y pipianeras —nos explica—; ahora la gente ya no puede sembrar ahí, y está la tierra de balde”, dice, mirando a las tierras de arriba desde el último solar relativamente seguro.

Al romperse la pandilla también se rompió el volcán y los campesinos de un cantón se deben entender ahora en guerra con los pandilleros del otro. La mayor parte de agricultores viven en el centro, dominado por los Revolucionarios, y gran parte de las tierras que alquilaban para sembrar están en el volcán, propiedad de los insurrectos. Donde yo veo una ladera hermosa ellos ven un terreno minado. Y a la tierra le crece un monte salvaje e inútil.

Los campesinos ahora se pelean las tierras de siembra más céntricas, cuyo alquiler ha subido de precio. Viendo aquel desperdicio de volcán, un hombre que solía trabajar esas tierras suspira: “No se le ve arreglo a este volado”.

* * *

Un hombre se atraviesa a mitad del camino y el otro, parado tras una alambrada, desenfunda una pistola. Nos ordenan detenernos y, desde luego, nos detenemos. De todos modos estamos en un angosto camino de tierra por el que no podemos correr.

“¿A quién buscaban?”, pregunta el hombre con toda la amabilidad de la que es capaz el que sabe que no te detuviste por tu voluntad.

“Somos periodistas”, contestamos, con tono lo más casual posible.

“¿Tienen identificación?”

Le entregamos los carnés de prensa y el tipo los revisa con detenimiento. El otro sigue, pistola en mano, de pie junto al cerco y ahora habla por teléfono.

Vinimos al parqueadero de furgones a ver cómo siguió todo después del problemita que hubo.

Eso ya pasó, ya no hay nada que hablar. O sea, eso ya se terminó.

Y yo no le creo.

Estamos a la entrada del caserío Río Blanco, uno de los posibles accesos al volcán Chichontepec. Es septiembre e intentamos dar seguimiento a una historia que inició en julio: unos días antes del arresto de Chipilín, miembros de su banda intentaron asaltar un predio que sirve para parquear los furgones que posee una familia local. Pero calcularon mal: iban armados con un fusil M-16, pistolas 9mm y una subametralladora Uzi y no esperaban resistencia. Error.

Había un solo guardia en el predio, que se dio abasto para repartirles plomo con una escopeta calibre 12 y hacerlos huir en desbandada. Según la policía, un perdigón pudo haber alcanzado a alguno de los asaltantes, pues encontraron rastros de sangre en el camino. Frustrados, los pandilleros asesinaron a dos primos de 17 y 19 años que trabajaban en una construcción cercana. Los mataron por no haberles advertido. Y desaparecieron en el volcán.

El parqueadero de furgones, y los furgones, son un bien familiar: un patriarca compró el primer cabezal, que conducía él mismo y, con el tiempo, sus hijos. Luego se endeudaron para comprar otro y otro más y luego se endeudaron más para comprar el terreno donde los parquean. Ahora los hijos y los nietos de aquel hombre se encargan del negocio: ellos dan mantenimiento a los cabezales, consiguen contratos de transporte por Centroamérica y se turnan para cuidar el predio.

“Y yo para dónde putas me voy a ir”, me decía en julio el jefe de la familia, satisfecho de que la balacera solo le hubiera dejado una llanta desinflada y no un motor roto.

“¿Usted cree que el banco me va a perdonar las cuotas? ¿Usted cree que alguien me va a querer comprar ahora el terreno?”.

No se lo dije, pero en aquel momento creí que su problema no tenía solución, que le acechaba una sentencia de muerte.

Volvimos un mes después, en agosto, y en esa ocasión nos recibió uno de los sobrinos de aquel hombre: era una versión viroleña de Rambo, que en lugar de abdominales tenía el vientre de un gorila macho y que, al vernos aparecer, se parapetó en una caseta, se terció una canana llena de cartuchos de escopeta en el pecho y chasqueó el arma.

Cuando conseguimos convencerlo de que éramos inofensivos nos explicó la decisión que habían tomado:

Mire, esto nos ha costado. Nosotros no tenemos problemas con ellos, pero si vienen lo único que se van a llevar es esto —y se tocaba los cartuchos—. Dicen que la otra vez uno llevaba un perdigón atravesado en la panza. Bueno, si quieren el resto, aquí se los tengo.

¿Y la policía?

Ay dios… les tienen miedo.

¿Y si la Policía les pide las armas a ustedes?

¡No! Mire, nosotros tampoco tenemos problema con ellos, pero las armas no las vamos a dar.

¿Y no le da miedo estar solo?

¿Y quién es el que nació para no morir? Además, no estoy solo. Parece que estoy solo, pero todas esas casas que ve ahí —me señaló todas las casas del caserío— somos familia. Aquí desde que usted entra lo están viendo y toda esa gente está llena de armas. Así que aquí ya tomamos la decisión: si no se meten con nosotros no pasa nada, pero si se meten, no nos vamos a dejar.

VEA TAMBIÉN: Cobertura sobre autodefensas 

Esta vez hemos venido a buscar a la gente del parqueadero de furgones para que alguien de la familia nos aclarara si la decisión de crear una especie de autodefensas era un exabrupto momentáneo o el inicio de una organización vecinal más permanente. Al no encontrar a nadie en el terreno nos decidíamos a salir del caserío para volver otro día. Sin embargo, creo que este señor que nos ha dado el alto y que revisa nuestros documentos, y su amigo el de la pistola, nos acaban de resolver la duda.

* * *

Nos dicen que Felipe murió, que en Zacatecoluca no le supieron sacar tanta bala y que murió cuando una ambulancia lo trasladaba al Hospital Rosales, en San Salvador. Sabemos que tenía un historial de varias páginas en la policía y varias detenciones por agrupaciones ilícitas. Que tenía cuatro hijos, que le quedaban bien las lasañas de casi todo, que no se quería morir y que el último día de su vida llevaba un jeans azul y una camisa blanca rota cuando unos extraños lo encontraron gateando, muerto en vida, a la orilla de una calle.

* * *

Eran dos famosos maestros del corvo, o dicho de otro modo: eran dos temidos matones con machete. Los dos se habían mandado a hacer machetes a la medida: con barras protectoras de puño, como espadas —lo que aclara que ninguno andaba aquel fierro como herramienta agrícola—. Eran enemigos entre sí y habían jurado matarse.

Un día se encontraron en una calle de polvo y todo mundo se apartó con respeto, pero también todo mundo se quedó a ver el desenlace de aquel juramento mortal. Eran las 9:30 de la mañana cuando les sacaron chispas a los corvos por primera vez y siguieron blandiendo filos bajo el sol hasta el mediodía, cuando ninguno podía ya levantar el brazo para tirar un zarpazo más. Tan fiera había sido la pelea que las barras protectoras de ambos se les habían cerrado alrededor de los puños y ninguno pudo soltar su machete. Más cansados que heridos se retiraron para reponerse hasta el próximo encuentro.

Tomás me ha contado este cuento para explicarme cómo es la gente aquí y cómo ha sido la gente aquí desde siempre.

Tomás, que como todos los protagonistas de esta historia nos pide no usar su nombre real, me jura que aquel duelo ocurrió en los tiempos de antaño, en tiempos de su padre, y que de todas formas, aunque no hubiera pasado, aquí todo mundo cuenta esa anécdota a los hijos como si ellos mismos la hubieran visto.

He venido hasta él porque el sacerdote de una parroquia de Zacatecoluca me recomendó, si quería averiguar más cosas sobre movimientos de autodefensa, buscar a los ganaderos del cantón San Francisco de los Reyes.

La familia de Tomás posee más de 200 manzanas de tierra y muchas cabezas de ganado. Sus 10 hermanos son buenos jinetes y es más fácil, dice él, que salgan a la calle sin sus zapatos que sin su pistola, un hábito que aprendieron de su padre y de sus tíos.

Él sabe llamar a cada vaca por su nombre: la carebuey, la maraca, la gringa, la catrina… y cuando él llama, la vaca nombrada, solo esa, deja de comer y lo mira a los ojos.

Su padre fue jornalero en finca ajena y un día su madre vendió una marrana para comprar una ternera peluda que no prometía gran cosa. Esa ternera es la matriarca del imperio ganadero de la familia de Tomás en San Francisco de los Reyes.

Mientras caminamos por las tierras de su familia, de una belleza rabiosa y salvaje, nos cuenta lo duro que han trabajado los suyos para “ser alguien” y lo poco dispuestos que están a perder eso. Por el camino nos encontramos a su hermano, que nos posa gustoso con su revólver.

En San Francisco de los Reyes la pandilla no ha conseguido echar raíces, pero todos los cantones aledaños viven bajo el puño de los Revolucionarios del Barrio 18. Están rodeados y Tomás sabe que es cuestión de tiempo que les alcance la guerra.

“La policía nos vino a dar un consejo: si alguien entra en su propiedad, mátelo y vaya a botarlo, pero mátelo con un arma sin registro. Hemos llegado al tiempo antiguo donde cada quien defendía a su pueblo”, sentencia, con el rostro endurecido.

Él cree que no hay más alternativa que organizarse para “hacer lo que haya que hacer” y está dispuesto a liderar el movimiento. No le preocupa tener que matar. Solo le preocupa una cosa: “¿Qué vamos a hacer después, cuando ya esté prendido el fuego?”

* * *

Al policía José Alfaro lo mataron en su casa el 4 de octubre. Pandilleros con disfraces de policías y de fiscales entraron a su vivienda y lo ejecutaron frente a su esposa y sus hijos. Ahora está dentro de un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador y dos mujeres policías montan la guardia de honor.

El policía que coordina la seguridad en la funeraria me explica el sentimiento que le invade al ver a su amigo muerto: mucho miedo.

“Yo les digo a los jefes que me trasladen a mi cantón y me dicen que no, porque ahí los pandilleros ya me conocen y me van a matar. Pero yo todos los días tomo el bus para venir a Zacatecoluca. Yo prefiero que me maten en mi casa y no en un bus”, me explica, como si no hubiera remedio.

Cuando Fred, el fotoperiodista, apunta su cámara para retratar el féretro, la guardia de honor huye. Por miedo, las agentes que rinden honores a su colega se apartan y, solo, en medio de una funeraria semivacía, queda un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador.

* * *

En una cafetería de San Salvador nos tomamos un café con el padre de Felipe. Su hija menor le contó que un hombre enloquecido había llamado para decir que Felipe estaba malherido en Zacatecoluca. Cuando se enteró de que su hijo había muerto, quiso saber quiénes eran esos que habían escuchado a su hijo mayor por última vez. El señor se llama Dolores.

Dolores no conoce el prontuario de su hijo, y hasta este momento pensaba que solo era abuelo de un nieto. Felipe, dice, se llevaba bien con los “muchachos”, pero cree que no era pandillero. Crió a su hijo en Apopa, en una colonia controlada por los Revolucionarios del Barrio 18. No tiene idea de por qué Felipe apareció baleado en Zacatecoluca y así piensa quedarse. Nos asegura que esta es la última vez que hablará del tema y que jamás lo hará frente a un policía o un fiscal.

Nosotros buscábamos rearmar el rompecabezas de la violencia en un municipio en el que demasiados toros han entrado al ruedo y Zacatecoluca no se guarda nada: en seguida aparecieron pandilleros, policías, militares y rancheros furibundos. Mientras escribo esta historia la policía acusa a los agentes metropolitanos de luchar codo a codo con los Revolucionarios en contra de lo que queda de la banda de Chipilín, que se rehúsa a morir, y en la casa de uno de ellos encontraron más fusiles M-16, más pistolas, más balas… Zacatecoluca no se guarda nada: mientras hablábamos de zopilotes, nos mostró cómo se muere un hombre y luego cómo su muerte es un callejón sin salida más.

“Mire, ¿y Felipe le dijo algo de mí? ¿No le dijo unas palabras para mí?”, pregunta Dolores. “No”, le contesto, y aún estoy arrepentido por no haber sabido mentirle.

*Esta es la segunda parte de un artículo publicado originalmente en Sala Negra de El Faro y fue republicado con permiso del autor. Vea el artículo original aquí.

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